Cuatro hermanas
Capítulo 2
Durante algún tiempo después de aquel incidente Mathy se portó bien. De vez en cuando seducía al perrito de alguien para que la siguiera a casa (Matthew no les permitía tener perros; un animal debía ganarse su manutención o no podía vivir allí), y en primavera reanudó sus paseos nocturnos por el patio. («¡Jamás he visto a un niño que no duerma nunca!», se enojaba Callie. «Ni siquiera tiene sueño durante el día.») Pero aquéllas eran para Mathy travesuras de poca importancia. Luego, en otoño, empezó a ir a la escuela, y los problemas comenzaron de nuevo. Mathy era una «novillera» nata. No pasaban muchos días sin que los profesores tuvieran que informar al director de que su hija no había asistido a clase. Matthew mandaba entonces a Jessica o a Leonie a buscarla, o llamaba a Callie por teléfono. Después venían las zurras, seguidas de largas reprimendas que Mathy escuchaba formalmente y olvidaba en seguida. Continuó escapándose periódicamente hasta que llegó el frío.
Después, se calmó y se portó extraordinariamente bien. De hecho, y ante la insistencia de su profesora, Matthew le permitió saltar un curso, indulgencia que Leonie no le perdonó nunca y que él lamentó en seguida. Pues tan pronto como Mathy pasó directamente de primero a tercero, perdió interés por los estudios y se convirtió en una alumna de lo más indiferente.
—Las cosas le salen demasiado bien —decía Matthew—. Y eso es malo.
A veces la hacía sentarse en el despacho durante el recreo hasta que hubiese hecho el trabajo a su satisfacción. Otras, tenía que zurrarla. Y con estos castigos, Mathy consiguió pasar el año con «ascenso provisional» a cuarto.
Ese «provisional» se le clavó a Matthew en el alma. ¡Qué condición para la hija del director! Como castigo le mandó un programa de estudio para el verano exigiéndole que hiciera los deberes todos los días y que se los presentara los sábados. Pero como él estaba fuera toda la semana en el colegio de maestros, Mathy tenía tendencia a dejar los deberes para el último momento y hacerlos todos a la vez. Callie intentaba retenerla en casa, pero la niña le pedía que la dejara salir a jugar, y a Callie le daba pena: era sólo una chiquilla y estaban en verano. Le hubiera gustado que Matthew se mostrara más blando.
Probablemente por esta razón, para contrarrestar la obstinada actitud de su marido, dejó que Mathy paseara en coche por la ciudad aquel verano con Cuajada Dumpson. Le dejaba hacer dos o tres viajes cada mañana. Aquello no tenía nada de malo, pensaba. Cuajada Dumpson era más bueno que el pan, y como Mathy le prometió tener hechos los deberes para los viernes por la noche…
La imagen de los dos sentados en el carro de dos ruedas se convirtió en algo familiar por las frondosas calles de Shawano aquel verano. En sus primeros viajes, Mathy se quedaba fuera mientras Cuajada entregaba los comestibles.
—Así nadie robará a la vieja Maude —decía.
Pero pronto se aburrió de esperar a Cuajada y comenzó a ayudarle con los repartos. Charlaba en las cocinas con todas las señoras, discutiendo gravemente sobre el mundo y el tiempo, y aceptaba con placer todo lo que le daban: fresas o uvas, pan con mantequilla y las jaleas de la estación, incontables pastelillos y vasos de agua.
—Me gustaría que no te comieras todas esas cosas que te da la gente —le dijo Callie un día—. No está bien, es como si pidieras limosna. No deberías aceptarlas aunque te las ofrezcan.
—Pues Cuajada lo acepta.
—Es distinto. Tú y él no sois de la misma clase, tendrías que saberlo. La verdad es que —prosiguió como si hablara con varias personas— parece como si no tuviera juicio. Se relaciona con todo el mundo. ¡Mira que ponerse a hablar con ese vagabundo que llamó a la puerta el otro día! ¡Pues cualquiera habría creído que era su tío que venía a verla! Si yo no hubiera llegado a tiempo, le habría invitado a pasar la noche aquí.
