Cuatro hermanas
Capítulo 4
Mathy, que durante casi quince años había sido la pequeña, se adaptó alegremente a la condición de hermana mayor. Adoraba al bebé. Privada de gatos y perros durante toda su vida, por fin tenía su mascota. Y en cuanto la niña supo andar un poco, se la llevaba a pasear por el patio y por el prado. Le contaba cuentos y se inventaba juegos fantásticos; cercaban el patio con cadenas de tréboles y se hacían graciosos sombreros con flores y hojas. A Callie sus dos hijas pequeñas le parecían encantadoras… cuando no le daban sustos de muerte. Había que vigilar a Mathy. Siempre sacaba afuera al bebé cuando llovía para que viera el arco iris, o la hacía rodar por un ventisquero, o la lanzaba al aire demasiado alto. La influencia de la chiquilla en Mathy parecía beneficiosa, pero de la influencia que Mathy ejercía sobre la criatura no estaba tan clara.
Mathy se había hecho mayor casi de la noche a la mañana. De pronto parecía una chica en lugar de un muchacho; se había transformado en una guapa jovencita de piernas esbeltas y un pecho como era debido. Una noche, durante una cena celebrada en la parroquia, Callie observó que un muchacho flirteaba con ella. ¡Dios mío — pensó—, ya estamos con esto! Y se preguntó qué harían cuando a Mathy le interesaran los chicos. Si Jessica, tan buena, tan dócil, se había escapado con el mozo, ¡qué no haría Mathy! También Matthew estaba preocupado. Sin embargo, procuraban no imponerle excesivas restricciones. Examinando sus actos, trataban de evitar equivocaciones pasadas.
—Caramba, mamá —decía Leonie—, le dejáis hacer a Mathy cosas que nunca nos habríais permitido a Jessica y a mí.
—Ya lo sé —se disculpaba Callie—. Pero tal vez si os hubiésemos dado más libertad, las cosas no habrían sucedido de aquel modo.
—Yo no me fugué con ningún bracero.
—Ya sé que no lo hiciste, cariño. Tú eres una buena chica, y mamá lo aprecia. Pero ya sabes cómo es Mathy, sí la atamos demasiado corto, no quiero ni pensar en lo que haría. Además, los tiempos son ahora algo distintos de antes, me imagino.
Ocasionalmente, cuando en la ciudad pasaban una película, y si Matthew consideraba que tenía valor educativo, dejaban que Mathy fuera a verla. Después, ella y sus amigas salían a comer salchichas asadas acompañadas de carabinas. En verano iban a las fiestas de la escuela dominical, que se celebraban en prados iluminados por farolillos colgados de los árboles. Y mientras los mayores charlaban en los porches, comiendo dulces y helados, los chicos y las chicas jugaban a juegos que les permitieran cogerse de las manos. En muy raras ocasiones, a los catorce y quince años, dejaban que Mathy saliera con su mejor amiga y dos muchachos (aunque a Matthew casi le daba un ataque cuando pensaba en una hija suya metida en un coche con un chico).
En ciertos puntos, sin embargo, se mostró inflexible. Durante el verano en que Mathy cumplió dieciséis años, ella y sus amigas empezaron a aprender a bailar. A pesar de que en la comunidad no estaba bien visto, unos cuantos padres se hacían los tontos y permitían que los jóvenes bailaran el fox-trot en los sótanos. Cuando Matthew se enteró, criticó a los padres (no en su presencia) y prohibió a Mathy que asistiera a las fiestas que daban en sus casas. Pero Mathy se escapó una noche a hurtadillas, por lo que Matthew, perdiendo toda la paciencia que había procurado demostrar, anuló la vida social de Mathy para el resto del verano. Podría ir a las fiestas de cumpleaños siempre y cuando se celebraran por la tarde y sin chicos; y sólo podría ir al cine si la acompañaba Leonie. De lo contrario, se quedaría en casa.
—Es una lata, cariño —le dijo Leonie—, pero te escapaste, y tienes que pagarlo.
