Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 10 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 7

 

En primer lugar, Tom no era mal parecido. Siempre estaba limpio, de buen humor, tan correcto como sabía, y aunque poco instruido, era inteligente. Pero, por encima de todo, estaba allí. La proximidad es a menudo la mayor virtud. Cuando Jessica se durmió aquella noche, ya se había enamorado locamente. Avergonzada o no, tenía que admitirlo. Lo quería desde la primera tarde en que lo vio subiendo por el camino.

A la mañana siguiente se despertó con dolor de cabeza y se quedó arriba hasta que Matthew y Tom salieron de casa. Vagó todo el día, soportando su vergüenza. Pensaba en él constantemente, sin un momento de paz. Lo juzgaba desde el punto de vista de su madre y de Leonie, y se imaginaba lo que dirían sus amigos de la ciudad si lo vieran. Era pobre, desharrapado, un paleto sin cultura y con los dientes cariados. Un don nadie. Luego lo juzgaba según su propia opinión —un muchacho alegre, de ojos azules, dientes muy blancos y gran dulzura—, y sentía amor incluso por el granero, la pila de agua, la bomba y el catre del salón, porque todo le recordaba a él.

Pero Tom tenía una novia en su tierra con quien se iba a casar. Al recordar esto, a Jessica se le caía el alma a los pies. No podía hacer nada. Para Tom, ella era sólo una niña, una chiquilla tonta y vulgar con una nariz grande, que ni siquiera sabía tocar el piano. Se mordía los nudillos, jurándose practicar cada día. Pero aunque lo hiciera, ¿qué sacaría? Aunque Tom la viera —aunque empezara a reparar en ella—, papá y mamá no lo permitirían ni por asomo. Y además era desharrapado, vulgar, no sabía hablar bien, ¡pero a ella no le importaba! Sólo que sí le importaba.

Corrió arriba, y se miró en el espejo. Una cara delgada con una gran nariz que sobresalía como un pico, ojos castaños claro de expresión asustada y pelo lacio. Él había dicho que le gustaba su cabello…, pero no podía ser cierto. Lo dijo en broma. Se echó a llorar, y al ver en el espejo su rostro contraído y sus ojos enrojecidos, escondió la cara entre las manos.

—¡Eres tan fea! —dijo—. ¡Y muy tonta!

Una semana después, cuando estaban sentados a la mesa, su madre dijo:

—¿Qué te pasa, Jessica? No comes casi de nada y has perdido el color. ¿Te encuentras mal?

—No, muy bien. Pero no tengo hambre.

—¿Que no tienes hambre?

—Hace mucho calor.

—Sí, es verdad, hace un calor terrible, y pegajoso, además. —Callie se abanicó el pecho apartando el escote de su vestido—. Y va a ir a peor. Mal día para tener visitas.

—Me gustaría que no vinieran —dijo Jessica, pensando con aversión en tías, tíos, su prima Ophelia, y cualquiera que no fuese Tom.

—¿Por qué? Creía que tenías ganas de tener compañía.

—Sí, pero…

—Pues yo me alegro de que vengan —dijo Leonie—. Ya tengo ganas de que estén aquí.

—Bueno, tenemos mucho que hacer antes de que lleguen —dijo Callie—. Si vais a lavaros el pelo, niñas, os lo laváis ahora mismo para que después me podáis ayudar.

Se lavaron la cabeza en el patio de atrás, en la pila de Tom, usando una gran pastilla de jabón de sosa. Jessica y Leonie se marcaron el pelo con rulos de papel. Cuando hubieron terminado, Callie mandó a Jessica que preparara unas tortas de maíz. Y una vez estuvieron listas para el horno, todos los demás habían salido. Jessica se fue al salón a leer Loma Doone.

Acababa de empezar cuando se asomó Callie.

—No vigilas el fuego muy bien —dijo.

Jessica suspiró, cerrando el libro.

—Ahora voy.

Vació en el fogón un cubo de carbón que pronto se consumió. Ahora tenía que ir a buscar mazorcas de maíz y empezar de cero otra vez. Cogió el cubo y se dirigió al granero. El sol calentaba y le quemaba la piel por entre los apretados rulos de papel.

—Tienes un aspecto muy cómico —dijo Mathy, saliendo del granero.

Mathy llevaba el pelo corto y liso, y no tenía que molestarse en rizárselo.

—Me da lo mismo —replicó Jessica.

Pero al llegar a la puerta del granero, apareció Tom, saltando la valla.

