Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 46 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 2

 

Gracias a Dios, el tiempo era estupendo. Caluroso —no se podía esperar otra cosa en julio—, pero soplaba una brisa agradable. Mientras se dirigían a casa de vuelta de Renfro, donde habían ido a la iglesia, Leonie contemplaba el claro cielo azul con satisfacción. Había rezado para que no lloviera aquel día y no se estropearan sus planes. Al llegar frente a la granja, Matthew bajó del coche dejando el motor en marcha.

—Vosotros, niños, quedaros en el coche —dijo Callie—. No tardaremos más que un minuto.

Su voz, bastante alegre durante todo el camino de regreso a la ciudad, se había entristecido de pronto. Incluso los niños lo notaron. Se callaron inmediatamente y permanecieron sentados muy solemnes en el asiento de atrás. Al poco rato los mayores volvieron con tarros de fruta, esquejes de geranios y un cesto de flores cogidas en el jardín aquella mañana: dalias, cinias, margaritas, espuelas de caballero y largas hojas de espárragos. Cuando todos estuvieron instalados de nuevo, se dirigieron hacia la iglesia de Grove.

No se habían celebrado servicios religiosos en Grove durante mucho tiempo. La comunidad había disminuido a lo largo de los años, y por fin cerraron la iglesia. El funeral de Mathy fue la última ceremonia oficiada allí. El cementerio que había en la pendiente quedó al cuidado de los vecinos, varios de los cuales tenían familia enterrada en él. De vez en cuando, acudían con guadañas y máquinas segadoras e impedían que los hierbajos cubrieran las tumbas. Años antes de dejar la granja, Callie y Matthew habían comprado una parcela en el cementerio de Grove con capacidad para ellos y todos los hijos que tuvieran. No les gustaba pensar que la unidad de la familia pudiera romperse, ni siquiera en la muerte.

Mientras se dirigían a la capilla, Leonie pensaba en el solitario silencio del cementerio, en el susurro de la alta hierba, en el gemido del viento que soplaba entre los cedros. ¿Por qué no tenían los cementerios abedules blancos y arces? ¿Por qué tenían que crecer en ellos cedros y pinos, los árboles más sombríos y tristes del mundo? Pero ése era el estilo de los viejos tiempos; hacer la muerte incluso peor de lo que era. Escudriñó con ansia el camino que tenía delante y cruzó los dedos. Al enfilar el coche la colina, dejó escapar un suspiro de alivio. Allí en la iglesia había otro vehículo, y un hombre y dos mujeres estaban sentados en la escalera.

—¿Quiénes son? —dijo Callie—. ¿Habrán pensado que la iglesia sigue abierta al culto? —Las personas sentadas en la escalera empezaron a agitar las manos—. Vaya, si parece Ophelia… ¡Y lo es! ¡Son Ophelia y Ralph… y tía Cass!

—¡Caramba, vaya una sorpresa! —exclamó Matthew, parando el coche.

—¿Qué tal, qué tal?

Ralph se dirigió hacia ellos agitando un sombrero de paja. Leonie saltó del coche y, sonriendo, abrió la puerta para que bajara su madre.

—¿No vas a salir, mamá?

—¡Casi no puedo creer que sean ellos! ¿Qué están haciendo aquí en Grove?

—¡Es una sorpresa! Les escribí para pedirles que vinieran.

—¡Hola! —gritó Ophelia, ayudando a andar a tía Cass—. ¡A que no esperabais vernos!

Callie saltó del coche, los abrazó, y todos empezaron a chillar, a reír y a hablar a la vez. Matthew y Ralph no cesaban de darse palmadas en la espalda. Tía Cass no pudo controlar sus riñones y se alivió allí mismo. Ralphie, que había aparecido de no se sabía dónde, los miraba sonriendo a través de su pelo pajizo, que llevaba siempre largo y le tapaba los ojos.

—¡En mi vida me había llevado una sorpresa tan grande! —exclamó Callie cuando la algarabía se hubo calmado un poco.

