Cuatro hermanas
Capítulo 13
Matthew acababa de cumplir los treinta años aquella primavera. La muchacha tenía diecisiete, pero parecía mucho mayor. Sus equilibrados modales conseguían ocultar el hecho de que era muy inexperta en amor y le daban un toque de mundología, que a Matthew le parecía el colmo de la sofisticación. Se sentía indigno de ella, lleno de gratitud porque no lo rechazaba.
Charlotte, por su parte, también le estaba agradecida a él. Se sentía muy sola. Se había enamorado del pretendiente de su madre y lo único que él había hecho era reírse y acariciarle la mejilla. Necesitaba urgentemente proyectar su personalidad sobre alguien que le prestase atención. Y aquel profesor alto y joven de cuerpo musculoso y hermosos ojos castaños se la prestaba de muy buen grado.
Matthew corría a la escuela cada mañana con la garganta seca, deseando tan ardientemente llegar allí que azuzaba a su yegua con disculpas y promesas de recompensas. Por las noches volvía a casa de mala gana esperando que llegara el día siguiente. Los fines de semana eran una tortura. Se los pasaba talando árboles, colocando setos, desenterrando troncos, intentando, en fin, pasar el interminable tiempo que faltaba para el lunes.
En la escuela, tenía miedo de ser visto a diez pasos de Charlotte. Durante las clases apenas la miraba, aunque enrojecía de orgullo cuando ella le hablaba con los ojos. Por las tardes, mientras esperaban al tío, se besaban con prisa, ávidamente, en un rincón de la estancia detrás de la estufa. Luego ocupaban sus sitios de costumbre, ella en el pupitre delantero, él detrás de su mesa. Sentados así, circunspectamente aparte, hacían el amor con palabras, a través del espacio que los separaba. ¡Las cosas que a ella se le ocurría decirle! ¡Rosas y joyas caían de su boca, palabras que eran besos, pasión asombrosa! Sus voces, bajas y anhelantes, los acariciaban a los dos hasta que Matthew se sentía angustiado.
Sin embargo, no estaba tan abandonado a su amor como para olvidar los peligros. Temblaba cada vez que uno de los estudiantes llamaba a Charlotte «la preferida del profesor». Se preguntaba qué rumores corrían sobre ellos y qué historias contaban en sus casas. A veces, el miedo a ser descubierto lo trastornaba tanto que llegaba a desear no haberla conocido nunca. ¡Qué alivio si se fuera y él pudiera olvidarla! Entonces recordaba que, en realidad, lo dejaría pronto, y se sentía desolado. Esperaba el fin de curso como quien espera el fin del mundo.
A pesar de los suspiros y ocasionales lágrimas de Charlotte, Matthew se daba cuenta de que ella aceptaba el fin más fácilmente que él. Hablaba con alegría de volver a casa, de ver a su madre de nuevo, y todo aquello aumentaba la desesperación de Matthew. Se sentía furioso y, a la vez, más posesivo. La idea de casarse con ella cruzó mil veces su mente, ensombrecida por la de divorciarse de Callie. Apenas pensaba en su esposa; casi no le había dirigido la palabra en toda la primavera. Sin embargo, el cataclismo del divorcio estaba fuera de toda cuestión. Además del escándalo, que le podría ocasionar un perjuicio irreparable, estaba el tremendo inconveniente, tanto físico como emocional, de iniciar otra vida. Y cuando se enfrentaba con esa realidad, no podía imaginarse viviendo total y permanentemente sin Callie. (Trataba de imaginarse a Charlotte en su granja y se le ocurría pensar si, en primavera, ella iría corriendo a su encuentro para decirle que habían nacido las lechugas, como hacía Callie; o si saludaría a un nuevo ternero con gritos de alegría, o si mataría a los pollos, como su esposa tenía que hacer siempre. No tenía valor para dejarla).
En cambio, sí podía imaginarse una vida sin Charlotte. Aunque le resultara doloroso. Se hacía a la idea de vivir sin ella. Pero ahora no, todavía no. Quería continuar un poco más, y le dolía que ella no demostrara el mismo interés.
