Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 6 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 3

 

Hacía cinco años que Callie no vivía en la granja. Ahora, ventilando la casa, limpiando los entarimados, arreglando el jardín y haciendo conservas, se hallaba de nuevo en su elemento. Y sin escuela que las distrajera, sus hijas eran todas suyas. Se mostraban ágiles, obedientes, entraban y salían de la casa, corrían por el jardín, por el corral, por el granero, por el huerto; bajaban al arroyo y volvían a subir en una serie de agitadas idas y venidas, con las manos llenas de fresas, huevos, pescados y flores. Callie era la abeja reina, pero necesitaba de sus zánganos.

Tanto como los días, a mamá le gustaban las noches, cuando la familia se sentaba en el porche delantero y los sonidos de la oscuridad tejían un suave manto a su alrededor. Algunas veces simplemente charlaban. Otras, cantaban, y sus voces, soprano la de Leonie, contralto la de Jessica, ronca y débil la de Mathy, siguiendo la discreta voz de bajo de Matthew, se elevaban dulcemente en la noche. En aquellas ocasiones, Matthew estaba alegre y relajado, sin preocuparse de sus estudios.

A veces, cuando se levantaban para entrar en casa, se encontraban con que Mathy había desaparecido. Entonces tenían que encender la linterna y salir a buscarla por el huerto o por la Vieja Chimenea. Nunca se alejaba mucho. Pero aquellas excursiones nocturnas preocupaban a su familia y la dejaban perpleja. Hacía tiempo que la niña había empezado a vagar en la noche sin miedo alguno, y ni las protestas de la familia ni los castigos habían logrado que perdiera ese hábito. Al hacerse mayor y vivir en la ciudad, pareció desterrarlo. Pero ahora que se hallaba en la granja de nuevo, había vuelto a las andadas. Las noches eran su mundo, un mundo que había encontrado ya hecho y que la esperaba. Los demás tenían la inquietante sensación de que, en dicho elemento, adquiría otra forma o se disolvía en la niebla. Aunque la encontraban siempre, paseando tranquilamente o sentada en la rama de un árbol, cantando en voz baja. Entonces llegaban los regaños, los sermones y sus repetidas promesas de no volver a hacerlo.

A pesar de estos incidentes, a Callie el verano le parecía completo. A veces pensaba que no podía pedir nada más de lo que ya tenía: los días largos y ocupados, y las noches cálidas y apacibles en las que el perfume de la miel silvestre llenaba el aire y su marido cantaba en el porche con las niñas.

A principios de la estación, Matthew había plantado unas lechugas en el bosque, en un lugar donde una vez quemó un montón de zarzas. La tierra, enriquecida por aquel abono puro, produjo una enorme cosecha, y Callie enviaba a las niñas cada dos días para que cogieran una lechuga. Una tarde de finales de julio salieron las tres para el bosque; Jessica cargaba con un cesto para la lechuga y Leonie un cubo de hojalata, por si se diera el caso de que encontraran fresas maduras. Todas llevaban sombrero y largas medias de algodón cortadas para que les asomaran los pies.

—Las odio —dijo Jessica, refiriéndose a las medias.

—¿Por qué no te las quitas? —sugirió Leonie.

—¿Por qué no lo haces tú?

—Quiero conservar la piel bonita.

—Bah, cuentos, sólo las llevas porque mamá lo dice.

Leonie negó con la cabeza.

—Si no quisiera llevarlas, no las llevaría.

—Montemos en la Vieja Blossie —dijo Mathy. Vieja Blossie, una vaca de Jersey blanda, gruesa e inofensiva como un sofá, levantó la cabeza, las miró y siguió rumiando.

—Quizá no quiere ir al bosque —dijo Jessica.

Mathy arrancó una rama de un árbol.

—Podemos pegarle en el culo.

—¡Mathy! ¿De dónde sacas estas palabras?

