Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 47 de 54

Páginas del PDF

Cuatro hermanas

Capítulo 3

 

El primer pensamiento que le vino a la cabeza fue destruir la lápida nueva. Se desvaneció rápidamente y se lo reprochó avergonzada. Pero deseaba devolver el golpe, herirles a ellos. Sintió deseos de subir arriba y de gritarles con furia: «Miradme…, ¡yo soy la única!». ¿Por qué tenía Mathy que atraer la atención incluso ahora? Oh, la Biblia hablaba de la ingratitud de los hijos, pero ¿y la de los padres?

Permaneció sentada, rezando incoherentemente para pedir ayuda. Y en su amargura y desilusión se preguntó si con Dios sucedía lo mismo, si una vida entera de devoción no valdría lo mismo que una confesión de fe en el último minuto. ¿Acaso no daba a entender eso la Biblia? Por un pecador arrepentido habrá más gozo en el cielo que por noventa y nueve justos. ¿Por qué, entonces, había que esforzarse en hacer el bien?

—¿Leonie? —dijo su madre desde la ventana de arriba—. ¿Todavía estás ahí afuera?

—Sí.

—¿No sería mejor que te fueras a la cama? Mañana estarás cansada.

No me importa si lo estoy, se dijo. Pero se levantó y empezó a entrar las sillas. Vete a la cama, levántate, estudia tus lecciones, ve a la iglesia, trabaja, ensaya, vuelve a casa, sé buena… siempre lo mismo. Subió las escaleras cansinamente, cerró la puerta de su habitación y encendió la lámpara. El volumen de Shakespeare estaba sobre el tocador, abierto al lado del cepillo. Al verlo se estremeció pensando en lo agotador que les parecía, en cuánto se había esforzado para que les gustara. Pero papá siempre decía… No importaba lo que dijera. Eran sólo palabras. Cerró el libro de golpe y lo escondió en el cajón del fondo, debajo de las ropas. Ya no tendrían que leerlo más.

—Mamá —dijo a la mañana siguiente—, creo que me iré fuera una temporada.

—¡Oh! ¿Adónde? —exclamó Callie.

—¿Importa mucho eso?

Callie enarcó las cejas.

—Era sólo una pregunta. Si no quieres decírmelo, no tienes por qué hacerlo.

—Podría irme a Kansas, salir con algún chico, ir a cenar, a bailar, a un bar clandestino a armar jaleo…

—¿Quééé? —exclamó Callie atónita.

—Es broma.

—¡Eso espero!

—Carol Pokorny me ha invitado a ir a Plattsburg. Creo que pasaré allí una semana.

—Eso está un poco mejor.

—Podremos ir de compras a la ciudad; no está lejos, ¿sabes? Necesito algo de ropa.

—Eso está muy bien. ¿Por qué no lo haces?

—Supongo que podéis pasar sin mí.

—Creo que sí. Ya nos las arreglaremos.

Unos cuantos días después, Matthew la llevó en coche a Renfro para que tomara el tren. Su madre estaba haciendo compota de manzanas aquella mañana y la cocina rebosaba de vapor, tarros humeantes y cazuelas llenas de pieles. Pero Leonie siguió adelante con su propósito.

Llegaron temprano a la estación y esperaron en silencio. Matthew daba golpecitos al volante con impaciencia; tenía que ayudar a un vecino a recolectar la avena. Por fin el tren apareció en el horizonte.

—Que lo pases bien —dijo él, dándole una palmada en la mejilla—. Sé buena.