A medida que el tiempo se volvía más cálido y brotaban las hojas nuevas, se fue trastornando cada vez más. Daba las clases con gran esfuerzo. En casa se enfadaba con las niñas y apenas reparaba en la presencia de Callie. Y como no se comportaba bien con ellas, su conciencia le remordía. Empezó a sufrir insomnio; pasaba noches enteras tumbado en la cama, tenso y febril, entregado a sus pensamientos sin poder ni siquiera rezar para dormir. Pensaba en Charlotte, sumergida en la vida de la ciudad, dejándolo en la cuneta. A menudo había envidiado las ventajas culturales de una ciudad y había suspirado por ver sus parques, monumentos, santuarios históricos y edificios famosos, pero, sin embargo, desconfiaba de la gente. Siempre había desaprobado sus costumbres y actitudes, juzgándolas frívolas. Charlotte le había abierto nuevas perspectivas; con un estremecimiento físico, ahora pensaba en elegantes damas y caballeros, en bonitas palabras y distinguido lenguaje, en bibliotecas, pinturas, música y contemplación… otium cum dignitate. De todo aquello podría disfrutar un poco mientras continuara con Charlotte; pero al irse ella, eso terminaría también. En contraste con el mundo de la muchacha, el suyo le parecía terriblemente vulgar y, muy a su pesar, se sentía lleno de resentimiento contra Callie y las niñas. Él debía cuidarlas y, por tanto, ellas lo encadenaban y retenían.
La posibilidad de pasar el verano en San Luis con la excusa de la escuela lo seducía sobremanera. Pensaba en ello constantemente: cómo podría conseguir marcharse, qué arreglos podía disponer para la familia (que se quedaría en casa, naturalmente) y para la granja… Él se podía encargar de algunas cosas, y San Luis no era el fin del mundo. Ya se las arreglaría de algún modo. Una noche se atrevió a mencionárselo a Callie de improviso. Pensó que sería mejor sondearla, prepararla. Ella apenas si dijo nada, pero al día siguiente se encontró mal y Matthew se sintió culpable. Propensa a las jaquecas nerviosas, sufrió un ataque tremendo. La encontró en cama cuando volvió a casa, con un paño mojado sobre la frente y una jofaina en el suelo para recoger sus vómitos. Tenía los labios de color azul y la tez muy pálida. Matthew permaneció a su lado hasta que quedó sumida en una especie de sopor parecido al coma, último estadio de la enfermedad.
Cuando a Callie le daban aquellos ataques, Matthew sentía, a la vez, compasión y aversión. Eran una especie de estratagema femenina, una protesta, un reproche. Casi se los provocaba ella misma. Sin embargo, tenía la sensación de que aquel último se lo había ocasionado él al mencionarle San Luis, y lo lamentaba.
A la mañana siguiente la dejó durmiendo. Cuando regresó (otra vez tarde, a pesar de sus buenas intenciones; aquel día Charlotte lo había vuelto loco), Callie estaba algo mejor. Incluso le sugirió que le diera una clase de caligrafía, cosa que no había hecho nunca.
—Oh, es tarde —dijo él, que no se sentía con ánimos—. He estado enseñando todo el día.
—Pero tenía ganas…
—Tengo que irme a la cama. Mejor en otro momento, quizá.
No podía mirarla. Se tumbó en la cama intentando dormir. Callie y Charlotte, dos clases de vida que lo desgarraban. Por fin, atormentado por el insomnio, se levantó y se vistió. Con cuidado de no despertar a Callie, bajó las escaleras y salió al patio, donde permaneció un rato sintiendo la noche.
La quietud, el aire fragrante, el olor a verde, a rocío, a tierra recién removida… el aire puro de hoja y hierba. Las vacas dormían a la luz de la luna y la yegua se movía inquieta en el establo, golpeando las tablas con sus herraduras. Dirigiéndose a la verja, Matthew contempló el prado y los bosques de plata, y le pareció que hacía mucho tiempo que no había visto todo aquello.
Cruzó el patio y se adentró por la arboleda de nogales. A su izquierda se abría el prado; a la derecha, un poco lejos, una línea de robles, cedros y abedules señalaba el curvado cauce del arroyo. Abandonando el sendero se dirigió a la orilla y contempló el agua, que corría sobre piedras y guijarros reflejando la luz de la luna. El manantial susurraba en la oscuridad. Descendió por un camino hecho por las vacas y cogió agua fría con el hueco de las manos. Tenía un sabor limpio y medicinal que recordaba a minerales y hierbas.
Al otro lado del arroyo, la disposición de una cerca, los bosques y el cauce formaban un pequeño triángulo, un trozo de terreno sólo útil para apacentar al ganado y que él raras veces visitaba. Pensó que podía trepar hasta allí y echar una ojeada. Agarrándose a las raíces que crecían en la orilla, se abrió paso por entre la maleza hasta llegar al claro. Entonces se detuvo sorprendido. Solo, casi en el centro del terreno, se elevaba un espino blanco ya en flor. Tenía la forma de un gran pino cónico, redondo en la base y terminado en punta. Todo él estaba cubierto de unas pequeñas flores blancas que brillaban con luminosidad.
