Cuatro hermanas
Leonie
1
Los vecinos que pasaban junto a la casa de los Soames aquel verano, en su camino de ida y vuelta a la ciudad, oían un extraño sonido. Un sonido amortiguado, suspirante, algo lúgubre, solitario en el sopor de la tarde, cuando la granja permanecía en silencio y con las persianas echadas… Un sonido amenazadoramente espeluznante que perseguía a uno montaña abajo como el aliento de un lobo herido.
Era precisamente a media tarde cuando aquel sonido se oía con más frecuencia, ya que entonces Leonie encontraba tiempo para tocar el acordeón. Como aquel verano no podía estudiar órgano, se había comprado el acordeón como sustituto. También sustituía al piano, pues ya no lo llevaban de la ciudad a la granja. En cuanto podía, se encerraba en el salón y, poniendo un cantoral en el atril, empezaba a tocar. Luego enseñaba la letra a Mary Jo y a Peter y la interpretaban todos juntos. La pieza que les salía mejor era «Habrá lluvia de bendiciones», que se interpretaba a menudo en las veladas musicales.
Por aquel entonces Peter tenía casi cuatro años, y Mary Jo, siete. Todas las mañanas Leonie les daba clase un rato y luego les hacía interpretar las canciones y versos que aprendían. Aquello servía además de agradable diversión para toda la familia, les hacía olvidar las cuestiones banales y les proporcionaba un solaz para el espíritu antes de cenar.
Una noche de julio, la familia se reunió en el salón como de costumbre. Matthew y Callie estaban sentados en el sofá mientras el trío les echaba sus bendiciones musicales. Al final, prorrumpieron en aplausos.
—Caramba, ha estado muy bien —dijo Matthew.
—¡Cada vez lo hacéis mejor! —exclamó Callie.
—Bueno, trabajamos duro —replicó Leonie—. Podríamos interpretar algo en la iglesia uno de estos domingos.
—¡Es una buena idea!
—¿Podemos cantar nuestra nueva canción, tía Linnie? —preguntó Peter.
—¡Ahora mismo, cariño! —Se volvió hacia sus padres—. Esta noche tenemos una canción nueva. Vamos, niños, poneos ahí como cuando ensayamos, y no os olvidéis de los gestos.
Los niños se colocaron de espaldas a la pared y adoptaron una expresión atenta.
—¿Preparados? —preguntó Leonie, cogiendo el acordeón—. No empecéis hasta que yo os lo indique.
Tocó una introducción, dio la señal, y la canción empezó:
Cuando sonríes, cuando sonríes,
El mundo entero sonríe contigo…
Cantaban vehementemente, marcando las pausas con amplias sonrisas y horribles muecas. Matthew y Callie aplaudieron con entusiasmo.
—Ahora haced el saludo —ordenó Leonie.
Se inclinaron. Peter se cayó al suelo y dio una voltereta.
—¡Oh, Peter! —exclamó ella con desaprobación.
El chiquillo yacía tumbado de espaldas, agitando los pies en el aire. Matthew se inclinó sobre él riendo.
—Vamos, vamos, ¡así no se hace un saludo! Levántate, señor, o te levantaré yo.
Cogió a Peter por los tobillos y lo alzó por encima de su cabeza. Mary Jo quiso que se lo hiciera también y Leonie tardó varios minutos en conseguir que se calmaran.
—Venga, cantaremos ahora todos juntos una canción, y después podemos cenar. ¡Vamos! «Habrá lluvia de bendiciones». ¡A cantar todos!
Lluvia, lluvia de bendiciones,
lluvia de bendiciones necesitamos;
están cayendo gotas a nuestro alrededor,
pero es lluvia lo que pedimos.
—¡Bueno, me ha gustado mucho! —dijo Callie, siguiendo a los niños a la cocina.
—Yo creo que es muy bonito —le dijo Leonie a su padre mientras guardaba el acordeón—. Apuesto a que no hay muchas familias que se reserven algo de tiempo para la música como nosotros.
—Dudo que las haya.
—Por aquí no, desde luego.
—No, por aquí no.