—No lo sé. ¡Arre, Blossie! —Mathy acarició las amarillentas posaderas de la vaca y saltó encima—. Vamos, hay sitio para todas.

Jessica también montó en la vaca y se colocó detrás de Mathy.

—Va, Leonie, ahora sube tú.

—No quiero. No es propio de una señorita montar en una vaca.

—Nadie nos ve.

—No me importa; prefiero andar.

—Bueno, supongo que Blossie también lo preferirá. —Jessica golpeó a la vaca con las rodillas—. ¡Anda, Bloss, vamos al bosque!

La vaca comenzó a bajar por el sendero moviendo las patas de un modo extraño, y Jessica se puso a cantar: «¡Vendrá por la montaña cuando venga! ¡Llegará montada en la Vieja Blossie!». Mathy y Leonie la secundaron.

—Cógele la cola —dijo Jessica—. ¡No para de pegarme!

Leonie agarró la cola y la balanceó mientras el cesto de las fresas se columpiaba en su brazo. Cantaron durante todo el camino al plantel de lechugas.

Cuando estaban a punto de regresar a casa, Leonie dijo:

—Ya que estamos aquí, voy a ir al arroyo a pescar un pez.

Jessica dejó el cesto en el lomo de Blossie.

—Oye, Leonie —dijo con voz suave—, mamá ha dicho que volviéramos en seguida.

—Ha dicho que tardáramos media hora. Y todavía no ha pasado.

—Apuesto algo a que sí.

—Pues yo apuesto algo a que no. Voy a pescar un pez, no tardaré más de un minuto.

—No te has traído caña.

Leonie sacó un rollo de cordel del bolsillo de su delantal.

—Tengo hilo y anzuelo. Arrancaré una rama.

—Bueno, está bien —dijo Jessica—, si crees que hay tiempo, vamos. Supongo que a mamá le gustará tener pescado para cenar.

Dejaron la vaca paciendo en la sombra y se dirigieron a su lugar de pesca favorito. Mientras caminaban a través del maizal, pasó un tren de carga a cosa de un kilómetro del arroyo, en dirección a Renfro.

—¿Ves? ¡Ya te lo decía yo! —exclamó Leonie—. Ahí va el tren, todavía no son las tres.

—Si es puntual —replicó Jessica—. Pero normalmente lleva retraso.

El ligero olor a carbonilla del humo del tren se coló entre las hileras de maíz. Luego se oyó el silbido.

—¿No os suena solitario? —observó Jessica.

El silbido se hizo cada vez más lejano, hasta que se perdió a lo lejos.

La orilla del arroyo estaba bordeada de maleza, zumaques y zarzas. Las niñas estaban a punto de abrirse camino cuando Mathy, que iba delante, se detuvo de pronto.

—¿Qué es eso?

Permanecieron inmóviles y escucharon. Desde el arroyo les llegó el sonido de una voz de hombre cantando.

—¿Es papá?

—Papá está cortando heno en la Vieja Chimenea —dijo Jessica.

Escucharon de nuevo. Era una voz dulce, pero no había duda de que el que cantaba era un hombre. Se miraron con los ojos muy abiertos. ¡Por fin se encontraban con un peligro! Durante toda su vida, Callie les había prevenido: «Si veis a un hombre extraño en el bosque, ¡no esperéis! Volver a casa lo más aprisa que podáis, y ¡no os separéis!».

—¡Corramos! —susurró Jessica.

Mathy avanzó por la maleza, seguida de Leonie.

—¡Quiero verlo! —exclamó ésta.

—¡Vuelve aquí!

—¡Chist!

La voz seguía cantando, dulce y solitaria. Mathy se arrastró y se escondió detrás de un matorral. Cuidadosamente, sin hacer ningún ruido, apartó las hojas a un lado.

—¡Allí! —susurró.

Leonie y Jessica asomaron la cabeza—. Debajo de ellas, a la orilla del agua, un hombre joven tomaba el sol tumbado sobre una roca. Estaba completamente desnudo. Yacía de espaldas, con las manos en la nuca y un pie en alto, y cantaba.