Mathy estaba prensando berros entre las hojas de un libro y no le prestaba atención. Pero a la mañana siguiente no le pidió permiso para irse de paseo con Cuajada. Se quedó jugando en el granero y en el prado, y Callie la vio varias veces por la puerta de atrás llenando cubos de agua.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó.
—Nada.
—No me vengas con cuentos. Estás haciendo algo; así que dímelo.
—Bueno, estoy haciendo pasteles de barro.
—¿Dónde?
—Detrás del granero.
Callie la miró con escepticismo. Estaba demasiado limpia para jugar a hacer pasteles de barro.
—Está bien, tú quédate por aquí. No te escapes a ninguna parte. La comida estará lista pronto.
Al mediodía Mathy apenas comió, como si se hubiese pasado la mañana mendigando algo que llevarse a la boca. Callie supuso que la niña se habría hartado de acederas y otras hierbas. Tan pronto como se terminó la comida y hubo secado los platos, Mathy volvió de nuevo al granero.
A primera hora de la tarde, un anciano caballero que le tenía mucha simpatía a Callie le hizo una breve visita. Jessica y Leonie se escondieron arriba. El hermano Cottrell había luchado en la guerra de Secesión, y ellas habían escuchado ya todo lo que les interesaba saber sobre la cárcel de Andersonville. Estaban cansadas de sus chistes del año catapum. Cuando se fue, bajaron corriendo muertas de risa.
—¿Qué te ha traído hoy, mamá?
—¡Oh, ciruelas! —replicó Callie, en el mismo tono de voz que utilizaba para decir «¡Oh, Dios mío!»—. Y muy maduras. Si no las ponemos en conserva ahora mismo, se pudrirán. ¿Por qué han tenido que traerlas el viernes por la tarde? Apenas tendremos tiempo de prepararlas antes de que papá llegue a casa.
—Aguantarán —dijo Leonie, mordiendo una.
—Me temo que no. ¿Adónde vas?
—Tengo que estudiar mi lección de piano.
—Puedes hacerlo dentro de un rato. Ahora quédate a ayudar. No tardaremos mucho.
—Sí que tardaremos. Siempre nos pasamos toda la tarde.
—No, ya verás cómo no —dijo Callie alegremente—. Si trabajamos todas juntas, nos lo quitaremos de encima en seguida.
—Tenemos el ahumadero lleno de compota de ciruela.
—Ya lo sé, pero el hermano Cottrell se disgustaría si no utilizara sus ciruelas. Le daré a él casi toda la compota.
—¿Y por qué no le damos algunas de las nuestras? No se dará cuenta.
—No quiero desperdiciar éstas.
—Podríamos tirarlas.
—Eso no estaría bien.
—¿Por qué no estaría bien?
—Pues porque no.
—Pues yo creo que sí.
—No podemos.
—¿Por qué no?
—¡Leonie, deja ya de discutir! —exclamó Callie con los brazos en jarras—. En mi vida he visto a una niña más tozuda. Cuando te se mete una cosa en la cabeza, no hay quien te la saque. Ahora vete a la despensa y llena este tarro de azúcar. Ah, y no des un portazo.
Leonie salió murmurando y volvió con el tarro medio lleno.
—Te he dicho que lo llenaras —dijo Callie.
—Éste es todo el azúcar que había.
—¿Cómo? —exclamó Callie sorprendida—. Creía que había más. Con éste no tendremos suficiente. ¿Seguro que has vaciado el saco? ¿Has palpado el fondo?
—Éste es todo el que había, mamá. Me parece que sé si un saco está vacío o no.
—No hace falta que me contestes así. Bueno, igual necesito otras cosas; todavía no he encargado los comestibles de la semana. Voy a llamar a la tienda.
—¡Déjame hacerlo a mí, mamá, por favor!
—Bueno, de acuerdo. Habla bien y en voz alta… ¿Jessica?
—Estoy aquí —contestó la aludida desde la habitación delantera.
—¿Qué haces?
