Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 7 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 4

 

Jessica lo vio cuando subía silbando por el camino del este, con un hatillo colgado del hombro. Llevaba unos pantalones oscuros que le iban pequeños, camisa azul, y la cabeza descubierta. Tenía el pelo castaño y muy rizado. Pasó junto a la cerca del jardín y, al darse cuenta de que ella lo miraba, se detuvo. Dejó de silbar. En su cara se dibujó una cordial sonrisa y agitó la mano.

—¡Hola!

Callie, que estaba inclinada sobre el surco de tierra, se enderezó y dio media vuelta.

—Buenas tardes, señora. —Se acercó a la verja, y dejó su hatillo sobre un poste —. Bonito día.

—Sí —dijo Callie.

—Soy forastero. He llegado en un tren de carga. Vengo del sur, de más allá de Cabool, ¿sabe?, bastante al este de Springfield, tal vez conoce el sitio. —Callie asintió—. ¿Sabe usted por casualidad dónde podría yo encontrar trabajo?

—Pues la verdad…

El joven sonrió.

—No seré el mejor ayudante del mundo, pero le pongo ganas. —En lugar de ayudante dijo yudante.

Callie cogió la azada que había dejado en el suelo. Aunque sabía que Matthew necesitaba ayuda, no quería decirlo. Pero el forastero era joven y simpático, y no le gustaba la idea de mostrarse brusca con él.

—Mi marido podría decirle si hay alguien por aquí que necesite una mano — terció—. Pero ahora está en el campo.

—Será un placer hablar con él.

—Bueno… —Callie titubeó—. Supongo que puede esperarse aquí, si quiere.

—Muchas gracias.

Al oír voces, Mathy salió al patio delantero. Y al ver al forastero abrió la boca con asombro. Él se volvió y sonrió.

—Buenas tardes —dijo cortésmente.

—Hola —contestó; y entró precipitadamente en casa.

—Oiga —dijo Callie—, dese la vuelta y entre por la puerta de atrás.

Señaló el sendero que conducía del camino principal al granero. No quería que un forastero que acababa de llegar en un tren de carga entrara por la puerta delantera.

—Gracias, señora.

El muchacho cogió su hato y se alejó.

—Entra en casa —le pidió Callie a Jessica—. Espero que papá llegue pronto. No tendría que haberle dicho que no estaba aquí, quién sabe.

—No parece muy peligroso.

—Esto nunca se sabe. A veces los que menos lo parecen son los peores.

Mientras Callie arrinconaba la azada, Jessica entró en casa. Allí encontró a Mathy y Leonie pegadas a las ventanas de delante.

—¡Es él! —dijo Mathy.

—Ya lo sé —replicó Jessica—. No os alborotéis. Está buscando trabajo. Mamá le ha dicho que se espere aquí hasta que papá vuelva.

—¡Quizá estemos todas muertas para entonces! —exclamó Mathy alegremente, con los oscuros ojos llenos de excitación—. ¡Puede cortarnos el cuello y quemar la casa!

—Bah, no digas tonterías —dijo Leonie—. No le tengo ningún miedo.

—Parecía muy educado —comentó Jessica.

—Hummm, es un jornalero.

—Bueno, pero puede ser educado.

El joven saltó la verja de atrás y caminó por el sendero. Las niñas corrieron a la cocina para poder verlo mejor. Callie lo observaba desde el patio.

—¡Puede esperar ahí! —gritó—. El señor Soames llegará dentro de un minuto.

Él se dirigió a la cerca.

—¿Quiere que le corte madera mientras espero?

Mathy iba dando brincos de un lado para otro.

—¡Supongo que mamá no le dejará el hacha! ¡Nos cortará la cabeza!

—No, gracias —dijo Callie con voz firme. Luego, entró en casa—. Vosotras, niñas, apartaros de la ventana.

—¿Por qué no le has dejado cortar leña? —preguntó Mathy—. ¿Te ha dado miedo dejarle el hacha? ¿Es por eso, mamá?

—¡Oh, claro que no! ¡Ni se me ocurrió! —Callie se detuvo, como si en realidad sí se le hubiera ocurrido—. Pero no quiero tener que agradecerle nada, eso es todo. Si hace algo por nosotros, puede llegar a creer que puede tomarse confianzas y todo. Y ahora, niñas, ayudarme a terminar la cena. ¡Salid de la ventana! —Se lavó las manos en el barreño—. Parece un buen chico. No comprendo cómo va tan limpio, si sale de un tren de carga.

Salió al porche de atrás. Las niñas se miraron y se echaron a reír.

—¡Claro que está limpio! —susurró Leonie—. ¡Se acaba de tomar un baño!

Cuando Callie regresó, se volvieron de espaldas. Matthew llegó con el carro del heno pocos minutos después y lo vieron charlar con el muchacho mientras desenganchaba al caballo. Al cabo de un rato entró en la cocina.

—Mamá —dijo—, creo que contrataré a ese chico por unos días. ¿Qué te parece?

—Eso es cosa tuya.

