Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 22 de 54

Páginas del PDF

Cuatro hermanas

Capítulo 6

 

Por fin llegó la primavera, el aire se tornó cálido y a la tierra llegó la salvación. Los árboles florecieron de la noche a la mañana, el jardín se llenó de franjas verdes, y rábanos y junquillos invadieron la ciudad. En los prados, las vacas pastaban la hierba nueva, y su leche se hacía espesa y amarilla. A las mesas llegaron las verduras y las setas cogidas en los bosques. Las mujeres tendían la ropa blanca al sol y se entretenían charlando entre ellas y comentando el buen tiempo. Por toda la ciudad se oía un zumbido y, al anochecer, sonaban ruidos furtivos, ligeros, excitados. Eran risas, puertas que se cerraban, pasos apresurados, saludos bajo las farolas de la calle, susurros de los pájaros que se arrullaban en los anocheceres primaverales…

Matthew vivía aquellos días deliciosos con un orgullo especial. Elogiaba el comportamiento de los jardines; elogiaba incluso a la hierba por crecer. Contemplaba el mundo y se sentía complacido, como si la primavera fuese su propia obra. La emoción de su enamoramiento daba color a su piel y brillo a sus ojos. Su inteligencia se hizo más aguda. Impartía las lecciones con gusto, hacía su trabajo aprisa y se mostraba de buen humor incluso en casa (donde sólo aparecía para comer y dormir). Ni las madres pesadas ni Ed Inwood le molestaban. Ed hacía muchos novillos, y cuando se dignaba ir a la escuela se recostaba en la silla y se ponía a mirar soñadoramente por la ventana.

—Lo siento, profesor —dijo un día cuando Matthew le llamó la atención—. No soy muy dueño de mis actos. Tal vez es la primavera… ¡quizá estoy enamorado!

Rompiendo sus costumbres, Matthew se echó a reír.

—Bueno, muchacho, me imagino que es el tiempo.

Por las mañanas casi no podía resistir la espera para ir a la escuela. Se aproximaba al edificio en un feliz tormento, peguntándose si todo aquello no serían imaginaciones suyas. Pero cuando, de pie en medio de los otros estudiantes, ella le dirigía una amorosa mirada o una rápida sonrisa, se sentía tranquilo. Nunca volvió a encontrársela en el sendero que atravesaba el prado, a pesar de que iba allí cada noche lleno de esperanza. Sin embargo, todas las tardes se reunían en la oficina durante la hora de estudio para ensayar la lectura dramática. No intercambiaban muchas palabras, pero no importaba: miradas, risas, el contacto de sus manos, incluso algún rápido beso era lo único que necesitaban. Hacía mucho que Matthew no había tenido que vérselas con sensaciones tales como las palpitaciones, la sequedad de garganta y el sudor de manos. Ella era muy hermosa. La chica más guapa de la escuela, a quien todos los muchachos deseaban. En cambio, lo amaba a él. En su presencia se ponía roja, hacía unos pucheros adorables y suspiraba. ¡Qué inocente y adorable le parecía! En justicia, él debería disuadir a la muchacha de su amor; sería lo mejor. Durante una temporada, sin embargo, el juego resultaría inofensivo. Ella no tardaría en olvidarlo todo, igual que él. Pero mientras durara, pensaba Matthew, bien podía disfrutarlo.

Empezó a esperar con ilusión el concurso del condado, que se celebraba cada año en Clarkstown. Alice estaría allí, y él también. Pero por desgracia asistirían veinte estudiantes más y tendría que estar vigilándolos todo el día. (Ninguno se ponía nunca en el sitio correspondiente. Las sopranos perdían a las contraltos; el coro se equivocaba. Los rapsodas esperaban pacientemente en un piso mientras el concurso empezaba en otro. Delmora Jewel devolvía cuando se ponía nerviosa. Y cuando a las chicas del trío les tocaba cantar, siempre estaban mirando a los muchachos.) Pero quién sabía si en medio de aquella confusión Alice y él podrían escaparse un rato y estar a solas. En la biblioteca, quizá, ¡un lugar bastante seguro! O en alguna parte remota del recinto universitario donde pudieran pasear juntos como había visto hacer a otras parejas. (Como había estudiado en la universidad en sus ratos libres, y ya casado, nunca había tenido tiempo para los clásicos amores estudiantiles, y a veces envidiaba a los muchachos que perdían el tiempo en el césped acompañados de chicas guapas.) Contentísimo, empezó a planear su escapada.

El lunes anterior al concurso llegó a la escuela antes que el bedel. Abrió la puerta y se metió en su despacho. Apenas si había acabado de colgar el sombrero en el perchero cuando oyó que la puerta delantera se cerraba de un golpe. Se asomó esperando ver la dorada cabeza de Alice, pero en su lugar apareció la trenza color castaño de Delmora Jewel. Nadie le habría causado una desilusión semejante. La pobre Delmora no podía remediar ser hija de su madre, claro está, pero Matthew tampoco podía evitar tener aquello en contra suya.

—¡Hola, señor Soames! —gritó.

—Buenos días, Delmora.

Se dirigió al tercer piso, vaciló, y volvió a bajar. Cruzó entonces el vestíbulo en dirección al despacho caminando con las puntas de los pies hacia fuera, lo que le daba un aire excéntrico.

—¿Se ha enterado de la noticia, señor Soames?

—¿Qué noticia, Delmora?

—¿No lo sabe? —Los ojos le brillaban tras los lentes de montura dorada—. ¡Alice Wandling se ha fugado con Ed Inwood! —Le miró y abrió la boca en una horrible sonrisa de felicidad—. ¡Se han escapado a Springfield y se han casado!

—¿Cuándo…? —empezó Matthew sin voz—. ¿Cuándo ha sido?

Anoche, supongo.

—¿Estás segura?

—Bueno, lo único que sé es que se han escapado.

—¿Estás segura de que todo esto no es un chisme, Delmora?

—¡Oh, no, señor! Es verdad. Mi madre se ha enterado esta mañana.

—Eso no quiere decir que sea verdad. Corren muchas historias feas que luego resultan falsas.

—¡Oh, yo no creo que sea fea! Estaban locos el uno por el otro. Todo el mundo lo sabía.

Matthew se aclaró la garganta.

—¿Sí?

—Claro. Pero los padres de Alice no podían soportar a Ed. No le dejaban entrar en su casa. Y ella se escapaba y se encontraba con él. ¡Era terrible!

—Está bien, Delmora. No creo que sea necesario hablar de esto.

—Pensé que le gustaría saberlo.

—Cuanto menos se diga sobre esto, mejor.

—Sí, señor. Y también he oído decir que…

La puerta delantera se abrió de nuevo y un montón de niñas corrieron escalera arriba. Con un chillido de alegría, Delmora se alejó.

Desde el extremo del vestíbulo, el ruido de voces cayó sobre él como una rociada de piedras. Entró en su despacho y cerró la puerta de golpe.