—Mereció la pena —replicó Mathy, recostándose en la cama—. ¡Me lo pasé de maravilla! Oh, no lo volveré a hacer —dijo, al ver que Leonie fruncía el ceño—, pero esta vez tenía que ir…, el primo de Ruthie, Bobby, había llegado de California. ¡Y Ruthie no sabe hablar más que de su sensacional primo Bobby! La verdad es que es un papanatas —dijo plácidamente—. Pero las otras chicas no lo saben; creen que es atractivo, guapo y un don Juan sólo porque Ruthie siempre lo dice. Lo rodearon como moscas, pero yo fui la que le gustó más. Claro que yo no lo soportaba. —Se dio media vuelta con expresión afectada—. Además, Leonie, hay tiempo para bailar, hay tiempo para todo. ¡Lo dice la Biblia!
—También dice que honrarás a tu padre y a tu madre.
—De acuerdo —sonrió Mathy—. Caramba, Leonie, ¡tú eres tan buena! —dijo muy seria—. Nunca haces nada malo ni metes a nadie en problemas. ¿Cómo te las arreglas? ¿Nunca tienes ganas de hacer algo que papá y mamá te hayan prohibido?
—Sí —contestó Leonie—, a veces sí.
—Pero no lo haces.
—Procuro no hacerlo, porque los quiero.
—También yo los quiero, y sin embargo…
—Del mismo modo que amo a Dios —dijo Leonie simplemente—. Cuando quieres a alguien, tratas de obrar correctamente por su bien.
—¡Oh, yo nunca seré tan buena como tú, Leonie! —Mathy se tumbó de espaldas agitando los pies en el aire—. ¿Crees que iré al infierno cuando me muera?
—Lo dudo —replicó Leonie, sonriendo.
—¿Tú crees en el infierno?
—Claro.
—Yo no. ¡Yo sólo creo en el cielo!
Ella y Leonie no tenían la misma opinión sobre muchas cosas, pero Mathy admiraba mucho a su hermana por su virtud y su belleza. Durante los dos últimos inviernos, Leonie había estado fuera, enseñando en un colegio. Tenía amigos en la ciudad, había visto algunas comedias, leído varios libros y aprendido una serie de cosas, por lo que estaba llena de alegres planes para el futuro. Tras superar la etapa de querer ser concertista de piano, ahora deseaba ser profesora de música, prestigio que resultaría más fácil de obtener. Lo tenía todo pensado. En otros cuatro inviernos podría ahorrar el suficiente dinero para pagarse un curso en la universidad. Luego, conseguiría otro trabajo y se iría a estudiar un año en Nueva York. Más adelante, ahorrando más, tal vez podría pasarse una temporada en Europa, también estudiando.
—¿Y cuándo vas a divertirte? —le preguntaba Mathy.
—¡Divertirme! —replicaba Leonie—. ¿Quieres decir salir con muchachos?
—Algo así.
Leonie negó con su sedosa cabeza.
—Saldré… cuando encuentre al que me conviene. No tengo prisa.
—¿Y dónde crees que encontrarás a tu media naranja?
—¡En Europa! —exclamó Leonie.
—¿Qué es lo que quieres? ¿Un barón, o el príncipe de Gales?
—¿Y por qué no? —dijo Leonie.
—Bah, lo mejor es que pongas los ojos en alguien que viva más cerca de casa.
—¿Y quieres decirme quién hay aquí?
—¡El primo Bobby! —dijo Matthy, muñéndose de risa—. No, en serio, Leonie, una de las dos tiene que divertirse este verano; y si papá no me deja a mí, entonces has de ser tú. Además, te toca, eres la mayor. A ver a quién podemos encontrar.
La respuesta llegó unos cuantos días después, caída literalmente del cielo. Leonie y Matthew salían en coche una mañana (rumbo a Clarkstown, donde daban clases cada día) cuando vieron un aeroplano sobre el prado de los Seabert.
—¡Dios mío! —exclamó Matthew, estirando el cuello—. Me parece que va a aterrizar.
—Mira por dónde vas —dijo Leonie.
—Está… ¡está bajando!
—¡Cuidado, papá! Te estás saliendo de la carretera…, ¡gira el volante, gira el volante!
Cayeron de plano en una zanja. Matthew tuvo que salir del auto y empujar mientras Leonie maniobraba al volante. Cuando estuvieron de nuevo en la carretera, Matthew conducía manchado de grasa, sudoroso y de muy mal humor.
