Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 21 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 5

 

Mientras los baptistas celebraban la semana de Resurrección con grandes ceremonias, los metodistas, que eran menos numerosos, asistieron a un oficio tranquilo. Cantaron un himno, el pastor les hizo rezar, y luego, sin gritos de por medio, les leyó el pasaje de la Crucifixión según el Evangelio de san Lucas.

—«Se acercaba la fiesta de los ázimos llamada Pascua. Y los príncipes de los sacerdotes y los escribas buscaban la manera de matarlo…».

Matthew, sentado con su familia en uno de los últimos bancos de la iglesia, se esforzaba por escuchar. Jesucristo y Alice competían por su atención. El pastor proseguía:

—«Y, tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: “Este es el cuerpo mío, el que será entregado por vosotros: haced esto en memoria mía”».

Sí, pensó Matthew; y empezó a sermonearse a él mismo: Y yo pensé que lo recordarías, y justo en ese preciso momento, cuando Él moría para salvarte.

—«Porque el Hijo del hombre se va, conforme a lo que está determinado, pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado!».

Matthew se sintió condenado como Judas. Tú eres el traidor —se dijo—; no hay duda alguna. No has podido llorarlo ni una hora. Sólo piensas en la carne.

Aquella idea lo estremeció. Sí, querías tomarla en tus brazos; deseabas besarla. No me digas que no. Y volvió a pensar en ello deliberadamente, como si estuviera frente a un tribunal; y la sensación le resultó tan placentera que se sorprendió. Con un gran esfuerzo, centró de nuevo la atención en san Lucas.

—«Lo seguía una gran muchedumbre de pueblo y de mujeres, que se lamentaban y lloraban. Vuelto hacia ellas, dijo Jesús: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí. Llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos”».

A su derecha estaba sentada Leonie, tiesa y atenta, con las manos cruzadas sobre el regazo. Su rostro era dulce e inocente, un rostro de niña. No aparentaba sus dieciocho años. Y resultaba hermosa cuando se la observaba sin que ella se diese cuenta. Con remordimientos de conciencia, Matthew recordó con cuánta insistencia había pedido participar en el concurso de dicción. «Me gustaría representar a la escuela sólo por una vez antes de graduarme. ¿Por qué no puedo, papá? Ganaría, sé que ganaría. Cuando leímos en voz alta en la reunión, muchos pensaron que lo hice mejor que Alice Wandling».

Pero, naturalmente, él no lo podía permitir. Los padres de Alice —o alguien, quien fuera— lo acusarían de hacer trampa. Y, de todos modos, pensó, mirando de nuevo a Leonie, su hija no poseía mucho talento dramático. Contaba con una buena memoria y una voz clara, pero nada más. Sintió un poco de lástima por ella. Lamentaba no quererla más. Era una criatura pesada y tozuda, pero trabajaba mucho. Era una buena chica que no había hecho nada para merecerse a un padre infiel y libidinoso. Como tampoco su hija pequeña, ni su madre.

¡Olvida a esa muchacha! —se suplicó—. Eres un viejo loco, y pórtate bien. No quieras saber nada más de ella. Cuadró los hombros y alzó la cabeza con desafío. Además, a ella no le importas en absoluto.

El pastor leyó el final del capítulo.

—Y ahora —dijo, cerrando la Biblia—, levantaos todos mientras el hermano Soames nos dirige en la oración.

Matthew se puso en pie y pidió al Padre Todopoderoso auxilio y perdón. En su interior, rezaba fervorosamente para poder creer en lo que estaba diciendo. El servicio religioso terminó a las nueve menos cuarto.

Al final de la calle los baptistas seguían cantando.

—¿Puedo ir a esperar a Genevieve? —preguntó Leonie, cuya mejor amiga era baptista—. Así volveremos a casa juntas.

—Te acompaño —dijo Mathy.