—Tú siempre hiciste que nos interesáramos por la música, papá, y te estoy muy agradecida. He pensado que este verano tendríamos que dedicarle más tiempo, hacer que forme parte de nuestra vida.
—Así es como tiene que ser.
Se dirigieron a la cocina. Callie estaba colocando una lámpara sobre la mesa.
—Oh, no, la lámpara no, mamá —dijo Leonie—. Pongamos otra vez las velas.
—Es verdad —replicó Callie—. Me había olvidado.
—Están ahí, delante de ti.
—Ya lo sé, pero no había caído.
Leonie encendió las velas colocadas en los candelabros de plata que le había regalado a su madre por Navidad. Bajo su pálida luz, la porcelana y la cristalería brillaban con mil destellos. Las rayas adamascadas del mantel (que era de lino puro, y también regalo de Leonie) parecían arroyos de plata.
—¿Verdad que es bonito?
—Sí, muy bonito, cariño —dijo Callie—. Pero ¿no te cansas de lavar ese mantel? Creo que de vez en cuando podríamos poner el hule.
—Vamos, mamá, ya te he dicho que no me importa. Debemos vivir con elegancia y, aunque eso dé trabajo, merece la pena.
—¿Dónde está la cena? —preguntó Mary Jo—. En la mesa no hay más que platos vacíos. ¿Es que vamos a comer platos?
—¡Comer platos! —exclamó Peter, y los dos se echaron a reír a carcajadas.
—A callar —dijo Callie—. Ya os daré algo de comer.
—¿Dónde está? —repitió Mary Jo.
—Afuera en el porche. Sentaros los dos y portaros bien. No vamos a pasarnos las cosas como siempre. Leonie lo pondrá todo en los platos.
—¿Para qué?
—Es un estilo nuevo, el que usa la gente de la ciudad.
Leonie trajo los platos desde el porche de atrás. Estaban llenos de comida fresca y fría; el plato fuerte: ensalada de pollo en un nido de lechuga.
—¡Caramba, queda muy bien! —exclamó Callie.
—Espero que sea suficiente —dijo Leonie con modesto orgullo—. He puesto toda la ensalada que había.
—Hay bastante, la cantidad justa.
—Sí, con todo lo demás: la remolacha, las zanahorias y los huevos à la russe… ¿Verdad que este plato tiene colorido? Se ha descubierto que el color estimula el apetito.
—Desde luego, tiene muy buen aspecto —dijo Matthew.
Inclinó la cabeza y bendijo la mesa. Apenas acababa de decir «amén», cuando se oyó el sonido de una fuerte bocina.
—¡Dios mío! —exclamó Callie.
—¡Es papá! —gritó Peter.
Él y Mary Jo abandonaron la mesa de un salto, sin pedir excusas, y corrieron a la puerta.
—Vaya, me parece que sí —dijo Callie, retirando su silla—. ¿Qué viene a hacer aquí entre semana?
—¡Lástima! —exclamó Leonie—. No había contado con él.
—No te preocupes. Ya haremos algo más.
—Pero la ensalada de pollo… —murmuró Leonie quejumbrosamente, sola en la mesa. La hermosa cena preparada por ella se estropearía—. ¡Bah! —añadió, levantándose para poner otro plato.
—¡Hola, tía Linnie!
Ed entró cojeando con Peter colgado de su bastón.
—Hola —saludó Leonie—. ¿Te han despedido del trabajo?
—Vamos, vamos, tía Linnie…
Le dio unos golpecitos con el bastón.
—Estate quieto.
—Tengo un par de días de vacaciones, y se me ha ocurrido venir a desgranar un poco de maíz.
—¡Bonito tiempo para desgranar maíz! —exclamó ella.
—Bueno, debe de haber algo que pueda hacer por aquí para ganarme el sustento. —Se sirvió un vaso de agua—. ¿No han cenado todavía?
—Acabábamos de sentarnos a la mesa —contestó Callie.
—Lo siento, no quería interrumpirlos. Continúen.
—Tú no has cenado todavía, ¿verdad?
—Me he tomado una hamburguesa en la ciudad.
—Eso no es bastante. Siéntate ahí, Leonie te ha puesto un plato.