—¡Caray, estás guapísima! —Jessica siguió andando impasible, pero sonrojada hasta las cejas—. ¡Parece como si te hubiesen decorado para Navidad!

—Puede que sí. ¿Qué estás haciendo en casa a estas horas?

—Vengo a buscar la horca. Me la he dejado esta mañana.

—Y también te has olvidado de cerrar la puerta del granero.

Jessica entró y la cerró de golpe.

—¿Otra vez? Vaya…

Jessica se sentó sobre una pila de grano. No quería salir hasta que Tom hubiera cogido lo que había ido a buscar y volviera al campo. Perezosamente, fue llenando el cubo de mazorcas.

—¡Eh!

Levantó los ojos, sorprendida por el dulce sonido de la voz de Tom. Él había entrado en el granero y le sonreía.

—¿Qué quieres? —dijo malhumorada.

—No he querido molestarte.

A Jessica no se le ocurría nada que decir. Siguió echando mazorcas en el cubo.

—Pero es que tienes un aire cómico, vaya que sí —añadió, sonriendo.

—¡Cállate!

—¡Vamos, Jessica! Una chica tan guapa como tú puede tener una pinta rara y da lo mismo.

—Yo no soy guapa. Soy fea.

—¿Quién te ha metido en la cabeza esa idea?

Ella se volvió para replicar algo impertinente y, antes de que pudiera darse cuenta, él la había besado de lleno en la boca.

—¡Al fin! —exclamó—. Habría hecho esto hace tiempo si te hubiera cogido a solas.

Ella bajó la cabeza, intentando ocultar la sonrisa que se dibujaba en su boca.

—No deberías haberlo hecho.

—¿Por qué no?

—No está bien.

—Yo no opino eso.

—Bueno, pues no lo está. Además, tú estás prometido.

—No, no lo estoy.

Alzó los ojos, y él le sonrió.

—¿Y qué me dices de esa maestra con la que te vas a casar? —preguntó.

—No hay ninguna maestra.

—Tú lo dijiste.

—Me lo inventé.

—Así ¿no estás prometido con nadie?

—¡Qué va!

—Entonces ¿por qué lo dijiste?

—Supuse que tu papá estaría más tranquilo. Con dos hijas mayorcitas, no habría querido a un muchacho por aquí.

Jessica frunció la boca del modo en que lo hacía siempre Leonie.

—¡Qué embustero!

—Puede. Pero yo quería trabajar y tu padre me necesitaba. ¿Qué mal hay?

—Tú no… —Intentó decir «amas», pero la palabra no le salió—. ¿A ti no te gusta nadie, entonces?

—Sí, sí me gusta alguien.

Sus alegres ojos azules sonrieron, y Jessica sintió que su corazón saltaba como un pequeño pez.

—¡Je-ssi-ca! —gritó una voz desde fuera.

Tom se enderezó.

—Las chicas guapas siempre tienen hermanas pequeñas. Será mejor que me vaya al campo. —Salió del granero—. Hola, Mathy. Ya era hora de que vinieras a ayudar a tu hermana.

Saltó la valla de nuevo y Mathy se asomó al granero.

—Jessica, mamá estaba preguntando dónde te habías metido.

—Estoy cogiendo mazorcas para el fuego.

—Se ha apagado hace rato.

—Ya lo sé. Por eso he venido aquí. Tom se ha olvidado la horca… Estábamos hablando y…

—Jessica…

—¿Qué?

—No me chivaré.

Se miraron un momento en silencio.

—¿A qué te refieres? —inquirió Jessica.

—No diré que Tom y tú os habéis besado.

—¡Oh, Mathy!

Jessica bajó la cabeza, avergonzada y sorprendida.

—¿No le has besado?

—Pues no. Quiero decir que yo no le he besado a él.

—Bueno, ¿y por qué? —Mathy le miró con impaciencia—. Eres muy tonta, Jessica. Yo besaría a Tom, si tuviera oportunidad de hacerlo. Me gusta Tom. Pero no soy bastante mayor, ¡y esto me pone mala! Jessica, como yo no puedo casarme con él, ¡tienes que hacerlo tú!

Estaba muy seria y Jessica se echó a reír.

—¿Quién ha hablado de casarse?

—¿No quieres casarte con él, Jessica?

—Pero ¡Mathy, por favor!

—Di, ¿no quieres?

—Soy demasiado joven para casarme.

—Tienes dieciocho años. A esta edad se casó mamá.

—Pero voy a ir a la universidad. Y, además, Tom no quiere casarse conmigo.

—¿Lo ha dicho?