Detrás de ellos el aeroplano se elevó de nuevo en el aire, efectuó otra pasada por la ciudad y regresó al prado para aterrizar atrayendo tras de sí, como el flautista de Hamelín, a todos los holgazanes de la calle principal y a todos los chiquillos que pudieron escaparse de sus madres. Agitando la mano triunfalmente, el piloto saltó del avión. Era joven, ancho de espaldas, tostado por el sol, casi dorado, y deslumbrante. La noticia se extendió por la ciudad y llegó a oídos de las chicas del instituto cuando estaban sentadas en un sombreado prado, comiendo con desgana un pastel de cumpleaños. De común acuerdo, se levantaron de la hierba y corrieron al prado de los Seabert gritando alegremente. Allí estaba el piloto, que llevaba a dar una vuelta a gente en su avión. Echó una ojeada al grupo de chicas y señaló a una con el dedo.
—¿Yo? —dijo Mathy sorprendida.
—Tú —contestó él. La subió a bordo y le abrochó el cinturón en el asiento—. ¿No tienes miedo?
—No —replicó Mathy con la serenidad de un santo.
Se elevaron mientras el avión se balanceaba y chisporroteaba en el límpido cielo de junio, y al poco rato hicieron un looping, un tonel en espiral y volvieron a bajar.
A Callie casi le dio un síncope cuando se enteró. Y se enteró en seguida, porque Mathy fue a casa con el piloto. Lo había traído para Leonie y lo retuvo allí hasta que su hermana y su padre llegaron de Clarkstown.
—¡Si no lo veo, no lo creo! —exclamó Matthew al subir por el sendero.
—¡Eh, profe! —Ed Inwood salió del porche como una flecha y bajó las escaleras. El libertino Ed Inwood, tormento de los profesores y raptor de chicas guapas. Estrechó fuertemente la mano a Matthew—. ¡Me alegro mucho de verle!
—¡Así que era tu aeroplano el que hemos visto esta mañana!
—Sí, es mío —dijo Ed, y sin más explicaciones empezó a narrar sus aventuras.
Como Otelo a Brabancio, le habló de casualidades desastrosas, de emocionantes accidentes y de escapadas por los pelos. Leonie y Mathy lo escuchaban en extasiado silencio.
Habían pasado cuatro años desde que se marchó de Shawano (cuando se fugó con Alice Wandling, hecho que no mencionó). Durante todo aquel tiempo había trabajado en la ciudad de Kansas, en Saint Joe y en Chicago, y había aprendido a volar. Había realizado acrobacias aéreas con otros aviadores, había reparado aeroplanos en Texas y, por fin, se había comprado el suyo.
—¡Lo gané en una partida de póquer y tuve que reconstruirlo casi todo yo solo!
Desde entonces había recorrido el país dedicándose a asustar a las vacas y a pasear a la gente. Y como con esta empresa particular y alocada había ganado cierta fama, decidió regresar a Shawano para ver a sus conocidos.
—¡Vaya, vaya! —exclamó Matthew, con aire medio admirado, medio reprobador. (El muchacho era un loco o un embustero, o ambas cosas.)—. ¿Y qué piensas hacer ahora?
—Me quedaré por aquí una temporada…, ¡trabajaré en las ferias de la zona y viviré de mi cuñado!
—Creía que quizá tratarías de buscarte un trabajo.
—Ya lo tengo.
—Sí, comprendo —Matthew sonrió con condescendencia—, pero ¿no es esto algo accesorio, una especie de deporte?
—Oh, yo no diría eso, profesor. Es una industria. La aviación tiene un gran futuro. ¿Qué haré sino prosperar? A menos que me mate, claro. Y no me mataré — añadió convencido.
—Lo deseo de veras. ¿Te…, te has vuelto a casar? —preguntó Matthew.