—No necesito mucho —dijo él.
—Tampoco tenemos mucho —replicó Leonie.
Callie rió.
—¡Tendrías que habernos avisado que ibas a venir! —dijo—. Hubiéramos preparado algo más. Papá, trae el jamón del ahumadero, que freiremos unas cuantas tajadas.
—¡Oh, jamón frito no! —exclamó Leonie.
—¿Por qué?
—No pega con esta clase de cena. Que se coma mi ensalada.
—De ninguna manera —dijo Ed.
—No tengo apetito.
—Claro que lo tienes, cariño —intervino Callie—. Freiremos un poco de jamón; sé que a Ed le gusta.
—No se molesten tanto por mí —dijo él.
—No es ninguna molestia. Vosotros, los hombres, salir al porche y nosotras lo prepararemos todo en unos minutos.
Media hora después Leonie los llamó. Sofocada y malhumorada, se sentó ante las ruinas de su cena. Las patatas fritas y el jamón humeaban en una bandeja colocada en el centro de la mesa. Las flores y las velas habían desaparecido; en su lugar habían encendido las lámparas de aceite.
Después de cenar, los hombres regresaron al porche, donde se pusieron a charlar. Leonie podía oírlos mientras ella y Callie lavaban los platos.
—No creo que podamos estudiar a Shakespeare esta noche, estando él aquí.
—Me imagino que no —dijo Callie.
—¡Es un fastidio! A papá le gusta mucho.
—Sí, a tu padre siempre le ha gustado leer.
—Pensaba que podríamos leer mucho este verano, pero por lo visto no hay manera. Siempre lo impide algo.
—Es verdad —dijo Callie.
—Una obra a la semana no es leer mucho.
—Son muy largas. Y además tenemos que pararnos y comentarlas.
—Claro, hay que discutirlas —observó Leonie—. No se puede sólo leer a Shakespeare.
—No, supongo que no.
Leonie enjugó una cacerola.
—No sé por qué Ed no se interesa por estas cosas.
—Caramba, yo creía que sí le interesaban —dijo Callie—. Me imaginaba que Ed siempre estaba leyendo libros.
—Y los lee… o al menos eso es lo que dice. Pero nunca le he oído hablar de ninguno.
—Tal vez no le guste hacerlo.
—Lo más probable es que no pueda hacerlo. Papá siempre ha dicho que Ed se limitaba a pasar las páginas, que en realidad no las leía.
—Bueno, no sé —suspiró Callie—. Me temo que las cosas no le van muy bien, que vive al día. Yo creía que había ahorrado algo, pero por lo visto no es así. Tal vez si Mathy viviera…
—Vamos, mamá, no pienses en eso —dijo Leonie con dulzura—. Quedamos en que no lo haríamos.
—Lo sé, y hago todos los posibles, de veras.
—Te estás portando muy bien. ¿Por qué no te vas a la otra habitación, que está más fresca, y acabas de leer tu revista?
—No quiero dejarte sola con los platos.
—Ya casi hemos terminado; sólo faltan unos cuantos cacharros. Anda, vete ahora y lee tu revista. No has tenido ni un momento de descanso en todo el día.
Callie colgó el trapo de secar los platos.
—Creo que tendría que ir a hacer un rato de visita con Ed. Además, con la luz de la lámpara apenas puedo leer. Me duelen los ojos.
—Haz lo que quieras. Yo acabaré con esto.
Callie salió de la cocina y Leonie acarreó el cubo de fregar los platos hasta el porche trasero y lo vació en la pila del agua; interiormente, juraba vengarse del odioso cacharro. ¡Qué no daría por tener un fregadero y agua corriente! Se secó después las manos y se dio una capa de crema de miel y almendras. Luego, cogió una lámpara y se retiró al salón. Intentó leer, pero las voces que se oían en el porche la molestaban. Ed estaba hablando del Post Dispatch de San Luis y de que era mucho mejor que el Star de Kansas. Matthew, fiel a su región, procuraba defender al Star. Luego Ed volvió a mencionar a Pendergast y a cómo lo controlaba todo en Kansas, incluida la prensa. A Leonie le costaba concentrarse en El rey Lear. Ed la ponía frenética, siempre discutiendo con su padre.