Ella se asomó a la ventanilla para decir adiós, pero su padre había vuelto ya al coche y no la vio. «De acuerdo», se dijo, retirándose. Pero, sin embargo, al recordar su frase habitual «Sé buena», no pudo evitar sentirse un poco culpable. Porque había mentido; no tenía intención de pasar la semana con su amiga en un pueblo. En vez de tomar otro tren en Kansas, iba a quedarse allí y a hacer lo primero que le había dicho a su madre: cenar, bailar y divertirse, con la única diferencia de que no tendría que buscarse a ningún muchacho porque ya la esperaba uno: Kenny, el entrenador de baloncesto, que era guapo, atractivo, poseía una voz maravillosa y deseaba verla. Se lo había dicho montones de veces en sus cartas. Sacó una de ellas del bolso y la leyó. «Si alguna vez te dejan escapar de la reserva —decía la carta— haz el favor de telefonearme. Te enseñaré cosas bonitas y nos lo pasaremos estupendamente bien.» Era algo así lo que tenía pensado hacer. Iba a comprarse vestidos nuevos, llamaría a Kenny y se divertiría. ¡Se divertiría con sofisticación! Iría a cenar, a bailar y al cine; y si él quería llevarla a algún cabaret, iría. Sus padres no lo habrían aprobado, pero de todos modos no se enterarían. Y si se enteraban, no tenían por qué ponerse nerviosos. Los tiempos habían cambiado. Hoy en día, personas perfectamente respetables iban al cine los domingos, iban a bailar y jugaban a cartas; muchas chicas incluso fumaban, y ello no significaba que tuvieran que ir al infierno. El infierno había cambiado de sitio; estaba mucho más lejos de lo que la gente pensaba antaño.

Llegó a la ciudad poco después del mediodía, y siguiendo el ritual de los fines de semana de invierno (cuando ella y sus amigas se dedicaban a ir de compras), se dirigió directamente al bar de Fred Harvey y pidió una Coca-Cola. En la granja no había nada parecido, y ella siempre había pensado que aquella estimulante bebida tenía sabor a ciudad: penetrante y agridulce; claramente sintética; estimulante. Bebió lentamente, empapándose de las vistas y sonidos de su alrededor. Luego, al salir del bar, compró cigarrillos y se los metió en el bolso con mirada furtiva.

Enfrente de la estación, en la cima de una amplia loma, se alzaba la alta columna del Monumento a la Libertad. Por costumbre, se detuvo en la acera para mirarlo. Eso lo hizo en parte como un silencioso tributo, y en parte para orientarse; en la ciudad nunca sabía muy bien dónde estaba. Mientras permanecía allí, esforzándose por convertir el norte en sur, recordó el día en que inauguraron el monumento, cuando ella estuvo ahí de pie una hora, temblando de frío para ver a la reina de Rumania. Hoy el sol brillaba en la alameda formando un lago de calor alrededor de la estación.

—Señora —dijo una voz—, si no quiere ningún taxi, ¿por qué se para ahí?

Ella miró con arrogancia.

—Es que sí quiero un taxi —replicó, abriendo la portezuela del vehículo—. Al hotel Muehlebach, por favor.

Esta vez nada de tacañerías; iba a tener lo mejor.

Las tarifas eran un poco más elevadas de lo que esperaba, pero ya había tomado una determinación. Y al entrar en la habitación detrás del botones y darle una generosa propina, se sintió muy importante. La habitación estaba bien; tenía una gruesa moqueta, muchos espejos y un cuarto de baño. Hacía calor, pero después de todo era verano. Y el ruido de la calle no le importaba. Eso formaba parte de la ciudad, un cambio agradable respecto a los cacareos y mugidos. Empezó a cantar en voz baja mientras deshacía el equipaje, y se quitó los zapatos, sorprendiéndose de vez en cuando al ver su imagen reflejada en la puerta del baño. ¡No se había visto de cuerpo entero en todo el verano! Se sentó en la cama de cara al largo espejo y cogió la carta de Kenny. Sabía que a esa hora no estaría en su casa, ya que entonces trabajaba con su padre. Pero pensó que podía llamar y dejar el recado. Sin embargo, una vez con el teléfono en la mano, cambió de parecer. Quizá sería mejor que esperase y que hablase con él en persona. Entretanto, podía salir a comprarse un vestido nuevo.

Se lavó la cara y, por primera vez aquel verano, se puso colorete y carmín. Luego, cogiendo el sombrero y los guantes, salió en dirección a Petticoat Lane, calle cuyo nombre le encantaba. Tras un pausado paseo por ambas aceras mirando todos los escaparates, entró en una tienda. Cuatro o cinco tiendas después encontró lo que quería: un vestido rojo de crepé de china adornado de diminutas cintas, y con un escote tan pronunciado por delante que se sintió desnuda. Pero era el último grito en moda, y además muy favorecedor. Con gesto indiferente, y esperando que la vendedora no se diese cuenta, volvió la etiqueta del precio. Bueno, no iba a costar lo mismo que un insignificante vestido de escuela.

