Cuatro hermanas
Capítulo 3
A mediados de verano, y a sus cuarenta y cuatro años, Callie Soames tuvo otra niña. Cuando Leonie, que estaba fuera, en el colegio de maestros, se enteró de que su madre estaba embarazada, lo desaprobó. Sintió vergüenza por sus padres y por ella.
Callie también estaba un poco avergonzada al principio, pero en el fondo se sentía bastante orgullosa de sí misma. Y a medida que transcurría el tiempo le preocupaba cada vez menos. En privado, ella y Matthew se felicitaban con cariño, como dos personas que habían hecho un largo camino juntos y que pensaban que podrían recorrer el resto.
Jessica fue a casa a ayudar. Hacía ya dos años que vivía en los Ozarks; se sentía tan feliz, incluso sin Tom, que le resultó difícil marcharse. Por primera vez en su vida tenía pretendientes (Tom fue su marido antes de haber tenido oportunidad de cortejarla), y estaba divirtiéndose más de viuda que todo lo que se divirtió siendo soltera. El año anterior fue a casa para pasar sólo dos semanas; pero esta vez fue a pasar el verano, y con un estado de ánimo tan optimista que toda la casa se contagió de él. Ella y Mathy no veían razón alguna por la que mamá no pudiera tener otro bebé si quería. Pensaban que era una buena idea. La cuidaban y mimaban, y cuando papá no estaba, le tomaban el pelo alegremente. Se divertían tanto, que hasta Leonie tenía que participar.
Callie consiguió por fin que la familia se instalase en la gran casa de Cooper, donde todos, incluido Matthew, se sentían a sus anchas. Era una mansión espaciosa y fría con muchos dormitorios, una escalera delantera, otra trasera y numerosos porches. El patio era amplio y sombreado, lleno de árboles frutales y arces. Había petunias en un viejo parterre, parras en el sendero de atrás, y una gran provisión de tréboles de cuatro hojas junto a la puerta del granero. Además, en el patio trasero se alzaba un túmulo herboso que a Callie servía de gran consuelo: en caso de ciclones, por los que sentía terror, ya tenía un sótano donde cobijarse.
A veces, en las tardes muy calurosas, y mientras su madre hacía la siesta, las niñas abrían la puerta del sótano y se sentaban en el fondo de las escaleras para respirar el aire fresco que se almacenaba allí. Bajándose las medias y levantándose las faldas, leían en voz alta, se contaban chistes y se divertían mucho. Solían leer historias románticas de Temple Bailey, Emma Lindsay Squier y la reina María de Rumanía. De vez en cuando se aterrorizaban con un maltrecho ejemplar de True Story que Jessica había encontrado en el tren. Pero la mayor parte del tiempo charlaban. Hacia las cuatro, Callie se asomaba al patio y las llamaba. Entonces la tarde transcurría ya muy aprisa, hasta la hora de cenar.
Matthew pasó la mayor parte del verano en la escuela. Con Callie disfrutando de los privilegios de su embarazo y todas sus hijas en casa, pensaba que ésta ya no era un lugar adecuado para un hombre. Una callada insurrección lo había desplazado del mando. Se sentía acorralado por las maniobras estivales de un montón de mujeres en una casa grande. Barrían, ventilaban, cosían, cocinaban, hacían conservas y, sobre todo, lavaban. Lavaban ropas, suelos, verduras y ventanas, tarros de fruta, escaleras, pasillos y alacenas, alfombras, cortinas, y el pelo de unas y otras. Estaban siempre sacando agua con la bomba. Matthew se resignó ante la certeza de que el pozo se quedaría seco en agosto.
Le resultaba imposible proseguir sus estudios en casa. Si, por ejemplo, se enfrascaba en una lección por correspondencia en un rincón de su habitación aprovechando el fresco de la mañana, antes de haber empezado sufría miles de interrupciones: carcajadas en el jardín, risas en las escaleras de atrás y un interminable transitar de un lado a otro. Aunque junto a su puerta andaban respetuosamente de puntillas, siempre, indefectiblemente, se les caía el recogedor por el suelo o tropezaban con la alfombra y les entraba un ataque de risa. Y ninguna de ellas podía hacer la cama sola. Tenían que trabajar de dos en dos, lo cual originaba el consiguiente diálogo y una inexplicable hilaridad. No sabían hacer nada en silencio. En sus oídos resonaba el ruido continuo de los utensilios domésticos —los cubos de fregar, el cepillo de la alfombra, la bomba del pozo, la batidora—, al que se superponía la constante algarabía de risas femeninas.
No podía explicarse lo que les había pasado a sus hijas. Se habían vuelto tontas de remate, decía Callie con indulgencia, y además habían perdido sus buenos modales y casi toda su modestia. Se pintaban la cara como salvajes; ¡Jessica había llegado a casa con colorete! Se deslizaban por el pasamanos de la escalera, se reían tontamente durante las oraciones y corrían por todas partes en camisón con las luces encendidas. Leonie aún mantenía algo de decoro, pero con las otras dos no había forma. Mathy sola ya era bastante terrible; ella y Jessica juntas parecían la marabunta. Callie se limitaba a reírse y a hacerles blandos reproches que sólo conseguían empeorar las cosas. A pesar de todo, Matthew debía admitir que las niñas eran diligentes. ¡Si no se rieran tanto! Pero lo hacían, y él no tenía ánimos para mandarlas callar. Por ello, tan pronto como terminaba sus quehaceres se dirigía a la escuela, donde todo estaba dispuesto a su gusto y donde podía pensar. Las había engendrado y las había mantenido; en casa ya no era útil.
Las niñas estaban encantadas de que se marchara. Sabían que su padre era la fuente de todas sus comodidades. Gracias a él podían vivir en aquella casa tan respetable y dormir tranquilamente, una en cada habitación. Gracias a él, en el jardín crecían judías, mazorcas y tomates, y el chico de la tienda de ultramarinos dejaba sacos de comestibles en el porche trasero. Las gallinas de su padre ponían huevos para ellas, y cada noche y cada mañana él les traía un cubo de leche de Jersey, densa y espumosa. Con las provisiones que él les suministraba, ellas cocinaban, hacían mantequilla, pasteles y conservas, y preparaban tres veces al día la comida para su padre. Cumplían los deberes filiales con buena voluntad y cariño, pero suspiraban con alivio cuando la mosquitera se cerraba tras él. A solas, atareadas con los trabajos domésticos y compartiendo el embarazo de su madre, se divertían más.
El bebé llegó en julio, y fue otra niña. Sus hermanas la llamaron Mary Jo y la recibieron como una nueva muñeca que sus padres, generosos, les habían regalado. La adoraban, la bañaban y la vestían, la mecían y la acunaban, y la alimentaban con toda clase de cosas que a Callie le parecían innecesarias. Había criado a las otras con papilla de tocino, no le veía sentido a darle a la niña zumo de naranja, aceite de hígado de bacalao y cosas semejantes. Pero Leonie había comprado un libro y siempre corrían a consultarlo, y el libro decía eso. De todos modos, la dieta no parecía perjudicar al bebé. Lanzaba pataditas y gorjeos de un modo absolutamente cautivador.
Matthew encontraba a la niña muy agradable, en especial porque su presencia tranquilizaba a las otras. Ahora no chillaban tan fuerte, por miedo a despertar al bebé. Volvieron a admitirlo en el redil, donde él se pavoneaba con la autoridad que le correspondía, y todos se mostraban amables para con los demás. Así transcurrió el verano, plácidamente.