—¿Que si me he vuelto a casar? Ah, ¿se refiere a Alice? —Ed se echó a reír—. No creo que podamos llamarle a aquello un matrimonio. Éramos unos críos, menos mal que sus padres lo estropearon todo, pues de lo contrario lo habríamos hecho nosotros. Era una buena chica, pero… —Se encogió de hombros—. Vi a Alice hace un año, cuando estaba en la ciudad de Kansas. Iba a la escuela de comercio. Su familia se trasladó allí, ¿sabe? Pero, caramba, ¡está gordísima! —Rió de nuevo—. No, no estoy casado. No sé por qué. Conozco a muchas chicas, pero como nunca me quedo mucho tiempo en el mismo sitio… Aterrizas en una de esas ciudades pequeñas, en algún prado, consigues que alguien te lleve a la ciudad y alquilas una habitación en un hotel barato. Pasas allí una noche o dos, y te vas. Apostaría a que he dormido en el avión casi tantas veces como con una…, como en una cama. Recuerdo que en Nebraska…
Y empezó a contar otra historia. No paró de hablar hasta que la cena se había casi quemado en el horno, y entonces Callie le pidió que se quedase.
—Muchas gracias, señora Soames, pero le he prometido a mi hermana que iría a casa. ¡Caramba, no sabía que fuera tan tarde! Usted y yo siempre hemos tenido mucho de qué hablar, ¿verdad, profesor?
Volvió al día siguiente, y también al otro; llegaba en una vieja carraca casi a la misma hora en que Matthew y Leonie regresaban a casa.
—Aquí está otra vez —dijo Callie con impaciencia, la cuarta vez que esto sucedió —. ¿Para qué vendrá por esta casa?
—Por Leonie —replicó Mathy.
—Ya se me había ocurrido esta posibilidad.
—¿Te has dado cuenta de cómo la mira?
—Me parece que no. ¡Dios mío, y espero que papá tampoco! Tendría un disgusto.
—Bah, no te preocupes por papá.
—Haz el favor de no hablar así.
—Pero ¡es que Leonie ya es mayor! Tiene derecho a divertirse un poco. Y más le vale; si no, se convertirá en una solterona amargada antes de los veinticinco. Tú no quieres que eso pase, ¿verdad?
—Claro que no, pero…
—Alguien tiene que espabilarla un poco. Si ella y Ed pudieran salir juntos este verano, aunque no sea nada serio, no le iría nada mal.
—Tal vez tengas razón. Pero, Dios mío, ¡que tenga que ser Ed! Claro que es rematadamente guapo.
Ed lanzaba, en efecto, miradas de admiración a Leonie, que, desde luego, merecía ser contemplada. (Era esbelta, un poco más alta de lo corriente, y se erguía tan tiesa como sus principios, con el frío aire que nace de las convicciones profundas. Su cabeza se asentaba orgullosamente sobre un cuello fino, y llevaba el pelo recogido en la nuca como si fuera una cuerda de seda. Sus cejas eran suaves, sus ojos, castaños y cándidos, y su cara, serena y seria, iluminada de vez en cuando por la súbita paradoja de su viva sonrisa infantil.) Pero la mayor parte de la atención de Ed no parecía centrarse en Leonie, sino en su padre. Les visitaba por las tardes y ayudaba a Matthew con sus tareas. A veces volvía a primera hora de la noche y charlaban un poco más. Ed hablaba de aeroplanos, de radios y de motores de coche, cosas que Matthew casi no conocía y que le importaban muy poco. Hablaba también de viajes, de gente que había conocido y de libros que había leído. (Semileído, pensaba Matthew; Ed siempre se quedaba en la superficie y comprendía a medias.) Había adquirido palabras e ideas nuevas. Su conversación estaba salpicada de nombres que a Matthew le resultaban absolutamente desconocidos y algo inquietantes: Mencken y Russell, Freud y Sinclair Lewis. Tenía mucha labia, y hablaba como si entendiera lo que decía. Un variado surtido de «ismos» y «logias» caía como lluvia de confeti sobre las conservadoras creencias de Matthew. Se cansó de defender al Star de Kansas. Se cansó de oír que Calvin Coolidge era el títere de las grandes fortunas y que los americanos eran una raza de estúpidos. Ya no se molestó en discutir más el juicio a Scopes. (Y había llegado a preocuparle considerablemente, ya que no lograba decidir a favor de quién iba.) Y escuchaba con poca paciencia las modernas ideas sobre moral. Con psicología o sin ella, él seguía siendo responsable de sus acciones y el pecado era algo real.