Ya de vuelta en su habitación, se lo probó otra vez sujetando las cintas con alfileres para subir el escote. Pero luego quitó los alfileres y lo dejó como estaba. Aquélla era la moda de aquellos tiempos; ya se acostumbraría. Eran ya las cinco pasadas y Kenny llegaría pronto a su casa. Pero antes de llamar tenía tiempo de tomar un baño. Abrió el grifo de la bañera y luego echó en el agua sales aromáticas de color rosa. Mientras se enjabonaba perezosamente, se preguntó qué debían de estar haciendo en casa. Mamá ya habría llenado las lámparas de aceite, y pronto empezaría a preparar la cena. La cocina estaría caliente y humeante, los niños, enfadados y cansados, y papá entraría con la leche derramando gotas en el suelo… mientras ella estaba allí, tomando un baño perfumado y esperando que un caballero la llevara a cenar.

Pero primero tenía que telefonearle. Salió en seguida del baño, se secó y se empolvó, y se puso el kimono de seda azul que guardaba para las ocasiones especiales. Al buscar de nuevo la carta en su bolso, apareció el paquete de cigarrillos. Lo contempló un instante, luego lo abrió, y encendió uno con mano temblorosa. ¡Así que aquél era su sabor! Hizo una mueca. El corazón le latía tan nerviosamente como si estuviera haciendo algo malo. Ajustándose el kimono, se dirigió hacia la puerta del cuarto de baño y se detuvo delante del espejo con una mano sobre la cadera y la otra agitando el cigarrillo. ¡Qué pensarían si la vieran ahora! ¡Qué cara pondría Kenny! Había estado intentando todo el invierno que ella aceptara un cigarrillo y no lo había conseguido. Frunció un poco las cejas al pensar en él. Un entrenador de baloncesto no tenía por qué fumar, ni siquiera fuera de la escuela. Kenny hacía muchas cosas que ella no aprobaba, pero trabajaba mucho, cantaba bien y era guapo. Tal vez cuando volviera a verlo le gustaría más de lo que imaginaba. En cualquier caso, con él podría divertirse. Le encantaría ir a un cabaret, con traficantes de licores, una orquesta de jazz formada por negros y gente sofisticada. Dio otra calada al cigarrillo y se dirigió al teléfono, preguntándose en aquel momento si no parecería demasiado impaciente. Acababa de llegar allí. Quizá debería cenar primero y llamar después. Y si él había salido, siempre quedaba el día siguiente. Tenía toda la semana por delante.

Al salir del hotel, el sol había casi desaparecido, ocultándose por el este como hacía siempre en la ciudad. Le volvió la espalda con impaciencia y empezó a subir la calle. Su paso era menos resuelto que por la tarde, porque esta vez no estaba segura de adónde iba. Todavía no había decidido dónde cenar. Pero no oscurecería hasta más tarde, y no tenía prisa. Caminaría un rato hasta encontrar algún sitio que le gustase, algún local pequeño y de aspecto agradable.

A su alrededor, la gente regresaba a casa después del trabajo andando con prisa. Tropezaban con ella al pasar, corrían en busca de taxis y un hombre casi la tiró al suelo. Se metió por una calle secundaria para eludir a la multitud. Allí no había tantos transeúntes y pudo contemplar los escaparates en paz. Al detenerse frente a uno para mirar muebles —muebles rústicos como los que ella deseaba para la granja—, se dio cuenta de que un hombre se había parado a su lado. Sin pensar, alzó los ojos. Él le devolvió la mirada sonriendo, y ella se apartó bruscamente, pensando que no debía detenerse mucho rato en el mismo sitio yendo sola y a aquella hora.

