Cuatro hermanas
Capítulo 8
Aunque sentía pena por Jessica, Leonie encontraba todo el asunto difícil de comprender.
—Era muy vulgar —repetía, a modo de consolación—. No podías querer casarte con él. Tú debes casarte con un profesor o algo así.
Pero para Mathy, al igual que para Jessica, la pérdida de Tom era un desastre. Las dos se lamentaban en secreto, preguntándose incansablemente adonde se habría ido. Jessica estaba segura de que había cogido el primer tren de carga para el oeste.
—Siempre hablaba de Kansas —dijo—, de irse para la cosecha del trigo.
Mathy creía que todavía andaba cerca.
—Volverá a buscarte —auguraba.
Jessica agradecía aquellas palabras, pero lo hacía sin esperanza. Tom no la quería mucho, pues de lo contrario no se habría ido sin ella.
Sin embargo, un sábado por la noche lo vieron en la ciudad. Entraron en el mercado justo cuando Tom salía. Jessica creyó morir de alegría… y también de temor. La boca de su padre adquirió una expresión dura cuando contestó con un helado «Buenas noches» al informal «Eo» de Tom. Y Jessica rezó para que no hubiera visto la mirada que se cruzaron ella y el muchacho.
—Quedaros aquí conmigo —murmuró Callie a las niñas… ¡como si Jessica tuviera el valor de ir tras él!
No volvió a verlo en toda la noche. Normalmente Leonie y ella paseaban por la plaza con sus amigas y se tomaban una gaseosa en el bar. Aquel día no podían alejarse un poco sin que su madre les dirigiera una severa mirada. Mathy consiguió zafarse de Callie, pero Jessica y Leonie no salieron de la plaza del mercado. En cuanto hubieron comprado los comestibles y vendido los huevos tuvieron que volver a casa. Hicieron el viaje en silencio; su padre estaba malhumorado, enfadado sin duda con Tom por seguir vivo. A Jessica no le importaba. Mientras Tom estuviera cerca, todo lo demás le daba igual.
Ansiaba llegar a casa para desahogarse con Mathy. Seguían pasando las noches fuera en el patio. Apenas se habían metido en la cama cuando Mathy pasó la sábana sobre sus cabezas y susurró a Jessica al oído:
—¡Te manda un mensaje!
Jessica se estremeció de alegría.
—¿Qué te ha dicho?
—Quiere reunirse contigo abajo en el huerto.
—¿Cuándo?
—¡Esta noche a las doce!
Jessica ahogó un grito en la almohada.
—¿De verdad? ¿Cómo lo sabes? ¿Qué más te ha dicho?
—Sólo que quería verte a medianoche. Me lo he encontrado en la calle, cuando paseaba.
Las dos charlaron nerviosísimas bajo la sábana, Jessica aterrorizada, Mathy intentando darle ánimos.
—¿Y si papá lo descubre? —preguntó Jessica.
—Esperaremos a que se haya dormido.
—¿Cómo lo sabremos?
—Ronca.
—¿Y mamá? Se despertará, se asomará a la ventana y verá que no estoy aquí.
—No, no lo verá —dijo Mathy.
—¿Por qué no?
—Cuando yo me voy, nunca se entera.
—¡Mathy Soames! ¡Has vuelto a pasear en la oscuridad!
—Sólo de vez en cuando.
—Eso es peligroso. ¡Mamá y papá te dijeron que no lo hicieras!
—No se enteran. Ni siquiera tú te habías dado cuenta, y estás aquí.
—Será mejor que no lo hagas más. Si mamá descubre alguna vez que te has ido, nos zurrará a las dos.
—No lo descubrirá nunca. Tengo un sistema.
Mathy se levantó silenciosamente y, corriendo, atravesó el patio y se dirigió al ahumadero. Volvió con una pequeña escudilla redonda que colocó, con mano diestra y rápida, sobre la almohada. Luego la tapó con la sábana, y modeló un bulto con la colcha. En la oscuridad, parecía un cuerpo. Se rió por lo bajo.
—Lo hago cada vez que me despierto y tengo ganas de dar un paseo.
—¡Eres terrible! —exclamó Jessica.
Permanecieron bajo las sábanas, ahogando sus risas en la almohada y procurando no moverse. De vez en cuando sacaban la cabeza para escuchar. Parecía que en la habitación de sus padres el murmullo de la conversación no fuera a terminarse nunca. La luna brillaba sobre el huerto, acechando la oscuridad.
—Tengo miedo —dijo Jessica.
—Yo no —replicó Mathy.
Al cabo de mucho rato las voces de arriba se apagaron. Los grillos cantaban, las hojas de los árboles crujían y la oscuridad parecía llena de toda clase de misteriosos ruidos. Por fin se oyó un ronquido largo y familiar, y la noche quedó inmóvil como la muerte.
