Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 53 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 3

 

Callie volvió a casa sollozando a la suave brisa del mediodía. Sentía el aire, oía a la alondra y olía el huerto en flor. El día había sido muy hermoso —todavía lo era—, pero ella lo había estropeado. Durante toda su vida había sido virtuosa; ningún hombre aparte de Matthew la había tocado jamás. Se había conservado intacta por amor, presentándose a él pura y sin mácula. Pero ahora todo había cambiado. Aquella atmósfera tan clara y los dulces sonidos le rompían el corazón. Entró en la casa y cerró la puerta con llave. Luego, escondiendo la cara en la vieja chaqueta de Matthew, sollozó amargamente por él. El daño se lo había hecho tanto a él como a ella misma. Algo suyo estaba profanado.

Sin otra idea más que la de ir en su busca, abrió la puerta y corrió al granero, donde descolgó la brida con el propósito de ensillar la yegua y dirigirse a la ciudad cabalgando. Pero al acercarse al prado, algo —una especie de aprensión repentina— la detuvo, y tras cruzar el patio se paró a mirar el sitio donde el buhonero había encendido su fuego. De pronto toda la escena surgió ante ella de nuevo: ella y el buhonero riendo y charlando, pasando juntos un rato muy agradable. ¿Qué impresión iba a dar eso?

Y como aquella pregunta se le ocurrían otras parecidas, que podía oír en la voz de Matthew. En primer lugar, ¿por qué le dejaste quedarse? Fuiste allí porque quisiste, buscándote problemas. ¿Por qué saliste de casa? ¿Por qué lo seguiste cuando se marchó? (En cierto modo, ella le había seguido; el camino que él había tomado corría junto a la Vieja Chimenea, y ella lo sabía.) ¿No sabías que podía ocurrir una cosa así? ¿Es que no tienes sentido común? Serían preguntas furiosas, acusadoras. ¿Y cómo iba a contestarlas?

Había sido tonta. Ahora lo veía. Cualquiera que no la conociese bien ¡pensaría que había invitado al buhonero! Matthew no; Matthew no podría acusarla nunca de ser infiel. Pero en cambio sí podría acusarla de ser tonta. Estaba de tan mal humor aquellos días… En realidad, tal vez se merecía su furia, pero de todos modos la perspectiva no era muy agradable. ¿Por qué tenía que saberlo? No hacía falta decírselo todo. Podía omitir la parte referente al desayuno e incluso la visita del buhonero a casa. Lo único que tenía que decir era que se había encontrado con él inesperadamente —eso era cierto—, mientras buscaba la gallina ponedora. Eso era todo lo que Matthew debía saber. A menos —cuando la idea se le ocurrió, se sobresaltó—, ¡a menos que el buhonero contara su versión! Pero no lo haría, ¡no era tan tonto! Tomaría el primer tren y saldría de la región. Pero ¿y si se quedaba por allí unos cuantos días y Matthew llamaba a la policía? Podía ocurrir. Matthew no era un hombre violento, pero era un hombre y tenía derecho a vengar su honor.

Se dejó caer junto al poste; en su cabeza retumbaban ecos de tragedias campestres, maridos celosos, amantes culpables, derramamientos de sangre y desastres. ¿Y si hacía comparecer al buhonero ante la justicia? Éste contaría entonces su versión de la historia, y aunque sólo dijera la verdad, ella ya saldría perjudicada. Podía alegar que se había resistido. Eso era cierto. Pero también lo era que se había mostrado fácil, al sentarse a charlar con él durante una hora o más como podría haberlo hecho con la esposa de un vecino. Rieron y charlaron, ¡y él hasta le besó la mano! Jamás podría mirarle a la cara y negarlo, como tampoco podría negar que le había gustado.