—También nosotros estamos sorprendidos —dijo Ophelia—. No imaginábamos que fuéramos a volver aquí este año, pero Leonie nos escribió pidiéndonos que viniéramos, y aquí estamos.

Callie se volvió ansiosamente hacia Leonie.

—¿Tenemos bastante comida?

—No te preocupes, mamá. Todo está previsto.

—Bueno, pues vamos a prepararlo. Debéis de estar hambrientos después de un viaje tan largo, y me imagino que tía Cass debe de estar cansadísima.

—¿No ibais a adornar la tumba? —preguntó Ophelia.

—Bueno, podemos hacerlo en otra ocasión.

—Yo creía que ibais a hacerlo hoy. Leonie dijo…

—¡Pues claro! —cortó Leonie—. Ya que estamos aquí, lo haremos.

—Pero eso nos hará retrasar la comida —dijo Callie.

—Podemos esperar —replicó Ophelia—. No tenemos tanta hambre. Adelante, nosotros podemos ayudaros. Me gustaría ver la tumba; no la he visto desde el funeral.

—Bueno… —Callie miró escépticamente a la viejecita, que se apoyaba en el brazo de Ophelia—. ¿Y tú qué dices, tía?

Tía Cass, que no oía demasiado bien, comprendió la mirada.

—Creía que íbamos a ir al cementerio —dijo con su quejumbrosa voz de anciana.

Ophelia acercó la boca al oído de su madre.

—Tendrás que quedarte aquí. Está demasiado lejos.

—Quiero ir con vosotros.

—¡Es una subida muy fuerte! —gritó Callie.

—No importa.

—Hace mucho calor… ¿Estás segura de que no te cansarás?

—Quiero ver la tumba. Deja que me coja, Phelie.

La viejecita agarró con fuerza el brazo de su hija y se cogió también al de Callie.

—Bueno —dijo Ophelia—, tendremos que llevarla.

Leonie y los hombres iban delante llevando las flores. Ralphie había desaparecido de nuevo. Nadie le prestaba ninguna atención, ya que su presencia nunca se notaba.

La tumba de Mathy se hallaba en el extremo del cementerio, bajo la espesa sombra de un pino. Parecía muy pequeña en medio del gran solar, como un niño durmiendo en la cama de sus padres. A Leonie no le gustaba verla. El alma de Mathy estaba en el cielo, pero su pequeño cuerpo vestido de blanco yacía allí unos metros bajo tierra, pudriéndose. No podía evitar pensar en eso. Y ellos también lo pensaban, los pobrecillos; sabía que lo hacían. Y si a ella le dolía, ¡cuánto más a sus padres!

Ralph volvió atrás para buscar un cubo de agua, dejando a Matthew y a Leonie a solas. Matthew se inclinó para examinar la lápida nueva.

—Es bonita —dijo Leonie.

—Pues no lo han hecho muy bien —replicó él, frunciendo las cejas.

—¿No? —Se inclinó para mirar—. ¡Oh, por el amor de Dios!

Los restos del apellido «Soames» eran todavía ligeramente visibles bajo «Inwood».

—No se notará —dijo ella—. Nadie lo sabrá nunca.

—Me siento tan tonto… —murmuró Matthew.

—Fue una equivocación natural, papá. No pienses más en ello. —Le acarició el brazo—. Vamos, ayúdame a plantar estos geranios. ¡¿Verdad que queda bien?! — gritó al ver que se acercaban las otras mujeres.

—Verdaderamente es una lápida muy bonita —dijo Ophelia.

—Bueno, ¿y de quién es? —se impacientó tía Cass.

—¡De Mathy! —gritó Ophelia—. ¡Ya te lo dije, mamá!

—Caramba, ¿no es ésta Mathy? —dijo tía Cass, señalando a Mary Jo.

—¡No, ésa es la pequeña! —Ophelia miró a Callie haciendo un gesto de impotencia—. Nunca se acuerda de nada.

Callie no estaba escuchando. Se había acercado a la tumba y acariciaba la lápida con suavidad.

—¡Aquí está el agua! —dijo Leonie en voz alta—. Ahora todo el mundo a trabajar. Mamá, tú llena los tarros. Papá puede empezar a plantar los geranios. Yo escogeré las flores.