Hasta entonces nunca había estado en la ciudad sin compañía, y empezó a sentirse consciente de su soledad, como si resultara evidente para todos. Aunque todavía había luz de día, aceleró el paso, buscando ahora con impaciencia un restaurante para poder cenar y regresar luego al hotel. Mientras subía con prisa la calle, deseó con todas sus fuerzas tener a alguna amiga allí, a Carol o a otra de las profesoras, o simplemente a alguien conocido. Aborrecía ir sola a los restaurantes. Y sin embargo, sola o no, tenía que entrar pronto en alguna parte, ya que no había tomado nada desde las primeras horas de la mañana a excepción de la Coca-Cola. Se dio cuenta entonces de que tenía mucha hambre y de que estaba muy cansada. Se había levantado a las cinco. El cielo todavía era gris cuando había salido al patio y el sol hacía brillar muy débilmente las copas de los árboles del prado del este. A aquella hora el aire era frío y suave, todo olía a fresco, y los pájaros del bosque cantaban dulcemente. Pero ahora todo parecía terriblemente lejano. ¿Era posible que se hubiera ido aquella misma mañana? Deteniéndose en una esquina, sintió una momentánea punzada de la soledad que solía afligirla cuando, de niña, estaba fuera de casa, llegaba la noche y tenía sueño. Aquella sensación desaparecía rápidamente, pero le dejaba un vestigio de inquietud. Miró a su alrededor. La calle estaba casi vacía. ¿En qué dirección estaba el hotel? Sabía que no podía estar muy lejos, pero como se había metido por un barrio que no le resultaba familiar, carecía de puntos de referencia con los que guiarse. Sin embargo, al volverse vio a lo lejos una gran iglesia de piedra gris que había visto a menudo otras veces. Y en un impulso involuntario, se dirigió hacia ella como si se tratara de una inesperada amiga con quien acabara de encontrarse en la calle.

No tenía idea de lo que iba a hacer allí, pero siempre había querido visitar aquella iglesia, como uno visita las catedrales cuando está en Europa. Al acercarse oyó el autoritario sonido de un órgano. Pensando, esperanzada, que tal vez se celebraba un recital, subió las escaleras y escuchó. ¿Había en el mundo un instrumento más hermoso y noble que aquél? Empujó la puerta con timidez, la abrió y entró.

El interior de la iglesia estaba frío y débilmente iluminado por el reflejo de la puesta del sol en las ventanas de cristales esmerilados. Cuando sus ojos se acostumbraron a aquella luz, vio que no había más que una figura que tocaba el órgano. Era un hombre…, un hombre joven, según se podía deducir desde el otro lado de la nave; iba en mangas de camisa como un trabajador y estaba absorto en su trabajo. Su esbelta espalda se movía afanosamente, las caderas se le balanceaban al apretar los pedales, y los potentes tonos del órgano se expandían por la iglesia como si fueran a traspasar las paredes. Leonie lo contempló con admiración. ¡Qué maravillosamente bien tocaba! Por un instante lamentó no ser ella quien estuviera sentada allí, tocando las teclas a su voluntad y produciendo aquel glorioso sonido a través de los tubos dorados. Pero la misma belleza de aquello hizo desaparecer su envidia. Dirigiéndose de puntillas al último banco, se sentó en silencio con la sensación de haber llegado a su destino.

La música concluyó. Hubo un intervalo de silencio, y empezó de nuevo, esta vez suavemente. Serena y precisa, se expresaba con sencillez, se repetía con metáforas y se detenía mientras una segunda voz contestaba. Otras voces se unían entonces, una tras otra, profundas y benevolentes, entremezclándose, confundiéndose, elevándose en dulce discusión hasta que todas sonaban juntas en un potente acorde. A Leonie se le puso la carne de gallina.

 

Oh, música, oh pequeña palabra,

¡que más que ninguna otra es Dios!

 

Eso era lo que ella amaba…, ¡la música y las iglesias, la bondad y el amor a Dios! Y siempre había pensado que, si se creía en estas cosas, se obtenían las justas recompensas. Pero tal vez estaba equivocada. (Su padre y su madre querían más a Mathy.) Tal vez el mismo Dios ignoraba lo que ella amaba. Tal vez no le importara. Le parecía que, si lo hubiera sabido, podría haberla ayudado un poco más. Pero quizá lo interpretaba todo mal. Quizá uno no ganaba el premio dirigiéndose hacia él directamente, sino que tenía que hacer un largo rodeo a través de hoyos, lodazales y degradación hasta llegar a casa. El hogar y el cielo…, debía de haber un camino, y tenía que encontrarlo. Cerró los ojos. Amado Padre Celestial… Pero ¿cómo podía pedirle que la ayudara a ser mala?