En la ciudad de Londres, donde yo vivía,

había un muchacho a quien yo quería.

Él me cortejaba, mi vida cambió,

pero luego, más tarde, me abandonó.

 

Dio media vuelta, se puso en pie sobre la roca y estiró los brazos. Ni los viejos espiando a Susana se habrían sentido más cautivados que aquellas tres niñas escondidas en los arbustos. Ante sus ojos, un hombre completamente desnudo. Contemplaban su cuerpo con inocente curiosidad.

—¿Es gitano? —susurró Mathy.

Callie les había prevenido siempre contra los gitanos. El hombre se estiró de nuevo, se rascó el pecho y se zambulló en el agua. Se sumergió, volvió a emerger y dio una voltereta. Su torso mojado brillaba al sol. Al cabo de un rato se dirigió a un lugar más sombreado y empezó a frotarse vigorosamente los brazos con las manos. Se echó agua por encima, como un elefante, sacudió la cabeza y se enjugó la boca haciendo gárgaras. Las niñas empezaron a reír, tapándose la boca.

—¡Qué divertido! —susurró Mathy.

—¡Es todo peludo! —dijo Leonie.

El hombre se dirigió a la orilla opuesta, donde estaban sus ropas, y salió del agua. Entonces empezó a secarse con las manos y un gran pañuelo rojo.

—¡Tirémosle una piedra y corramos! —exclamó Mathy.

—¡Oh, no! —replicó Jessica alterada—. Podría perseguirnos.

Lo dijo demasiado tarde. Mathy ya había tirado al arroyo una piedra, que se hundió en el agua con un sonoro «¡chof!». El hombre levantó la cabeza, pero las niñas no esperaron a ver nada más. Se deslizaron entre los matorrales como ardillas y corrieron por el campo de trigo lo más deprisa que pudieron.

—¡No nos paremos! —dijo Jessica, jadeante, cuando lo hubieron atravesado—. ¡Podría perseguirnos!

Se escabulleron por la ladera y llegaron al bosque.

—¡Blossie nos protegerá! —gritó Mathy, rodeando con los brazos el cuello de la vaca—. ¡La buena Blossie!

—¿Creéis que será un tratante de blancas? —dijo Leonie, esforzándose por recobrar el aliento.

—¡Oh, no, no lo creo! —Jessica palideció—. Mamá dice que los tratantes de blancas viven en las ciudades y van muy bien vestidos. Además, parecía demasiado joven para serlo.

—¿Era gitano? —preguntó de nuevo Mathy.

—Claro que no —replicó Leonie impaciente.

—¿Cómo lo sabes?

—Por donde no le había quemado el sol, tenía la piel muy blanca. Y no tenía el pelo negro.

—Pero sí muy rizado —observó Jessica.

—Probablemente es un vagabundo que iba en el tren de carga.

—A mí no me parecía un vagabundo —dijo Mathy—. Estaba muy bien.

—¡Oh, Mathy! Era muy peludo —replicó Leonie.

—En la cara no tenía pelo. Era bonito.

—Los hombres no son bonitos —explicó Leonie—. Son guapos. Sólo que éste no lo era. Tenía un aspecto corriente.

—No para mí.

—Bueno, pues para mí sí. —Mathy se volvió hacia Jessica—. ¿Tú crees que era corriente?

—No lo sé. No estábamos lo bastante cerca.

—Sí que estábamos lo bastante cerca como para ver esa cosa entre sus…

—Ya está bien, Mathy, cállate, por favor. —Jessica se puso como un tomate.

—Quiero decir que si estábamos bastante cerca para ver eso, también lo estábamos para saber si tenía un aspecto corriente o no.

—No recuerdo cómo era. Si me lo encontrara en medio del camino, no sería capaz de distinguirlo de… —Jessica se echó a reír— de ¡Adán! —Ella y Leonie se retorcieron de risa—. ¡Si vuelvo a verlo, me muero!