—Quiero sentarme —dijo tía Cass.

—¡No hay ningún sitio para sentarse! —gritó Ophelia—. Puedes estar de pie unos minutos.

—Mis piernas no aguantan más. Tengo que sentarme.

—Ay, Señor. Bueno, siéntate ahí en la hierba.

—No puedo agacharme tanto.

—Pues tendrás que hacerlo, no hay ningún otro sitio. A menos que pudieras…

Ophelia se detuvo, echando una ojeada a Callie.

—Bueno, que se siente aquí —dijo Callie—. No puede estropearla.

La llevaron a la nueva lápida.

—Aquí —dijo Ophelia—. Y procura no pisar la tumba más de la cuenta. Bueno, Callie, ahora deja que os ayude con las flores.

Todos tenían algo que hacer, y charlaron alegremente mientras realizaban sus tareas. Tía Cass los contemplaba desde lo alto como un capataz en un campo de trabajo. Leonie estaba contenta por aquella distracción: les daba ocasión de sonreír e impedía que las cosas fueran demasiado solemnes. Cuando hubieron terminado, retrocedieron para admirar su obra.

—¡Ya está! —dijo Leonie animosamente, cuando Ophelia la interrumpió.

—¡Pobre niña! —exclamó en un tono tan inesperadamente triste que los dejó a todos helados—. Pobrecilla… Todos estamos aquí tan felices, y ella yace ahí dentro fría y muerta.

Leonie sintió deseos de estrangularla. ¿Qué mosca le había picado a Ophelia? La miró con desaprobación, pero Ophelia no le hizo ningún caso, absorta en su actitud de profunda pena.

Se produjo un terrible silencio y Ralph se quitó el sombrero. Mecánicamente, Matthew hizo lo mismo con el suyo. Leonie miró a su alrededor con desesperación. Su madre estaba mirando la tumba con la cara trémula. Ophelia sacó un pañuelo y se sonó con fuerza. Adaptándose a las circunstancias, tía Cass empezó a llorar. ¡Oh, no, pensó Leonie, después de todos sus esfuerzos, no! ¡Todo había ido tan bien hasta ahora! Miró a su padre y vio, alarmada, que tenía el rostro contraído. Los niños los contemplaban a todos asustados. Entonces su madre, con la barbilla temblorosa, cogió a Peter, y todos los planes del día estuvieron a punto de derrumbarse. Leonie sintió que la invadía un sudor frío. Tenía que haber algo que pudiera hacer, alguna manera de arreglarlo todo…, oh, por favor…

Como si el cielo respondiera a su oración, un grito frenético e inarticulado resonó al pie de la colina (¡Gloria al señor!).

—¿Qué es eso? —preguntó Leonie.

Todos alzaron los ojos sorprendidos. El sonido se oyó de nuevo; era como un grito estrangulado que procedía de la iglesia. Ophelia dio un salto como si le hubiesen dado un puntapié.

—¡Ralphie! —chilló, corriendo por el sendero tan aprisa como podía.

Ralph la siguió y los niños echaron a correr tras ellos pisando las tumbas.

—¿Qué pasa? —inquirió Matthew.

—¡Debe de haberse caído al pozo! —dijo Callie llorando.

Y empezaron a subir por el sendero, seguidos por Leonie. En la cumbre de la colina Ralph y Ophelia estaban corriendo en todas las direcciones.

—¿Dónde estás, hijo?

—¡Aquí! —se oyó una voz ahogada.

—¿Dónde?

—¡Aquí! ¿No podéis daros prisa?

Lo encontraron sobre el parachoques del coche, una masa de brazos y piernas a la que le faltaba la cabeza. Matthew levantó la capota y de las profundidades del grasiento interior asomó la roja cara de Ralphie.

—Me alegro de que hayáis venido —dijo arrastrando las palabras—. Me he cogido el pelo con la correa del ventilador.