Se cubrió el rostro, avergonzada. No quería verlo nunca más, pero mientras estuvo allí le había gustado. Apoyado en el poste, había brillado al sol; y recitaba la Biblia como si cantase… Dios es amor, vida y esperanza. Era todo alegría, libertad e inocencia. ¿Cómo iba a ver cómo lo castigaban, a un muchacho así? La idea de verle encerrado, golpeado o algo peor (a algunos hombres los colgaban por cosas así), le oprimía el corazón. Había obrado mal y se merecía un castigo, pero sólo por lo que le había hecho a Matthew, no a ella. Aquello era lo más amargo de todo: que una cosa que debía resultar vergonzosa y fea no lo fuese. Ni para el buhonero ni para ella. Había algo en él, incluso en su ofensa, que le impedía ser mezquino. Había llegado por el camino lleno de alegría y buen humor, ebrio de primavera, tomando con placer las cosas buenas que le ofrecía el día; y ella fue una de esas cosas. Por eso, durante un rato, bajo el cielo azul y sobre la hierba fresca, lo había amado.

Pero era a Matthew a quien de verdad amaba. Al sencillo, vehemente y trabajador Matthew, que procuraba obrar bien aunque no siempre lo consiguiera y que había sido con ella bueno, cariñoso y solícito. Haberle traicionado le rompía el corazón. No debía saberlo nunca.

—Oh, Señor —rezó—, ¿una parte de la verdad no basta?

Tenía que bastar. Pasara lo que pasara, y en provecho de todos, no debían prender al buhonero.

Se secó la cara con la falda; ahora que sabía lo que tenía que hacer, puso manos a la obra. Moviéndose con rapidez, recogió los troncos carbonizados del fuego y los metió en el fogón de la cocina. Luego, volvió al patio, esparció las cenizas y cuidadosamente cubrió de arena la tierra ennegrecida. Cuando todos los indicios del fuego hubieron desaparecido y la sartén y los platos estuvieron guardados, cogió una azada y bajó al prado. Allí, encima del riachuelo, cavó un profundo agujero y enterró la cinta de satén azul. Al ver que la tierra húmeda caía sobre ella, se echó a llorar. Luego esparció unas cuantas hojas por encima y volvió a casa.

Cuando se hubo lavado y cambiado de ropa, se dirigió de nuevo al patio y lo repasó una vez más. Comprobando que no quedaba rastro de él, respiró más tranquila. Se lo explicaría a Matthew, pero podía esperar hasta el día siguiente. Por la noche, cuando él volviera de la escuela, le diría: «Ha sucedido hoy». Pero para entonces el buhonero ya estaría lejos.

Mucho antes de que se pusiera el sol empezó a vigilar el camino, suspirando por ver a Matthew, esperando que por algún milagro volviera hoy pronto a casa. Al anochecer les dio de cenar a las niñas y las metió en la cama. Las vacas subieron del prado con las ubres henchidas y, como le dieron lástima, salió a ordeñarlas. Estaba ya oscuro cuando llegó Matthew. Callie corrió a su encuentro.

—¡Me alegro de que estés en casa!

—¿Qué pasa? —dijo él con acritud.

—Nada. Sólo que me alegro de verte, eso es todo. Empezaba a estar preocupada.

Él saltó del coche, rehuyéndola.

—Se tarda una eternidad yendo en calesa. ¿Han llegado bien las niñas?

—Han venido andando. Ve dentro; yo desengancharé.

—No, ya lo haré yo.

—Pero si estás cansado. Anda, cariño, la cena ya está preparada.

—Primero quiero ordeñar a las vacas.

—Ya lo he hecho.

—¿Por qué has tenido que hacerlo? —exclamó irritado—. No pararás hasta ponerte enferma.

—Es que como era tan tarde y no venías…

—¡Tenía trabajo! —estalló él—. Ahora no me eches esto en cara. Vengo a casa tan pronto como puedo.

—Lo único que he dicho es que…

—Se me presentan un montón de cosas que no puedo prever. Deberías comprenderlo. He intentado explicártelo, pero nunca te interesas por mis cosas.

Dándole al caballo una palmada en la grupa, se alejó airado. Callie apoyó la cabeza en la calesa. Dijera lo que dijese o hiciera lo que hiciese, esos días él siempre encontraba algún defecto. Parecía que lo estuviese buscando, que esperase encontrarlo. Como si así se pudiese excusar. Se sentía culpable por eso. Había otra persona, seguro. Pegó un suave puñetazo a la rueda. Pero (recordando la mañana) tampoco ella estaba libre de culpa; quizá le había hecho más daño a Matthew que él a ella.