—Estoy cosiendo encaje en mis volantes. —Jessica cerró rápidamente el libro que estaba leyendo y cogió aguja e hilo—. ¿Me necesitas para algo?
—¿Puedes venir y llenar el jarro, cariño? No quiero mancharme las manos de aceite mientras estoy con la fruta.
Las tres se afanaron en la cocina, lavando las ciruelas y escaldando tarros.
—A ver cuándo trae ese chico el azúcar —dijo Callie, echando una ojeada al reloj —. Creo que lo mejor será empezar con el que tenemos. Llenemos una olla, y ya coceremos el resto cuando llegue. —Colocaron las ciruelas en dos cazuelas y pusieron una en el fuego—. Me gusta hacer compota, vaya que sí —dijo Callie, acomodándose en una silla por un minuto—. Huele tan bien mientras se está cociendo… Preferiría que el hermano Cottrell nos hubiera traído estas ciruelas ayer. Pero ¿cómo iba a saberlo él? Por Dios, ¿dónde se habrá metido ese muchacho con los comestibles? ¡Hace casi una hora que hemos llamado! Salid a ver si le veis. ¡Oh, aquí está!
Cuajada Dumpson apareció en la escalerilla de atrás, sonriendo.
—Buenas tardes.
—Hoy llegas tarde —dijo Callie agradablemente, cogiendo el saco de comestibles.
—¡Sí, señora, hoy llego tarde!
—Bueno, no importa. Coge una ciruela; están maduras y muy buenas.
—Coge muchas —dijo Leonie.
—No, señora —dijo Cuajada, echando una ojeada al cesto con pesar—. He venido a pie —añadió.
—¿A pie? —exclamó Callie—. ¿Dónde está tu carro?
—En casa.
—¿Y por qué vienes a pie? ¿Tienes al caballo enfermo?
—No, señora. —Sonrió con despreocupación, mientras ellas esperaban que les explicase algo—. Ha desaparecido.
—¿Quién ha desaparecido? ¿Maude?
—Sí, señora.
—¿Y por dónde? ¿Se ha perdido?
—¡Iban a llevársela! —estalló de pronto Cuajada, lleno de sentimiento—. ¡Iban a llevársela y a pegarle un tiro!
—¿A pegarle un tiro a la vieja Maude? —inquirió Jessica.
—¡Vaya! —exclamó Callie con compasión—. ¿Y quién iba a hacer eso?
—Unos hombres quieren su piel y sus huesos. —Los descoloridos ojos de Cuajada se llenaron de lágrimas—. Y el señor Henshaw me ha dicho que va a comprarme un caballo nuevo.
—¡Qué vergüenza! ¿Han venido a llevársela esta mañana?
Una expresión astuta iluminó su cara.
—Han venido, pero no la han encontrado. No estaba.
—¡Caramba! ¿Y dónde estaba?
—No lo sé —contestó—. Han venido con un camión; están muy enfadados.
—Me lo imagino. ¿Y qué te parece que le ha pasado a Mande?
—¿Cómo dice?
—He dicho que qué te parece que le ha pasado a Maude.
—No lo sé —contestó alegremente.
—¿No sabes dónde está?
—No —dijo sonriendo.
Callie lo miró un momento.
—No la habrás escondido en algún sitio, ¿verdad, Cuajada?
—¡Ha desaparecido!
Cuajada agitó las manos como si no quisiera hablar más de aquel tema, y se volvió.
—Bueno, gracias por lo que has traído —dijo Callie.
—De nada, de nada —contestó, riendo quedamente.
—Éste trama algo —dijo Callie, volviéndose hacia las niñas. Se detuvo, y las miró pensativamente—. ¿Alguna de vosotras ha visto a Mathy desde la hora de comer?
—La última vez que la he visto estaba en el pozo —contestó Leonie.
—¿Llenando ese cubo otra vez?
—Me parece que sí.
Callie cogió su sombrero del colgador de la puerta.
—¡Sabía que tenía más azúcar!
—¿De qué estás hablando, mamá?