Puso los codos sobre la mesa dando un golpe sordo, como si quisiera pedir silencio, y, apoyando firmemente la barbilla en las manos, atacó el libro. Pero debió de dormirse en algún momento, porque se despertó dando un respingo al oír la voz de su padre.
—… la lápida —le oyó decir—. Van a traerla la semana que viene.
—Oh —exclamó Ed—. No sabía que la hubiese encargado.
—Sí, hace algunas semanas.
—Tendría que haberme cuidado yo de eso. Tenía intención de hacerlo, pero lo aplacé.
—Bueno… —murmuró Matthew con turbación.
—En realidad, creo que no me gustaba pensarlo.
—Sí, a veces desearíamos poder evitar esta clase de cosas. No son agradables.
Leonie cerró el libro. Lo que su padre no le había dicho a Ed era que había encargado la lápida el verano pasado, poco después de la muerte de Mathy. Sólo cuando llegó y estuvo colocada sobre la tumba se dio cuenta de su error. Había hecho grabar «Soames» en el granito. Pero, tanto si le gustaba como si no, el apellido de Mathy al morir era Inwood. Avergonzado, hizo volver a los hombres para que se llevaran la lápida. Durante el resto del año Mathy no tuvo en su tumba más que un tiesto lleno de flores, pero por fin Matthew se decidió a ir de nuevo al escultor. A partir de la semana siguiente, la muerte de Mathy sería definitiva, estaría sellada con la firme autoridad de su nombre tallado en piedra:
INWOOD 1
Mathy Elizabeth
Esposa de Edward
Leonie dejó la lámpara en el salón y subió arriba frunciendo el ceño mientras pensaba en la tarea que los aguardaba. Tendrían que ir a ver la nueva lápida; sería una especie de peregrinaje para el cual no tenía muchos ánimos. Y no es que no echara de menos a Mathy; la añoraba, y la granja estaba llena de recuerdos suyos. Pero la nueva lápida no haría más que resucitarlos de la manera más dolor osa. Dios mío, pensó encendiendo la lámpara de su mesa tocador, mamá lloraría y papá permanecería en pie, lívido y terrible, mientras los niños lo mirarían espantados. Iba a ser difícil para todos.
Recordó el aniversario de la muerte de Mathy, aquel día de junio. Había tenido que utilizar todo su ingenio para hacerlo soportable. De no ser por sus esfuerzos habría sido terrible. Se había mostrado todo el día alegre y animada, manteniendo a mamá ocupada para hacerle olvidar su pena, saliendo a charlar con papá para que no se sintiera solo, diciendo cosas intrascendentes para hacerlos sonreír… Fue fatigoso. Pero lo había conseguido —apenas lloraron—, y podía lograrlo de nuevo.
Apagó la lámpara y se acostó. ¡Ahhhh!, dijo sintiendo que sus músculos se relajaban. Cada noche le sucedía lo mismo; se daba cuenta de que estaba mortalmente cansada. En la granja había mucho que hacer, tanto dentro como fuera. A veces se sentía irritada. Ella no había querido ir a la granja.
Recordó el principio de la primavera, cuando les había pedido a sus padres que se quedaran en la ciudad durante el verano. La granja contenía demasiados recuerdos de la tragedia del pasado año. (No podía olvidar las semanas posteriores a la muerte de Mathy, cuando papá vagaba silencioso y sombrío, y mamá casi perdió la cabeza.) Regresar tan pronto sólo traería problemas. Pero su padre tenía sus razones. En tiempos como los que corrían, dijo, ellos pertenecían a la granja, donde podían proveerse de todo. El viaje no les costaba más que unos litros de combustible, y ya no tenían que alquilar un camión para trasladar los muebles. La granja estaba llena de trastos viejos que habían ido almacenándose allí a lo largo de los años.
Desde luego. Habría podido dejar que fueran sin ella. Tenía muchas ganas de estudiar aquel verano, preferentemente en Nueva York, y de tomar lecciones de órgano. Pero mamá se ponía triste cuando hablaban de eso y le decía lo solos que estarían los dos, con Mary Jo —que era demasiado pequeña para comprender— y el hijo de Mathy por única compañía. Leonie no podía soportar la idea. Y si no los acompañaba ella, ¿quién lo haría?