—Aunque yo no tenía esa intención… —murmuró.

Tal vez él tampoco. Algunas cosas ocurren contra la propia voluntad. Sentía pena por Matthew. Se dirigió al granero, pero luego, pensándolo mejor, volvió atrás.

Al poco rato Matthew entró en la cocina y se sentó a cenar. Había adelgazado. Los pómulos le sobresalían y los ojos se le habían hecho más grandes. En cierto modo, aquello no le sentaba mal, parecía más joven. Pero su expresión era preocupada. Aunque si se debía a lo que ella pensaba, se lo merecía. Su resentimiento se trasladó de pronto de él a la mujer. ¿Qué clase de mujer era que podía hacerle eso, atormentarlo hasta volverlo medio loco, impidiéndole dormir o comer?

—Pareces cansado —dijo ella.

—Lo estoy.

Cruzó el cuchillo y el tenedor en el plato y apoyó la cabeza en las manos.

—Me alegraré de que se acabe la escuela para que no tengas que hacer dos cosas a la vez.

—Sí, claro…

—Será estupendo que puedas estar en casa todo el día.

—Sí.

—Y a mí me irá muy bien. A veces, aquí sola, tengo miedo.

—No sé por qué. Puedes utilizar la escopeta en caso de necesidad.

—Pero no me hace mucha compañía.

Hubo una pausa.

—Tendría que volver a la escuela —dijo él.

—¿Este verano?

—Tengo que mantenerme en forma.

—Pero si has trabajado mucho…, ¡necesitas descansar!

—Bueno, Callie, no puedo descuidar mi cultura si quiero llegar a alguna parte — replicó severamente.

—Ya sé que no puedes —suspiró ella—. Pero Clarkstown está tan lejos…

—He estado pensando, y no estoy seguro de si iré a Clarkstown esta vez.

Callie sintió una punzada.

—¿Adónde piensas ir? —preguntó, mirándole a la cara.

—Oh, no sé… —Levantó los ojos inocentemente (con la expresión más culpable que ella había visto nunca)—. Había pensado en San Luis.

—¿San Luis? Pero ¿cómo se te ha ocurrido pensar eso?

—Tienen muy buenas escuelas y grandes universidades. Por otra parte, el ambiente y la vida cultural de una ciudad… son cosas tan importantes como los estudios.

—¿Iríamos…, iríamos las niñas y yo contigo?

—Bueno, me temo que eso resultaría caro —contestó con aire de disculpa—. No sé si podría permitirme el lujo de que estuviéramos todos allí. Creo que tendría que irme solo.

¡Así que eso era lo que proyectaba! Alguien debía de estar empujándolo. Nunca en su vida habría hecho nada temerario a menos que alguien lo hubiese animado.

—Me sentiré muy sola —dijo ella por todo comentario.

—Sería sólo por unas cuantas semanas.

—¿Y el trabajo?

—¿El de aquí? Tal vez tus hermanos podrían ayudarte. Thad y Wesley podrían instalarse en casa mientras yo no estoy.

Lo había planeado todo.

—Pero no sé —dijo levantándose—. Tal vez no pueda hacerlo. Ya veremos. — Cogió la linterna y se dirigió a la puerta—. Voy a sacudir el heno.

—Ten cuidado con esa linterna en el granero.

Callie permaneció sentada contemplando la llama de la lámpara. Él quería dejarla. Fuese lo que fuese contra lo que tenía que luchar, era más de lo que había supuesto. No se trataba de una inútil y tonta mujer del campo, sino de alguien de fuera, alguien de la misma clase de Matthew, que leía libros y hablaba como él. Alguien culto. Contempló con aturdimiento la cocina. Eso era lo único contra lo que no sabía cómo luchar.

¡Podría haber aprendido a leer! Era lo suficientemente inteligente como para haberlo hecho.