—Bueno, necesito un poco de ayuda, y por lo visto los chicos de por aquí ya no quieren quedarse en sus casas. Se van todos a Kansas por la cosecha.

(Los muchachos siempre se iban tras las chicas o tras el dinero).

—Además, los vecinos están también muy ocupados —prosiguió—. Y este chico parece honrado y educado.

—Parece algo debilucho.

—Bueno, no voy a matarlo a trabajar.

—Ya sé que no. Pero Dios mío, ¿dónde va a dormir?

—En el granero. Ya hemos hablado de eso y le parece bien. Está limpio, y podemos darle una colcha. Habrá dormido en sitios peores.

—Si tú lo quieres, por mí está bien.

Se llamaba Tom Purdy. Tenía seis hermanos y había crecido en una granja de Ozark.

—Me fui cuando tenía dieciséis años —explicó en la mesa durante la cena—. De eso hará cuatro. He estado ya en Little Rock y en San Luis. Voy a casa de vez en cuando y me quedo con mi familia una temporada. Nos lo pasamos muy bien todos juntos.

—Sírvete más patatas —dijo Matthew.

—Sí, gracias. Mando dinero a mi familia a veces, cuando lo tengo.

Sonrió enseñando unos dientes blancos y ligeramente cariados. Tenía unos ojos grandes y azules, con pestañas largas y rizadas que le daban una expresión extrañamente angelical.

—Este año pensaba en ir al oeste para la cosecha. Un tío mío tiene una gran granja en el oeste de Kansas donde sólo cultiva trigo. Allí es adónde iba yo. Iba a apearme en la ciudad de Kansas. Pero ¡uno se siente tan solo y sucio en un tren de carga! Esta mañana, en aquel vagón abierto, tenía tanto calor que, mirando los campos verdes y los bosques, no me he podido aguantar. He saltado del tren y he empezado a andar. ¡Diablos, cuando he visto el arroyo, me he tirado de cabeza! ¡Qué gusto que daba nadar ahí! —Se echó a reír—. Pero me parece que alguien me ha lanzado una piedra.

Jessica, Leonie y Mathy clavaron la vista en sus platos, masticando con todas sus fuerzas.

—Aunque no he visto a naide —prosiguió—. Tal vez era una rana.

—¡Seguro que sí! —dijo Mathy, muriéndose de risa.

Callie frunció las cejas y miró con suspicacia a Jessica.

—Pásame el pan, por favor —dijo ésta.

—Ya tienes.

—Quiero decir la mantequilla, por favor.

El muchacho dejó el cuchillo y el tenedor sobre el plato vacío.

—Nunca he trabajado para un maestro de escuela —dijo; y añadió modestamente —: pero voy a casarme con una maestra.

—¿Sí? —exclamó Matthew.

—Eso está muy bien —dijo Callie.

—Estamos prometidos; se dice así, supongo. Vamos a casarnos cuando vuelva a casa. —Apoyó la barbilla en la mano—. Creo que va a tener que enseñarme a hablar bien cuando estemos casados. Nunca he sabido. Llegué hasta octavo y entonces tuve que ponerme a trabajar. Nunca he tenido oportunidad de volver a estudiar.

—Bueno, pero puedes intentarlo ahora —dijo Matthew amablemente.

—Soy demasiao mayor.

—Oh, no, nunca se es demasiado mayor para ir a la escuela. ¡Caramba, yo tenía tu edad cuando empecé el bachillerato! ¡Y ya estaba casado!

Se llevó a Tom al porche y empezó a hablarle de los viejos tiempos. Callie y las niñas retiraron los platos.

—¿Adónde habéis ido esta tarde, niñas? —preguntó Callie como por casualidad.

—No has limpiado bien este plato —le dijo Leonie a Jessica.

—Es que no veo. Casi no hay luz.

—Sospecho que habéis bajado al arroyo —prosiguió Callie—. Bueno, que me conteste una. Jessica se volvió.

—Sí, mamá, hemos ido allí. Pero sólo un minuto.

—Me lo imaginaba —replicó Callie—. Y supongo que habéis visto al chico ese tomándose un baño. —Nadie contestó—. Os he dicho que no bajarais al arroyo esta tarde.

—¡No, mamá, no nos lo has dicho! —exclamó Leonie.

—Bueno, pero os he dicho que volvierais en seguida de coger las lechugas. Es lo mismo. Y a propósito, ¿para qué habéis ido?

—Queríamos pescar un pez para cenar; eso es todo.

—Así que habéis ido y visto algo que no debíais.

—Pero, mamá, ¡no sabíamos que él estaba allí! —exclamó Leonie con impaciencia.

—De todos modos, no se os había perdido nada ahí.

—Teníamos más derecho que él. Es nuestro arroyo.

—Pero ¡yo os he dicho que no fuerais hoy!

—¡No, no lo has dicho!

—¡Está bien, Leonie, ya basta! Si papá se entera de adónde habéis ido, no van a quedarte ganas de hablar tanto.

—Pero, mamá —interrumpió Jessica—, ¡nosotras no sabíamos que él estaba allí!

—Bueno, ya lo sé, pero… ¿Quién de vosotras tiró la piedra?