—No, no —replicó Callie—. Quedaros aquí las dos. Siempre hay chicos revoloteando afuera de la iglesia.

—Bueno, pero no me van a hacer nada —dijo Leonie—. Todos le tienen miedo a papá.

—Es igual. Venir conmigo.

Las dos niñas siguieron a Callie y Matthew. Era una noche desapacible, llena de viento y sombras. Contemplaron las grandes nubes que cruzaban el firmamento.

—¡El cielo es un plato de natillas! —gritó Mathy, tumbándose alegremente en el suelo.

—Bah, no lo es —replicó Leonie—. Eres tonta. Levántate antes de que papá te vea.

Delante de ellas, Callie cogió del brazo a Matthew.

—No parece que sea primavera, ¿verdad?

—No mucho —replicó él—. ¡Oh, no!

—¿Qué pasa?

—Me he dejado los papeles en la escuela. Quería corregirlos esta noche.

—¿No lo puedes hacer mañana?

—Mañana tengo que ir a la granja. Quería quitármelos de encima esta noche. Será mejor que vuelva a buscar esos exámenes.

—Oh —musitó Callie con lástima—, pero estás tan cansado…

—No tardaré mucho.

Se alejó y dobló la esquina.

—¿Adónde va? —inquirió Mathy—. Espera, papá, ¡iré contigo!

—Tú ven conmigo —dijo Callie—. Tiene que ir a la escuela, y volverá en seguida.

Matthew tomó el atajo que cruzaba el prado; seguir por la oscuridad el sendero que tanto conocía le resultó fácil. El viento casi le arrebató el sombrero. Se lo encasquetó bien y bajó la cabeza. Se hallaba ya a medio camino cuando oyó ruido de pasos que corrían y una figura surgió en la noche, dirigiéndose hacia él. En su prisa, lo alcanzó antes de que Matthew pudiera volverse.

—¡Señor Soames!

Alice Wandling estaba ante él. Retrocedió y contempló la cinta del pelo en sus manos y éstas en su boca. Se le había soltado el cabello y el viento jugueteaba con él. Por un momento, aquel fue el único movimiento que percibió. Alice fue la primera en recobrarse de la sorpresa que les produjo a los dos aquel encuentro.

—¡Es usted, de verdad! —exclamó.

—¿Qué estás haciendo aquí a estas horas?

Alice vaciló y bajó la cabeza.

—Lo estaba buscando —dijo en voz baja.

—¿A mí?

—Sí.

Lo miró, acercándose más.

—¿Para qué querías verme?

—Para nada. Sólo quería verlo. Pensé que lo encontraría en la escuela, como suele estar algunas veces…

—Alice, si quieres hablarme de algo…

—No es eso.

—Entonces ¿qué es?

—¡Sólo quería verle! —repitió. Y se produjo un silencio antes de que profiriera bruscamente—: ¡Porque estoy loca por usted!

Aquellas palabras estallaron en el corazón de Matthew como un cohete, despidiendo luces de colores.

—¿No lo sabía? —gritó ella—. ¿Tenía que decírselo yo?

La cinta del pelo se agitó al viento y el perfume de rosas llegó hasta él. No sabía que su sombrero había volado.

—Por favor, no me riña —suplicó con voz suave—. No lo puedo remediar. Le gusto a usted, ¿verdad? ¿Un poquito?

—Alice, querida niña…

Alzó la mano y le apartó el pelo de la cara. Eso fue todo, sólo sus dedos contra su mejilla.

—¿No está enfadado conmigo? —preguntó ella—. ¿No va a gritarme?

—No.

—¡Oh, gracias! —exclamó.

Y entonces, rodeó su cuello con los brazos y lo besó fuertemente. Fue algo real; él lo sabía. La sintió, la olió y la saboreó. No lo hizo justo en aquel momento, sino unos instantes después, cuando la oyó bajar corriendo por el sendero.

Nunca encontró su sombrero.