—¡Lo haré! —gritó—. ¡Lo haré, Matthew!

Pero era un poco tarde para eso. Para cuando hubiera aprendido a leer podría haberlo perdido. Y ahora no podía perderlo. Lo quería. No era perfecto, pero ella prefería sus defectos a las virtudes de cualquier otro hombre. Y, más que eso, lo necesitaba. Estaba en un apuro. Tal vez aquello era bueno, pensó de pronto. A veces los problemas unían a las personas. Quizá todo había sucedido para bien. Se levantó, impaciente por hablarle, pero al llegar a la puerta se detuvo. Sería mejor que esperara, que le diera al buhonero una oportunidad. Mañana ya encontraría el momento.

Había hecho desaparecer las huellas del buhonero por completo. No quedaba rastro de él ni de ningún extraño. Sin embargo, por la mañana, después de una noche de pesadillas, se despertó de una sacudida. Se había dado cuenta de que había olvidado un detalle: Leonie. El día anterior la niña había ido a la escuela, pero hoy se quedaría en casa. Por tanto, si llegaba algún forastero, Leonie lo sabría. Y si no llegaba ninguno, lo sabría también. Su estupidez la desesperaba. Tenía que librarse de algún modo de la chiquilla. Una hora sería suficiente, incluso media; pero tenía que quedarse sola.

En cualquier otra ocasión podría habérselas arreglado. Las niñas jugaban a menudo fuera de casa, lo bastante lejos para que, si alguien venía, no se enterasen. Hoy, sin embargo, Leonie tenía un mal día. Estaba enfadada, quejosa, extenuada por la diversión de ayer. Callie no podía hacer nada con ella. Le instaló una casita de muñecas en el huerto, pero Leonie no le hizo ningún caso. La mandó al prado a coger flores silvestres y regresó al cabo de diez minutos. La envió al granero y volvió al cabo de cinco. Le sugirió que se fuera de excursión al bosque de nogales, pero Leonie no quería ir sola. Por fin, con un berrinche espectacular, se negó a dormir la siesta. Nadie podía tomarle el pelo, sabía cuándo su presencia molestaba. Y, para vengarse, en todo el día no hizo otra cosa que seguir a su madre como un perrito faldero. Callie estaba frenética. Por fin, con los nervios ya a punto de estallar, perdió la paciencia y le dio una zurra a la niña. Leonie la miró con su carita triste y bañada en lágrimas y Callie, tomándola en sus brazos, lloró con ella. No era la criatura quien había obrado mal.

Cuando Matthew volvió a casa aquella noche, Callie estaba sufriendo uno de sus terribles dolores de cabeza y no se acordaba ya del buhonero, ni de sus remordimientos, ni de sus sensaciones de culpa y miedo. Sólo le quedaban las náuseas y los constantes altibajos del dolor.

Aquella noche se durmió exhausta, y a la mañana siguiente no se despertó hasta bastante tarde. Matthew se había preparado él mismo el desayuno y se había marchado a la escuela. Leonie, vivaracha como una gatita, chapoteaba en el agua de lavar platos, empeñada en ayudar a mamá. Y se pasó todo el día ayudando a mamá, agresivamente. Callie no tuvo valor para rechazarla.

Habían pasado ya dos días y dos noches, y su temor se había acrecentado. Cuanto más esperaba, más imposible le parecía evitar decir la verdad. No podía decir que sucedió ayer u hoy; debía confesar el día exacto. ¿Y qué excusa iba a dar por haber esperado tanto? Animada por una desesperada esperanza, pensó que quizá no fuera necesario decirle nada. Pero era una esperanza falsa. Con un gemido, se encogió como si ya sintiera dolor en el vientre. ¡No podía ser! Hasta al cabo de una semana no lo sabría seguro. Pero antes tenía que decírselo a Matthew.

Sin embargo, cuando él llegó aquella noche —tarde otra vez y de mal humor— le faltó valor. Se sentaron a cenar en silencio; ella lo observaba. Si se hubiera fijado en que estaba preocupada, si se hubiera molestado en preguntar por qué, se lo habría explicado todo con gratitud. Pero Matthew seguía con los ojos bajos y los pensamientos muy lejos. El tictac del reloj sonaba fuerte y siniestro. El tiempo iba pasando y ella tenía miedo.