Tuvieron que cortárselo con un cortaplumas, y casi se murieron de risa. No lo pudieron remediar. ¡El pobre Ralphie tenía un aspecto tan divertido! Callie rió hasta que le rodaron lágrimas por las mejillas. A Leonie le hizo bien verla así. Y en medio del jaleo, Ophelia soltó otro chillido.

—¡Ay, Dios mío! ¡Nos hemos dejado a mamá en la tumba!

Estuvieron riendo durante el resto del día, primero por lo de Ralphie, después por lo de tía Cass, y luego por lo de Ralphie de nuevo. A ninguno de los dos les importaba. Ralphie se iba por su cuenta la mayor parte del tiempo y no los oía; y tía Cass, reaccionando como un barómetro al ambiente de su alrededor, se divertía con los demás, sin apenas recordar lo que había provocado aquel regocijo.

Mientras al atardecer les decían adiós con la mano, Leonie dijo:

—¡Hacía tiempo que no me divertía tanto!

—¡Pobre tía Cass! —exclamó Callie—. ¡Abandonada allí sola!

Y sus ojos se humedecieron de risa. Matthew sonrió y se volvió hacia el granero.

—Caramba, es tarde. Tengo que ordeñar. ¿Sukie? —gritó, mirando dentro del establo—. Supongo que se habrá cansado de esperar y que habrá vuelto al prado. Tengo que ir a buscarla ahora.

—Iré contigo —dijo Callie.

Leonie los vio cruzar la puerta del prado, pasar bajo los nogales, y sonrió con satisfacción. Era como una película con un final feliz: la anciana pareja del brazo, desvaneciéndose en la oscuridad. Regresó a casa llena de alivio. Todo había terminado.

En un arranque de buen humor, entró en el salón y se pasó por los hombros las correas del acordeón. La estancia estaba demasiado oscura para leer partituras, pero se sentó para tocar de oído. Sin embargo, no paraba de equivocarse.

—¡Mierdalcazo! —exclamó en voz alta, y se echó a reír.

Aquél era el único taco que le había oído decir a su madre alguna vez. Normalmente le avergonzaba, pero esa noche le parecía divertido. Se puso en pie y empezó a tocar su canción favorita sin prestar atención a las equivocaciones. «Cuando sonríes, cuando sonríes, el mundo entero sonríe contigo.» Cantaba en voz alta, y como estaba sola en casa y protegida por la oscuridad, empezó a balancearse y a bailar como había visto que hacían en las revistas. Al final de su número se inclinó profundamente y, al alzar de nuevo la cabeza, vio dos pequeñas figuras apoyadas en la pared.

—¡Niños, fuera de aquí!

Se oyeron risas.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Mary Jo.

—Nada, ensayando.

—No paras de moverte.

—Eso no te importa. Vamos, niños, entrad a lavaros los pies. Es hora de ir a la cama.

Tras la usual resistencia, entraron. Les hizo unos sándwiches de puré de patata y los llevó arriba. Al bajar, vio que sus padres todavía no habían traído la leche. Se dirigió a la puerta de atrás, pero no oyó ningún ruido en el granero. ¿Era posible que aún estuvieran buscando a la vieja Sukie? Encendió una lámpara, se sentó a la mesa de la cocina y empezó a mordisquear un ala de pollo. Al cabo de un rato, volvió a asomarse por la puerta. Pero no podía ver mucho a causa de la oscuridad. Y ellos no se habían llevado ninguna linterna. Salió afuera y gritó. No obtuvo respuesta.

—¡Vaya lata! —murmuró saliendo al patio.

En la oscuridad se agitó algo que la asustó.

—¡Sukie!

Una sombra oscura se dirigió hacia ella y Leonie acarició el lomo de la vieja vaca. Luego se inclinó para palparle la ubre.

—¡Caramba, todavía no te han ordeñado! Bribona, todavía deben de andar buscándote.

Condujo a Sukie al establo y al salir oyó sus voces en la puerta del prado. Estaba a punto de hablar cuando algo que dijeron la detuvo, y escuchó.

—No conviene herir sus sentimientos —decía su padre.

¿Los sentimientos de quién?

—No —contestó su madre—, no podemos hacer eso. Creía que hacía lo mejor.

