Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 30 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 14

 

Cuando Charlotte se despidió, se besaron tiernamente prometiendo volver a verse algún día, de alguna manera. Matthew estaba desolado. Pero, a pesar de sí mismo, no tardó en descubrir el placer que le proporcionaba despertarse en las frescas mañanas de mayo y quedarse en casa todo el día. Había redescubierto su granja y se afanaba trabajando en ella con las chiquillas pegadas a sus talones. Más adelante iría a la escuela de verano de Clarkstown durante unas semanas, y aunque no era lo mismo que San Luis, lo esperaba con ilusión. En el ínterin, no tenía lecciones que estudiar, exámenes que corregir, ni nada que hacer a excepción de trabajar al aire libre, cantar a voz en cuello y caer dormido en el mismo momento en que su cabeza se apoyaba contra la almohada. Aquella libertad llegaba cada año como una sorpresa completa y refrescante. No podía pensar en Charlotte sin sentir pena, pero a veces podía pasarse un día entero sin pensar en ella en absoluto.

Callie estaba encinta, naturalmente. Este hecho no sorprendió a ninguno de los dos, y aunque ella se sentía feliz, a él le remordía la conciencia. No podía evitar pensar que aquel hijo había sido engendrado en adulterio, pues había utilizado a su esposa —ésta era la única verdad— deseando a otra mujer.

Y sin embargo, también había deseado a Callie aquella noche, porque ella lo había obligado a desearla. Y seguía haciéndolo desde entonces. Matthew estaba un poco resentido por el modo en que su mujer lo satisfacía. Por su culpa, la distinguida Charlotte se iba desvaneciendo y, con ella, los conciertos, los museos, el lenguaje elegante y los modales cultivados.

Bueno, pues que se fueran. De todos modos, estaba demasiado lejos de su alcance. ¿Cómo podía él, con su humilde origen, soñar con tales logros? ¿Y qué importaba si no iba a conciertos ni a galerías de arte, ni frecuentaba los claustros universitarios? Tenía a los pájaros, cuya música elevaba el alma. Tenía el cielo, donde Dios pintaba bellos cuadros. La naturaleza era su compañía. ¡Ningún libro escrito podía enseñar a los hombres más que ella! Contemplaba sus tierras con el corazón alegre.

Pero ¡oh! —pensó al coger las riendas de nuevo—, ¡oh, cuántos libros que se escribían y cuánta gente que podía leerlos! ¡Oh, las cosas que pasaban en el mundo, los mares, las montañas, los cráteres, los castillos, los fuertes, los barcos y las estatuas, las junglas, la pompa, y todas las hermosas muchachas de piel blanca a las que nunca llegaría a conocer!