Cuatro hermanas
Callie
1
El cardenal comenzó a piar atravesando el silencio de la mañana. Callie abrió los ojos. Amanecía. Las franjas satinadas del papel de la pared relucían con la pálida luz, y en las ventanas las cortinas de encaje se movían lentamente con el aire. Se despertaron más pájaros. Urracas, un ruiseñor. En el cedro se oían aleteos y el chirc-chirc nasal de un petirrojo. El día se iniciaba con gracia y dulzura, sin prisas. De la noche no quedaba más que la sensación de quietud, que en realidad no era propiamente suya, sino de la mañana. La noche estaba llena de murmullos y agitaciones, de hormigueos en la hierba. Y la mente trabajaba incansable recordando tristezas largo tiempo olvidadas hasta que el sueño las hacía desaparecer. La paz y el silencio formaban parte del amanecer, interrumpidos sólo por el trinar de los pájaros.
¡Cómo le gustaba a Callie el verano!, con sus noches que transcurrían rápidamente y sus días largos…, con las niñas en casa. Por fin se permitía pensar en eso. ¡Llegarían hoy! No había querido pensarlo hasta entonces para prolongar la ilusión, para saborear la idea. ¡Pasaban tan poco tiempo juntas! Al cabo de dos semanas volverían a irse llevándose el verano con ellas. Cada partida era una muerte para Callie; pero ahora, al principio, se olvidaría de eso y se imaginaría que se quedarían para siempre. El dolor de su marcha no era nunca tan grande como la alegría de su llegada.
Matthew no se había despertado todavía. Yacía hecho un ovillo dentro de su camisa de noche, con las rodillas dobladas. Pero incluso durmiendo parecía alerta. Fruncía el ceño, concentrado, y cerraba los ojos con esfuerzo. Todas sus hijas adoptaban aquella misma expresión. A ninguna de ellas le importaba mucho dormir; sólo les preocupaba la luz del día y hacer algo.
Callie le colocó la sábana por encima de los hombros y salió de la cama. Echó agua en la pila del lavabo y se bajó el camisón dejando su torso al desnudo. Su cuerpo era delgado y viejo, pero se conservaba aún bastante firme y suave excepto por donde le habían amputado un pecho y la carne se arrugaba en una fina cicatriz. Empezó a lavarse con parsimonia, estremeciéndose al contacto del agua fría. La antigua herida ya no le producía ni miedo ni resentimiento. Se había convertido en una especie de medalla, de condecoración por su valentía en la que ahora podía pensar con cierta satisfacción e incluso con algo de regocijo. Matthew, considerándose algo culpable, había sufrido por ella y también por él. Había sido un poco cabeza loca en otros tiempos. ¡Pobre Matthew! Le resultaba tan fácil dejarse arrastrar y perder la cabeza y el corazón… Lo conocía bien. Había sido fiel, estaba segura; pero gran parte de su lealtad era cautela. Se trataba de un hombre tímido, atolondrado, irritante. Y sin embargo (se volvió para mirar la cabeza gris apoyada sobre la almohada), cuando pensaba en Dios veía su imagen en él. Permaneció un instante observando cómo dormía y luego, tras doblar la toalla, empezó a vestirse.
El aroma de sus ropas frescas y planchadas la llenó de placer. Después se peinó el pelo corto y blanco y se puso las gafas. El despertador todavía no había sonado. Lo cogió del estante y quitó la alarma. Matthew ya se despertaría solo. El estante contenía una colección de jarroncitos, platitos y chucherías que las niñas se habían regalado las unas a las otras hacía mucho tiempo. Entre estos objetos había dos perritos y un zorro de felpa, y tres figuras talladas en madera. Al volver a dejar el despertador allí encima, movió al pequeño zorro separándolo más de los perros. Eran las seis menos veinte.
Abajo, la cocina estaba fría y en sombras, aún dormida. Pensó en el alboroto y griterío que habría más tarde. ¡Las niñas venían a casa! Al salir al porche trasero percibió un ligero olor a tabaco, un efluvio extraño a aquel sitio. Se aseguró de que la puerta estuviese cerrada, preguntándose con ansiedad qué hombre habría acudido allí a aquella hora. Pero no había ido ninguno. En el escalón de la puerta había una vasija de piedra cubierta con un paño. Sonrió con alivio. Miss Hagar había estado allí, fumando su pequeña pipa. Abrió la puerta y miró dentro de la vasija. Había dos rollizos pollos ya desplumados. Miss Hagar debía de haberse levantado antes del amanecer y, dejando la tetera al fuego y la vaca sin ordeñar, había caminado tres kilómetros para dejar su regalo antes de que nadie se despertara para agradecérselo. La buena mujer, que no tenía familia, había querido participar en su alegría. Tenían que invitarla. (Aunque Callie se preguntó cuándo; se sentía tan celosa de sus hijas en el corto tiempo que pasaban en casa…).