Leonie se refugió en la oscuridad del establo. ¿De qué estaban hablando? Pasaron junto a la puerta y se detuvieron a corta distancia.

—Pero tanta gente allí —dijo su madre—, y tanto jaleo… Tendría que haber sido algo tranquilo y hermoso, sólo con la familia.

Su voz sonaba muy extraña.

—Calla, querida —dijo su padre—. No te apenes.

—No lo puedo evitar. —La voz se convirtió en un sollozo quebrado—. ¡En todo el verano no nos ha dejado llorar!

Todo el cuerpo de Leonie estaba en tensión. Se quedó rígida escuchando los furtivos sollozos del otro lado de la pared. Y entonces recordó a su madre en el patio de la iglesia al mediodía, cuando las lágrimas le corrían por las mejillas. Dios mío, mamá no se había reído en absoluto. ¡Había estado llorando todo el tiempo!

Los sonidos en voz baja prosiguieron durante varios minutos.

—Ahora sécate los ojos —dijo su padre dulcemente—. Tenemos que entrar; nos estará buscando.

Al cabo de un instante, oyó la puerta trasera. Leonie aguardó dándoles tiempo para llegar a la casa. Luego, salió del granero, bajó corriendo por el sendero y se dirigió a la puerta delantera. Sin hacer ruido, se metió en el patio y se dejó caer en una silla que había quedado de la tarde. Estaba convencida de que los fuertes latidos de su corazón la delatarían. Apenas había recobrado el aliento cuando su madre salió al porche.

—¿Leonie? Caramba, me has asustado. Creía que estabas arriba.

—No, estoy aquí fuera.

—He salido a buscar las sillas.

—Ya las entraré yo.

—¿No quieres que te ayude?

—No te molestes. Ya las entraré más tarde. Quiero estar aquí un rato.

—Me parece que esta noche estás cansada, ¿verdad, cariño?

—Un poco.

—Yo también. Hemos buscado a la vieja Sukie arriba y abajo, pero creo que ha venido por sí sola. Será mejor que vaya a preparar la desnatadora.

—¿Mamá? —Leonie se detuvo y dijo con voz firme—: ¿Te lo has pasado bien hoy?

Apenas hubo un momento de vacilación.

—Claro que sí, cariño, ha sido todo muy bonito.

Estaba mintiendo. Mamá, yo no te he mentido nunca en mi vida, no en nada importante. ¿Por qué me mientes tú ahora? ¿Por qué no me dices la verdad? ¿Por qué disimulas? Sus pensamientos cayeron sobre ella como un chorro de agua fría. ¡Habían estado disimulando durante todo el verano! La habían engañado como a una chiquilla imbécil. Pequeñas protestas, encogimientos de hombros, evasiones, miradas furtivas empezaron a agolparse en su mente. Ahora lo comprendía todo. Mamá olvidándose de encender las velas; papá arguyendo que no tenía tiempo para leer. Qué poco había dicho durante sus discusiones… ¡ella había llevado toda la conversación! Y sus evasivas por las noches, cuántas veces había tenido que obligarlos casi a que entraran a cantar. Las cenas, el modo en que olvidaban sus nuevos modales, sin acordarse de utilizar los tenedores para la ensalada… Y mamá… Leonie parpadeó, recordando cuan a menudo la había descubierto con la revista abierta en el regazo, mirando soñadoramente el patio como una niña aburrida en el colegio.

Ellos no querían leer, ni cantar ni aprender, ¡ni hacer nada que fuese bonito e intelectual! Y si no querían, ¿por qué no lo habían dicho? Lo único que ella deseaba era animarlos. Pero ellos no querían que los animasen, ¡querían llorar! Entonces ¿por qué no lo habían hecho?

Ella sabía por qué. Tenían miedo. Temían que comprendiera que nada de lo que hiciese serviría. Ella podía cuidarlos, darles ensalada de pollo, alegría, velas y música; podía amarlos, honrarlos y obedecerlos… Pero nada de lo que hiciera o les diera podría hacerles olvidar a Mathy.