—Yo —contestó Mathy.

—¿Por qué demonios lo hiciste?

—Pensé que sería divertido.

—Pues a mí no me lo parece. —Callie se sentó y se abanicó con el delantal—. ¡Está muy mal eso de que le mirarais sin él saberlo!

—¡Cree que ha sido una rana! —Mathy se tumbó en un sillón riéndose a carcajadas—. No sabe que hemos sido nosotras.

—Y no quiero que lo sepa. Podría hacerse una idea equivocada de vosotras. Estando un chico aquí, debéis tener mucho cuidado. Que no se os suban las faldas y portaros bien. Y que papá no se entere de lo que ha pasado esta tarde. Si lo descubre, se enfadará tanto que pondrá mala cara el resto de la semana. Y además se enojará conmigo por dejaros ir.

—No ha sido culpa tuya, mamá —dijo Jessica.

—Bueno, no discutamos de quién ha sido la culpa. Pero me gustaría que esto no hubiera pasado. Os habéis portado mal; así que subir y pedir perdón a Dios.

—¿No podemos sentarnos un rato en el porche primero? —preguntó Mathy.

—Desde luego que no. Subir al cuarto en seguida y meteros en la cama. Las tres. Mathy, acuérdate de lavarte los pies.

Mientras Jessica se cepillaba el pelo en el tocador, Mathy vagaba de un lado a otro en camisón.

—Jessica…

—¿Qué, cariño?

—No sé por qué he de pedirle perdón a Dios.

Leonie, sentada en la cama con su Nuevo Testamento (leía un pasaje cada día), dijo:

—Ni yo. ¿Qué hemos hecho que sea tan terrible?

—Bueno —repuso Jessica lentamente—, mamá nos ha dicho que volviéramos en seguida y no lo hemos hecho. Supongo que eso es lo que está mal.

—¿Sólo eso? —Mathy se dejó caer en la cama agitando los pies en el aire—. Es un pecado muy pequeñito. Leonie, tú has sido la que has querido ir. ¿Por qué no le pides perdón a Dios por todas? Así Jessica y yo no tendremos que hacerlo.

—¡Oh, no creo que os podáis librar tan fácilmente! —replicó Leonie—. Vosotras también habéis ido, ¿no? Yo sólo he tenido la idea.

—Vamos a pedirle que nos perdone —dijo Jessica—. Decid sólo «Perdónanos nuestros pecados, cualesquiera que sean», y servirá.

Mathy se fue a su habitación y volvió al cabo de un rato.

—Ya están dichas.

—¿Qué?

—Mis oraciones.

—Muy bien.

—Esta noche he rezado una corta porque no se me ocurría qué decir. Hace demasiado calor. Me gustaría que pudiéramos dormir en el patio.

—Vete a la cama y olvídalo. En seguida se te pasará el calor.

Jessica continuó cepillándose el pelo. Reflejado en el espejo, veía el cuadro de la pared de enfrente, regalo de sus padres. Representaba a una muchacha sosteniendo una cruz de piedra en un mar tempestuoso. Cada vez que lo miraba le remordía la conciencia. Se peinó el pelo en una trenza larga y apretada, y se metió en la cama.

Leonie terminó su lectura, apagó la luz y se arrodilló junto a la cama. Jessica no tenía muchas ganas ni de rezar ni de arrodillarse. Se recostó en el colchón de plumas y trató, con toda su alma, de sentirse pecadora. Por fin, Leonie terminó.

—¡Tanto jaleo sólo por un jornalero! —dijo—. Y todavía están hablando ahí abajo. Nunca hubiera creído que a papá le gustara hablar con alguien tan ignorante.

—No es ignorante.

—Sí lo es. Ya has visto cómo habla.

—Bueno, a veces mamá también habla así y no es ignorante.

Leonie no contestó. Permanecieron despiertas en la oscuridad, escuchando las voces que llegaban del porche delantero. El aroma de tabaco penetró por la ventana.

—¡Fuma! —exclamó Leonie con altanería.

Al cabo de un rato Matthew y Callie subieron a su habitación y las chicas oyeron cómo el muchacho abría la puerta del granero. La casa quedó en silencio. De pronto, Jessica se incorporó.

—¿Qué es eso? —dijo.

Leonie levantó la cabeza.

—¡Alguien está tocando una armónica! —el sonido llegaba suave, dulce y lejano, desde el granero—. ¡Es él!

Se sentaron y escucharon. La melodía era triste, y el sonido de la armónica la hacía más triste todavía; la sencilla interpretación del muchacho, además, hacía que sonara tan tosca y cautivadora como su lenguaje. A veces sonaba fuerte; otras, se perdía entre los cantos de los grillos o los relinchos de un caballo, pero siempre surgía de nuevo. Jessica pensó que era la canción más solitaria que había oído nunca. Se recostó sobre la almohada sintiéndose llena de compasión por el muchacho, por ella misma, por Marvin, que estaba lejos, y por todas las almas solitarias, errantes y sin hogar del mundo. Era una tristeza dulce la que le embargaba. Se durmió en seguida.