Metió los pollos en la nevera. No tendría que matar su gallina gorda. Tal vez podría preparar ensalada de pollo. A Leonie le gustaría. La exigente y refinada Leonie, que quería que las cosas se hicieran como debían hacerse. Callie se sonrió. Bueno, pues todo se haría como era debido. Había lavado y planchado los manteles de lino, había comprado velas y había limpiado la plata hasta que en ella se reflejaron los fogones. A la luz de las velas no se veía la comida, pero Leonie se sentiría feliz.
Salió afuera y bajó por el sendero deteniéndose junto al ahumadero para contar los capullos de las damas de noche. Al cabo de un par de días estarían a punto de florecer. Eran unas flores tan hermosas y duraban tan poco tiempo… Eran casi como la visita de las niñas: algo que se esperaba con ilusión todo el año, luego llegaba, se disfrutaba mucho con ello, y por fin terminaba en un santiamén. Tal vez tenía que ser así. Ella pensaba que le gustaría tenerlas en casa siempre, pero quizá en realidad no lo deseaba. Cada cosa tiene su tiempo. Si sus hijas estuvieran siempre allí, no podría esperar su llegada con ilusión.
«Tengo que darle a Leonie algunas semillas», recordó. Leonie podría plantarlas el verano siguiente junto a su nueva cerca. ¡Aquella cerca! Callie movió la cabeza sonriendo. Empezada hacía dos años y abandonada a medias en el patio… Leonie la había cubierto de malvas reales para ocultar el desbarajuste que había detrás: los restos y piezas de coche que Ed se había llevado del garaje a casa para entretenerse en sus ratos libres. Aquello ponía furiosa a Leonie. Ya habían tenido sus problemas aquellos dos. (Primero la época de la depresión, Ed sin trabajo, Soames en camino y Peter de nuevo en casa de sus abuelos la mayor parte del tiempo. Luego la guerra, Ed otra vez en Kansas trabajando en los talleres, Leonie dando clases en una escuela rural y viviendo ambos en una habitación realquilada con el pequeño Soames.) Pero ahora todo les iba mejor. A pesar de que fueran tan distintos, Leonie y Ed parecían necesitarse el uno al otro, como la mantequera y el batidor. Se entendían bien. Pero Leonie y Soames ya eran otra cosa. Era una lástima: a Leonie le gustaba más el hijo de su hermana que el suyo propio, y Soames lo sabía mejor que ella. Esto les impulsaba a hacerse cosas que ninguno de los dos podía perdonar. Pero, a pesar del vacío que existía entre ambos, se querían. Ahora Soames iba a marcharse, y tenía miedo. Sin embargo, necesitaba hacerlo. Quería volar. Aquello era algo que su padre había hecho y Peter no. Y Leonie, al ver que se le escapaba, trataba de acercarse a él antes de que fuera demasiado tarde.
¡Pobre Leonie y pobre muchacho! Callie suspiró mientras cruzaba el huerto (anotando mentalmente que tenía que recoger las judías). Los hijos deseaban el amor de los padres, pero a veces los padres lo hacían difícil. También ella había fallado en eso, no cabía duda. Volviendo la vista atrás, veía equivocaciones; y con todo, tal vez no había obrado muy mal. Las niñas se habían marchado, pero volvían siempre. Como decía una vieja canción de cuna, «Déjalos solos y volverán a casa». Lo más difícil del mundo era dejarlos solos.
Había aprendido aquello primero con Jessica y seguía aprendiéndolo con Mary Jo. Al pensar en su hija pequeña, sintió de nuevo la familiar necesidad de protegerla. Pero Mary Jo era la más difícil de alcanzar. Mediaban tantos años entre ambas y era una chiquilla tan llena de razones y argumentos… «Pero, mamá, ¡estás tan pasada de moda! Los tiempos han cambiado desde que tú eras joven… Pero, mamá, querida, ¡eso resulta tan burgués! No puedes comprenderlo…» Y luego todas aquellas palabras e ideas que sacaba de los libros. En aquel aspecto era peor que Leonie. A veces, Callie se sentía como una extraña delante de su hija menor. Y cada año había menos cosas que se pudieran decir.