Matthew lanzó un débil silbido. Se había olvidado de aquel árbol; nunca lo había visto florecido de aquella manera. Dio vueltas a su alrededor, maravillado. Al cabo de un rato se apartó, se apoyó en otro árbol (parecía que todos los demás se hubieran retirado a propósito) y contempló el brillo de la luna sobre el espino blanco. Hubiera brillado igual, quieto e impersonal, aunque él no hubiese estado allí. Pensó en toda la hermosura que podía pasar desapercibida y le complació haber tenido el privilegio de ver aquélla. Con estas reflexiones sintió que había recibido una lección de humildad. No hacía ni media hora que había renegado de su suerte, despreciado lo bueno de su vida, todo lo que el Señor le había dado. Y sin embargo, ingrato como era, adúltero y falso, lo había guiado hasta aquel árbol. Dios lo había dispuesto como una señal entre los dos. El alto espino blanco era un dulce reproche divino.
—Perdóname, Señor —musitó en voz alta—. Perdona mi ingratitud.
Y se sintió un poco mejor. Luego se sentó en el suelo y permaneció largo rato medio adormecido. Cuando sus ojos se saturaban de la belleza del árbol, dirigía la mirada al bosque oscuro o al cielo y después volvía a contemplar el espino blanco, como si lo viera por primera vez. En aquella especie de ensueño, las cargas de su espíritu parecían aligerarse. Se sentía purificado y exaltado en una especie de trance parecido al éxtasis de los santos.
Pero al cabo de un rato aquella calma se desvaneció y la imagen de Charlotte volvió a apoderarse de él, tan atormentadora como antes. Gimió débilmente, sumido otra vez en el deseo y la desesperación. Pensó en la fría piel de la muchacha, en sus ojos, en el sabor de su boca; el deseo que sentía por ella le pareció tan fútil como la ira. Se maldijo. ¿Debía llevarla incluso allí, al santuario de sus bosques? Se puso en pie y se adentró en la espesura ajeno a las ramas que rozaban su cara y las zarzas que arañaban sus tobillos. Caminó una y otra vez sobre sus pasos, pero no se sintió mejor. La necesidad de ella se le hacía imperiosa, y el espino blanco se reía de él con su belleza. Volvió a dejarse caer junto a un roble.
Al sentarse allí, percibió un ruido en la dirección del arroyo, como si alguien intentara abrirse paso por entre los arbustos. Una piedra rodó por la orilla hasta el agua. Matthew alzó la cabeza y escudriñó el claro de luna. Quizá una de sus vacas lo había seguido o un animal se había acercado a beber. Se oyó de nuevo el ruido, se produjo un movimiento en la maleza y una blanca figura apareció a la luz.
—¿Matthew?
Era Callie con su camisón blanco.
—¡Matthew! —gritó de nuevo con voz tímida—, ¿estás ahí?
—¿Qué estás haciendo aquí? —replicó él desde las sombras.
Ella lanzó un gritito de espanto que terminó en risa.
—¡Dios mío! Me creía que estabas aquí, pero me has asustado. —Salió al claro y vaciló—. ¿Dónde estás? No te veo.
—Aquí. —Asomó de entre las sombras.
Con un suspiro de alivio, Callie corrió hacia él. Llevaba un chal sobre los hombros y el cabello suelto.
—Pensaba que estabas durmiendo —dijo él con brusquedad.
—He dormido un rato. Te encuentras bien, ¿verdad, Matthew? ¿No estás enfermo?
—No, sólo cansado. No podía dormir.
—Lo sé.
—He pensado que un paseo al aire fresco me iría bien.
—Se está bien aquí afuera. No hace nada de frío. —Se quitó el chal y sacudió el pelo—. ¡Qué noche tan bonita! Y el árbol, Matthew, ¡oh, el árbol! —Corrió hacia él —. Nunca había visto nada tan hermoso, ¿y tú?
—Tampoco —replicó él, lamentando su presencia—. Será mejor que volvamos.
—¡Todavía no! —Callie volvió a su lado y le cogió la mano—. Quedémonos un poco más. ¡Por favor! —Tímida como una colegiala, le soltó la mano y bajó los ojos —. Parece como si ya no pueda estar nunca a solas contigo —dijo. La luz de la luna trazó un arco sobre su cabeza inclinada. Como él no le contestaba, alzó los ojos y sonrió de nuevo—. Ya sé que estás muy ocupado. No me extraña que te sientas cansado. —Suspirando profundamente se volvió y se dejó caer en el suelo—. Siéntate, cariño.
Extendió su chal para él.
—Levántate, Callie. Te vas a enfriar.
—No. Vamos, siéntate.
Le tiró de la mano.
—¿Y si se despiertan las niñas? —dijo él, todavía en pie.
—No se despertarán. Cuando cogen el sueño duermen de un tirón. —Se quitó los zapatos y hundió los pies en la hierba—. ¡Qué bien se está así!