—Claro que no…, ¡no hemos hablado de eso!

—Apuesto algo a que él lo hará.

—Pues yo apuesto algo a que no.

—¿Quieres que lo haga, Jessica?

—¡Mathy, por favor!

—¿Sí o no?

—Bueno, no me importaría que me pidiera…

—¡Oblígale a hacerlo!

—¡Mathy! ¡Nunca he oído una cosa más tonta! Si no fuera porque… —Jessica se detuvo, miró a Mathy con exasperación, y luego la abrazó—. ¡Eres la hermanita más estupenda del mundo!

Las dos rodaron por el suelo riendo a carcajadas. Y después salieron del granero sintiéndose aturdidas e importantes. Por primera vez en muchos días, Jessica no se sentía culpable.

Cuando aquella tarde llegaron los parientes, los recibió con los brazos abiertos, quería a todo el mundo. Nunca había pasado un día tan delicioso.

A partir de entonces Jessica vivió en un estado de sitio. No podía hacer nada sin notar que Tom la observaba. Al lavar los platos, pensaba en qué le parecería a él (¡y con cuánta gracia levantaba la olla!). Cuando trabajaba en el jardín, ya no caminaba entre los surcos con el trasero al aire. Vigilaba, como una señorita, que la falda no se le subiera. Cuando se secaba al sol el pelo recién lavado, se lo dejaba suelto sobre los hombros, lo que le hacía sentirse como Lorna Doone. Había desechado los rizadores de papel.

Un día, mientras se bañaba en la tina en el piso de arriba, se contempló en el lado bueno del espejo, donde la imagen se reflejaba mejor. Su cuerpo era largo y fino, y de un color bonito. Muy pálido, sin pecas. Examinó la pequeña constelación de lunares que tenía en un hombro. ¿Le importarían a él? La idea de que la viera desnuda la hizo enrojecer. Apartó los ojos e, inmediatamente, volvió a mirarse presa de una extraña alegría. Pensó en el cuerpo desnudo de Tom aquel día en el arroyo y lo deseó de un modo que la asustó. Al contemplarse en el espejo, vio por encima del hombro el cuadro de la pared de enfrente —la muchacha sosteniendo la cruz en un mar tempestuoso— y se apartó bruscamente.

Durante aquellos días, lo único que hubo entre ellos fue aquel beso, y de vez en cuando el contacto de sus manos cuando se cruzaban por la casa de noche. A Jessica le bastaba. Era un placer exquisito, peligroso, que no se debía tomar de un trago. Era como el sabor amargo y verde de las hojas de uva, que se mastican pero no se tragan. Más que un sabor, era un amargante.

A ella le preocupaba decepcionarlo cuando estuvieran a solas por no saber qué hacer o decir. Pero cuando por fin se presentó la ocasión, no se mostró torpe ni temerosa.

Aquella noche Matthew la mandó a encerrar los pollos. El cielo, apenas oscuro, estaba todavía muy azul, y la luna nueva brillaba sobre el huerto. Jessica se detuvo y pidió un deseo. Luego alzó la cara y se volvió lentamente, sintiendo que el mundo, hermoso, se extendía en todas direcciones y ella ocupaba el centro exacto. Mientras se dirigía hacia la puerta del jardín, Tom surgió de entre las sombras. La parte de atrás de la casa estaba a oscuras; en el porche delantero se oían voces. Jessica fue hacia él como un torrente de agua, y se abrazaron con tanta vehemencia que ni siquiera necesitaron besarse. A ella le pareció que todos sus sentidos se abrían y recibían a Tom; con la boca pegada a la de él, lo sentía, lo saboreaba, lo respiraba. ¡Aquí estoy!, gritaba en su interior. Así estaban cuando el estruendo de una voz a sus espaldas los golpeó como un martillo. Se separaron bruscamente y, al volverse, se encontraron cara a cara con Matthew.

Durante un instante los tres permanecieron mudos mientras la furia de Matthew se esparcía por la oscuridad. Al recobrar el habla empezó a tirar balas. Dijo palabras como «rastrero», «podrido», «insolente» y «abuso de confianza». Al final de la retahíla, Tom musitó:

—Lo siento, señor Soames. No tenía intención de causarle ninguna molestia.

Matthew lanzó otra descarga, dirigida a los dos, y ordenó a Jessica que entrara en casa. Ella obedeció sin protestar. Lo último que oyó fue: «… ¡y no quiero verte más!».

A la mañana siguiente, Tom se había ido. Nadie mencionó su nombre.