Jessica no. Jessica había vuelto a casarse hacía dos años. (Era una muchacha desconcertante. Una maestra prometida a un joven consejero del condado con carrera universitaria, y de pronto devuelve el anillo y se casa con un granjero, viudo y con cuatro hijos de entre diez y diecisiete años.) Por supuesto Jessica había vuelto a casa el verano pasado cuando Mathy murió; acudía en caso de emergencia. Pero era Leonie quien verdaderamente permanecía con sus padres, año tras año, y los cuidaba. Era Leonie quien hizo que mamá se comprara gafas y papá un coche decente, y quien se encargó de que los niños dejaran de comer empanadas fritas. Era Leonie quien no había huido y les había dejado por el primer hombre que le hizo caso.
De haberlo querido, podría haberse casado aquella misma primavera. Kenny, el entrenador de baloncesto de su escuela, se le había declarado. Era guapo, ambicioso y tenía una voz maravillosa. A veces cantaban dúos juntos. Pero era demasiado impetuoso, justamente la clase de hombre que su padre no aprobaría del todo. Aun así, ella jamás habría soñado con casarse tan pronto después de la muerte de Mathy. Debía pensar en sus padres. Y si nadie más quería ir, ella iría a la granja este verano. Honraría a su padre y a su madre. Los alegraría y pasarían una buena temporada juntos.
Asumida la tarea, empezó a ponerla en práctica con prontitud. Sabía que debía conseguir que olvidaran su dolor. Si el trabajo obraba aquel efecto, en la granja no faltaba. Pero no era suficiente. Necesitaban diversiones, intereses nuevos. La psicología enseña que nada distrae tanto la mente como los intereses nuevos. Su padre y su madre necesitaban desarrollar algunas aficiones. Tenían que coleccionar algo; debían leer. Pero, caramba, mamá no había leído un libro en su vida, ni siquiera revistas. O no tenía tiempo o no tenía ganas. Bueno, pues este verano iba a tener ambas cosas. Leonie encargó que enviaran el Ladie’s Home Journal a la granja. Así su madre podría leer artículos sobre decoración, adquirir nuevas ideas para la casa y probar recetas nuevas en la cocina.
Papá también tenía que leer más. Estaba segura de que no había leído ningún bestseller desde Mrs. Wiggs of the Cabbage Patch, y tal vez ni siquiera aquél. Tampoco había leído todas las obras de Shakespeare, podrían hacerlo juntos, como con la Biblia, ¡leerse en voz alta unos a otros, y tener discusiones! Leonie sonrió con placer ante la idea, viendo, como un transeúnte que pasara por la ventana, a la familia del profesor sentada en sus mecedoras discutiendo acaloradamente El rey Lear. También tendrían música —a papá le gustaría eso—; en fin, una vida cultural activa y absorbente, como la que todas la familias deberían tener. Así pues, en un estado que rayaba la exaltación, empaquetó su acordeón nuevo y su Shakespeare y corrió a casa a pasar el verano.
Que todo resultara bastante bien no le sorprendió demasiado. Se esforzó mucho para conseguirlo. Organizaban veladas musicales, salían de excursión y, a veces, hasta celebraban pequeñas fiestas. En estas ocasiones, Leonie los sorprendía con un plato nuevo (la cocina estaba llena de recetas recortadas del Journal). Los niños hacían tarjetas de cartón para escribir los nombres de cada uno y Leonie adornaba la mesa con flores. Ponían tenedores extra para la ensalada, apilaban los platos a la cabecera de la mesa y hacían servir a papá. Todo el mundo se arreglaba para el acontecimiento y simulaba que se trataba de una cena de gala. Y así, con alegría y sana diversión, aprendieron a comportarse.
—¿Cómo has aprendido a hacer estas cosas? —le preguntó su madre una vez.