—A los caballos les gusta el azúcar, ¿verdad? —dijo, calándose el sombrero hasta las orejas—. Vosotras, niñas, poner el resto de las ciruelas a cocer. ¡Yo voy a bajar al prado!
No había rastro del caballo ni de la niña en el prado, pero los encontró al otro lado de la cerca. Maude estaba atada a un manzano y Mathy le espantaba las moscas con una rama desde el árbol. Al ver a su madre, chilló:
—¡No se lo digas, mamá, por favor, no se lo digas!
—¡Baja de ahí, señorita!
—¡No dejes que lo descubran!
—Basta de gritos —ordenó Callie—. No sé cómo has llegado aquí con este caballo, pero lo mejor que puedes hacer es devolverlo en seguida.
—¡No la desates! —Mathy saltó al suelo, y agarró la cuerda—. ¡La encontrarán y se la llevarán!
—Vamos, Mathy. No es asunto tuyo lo que el señor Henshaw quiere hacer con su caballo.
—¡Este caballo es mío!
—¿Qué quieres decir con que es tuyo?
—¡Él me lo ha dado!
—¿Quién?
—Cuajada.
—¡Oh, por el amor de Dios! —Callie tiró del nudo.
—¡Me lo ha dado! Ayer estuvimos hablando, y yo le dije que si el caballo era mío no podrían llevárselo; así que me lo ha traído esta mañana, ¡y es mío!
—Bueno, pues no puedes quedártelo.
—¿Por qué no, mamá?
—Porque no. ¿Cómo demonios has conseguido atar esta cuerda así?
—¡Quiero quedármelo! —exclamó Mathy, levantando la voz.
—¿Y qué harías tú con un caballo?
—Podríamos llevarla a la granja. Podría trabajar.
—Es demasiado vieja. Vamos, cariño.
—¡Por favor, no la desates, mamá!
—Tengo que hacerlo.
—¡Van a matarla!
—Vámonos.
—¡Oh, mamá! —Mathy se abalanzó sobre su madre—. ¡Van a hacer jabón con Maude!
Sacudida por la niña, Callie miró a la vieja yegua, que tenía una expresión de infinita paciencia. Mathy sollozaba y suplicaba. La yegua continuaba en pie mansamente.
—Está bien —dijo por fin—, vámonos entonces. La pondremos en el granero hasta que llegue papá. Puede que él sepa lo que hay que hacer.
Sólo había una cosa que hacer, dijo Matthew cuando oyó la historia: devolver el caballo y pedir disculpas al señor Henshaw. Mathy comenzó a gimotear de nuevo.
—¡Y ahora basta! —dijo él—. No siempre se puede tener lo que uno quiere, y cuanto antes lo aprendas, mejor. Comprendo tus sentimientos —pensó por un instante en su viejo mulo Faraón—, y siento que tenga que ser así. Pero no podemos hacer otra cosa, y debes aceptarlo. Tienes que aprender a respetar los derechos de los demás.
Mathy salió corriendo de la cocina con los ojos llenos de lágrimas, y sus padres oyeron que Jessica la consolaba en las escaleras (donde ella y Leonie se habían escondido para poder enterarse de todo lo que pasaba sin meterse en el lío). Matthew se sentó un momento sopesando entre su justa ira y su remolona compasión. ¡Otra vergüenza!
—Bueno —dijo, dirigiéndose al teléfono—, creo que voy a llamar al señor Henshaw y a decirle que iré a su casa.
—Matthew…
Callie estaba junto al fogón, de espaldas a él.
—¿Umm?
—¿Cuánto deben de darle a él?
—¿Darle a quién?
—Al señor Henshaw, por la piel de Maude.
—Oh, tal vez cinco dólares.
—No es mucho, ¿verdad?
—Bueno, con el tiempo que pierden viniendo a buscarlo aquí, no vale más.
—Da pena pensar que le van a pegar un tiro a Maude en la cabeza, ¿no crees?
—Sí, claro —contestó, pensando de nuevo en Faraón, que murió pacíficamente sobre la hierba.
—Lástima, podrían mandarla a pastar a algún sitio.
—Sí —repuso distraídamente.