Lo que la chiquilla hacía en aquella ciudad, cómo vivía y qué amigos tenía…: todo eso sobrepasaba la comprensión de Callie. Sólo lograba imaginar con claridad los peligros, y sentía miedo por su corderito. La chica era inteligente, culta y todo eso, pero también un poco alocada, como su padre. Fácil de convencer, sin juicio; feliz como una alondra si alguien la admiraba, aunque fuera un pobre chico; ávida de ser amada. Podían herirla tan fácilmente, y Callie podía hacer tan poca cosa al respecto…
—Pero ¡hoy vendrá a casa! —le dijo alegremente a un gallo que se estaba paseando por el sendero—. ¡Hoy la veremos y sabremos que está bien! Sal del huerto, bribón. ¡Vamos!
Lo espantó con el delantal y luego regresó a través del patio. En el establo las vacas yacían, grandes y gordas, envueltas en sombras. Una de ellas se levantó y se dirigió a la cerca rumiando pensativamente.
—Pronto te ordeñaré —le aseguró Callie—. Aunque no sé dónde pondré toda la nata —prosiguió, contando mentalmente todos los recipientes de la leche que había en la nevera—. Tendré que volverla a batir esta mañana. Podríamos llevarle un poco de mantequilla al viejo señor Corcoran; no le hemos visto en toda la semana. ¡Buenos días, caballero! —exclamó al ver pasar a un toro.
Contempló el rítmico balanceo de sus gruesos costados. Matthew estaba orgulloso de su hermoso toro rojo.
A lo lejos, en el sur, más allá de Little Tebo, la luz del sol se reflejaba en una alta pradera que brillaba por encima de la línea oscura de los bosques. Pronto el sol llegaría a los nogales y dibujaría estrías amarillas por entre los árboles. Se estaba bien allí abajo.
—Iré a coger arándanos —dijo en voz alta.
A Matthew le gustaban para desayunar, con nata bien espesa. No tardaría mucho tiempo en recogerlos y él todavía no se había levantado.
Tomó un cestito y atravesó el prado. Los arándanos habían madurado tarde aquel año debido a las lluvias, pero ahora eran grandes y jugosos y se desprendían del tallo con sólo tocarlos. Aunque el cesto estuvo lleno pronto, no volvió en seguida; prefirió saborear la hermosura de la mañana y seguir avanzando por el camino. Las anchas hojas de los robles relucían y los sauces se agitaban con la brisa. Más allá, los campos de maíz ondeaban tal como ella se imaginaba que debía de hacerlo un océano. El Little Tebo se había desbordado en primavera, pero ¿quién lo diría ahora? Recordó la espesa y sucia capa de agua extendida como un sombrío lago sobre los campos; cuando se retiró, lo hizo lentamente, dejando escombros por todas partes. La primavera había sido fría y húmeda, lo mismo que el verano. Pero ahora el tiempo había mejorado. Y, después de todo, era preferible que lloviera mucho a las terribles sequías que habían sufrido en los años treinta, cuando el sol bañaba la tierra día tras día, quemando el verde y dejando residuos de hojas secas, fruta podrida y polvo. Un otoño caluroso que había llegado antes de mediados de julio. Por lo visto nada se producía en una medida razonable, ni el agua, ni el sol, ni la tristeza. Pero a veces la alegría también es inmoderada y resarce de todo lo demás.
Siguió andando lentamente y pensando en la alegría y en la tristeza, en las estaciones y en el paso del tiempo. Viejos recuerdos cruzaban por su mente… Mathy, cuando no tenía más que tres años, que había encontrado en la espesura un ternerillo cuyos ojos no eran más dulces ni más sorprendidos ante el mundo que los suyos (hacía ahora veinte años que Mathy había muerto, y sin embargo parecía seguir estando allí, entre aquellos árboles que rodeaban la colina). Pensó en Jessica y Leonie de niñas, recogiendo flores para sus cestas de mayo: campanillas, margaritas y verbenas; en el día que la vaca loca casi la hizo caerse al arroyo, una pobre bestia lunática que coceaba y se resistía mientras la ataban pero que luego no quería salir del establo… Cosas tan lejanas como éstas se volvían a revivir: la niñez, la vieja granja de la colina, una casa vacía.