—Ya duerme —dijo Mathy—. Puedes irte.
Jessica se incorporó con la sábana bien agarrada, pegada al cuello.
—No voy a ir.
—Tienes que hacerlo. Ten cuidado, no hagas ruido.
—No estará allí, sé que no estará.
—¡Ve a comprobarlo!
—¡Está muy oscuro! —se quejó Jessica.
—¡Oh, Jessica! —dijo Mathy con impaciencia—, si eres tan cobardica te acompañaré.
—No puede ser…, sólo tenemos una cabeza.
—Buscaré otra.
Mathy fue al ahumadero a por otra escudilla y la colocó sobre la almohada. Luego las dos se deslizaron por el patio y corrieron hasta el huerto. A Jessica le palpitaba el corazón.
—Sé que no vendrá.
—Ya verás cómo sí.
Trotaron entre cerezos, melocotoneros y manzanos. Enfrente había un trozo de tierra sin cultivar que separaba el huerto del bosque. Podían verlo perfectamente a la luz de la luna. No había nadie.
—¡No ha venido! —exclamó Jessica.
—Hola —dijo Tom, saliendo de detrás de un árbol.
—¿Qué te he dicho? —dijo Mathy triunfalmente.
Jessica cruzó los brazos sobre el pecho, recordando por primera vez que iba en camisón.
—¿Qué tal, Jessica? —Hola.
Intercambiaron una sonrisa forzada.
—Me alegro mucho de verte —dijo Tom.
—Yo también.
—De veras que me ha sorprendido tu recado.
—¿Qué recado?
—¿No me has mandado un recado… por medio de Mathy?
—¡Claro que no!
—Ella me ha dicho que…, que tú querías verme.
—¿Sí? ¡Pues no es cierto! A mí me ha dicho que eras tú el que querías verme… Mathy, ¿por qué…? ¡Mathy!
Mathy se había batido en retirada.
—¡Ven aquí!
El blanco camisón brilló entre los árboles y desapareció.
—¡Voy a partirle los dientes! —exclamó Jessica, volviéndose hacia Tom.
—¿Por qué, Jessica? ¿No te alegras de estar aquí?
—Sí, claro, pero…
—Yo sí me alegro.
Puso la mano en su brazo.
—Será mejor que me vaya, Tom.
—Todavía no, Jessica, acabas de llegar.
—Ya lo sé, pero será mejor que vuelva antes de que papá se dé cuenta de que me he ido.
—Está durmiendo, ¿no? ¿Y no vigila Mathy?
—Sí, pero…
—Quédate, Jessica. Sólo un minuto.
—Está bien…
El aire era tan agradable, la noche tan hermosa (la luna menguante bañaba el huerto con su luz de plata) y había deseado tanto volver a verlo…
—Jessica… —murmuró él, acercándose más.
—No te acerques.
—No tienes miedo, ¿verdad?
—No.
—No voy a hacerte ningún daño.
—Ya lo sé.
—Ni siquiera te tocaré, si no quieres… ¿Quieres que lo haga, Jessica?
—No lo sé.
Bajó la cabeza, y permanecieron así unos instantes.
—Voy a irme lejos de aquí dentro de poco, Jessica.
—¿Sí? —dijo ella, alzando los ojos—. ¿Muy lejos?
—No me queda otro remedio. He estado con Latham desde que me fui de aquí, pero ya no me necesitará más a partir de la próxima semana.
—¿Adónde piensas ir, Tom?
—Al oeste, a la granja de mi tío.
—¡Eso está muy lejos!
—Tengo que ir a algún sitio.
—¿No puedes quedarte por aquí?
—¿Para qué? Nada me retiene por aquí. Excepto tú… Jessica…
—¿Qué?
Se produjo una larga pausa.
—Supongo que no nos veremos nunca más, ¿verdad?
—No lo sé, Tom.
—Imagino que tu padre ya no me dejará volver a tu casa.
—No, a menos… que cambie de opinión.
—¡Eso sí que no lo veo yo! —Cogió una pequeña manzana, la estrujó en su mano, y la tiró—. Supongo que ésta es la última oportunidad que tenemos de estar juntos.
—Sí, creo que sí.
—Bueno, entonces…, tenemos que aprovecharla, ¿no te parece? Su corazón palpitó violentamente.
—¿Jessica? —dijo él, tocándole el brazo.
—Tengo miedo —contestó ella con voz débil.
—No de mí. Por favor, Jessica. Yo…, yo te quiero.
—¿Lo dices en serio? —exclamó.
—Claro.
—¿De verdad?
—Sí.
—¡Oh, Tom, yo también te quiero!
Con un ligero sollozo, lo rodeó con los brazos y se casó con él en su corazón.