Se levantó rápidamente y se dirigió a la puerta. Era tarde, la iglesia estaba casi a oscuras, y fuera habían encendido las luces de las calles. En las escaleras se detuvo vacilante, batallando con su pobre sentido de la orientación. El instinto le hizo tomar un camino, y anduvo precipitadamente entre las sombras. ¿Cuánto se había alejado? Se detuvo en cada esquina, mirando con pánico a su alrededor, hasta que vio el hotel. Se dirigió a él casi corriendo y tomó el ascensor. La mano le temblaba tanto que tardó en poder abrir la puerta de su habitación. Encendió la luz y, sin quitarse siquiera el sombrero, fue directa al teléfono y marcó el número de Kenny.

—Diga —dijo una voz que le pareció la de la madre de Kenny.

Leonie aspiró una profunda bocanada de aire.

—¿Puedo hablar con Kenneth, por favor?

Hubo una breve pausa.

—Niña —respondió la mujer con un tono de paciente enojo—, Kenneth todavía sigue en los Ozarks. Te lo dije ayer cuando llamaste.

—Oh, pero si yo no…

—Se ha ido a pescar con su padre y no volverá hasta dentro de quince días. Me gustaría que las chicas no le estuvierais llamando todo el tiempo. ¿Es que no podéis esperar a que él os telefonee? Está empezando a ser una molestia el modo…

Leonie colgó lentamente, cortando la voz acusadora. Estaba furiosa de vergüenza, y roja como un pimiento: se veía en el espejo. ¡Ella no había llamado a Kenny el día antes! Ni siquiera quería verlo, y se alegraba de que no estuviese allí. Pero había arriesgado toda una semana confiando en su promesa de que se divertirían tanto. ¿Y qué iba a hacer ahora? ¿Vagabundear sola todo el día y encerrarse en su habitación por la noche? No sabía si sentirse molesta o aliviada, si reír o llorar y se decidió por dar un puntapié a la puerta del cuarto de baño, que se cerró con estrépito; los muebles se sacudieron y el espejo de cuerpo entero se agrietó de arriba abajo. Leonie lo contempló horrorizada. Entonces se sentó en el suelo y empezó a lloriquear.

¿Es que no había nada en el mundo que pudiera hacer bien? ¡Ni siquiera podía ser mala! Y hasta odiaba intentarlo. Aunque nunca lo supieran, no podía hacerlo. Cogió el paquete de cigarrillos y lo tiró a la papelera. No quería fumar ni llevar vestidos indecentes ni hacer locuras. Esas cosas no estaban bien. Quizá para otra gente sí, pero no para ella. Había crecido con aquellas creencias, y ahora no podía cambiarlas. Mathy y Jessica podían huir y hacer lo que gustasen…, lo que a ella le gustaba era ser buena como Dios y sus padres querían que fuese. Pero deseaba que la quisieran por ello.

Lloró y lloró sin cesar. Todas las lágrimas que no había derramado durante el verano parecían decididas a verterse ahora. Y después de haber llorado por todo, lloró de exasperación. Allí estaba ella, en una lujosa habitación demasiado cara y sin atreverse a salir. Y tenía hambre. Empezó a reír entre las lágrimas mientras se contemplaba en el espejo roto. Sentada en el suelo con el sombrero puesto, se sintió como una idiota. Bueno, ella se había metido en aquello, ¿cómo iba a salir ahora? Llamaría a Ed, ¡eso es lo que haría! La idea le pareció una iluminación del cielo. Había olvidado que Ed vivía en la ciudad. Lanzando un débil grito de alegría, cogió el teléfono.

Ed llegó media hora después, en mangas de camisa, sin corbata y con un aspecto bastante desastrado. Pero era de la familia, y Leonie nunca en su vida se había alegrado tanto de ver a alguien.

Él la hizo salir y la llevó a tomar una hamburguesa y un enorme tazón de café con leche. Cuando casi estaban terminando, Ed encendió un cigarrillo.

—Vamos a ver, tía Linnie, ¿cuál es el problema?

—¿Qué problema? —dijo ella.

—Pareces un niño que ha recibido una zurra en el trasero. ¿Por qué has estado llorando?