Se detuvo en el sendero, confundida por una vaga sensación de tristeza. Una tenue brisa había pasado por entre las hojas de roble, trayendo consigo… ¿qué? Ecos de voces olvidadas, de voces de niños, «abajo en el prado, podemos oírles cantar». ¿Qué era eso? Hacía tanto tiempo que se había perdido. Ella había llorado. Alguien a quien había querido… «Abajo en el prado…» Dos niños, eso es lo que era, dos niños solitarios junto a la valla de un prado, aguzando los oídos para no perderse los cantos que sonaban a lo lejos.
Se le escapó un sollozo. Pensaba en sus hermanos pequeños, muchachos de ojos castaños como perritos, alocados, torpes, pensativos y desamparados; en realidad, eran sus hermanastros, hijos de la amargada mujer con quien su padre se había casado ya mayor. Callie había ayudado a criarlos y los quería. Pero ella se había marchado, lo mismo que sus hermanas, dejándolos con una madre que no les tenía ningún cariño y con un padre demasiado aturdido para preocuparse. «Mamá no nos deja ir a la iglesia…» ¡Domingos, amistad, risa y niños con quienes jugar! «Mamá no nos deja, pero abajo en el prado podemos oírles cantar».
Habían pasado ya cincuenta años y todavía lloraba por ellos. Thaddeus estaba muerto y Wesley era un anciano. Sólo Dios sabía si alguno de ellos había logrado acercarse más a los cantos. Tal vez eso fuera lo que pasaba: toda tu vida oías los cantos y nunca lograbas acercarte más. Había cosas que deseabas durante toda tu vida y, de pronto, al cabo de un tiempo, no estabas más cerca de ellas que antes y ya no te quedaba tiempo.
Alzó los ojos para contemplar el brillante cielo. «Tengo setenta años», se dijo. Eso significaba ser vieja. ¿Cuántos años más viviría? ¿Diez? Su mente recordó los diez años pasados. Pero ¡si eran muy pocos! ¿Eran otros diez años todo lo que podía esperar? Entonces tendría ochenta, sería muy mayor. En tan poco tiempo… ¿Y dónde estaba la hermosa casa blanca que hacía esquina, donde mentalmente había vivido siempre? ¿Y el seto verde, bien recortado, y la rocalla en el jardín? ¿Cómo era posible conseguirlo en sólo diez años?
Entonces, ¿aquello era todo? ¿Todo lo que iba a poseer? Se volvió lentamente. Ramajes, campos, el riachuelo, bosques, la larga pendiente del prado, el tejado del granero más allá… Esto y unas cuantas ciudades pequeñas constituía su mundo, lo único que probablemente conocería nunca.
—¡Yo siempre he deseado ver el océano!
Dijo aquello en voz alta y con sorpresa, como si por primera vez se le ocurriese pensar que podría no ver jamás el océano o hacer un sinfín de cosas que había pensado hacer.
—Nunca he aprendido a leer —dijo.
Y sola allí en el prado, bajó la cabeza avergonzada. No era capaz de descifrar más palabras que las que salían en una receta, y ni siquiera todas. Jamás había leído verdaderamente la Biblia; sólo miraba las páginas, recitándose los versículos que sabía de tanto oírlos y consolándose al notar el tacto del gran libro en sus manos. Nunca se lo había dicho a su familia. Para aliviar el engaño, solía prometerse que la semana siguiente aprendería a leer, justo en cuanto la casa estuviese limpia y la ropa planchada. Pero siempre tenía demasiado trabajo. Y ahora, a los setenta años, no era probable que llegara a leer nunca, como tampoco vería el océano. El futuro se le presentó de pronto vacío como una llanura. A partir de entonces ya no podía esperar nada. Nada más que el cielo.
Y, por lo que sabía, ¡tal vez ni siquiera aquello! Se agitó inquieta. Oh, había un cielo, de acuerdo; estaba segura de ello. Pero de lo que no estaba tan segura era de entrar en él. Antes siempre había pensado que entraría; lo había dado por sentado, confiando en que sus oraciones y penitencias la salvarían. Pero tal vez no sería así. El día que compareciera ante Dios, el cielo podía disolverse también, como el océano y la hermosa casa blanca.
Permaneció en el tranquilo prado pensando en el Juicio Final. Amedrentada por el silencio, su mente dejó de emitir palabras y un viejo recuerdo despertó suavemente, tan fresco y vivo como si no hubiese permanecido enterrado durante tantos años. En su presencia, los bosques de su alrededor se tornaron en bosques de primavera y el aire adquirió una ternura que sólo se nota de vez en cuando en la vida. Lo recordaba claramente. Y aquello había sido hacía cuarenta años.