—¡Yo también!

—¿Vamos a decírselo a mamá? —preguntó Mathy. Leonie y Jessica dejaron de reír como por encanto—. ¿Vamos a explicarle que hemos visto a ese hombre?

—Bueno, creo que, de verdad, no hace falta.

—¿Por qué no? —inquirió Leonie alzando la barbilla con expresión puntillosa—. Me parece que debería saberlo.

—¿Por qué?

—Porque sí, eso es todo.

—Pues yo no creo que debamos mencionárselo.

—Bueno, ¿y por qué no, Jessica?

—No lo sé, es sólo que…, bueno, ¡no lo sé!

—Si se lo contamos —dijo Mathy, mirando con el rabillo del ojo a Leonie—, querrá saber por qué hemos ido al arroyo.

—Es verdad —asintió Jessica—. Y tal vez ya no nos dejará ir a pescar.

Leonie bajó la barbilla.

—Bueno…, quizá tengáis razón. —Cogió el cesto de fresas vacío—. No digamos nada. Yo no lo contaré si vosotras tampoco lo contáis.

—De acuerdo —dijo Jessica.

—Sólo conseguiríamos poner nerviosa a mamá.

—Sí, y no hay necesidad. Pero será mejor que volvamos; si no, vendrá a buscarnos.

Mathy se subió encima de Blossie.

—¡Todas arriba!

—Me parece que iré andando —dijo Jessica.

—¡Arre, Blossie!

La vaca echó a andar por el camino. Leonie se sujetaba de la cola. Jessica las seguía lentamente, balanceando el sombrero. Le producía una extraña sensación haber visto a un hombre desnudo. ¡Si papá lo supiera…! Se estremeció. Pero no era como si conociese al hombre; no era como ver a papá. O a Marvin. De pronto trató de imaginarse a Marvin desnudo, y la idea la sonrojó. Sólo le gustaba pensar en Marvin con su traje de los domingos y su aspecto grave e importante. Cerró los ojos recordando aquel rápido beso junto al refrigerador de agua. ¡Oh, cómo deseaba estar de nuevo en la ciudad para poder verlo! Callie había salido al jardín a esperarlas junto a la verja.

—¿Dónde os habéis metido, niñas? Empezaba a preocuparme.

—Nos quedamos descansando un rato en la sombra —contestó Jessica.

Era verdad. Habían descansado un minuto después de su huida del arroyo.

—Pues os habéis tomado un largo descanso, me parece a mí. ¿Cómo es que no habéis cogido fresas? ¿No estaban maduras?

Leonie miró a Jessica alarmada. Se habían olvidado de buscarlas.

—No hemos encontrado ninguna madura —dijo.

—Bueno, me parece que no lo estarán hasta el Cuatro de Julio. Ahora venir a ayudarme a preparar la cena. Papá no tardará en llegar y estará hambriento. Mathy, cielo, lléname un cubo de agua, ¿quieres? ¡Ah, Jessica, tengo un trabajito para ti!

Jessica, que se dirigía a las escaleras, se detuvo.

—¿Qué es?

—Mientras Leonie pela patatas, ¿por qué no vamos tú y yo a plantar unas cuantas judías? Será muy entretenido.

—Bueno, es que había pensado en escribir a miss George, ¿sabes?, mi profesora de inglés. Me dijo que lo hiciera.

Su madre pareció desilusionarse.

—¡Oh! Bueno, hazlo, si quieres. Pensaba que te gustaría salir un rato al jardín. Podríamos plantar unas cuantas hileras antes de cenar. Se está muy fresco fuera, y las peras huelen tan bien…

Jessica lanzó un suspiro imperceptible.

—De acuerdo. Te ayudaré.

—¡Estupendo! Pero ponte el sombrero, querida. Todavía hay un poco de sol, y no conviene que te tuestes.