—Oh, se aprende mucho enseñando —contestó Leonie—. Especialmente en una ciudad grande. La gente de allí está al día, y en nuestra escuela se celebran muchos banquetes. La profesora de ciencias domésticas sabe cómo hacer las cosas. Es Carol Pokorny, ¿sabes?, mi mejor amiga.
—Sí, ya recuerdo.
—Organizó un té para el claustro de profesores la última semana de curso. Fue la cosa más estupenda que te puedas imaginar: pastelillos, sándwiches diminutos, tartas… Me pidió que la ayudara a servir, y cuando iba a hacerlo, ¡me hizo poner una rosa de té en cada platito! Una rosa de té… ¿Verdad que fue una buena idea?
Su madre siempre quedaba muy impresionada por las costumbres de la otra gente. Leonie no se había dado cuenta hasta entonces de cuán pasada de moda estaba. Por eso aquel verano fue un placer ver cómo se fijaba y recogía nuevas ideas. Animándola un poco, cada día encontraba tiempo para sentarse a leer una revista. Puede que en realidad no leyera casi nada —a excepción de las recetas—, pero era un buen hábito.
Lo que Leonie lamentaba era no poder dedicar mucho tiempo a Shakespeare.
Papá estaba enormemente ocupado. Pero, a veces, por la noche, ella insistía en ordeñar a las vacas y así él podía leer un poco. De este modo lograron terminar La tempestad.
Aquel verano fue satisfactorio en todos los aspectos. Leonie no solía perder su buen humor y su ánimo, aunque eso sucedía de vez en cuando. Ocasionalmente, en los días largos y cálidos, su espíritu, siempre fresco por la mañana, amenazaba con quedarse seco al mediodía como un cubo de agua. Entonces su vacío se llenaba de un culpable deseo de estar en otra parte y de otra manera. Se sentía sola, enterrada en el campo. Echaba de menos la radio y los fines de semana en Kansas. Añoraba a sus amigos. Los días pasaban sin nadie con quien hablar a excepción de mamá, los niños y, muy de vez en cuando, papá.
El único visitante asiduo era Ed Inwood, que acudía cada quince días a ver a Peter. Era natural pensar que, al vivir en Kansas, Ed estaría al corriente de todos los espectáculos y acontecimientos de allí. Pero al fin y al cabo no era más que un mecánico de garaje, y puede que fuera normal que no estuviera al día de la vida cultural. Bastante suerte tenía en permanecer en su trabajo, considerando que era perezoso y que además estaba cojo. Y no es que su pierna mala pareciera molestarle mucho; iba de un lado a otro tan bien como cualquiera, uno se acostumbraba a su manera de andar y apenas la notaba. Casi ni se hubiera notado el bastón, de no ser porque siempre lo estaba balanceando como un palo de golf o dando golpecitos a la gente por la espalda. Ed nunca cambiaría. La muerte de Mathy lo había serenado un poco, pero seguía siendo el muchacho alocado a quien ella había aborrecido en el instituto. Resultaba difícil considerarlo un miembro de la familia.
De vez en cuando alguna vecina les hacía una visita. Leonie trataba de que su madre las devolviera, pero no lo conseguía. Mamá nunca se preocupaba mucho por nadie que no fuese un viejo amigo o un pariente. Con los parientes era con quienes ella y papá verdaderamente disfrutaban. Un domingo de aquel verano, la prima Ophelia, el primo Ralph y su hijo Ralphie fueron a verlos. (Ralphie tenía dieciocho años y era un muchacho muy peculiar; desmontaba cosas tales como máquinas y relojes, no hablaba mucho y no molestaba.) Ralph y Ophelia tenían aproximadamente la edad de sus padres. Habían vivido siempre cerca unos de otros, y cuando se reunían no cesaban de reír y de hablar. Durante todo el día que pasaron allí, su madre no dejó de repetir:
—¡Tenéis que volver antes de que se acabe el verano!
—Huy, ya lo creo que me gustaría —replicaba Ophelia—. Pero en ese viejo coche nuestro el viaje se hace muy largo. Y no me gusta dejar a mamá muy a menudo.
—Traed a tía Cass con vosotros la próxima vez.
—Bueno, no sé. Está tan mayor… No sé cuánto tiempo la tendremos con nosotros.