Ed lo irritaba considerablemente. Y, además, Matthew no le había perdonado del todo lo de Alice. No es que ella le siguiera importando; pero la vieja herida infligida a su orgullo todavía le dolía en ciertas ocasiones. Después de diez o veinte minutos de conversación, interrumpía a Ed y subía a corregir los ejercicios de historia de la escuela secundaria de Misuri o a preparar las clases.
Entonces Ed dirigía su atención a Callie y a las niñas. A menudo se quedaba media hora más charlando con ellas. Ya se sabía que más tarde tenía otros sitios adonde ir y otras chicas, o una chica, a quienes ver. Pero de eso no se hablaba. Y durante el intervalo que mediaba entre la partida de Matthew y la partida de Ed a lugares desconocidos, Mathy hacía lo que podía para que él y Leonie estuviesen juntos. Incluso lograba en ocasiones que se quedaran a solas. Sin embargo, Leonie solía excusarse diciendo que tenía que estudiar.
Al oírla subir las escaleras una noche, Mathy entró en su habitación.
—Pero ¡Leonie! ¿Por qué no te has quedado abajo?
—¿Abajo? ¿Para qué?
—Hago todo lo posible para sacaros a mamá de en medio, y tú no lo aprovechas.
—¿De qué estás hablando?
—¡De Ed! ¿Por qué no le das una oportunidad?
—¿Ed? —exclamó Leonie, incrédula.
—¿Para qué te crees que lo traje a casa?
—¿Lo trajiste para mí?
—¡Tendrías que haber visto lo que me costó! No paré hasta conseguir que viniera.
—¡Oh, Mathy! ¿No le dirías que…?
—¡Claro que no! —dijo Mathy—. Eso habría sido estúpido. Utilicé a papá coma excusa, ¡ya sabes cómo solían pelearse! Le dije que papá se sentiría muy orgulloso de él ahora y que tenía que venir a contárselo todo. ¡Las otras chicas estaban tan celosas que me habrían matado!
Leonie se echó a reír.
—Eres la chiquilla más terrible que he conocido en mi vida.
—Quería que tuvieras tu primera oportunidad con él, Leonie.
—Pero, querida, ¿qué te hizo pensar que a mí me gustaría?
—¡Caramba, Leonie! Es alto, guapo, atractivo, ¡y es aviador! ¿Qué más quieres?
—Sigue siendo Ed Inwood —replicó Leonie—, y ni siquiera terminó el instituto.
—¡Oh, a veces me vuelves loca! —Mathy golpeó su cabeza contra la pared.
—Escucha, recuerdo a Ed Inwood cuando era colegial y llevaba medias de algodón marrones. Que haya estado fuera una temporada no lo convierte en alguien especial.
—Pero ¡es aviador!
—Lo cual no quiere decir que sea un héroe. Lo único que se necesita para eso es mucha cara dura, y a él no le falta.
—Hablas igual que papá. Oye, Leonie, tiene la edad y la estatura adecuadas para ti, y los dos sois tan rubios y tan guapos… Ya sé que no es un barón italiano, pero pensé que te gustaría.
—Y me gusta, cariño —dijo Leonie, suavizándose—, pero no en ese sentido.
—Es una lástima. Porque él está loco por ti.
Leonie enarcó las cejas.
—¿Cómo lo sabes?
—Se nota.
—No sé cómo. Yo no me he dado cuenta.
—Porque no lo miras. Estás siempre demasiado ocupada.
—No me queda otro remedio. Quiero llegar a ser algo, y no puedo permitirme el lujo de perder un tiempo precioso.
—¿Cómo puedes perderlo, si no lo tienes? —inquirió Mathy.
—¿Hum?
—No creo que divertirse un poco de vez en cuando sea perder el tiempo.
—¡Mathy, hay que pensar en otras cosas además de en divertirse! La verdad, espero que él no crea que correspondo a sus sentimientos.
—Si sigues comportándote así, no hay peligro.
—Menos mal. No debe hacerse ilusiones respecto a mí… ¡No soy Alice Wandling!
—Me parece que a Ed podría gustarle alguien distinto a ella.
—Eso no me importa. Lo siento, pero no me interesa.
—Me lo imaginaba —dijo Mathy—. Buenas noches, baronesa.