Ella no tenía ninguna intención de contárselo, pero tenía que decir algo. Empezó con el espejo roto, y como él no cesaba de hacerle preguntas, antes de darse cuenta le había explicado la historia de todo el verano.

—Creía que los estaba haciendo felices, pero ellos lo odiaban. ¡No pueden soportarme!

—Vamos, sabes que eso no es cierto —dijo Ed.

—¡Sí lo es!

—Estás tan confundida como puede estarlo una chica solitaria. ¿No comprendes que te quieren tanto como a Mathy? Hubieran actuado igual si tú hubieras muerto.

—¿Qué voy a hacer? ¿Matarme?

—Eso es lo que estás haciendo —murmuró él lentamente—. Te he estado observando este verano.

—Era feliz —protestó Leonie—. Casi siempre.

—Oh, claro, claro. Una chica guapa encerrada en una granja con los viejos y un par de críos…, eras feliz como una alondra.

—Bueno, yo creía que lo era.

—Lo cual demuestra lo estúpida que eres, tía Linnie. No sabes lo que tienes, eres demasiado hermosa para que te desperdicies así. Deberías salir y divertirte. ¿Qué vas a hacer esta semana?

—No lo sé —contestó ella desconsoladamente.

—Bueno, pues tendrías que hacer algo. ¿Por qué no salimos a divertirnos un poco esta noche? ¿Quieres ver una revista cómica? ¿Qué te gustaría hacer?

—¡Irme a casa!

—¡Oh, por el amor de Dios! —Se recostó en la silla—. Bueno, si eso es lo que quieres, vamos. Ve a buscar tus cosas y te llevaré.

—¿Quieres decir… esta noche?

—En coche tardo una hora y media en llegar.

—Pero ¡es que no puedo ir a casa hasta final de semana! ¿Qué les diría?

—Cualquier cosa. Invéntate un cuento.

—¡No puedo! ¡Otro no! Tengo que quedarme tanto si quiero como si no. ¡Y me saldrá carísimo, y no sé qué hacer, y ese espejo…!

Ed se echó a reír.

—¿Sabes qué? Vuelve al hotel y diles lo del espejo. No expliques cómo ha pasado, di sólo que el viento ha cerrado la puerta. Compórtate como si todo este asunto fuese un insulto para un huésped que se gasta su dinero… ¡Podrías haberte cortado con los cristales!

—Oh, no podría hacer lo que dices. Todo ha sido culpa mía.

—No tienes por qué decirlo.

—Pero es que no sopla el viento esta noche.

—¡Caray, no seas quisquillosa!

—Prefiero pagarlo y ahorrarme problemas.

—Bueno, si eso es lo que quieres hacer, paga ese maldito espejo y también tu cuenta. Si vas a quedarte en la ciudad, será mejor que vivas en mi casa. No es el Ritz, pero no te costará ni cinco.

—¿Hablas de tu apartamento? —preguntó ella con ojos llorosos.

—Tengo dos habitaciones y una cocina. Hay una línea de autobús; se llega al centro en diez minutos.

—Pero ¿qué vas a hacer tú?

—¿Qué quieres decir?

—¿Dónde vivirás?

—Allí. ¿Qué pensabas? —Ella bajó los ojos enrojeciendo—. ¡Por Dios, tía Linnie! —prosiguió Ed riendo—. No tienes que preocuparte. Soy de la familia, tanto si te gusta como si no.

—Ya lo sé —dijo ella remilgadamente—. Pero ¿qué pensará la gente?

—¿Qué gente? Nadie va a venir a meter la nariz por casa. Aquí no tienes que preocuparte por estas cosas.

—Bueno…

—Yo dormiré en el sofá y tendrás la otra habitación para ti sola. Por la mañana me habré ido antes de que te levantes. Puedes hacer lo que quieras durante el día. Y si te asusta salir sola de noche, te acompañaré con mucho gusto si quieres. Me imagino que tu padre preferiría que yo fuese contigo.

Ella logró esbozar una sonrisa.

—Ahora vámonos. Tú sube a buscar tu maleta y yo arreglaré lo del espejo.

—¡Oh, no! —Lo miró alarmada—. Ya lo haré yo. No quiero que ellos piensen que… quiero decir, que tú y yo…

Ed se encogió de hombros.

—¡Señor! —dijo en voz baja.