—¿No tienes miedo de los gitanos? —preguntó él—. Rondan algunos por aquí.
Dejó de mover los pies.
—Sí, ya lo sé.
—Me parece que esta tarde he visto sus fuegos de campamento en el bosque que está junto a la ciudad. No creo que tomen este camino, pero no me gustaría correr ningún riesgo.
—No —aprobó ella, y se quedó un momento en silenció—. Bueno, igual no podrían entrar en casa. La he cerrado con llave cuando salía, y bien cerrada. —Se tendió de espaldas sobre la hierba, con los brazos detrás de la nuca—. ¡Vaya luna grande que hace esta noche!
Se le había desabrochado el camisón; el ojo oscuro y redondo de uno de sus pechos contemplaba a Matthew.
—Vamos, Callie. Te enfriarás.
—Matthew… —murmuró ella.
—Volvamos a casa.
—Sí, pero primero échate un rato.
—No tengo ganas.
Hubo un silencio, y él siguió enfurruñado. Entonces Callie se puso en pie y le miró a los ojos.
—Matthew —dijo en voz baja—, ámame.
Él se volvió.
—Ahora no, Callie.
—¿Por qué?
—Aquí no.
—¿Lo harás si vamos a casa?
—No lo sé.
—Por favor.
—No nos hará ningún bien —dijo Matthew desesperadamente.
—Yo haré que sí, que nos haga bien. ¡Oh, Matthew!
—Tal vez mañana. No lo sé. Vamos, Callie.
Se deslizó hasta colocarse de nuevo delante de Matthew y, antes de que él pudiera moverse, empezó a quitarse el camisón. Sacó los brazos de las mangas y la prenda cayó al suelo.
—Vuélvetelo a poner —dijo él.
—¡No!
Apartó con el pie el camisón y, con una extraña sonrisa, aspiró una bocanada de aire para que sus redondos senos se hincharan. Matthew recogió el camisón, se lo tiró y se alejó por el claro. Callie corrió tras él y lo agarró del brazo.
—¡No te vayas, Matthew!
—¡Déjame solo! —gritó.
—¡Ya te he dejado solo!
Se miraron cara a cara en silencio, allí, bajo la luz de la luna, junto al espino blanco. Entonces, con un movimiento rápido y felino, ella se apretó contra él rodeándolo con los brazos mientras le desabrochaba la camisa.
—¿Qué estás haciendo?
Con un súbito tirón, le abrió del todo la camisa y apretó los senos contra su cuerpo desnudo.
—Sácate la ropa —susurró.
—¡Te odiaré!
Apenas podía hablar.
—No lo harás.
Su cuerpo se movía, sus manos le acariciaban la espalda, y con voz parecida a una cálida lluvia empezó a decirle cosas que nunca le había oído decir antes, cosas asombrosas y excitantes. Matthew sintió palpitar su corazón hasta perder el aliento y, gimiendo, se quitó los pantalones y la apretó contra sí. Abrazados con fuerza, cayeron al suelo.
Después, permaneció echado de espaldas con un brazo sobre los ojos para resguardarse de la luna. La tierra estaba fría, pero se sentía demasiado cansado para moverse. Había hecho el amor brutalmente, mordiendo y agarrando con fuerza, como si fuera un castigo que se veía obligado a infringirle. (Más tarde descubrió que le había dejado grandes cardenales). El acto no le había proporcionado placer, sino una amarga satisfacción parecida a la de la venganza. Aquélla nunca había sido su manera de amar. Y se sentía disgustado, con ella y consigo mismo.
Callie se inclinó sobre su marido y le acarició con su largo cabello.
—Nos ha hecho bien, ¿verdad? —dijo.
—Supongo que sí.
—¿Volvemos ahora?
—De acuerdo.
Pero no se movió. Al cabo de un rato, Callie lo cubrió con su chal y se quedó sentada sin hablar. Hubo un momento en que Matthew creyó que estaba llorando. La miró por debajo del brazo. Tenía la cabeza inclinada y el pelo le caía hacia delante, ocultándole el rostro. Se sujetaba un pecho con la mano.
—No quería hacerte daño —le dijo Mathew.
—Ya lo sé. Estoy bien.
Matthew cerró los ojos, y debió de caer dormido, porque cuando volvió a abrirlos ella se había ido. Sus ropas, que había tirado en desorden, estaban dobladas cuidadosamente a su lado. Se vistió y emprendió el camino de regreso a casa. Al llegar a la maleza que crecía junto al arroyo, se detuvo y miró hacia atrás. El espino blanco se erguía alto y sereno, y tuvo la sensación de que, en cierto modo, lo había traicionado.