Suspiraron y pusieron caras largas. Luego siguieron charlando, se rieron algo más y todos se sentaron en el patio, donde se quedaron hasta casi la puesta del sol. Leonie tenía la sensación de que no iban a marcharse nunca. Les hacían compañía y todo eso, pero no eran la clase de personas por las que ella suspiraba.
Así que allí estaba, a ciento treinta kilómetros de distancia de cualquier sitio, sin nadie con quien poder sostener las conversaciones que le gustaban y sin nadie que pudiera comprender su visión de la vida. A veces, cuando hacía girar la bomba del pozo o se despellejaba los nudillos en el lavadero, dicha visión la atormentaba. Era una imagen luminosa y oscura, como el sol, demasiado deslumbradora para poder mirarla de frente. Tenía que ver con mansiones campestres, jardines elegantes, lagos y cisnes. Tenía algo que ver con pasajeros de cruceros, fiestas a bordo, playas y partidos de tenis, bailes…, con los pasatiempos de la gente muy rica que había visto en las revistas y en los huecograbados (y que le parecían alcanzables por medio de un honrado esfuerzo).
Entonces, en su impaciencia, daba un puntapié a la bomba o miraba con expresión de pirómana al ahumadero, que estaba lleno de sacos, libros usados y todos los trastos viejos, herramientas y fotografías de la familia. Odiaba la granja y todos sus muebles rayados y manchados. Lo provisional la ponía mala. El director de las escuelas debería vivir mejor. Y mamá, a pesar de todo el orgullo que demostraba en la ciudad, allí no parecía tener vergüenza. Un día, en un arranque de furia, Leonie irrumpió en la cocina y le dijo a su madre:
—¡No sé por qué tenemos que vivir así!
—¿Vivir cómo? —dijo Callie.
—¡Con todos estos muebles que se caen de viejos! ¡Con ese sofá manchado de aceite!
—Para aquí ya está bien, ¿no te parece?
—Oh, eso es lo que dices siempre.
—Bueno, ¿y no es cierto? Aquí en verano es como si acampáramos. Ésta no es una casa de ciudad.
—¿Y por qué no tenemos muebles rústicos, o por ejemplo una gran chimenea de piedra? ¿Por qué hemos de vivir como unos pobretones?
Callie la miró herida.
—¿Es eso malo, cariño?
—Oh, en realidad no. —Leonie podría haberse mordido la lengua—. Es sólo que papá y tú… bueno, ya sé que no podéis permitiros el lujo de arreglar esto, pero si pensarais de otro modo, quiero decir, si os lo propusierais… Oh, no sé lo que quiero decir. Siento haber dicho nada, mamá.
Y llena de remordimientos corrió por el sendero hacia el lavabo, donde podía reprenderse en privado. Sus pobres padres habían trabajado mucho durante toda su vida. No era culpa suya que la granja fuese vieja y sucia y no una mansión campestre. Como tampoco tenían la culpa de haber nacido pobres. Ya era bastante de admirar que hubiesen llegado tan lejos. Y tampoco lo habrían conseguido si ella no hubiera aportado ideas nuevas. Como decía la Biblia, el niño es un padre para el hombre.
Regresó a la casa para terminar de quitar el polvo del salón. Pero durante un rato cogió su acordeón y tocó de nuevo su pieza: «Cuando sonríes, cuando sonríes, el mundo entero sonríe contigo». Y se sintió consolada.
Aquellos arranques nunca le duraban mucho, porque estaba demasiado ocupada en mantener la alegría en casa. Y lo había conseguido. Habían superado el aniversario de la muerte de Mathy. Sólo quedaba un escollo más que salvar: el día en que colocarían la lápida.
Echada en su cama en la oscuridad, contempló pensativamente el techo, escuchando a medias el murmullo de voces que se oía en el porche de abajo. ¡Cómo temía aquel día! Pero habría algo que pudiera hacer. Siempre había algo. Al cabo de unos minutos, se levantó y cerró la puerta. Encendió la lámpara, sacó del cajón una caja de papel y se sentó en el borde de la cama. Con la caja en las rodillas, empezó rápidamente a escribir una carta.