—No es un buen caballo, pero me parece que las niñas podrían montarla de vez en cuando, es muy mansa.
—¿Quééé? —exclamó Matthew con lento asombro.
—Bueno, estoy pensando que si le damos al señor Henshaw el dinero que le pagarían esos hombres…
—¡Mamá, por el amor de Dios! —Matthew la miró indignado—. ¡No pienso gastar cinco dólares por una yegua que no vale nada, sólo para que paste!
—Yo pensaba…
—¡No podemos mimar tanto a esta niña! Siempre la estás defendiendo. ¿Es que no tienes sentido común?
—En realidad no estaba pensando en ella, sino en Cuajada. Él confía en Mathy, en nosotros.
—¡Es un chiquillo!
—Sí, pero cree que su yegua está a salvo con Mathy, y si ahora hacemos que la pierda se va a sentir peor que nunca. Pensará que no puede confiar en nadie.
—Bueno, ¿y qué quieres que haga? —estalló Matthew—. Yo lo siento mucho, pero esa yegua no me sirve de nada, no la quiero, y no puedo permitirme el lujo de tenerla. ¡Y no pienso gastarme cinco dólares y entrometerme en los asuntos del señor Henshaw sólo para que Cuajada Dumpson no pierda su fe en la humanidad!
Hubo un momento de silencio.
—Está bien —dijo Callie tranquilamente.
Después de cenar, cuando Mathy se hubo ido a la cama, Matthew llevó a Maude a su casa. Una hora más tarde regresó con cara de pocos amigos. Callie le estaba esperando.
—¡Dios mío! —exclamó ella—. ¿Ha ido mal? ¿Qué te ha dicho?
—Oh, ha estado muy amable.
—Ya me lo imaginaba. El señor Henshaw es un buen hombre.
—He tenido que pagarle dos dólares.
—¡Dos dólares! ¿Para qué?
—Eso es lo que le han cobrado los hombres que han venido del matadero. No les ha gustado hacer el viaje por nada.
—Bueno, no puedes echárselo en cara. El viaje desde Sedalia es largo, y ahora tendrán que volver.
—No van a volver —dijo Matthew.
—¿Que no?
—El señor Henshaw ha dicho que no merecía la pena.
—Bueno, pues me alegro mucho por Cuajada. ¡Después de todo, seguirá teniendo su caballo!
—No, tendrá uno nuevo. El señor Henshaw ya lo ha comprado.
—¿Y qué va a hacer con Maude?
—Ya lo ha hecho.
Callie se tapó la cara con las manos.
—¡No le habrá pegado un tiro él mismo!
—No —contestó Matthew—, no lo ha hecho.
—Entonces ¿qué ha hecho con ella?
—Me la ha regalado —replicó, dirigiéndose a la escalera—. Y no he tenido más remedio que aceptarla.
Por el tono de su voz, Callie consideró oportuno no decir nada más.
El señor Henshaw estaba encantado de traspasar la carga de Maude a los hombros de otro. Cuajada Dumpson estaba encantado de que Maude tuviera una buena casa. Mathy estaba loca de alegría. Había salvado la vida de Maude y ahora era suya. Todo el mundo se sentía feliz a expensas de Matthew.
Él pensaba en eso a menudo, reflexionando acerca de la enorme habilidad de su hija pequeña para hacerle pagar sus faltas. Estaba convencido de que lo hacía de un modo inocente, de que, sencillamente, carecía del sentido del bien y del mal que él había tratado de inculcarle. La niña parecía actuar al margen de la moralidad. Y por más que se esforzaba en aleccionarla, ella siempre escurría el bulto con alguna excusa inesperada. Por su causa, Matthew sufría continuas molestias e interrupciones y se avergonzaba en público; fastidios nimios, pero infinitos.
A veces pensaba que la niña era su castigo. Por mucho que tratara de negarlo, la había engendrado en pecado. Mathy era el ángel vengador, y desde que nació le había exigido su precio. Pero no en grandes sumas que pudieran saldar la deuda rápidamente. Lo exigía en centavos.