Resultaba terrible y extraño cómo el miedo lo había cambiado ante sus ojos. Antes siempre lo había mirado desde una posición de virtud desde la cual ella era inexpugnable, inatacable. Ahora, angustiada y culpable, empezó a verlo desde otro ángulo, un ángulo que distorsionaba la imagen que tenía de su marido reduciendo su humanidad y aumentando su intolerancia. Ya no le parecía posible que él pudiera perdonarla, sobre todo porque ya no la amaba. No cesaba de recordar eso. Matthew se avergonzaba de ella porque ella era ignorante.

—¿Matthew? —dijo tímidamente—. En cuanto quite la mesa, ¿por qué no vuelvo a repasar mi caligrafía un rato? Hace mucho tiempo desde la última clase.

Él la miró frunciendo las cejas.

—Oh, es muy tarde. He estado enseñando todo el día.

—Pero es que hace tiempo que…

—Tengo ganas de meterme en la cama… Otra vez será.

Subió arriba y al cabo de un rato ella le siguió. Entró de puntillas en la habitación.

—¿Matthew? —susurró.

No obtuvo respuesta.

Estaban acostados dándose la espalda. Él tampoco dormía, pero ella no era capaz de pronunciar una palabra. Hacia la medianoche lo oyó levantarse y salir afuera. Aquella noche brillaba la luna y pudo verlo desde la ventana. Permaneció quieto un largo rato mirando a su alrededor y luego, cruzando el patio, se dirigió al prado. Callie cogió su chal y lo siguió.

Lo encontró en un claro, cerca de un espino blanco en flor. Desde las sombras podía verlo. Durante un momento se quedó inmóvil con las manos sobre el corazón, que latía con fuerza. Era su oportunidad.

—Ayúdame, Señor —murmuró.

Y salió a la luz de la luna.

 

Había amado al buhonero durante unos instantes, y le hizo el amor a Matthew como jamás se lo había hecho. Deseaba con todo su corazón que el hijo fuese suyo, y mucho antes de su nacimiento ya le dio nombre.

Cuando la niña llegó, perfectamente formada y parecida a ella, le dio gracias al Señor: «… la mujer engañada por la serpiente fue causa de la prevaricación del hombre. Verdad es se salvará por medio de la buena crianza de los hijos.» Dios le había enviado una prueba de Su misericordia.

No fue hasta más tarde, a medida que la naturaleza de la niña empezaba a revelarse, cuando empezó a tener dudas de nuevo. Pero como en su corazón la había hecho hija de Matthew, se aferró a aquella idea. Ahora ya no había nada que no hiciera para complacerlo, ningún sitio adonde no fuera por él, nada que no le perdonara.

Pasaron los años y los pequeños acontecimientos diarios se desvanecieron como las hojas y la nieve. El recuerdo de su culpa estaba ya enterrado. Luego, al morir Mathy, esa culpa se despertó ferozmente para atormentarla. El Señor se había tomado Su tiempo y por fin había enviado Su castigo.

Pero luego, al pensar en todo aquello, llegó a la conclusión de que no era así. No morimos por los pecados de los demás; Cristo ya lo hizo, y no para castigar, sino para redimir. Para nosotros, la muerte es un acontecimiento natural, lo mismo que la caída de las hojas o la extinción de un fuego. La muerte de Mathy no fue el castigo de nadie, como tampoco lo había sido su vida. Les había dado alegría, y aunque su muerte les hizo daño, no había muerto con ese propósito. Aquél no era el modo de actuar de Dios. Dios es misericordia y amor. Lo decía la Biblia.

—Y no me importa lo otro que dice; sé que es así.

Estaba sentada en la hierba, cerca de la Vieja Chimenea. Lanzó un prolongado suspiro y alzó los ojos.

—¿Dónde debía de estar aquella gallina vieja? —dijo.

Y se levantó y se fue a casa con el alma en paz.