Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 2 de 54

Páginas del PDF

Cuatro hermanas

Capítulo 2

 

Aquella noche cenamos en el patio. Al sentarnos a la mesa, mi padre la bendijo: «Bendice, Señor, el alimento que vamos a tomar… Bendice a nuestros seres queridos dondequiera que estén, y concédenos, oh, Señor, que podamos seguir los senderos de la rectitud…». Lo que quería decir era que se sentía agradecido por los apacibles olores y sonidos de la noche de verano, por las estrellas que brillaban en el cielo, por los tomates frescos de su jardín. Pero habría pensado que era pagano expresar su placer en términos tan vulgares. Lo manifestaba a su manera y, sin duda, el Señor ya lo interpretaría; debía tener mucho trabajo en ese sentido durante Su jornada laboral, «… y reúnenos por fin a todos en el Cielo, nuestro hogar. Te lo pedimos en nombre de Cristo. Amén».

Se produjo un ruido de sillas mientras esperábamos que transcurriera un intervalo decente entre el amén y el momento de pasarnos el pan.

—Ahora, a llenar vuestros platos —dijo mamá—, y no olvidaros de dejar sitio para el helado.

Nadie dejó sitio. Pero después del jamón, tomates y maíz, nos comimos más de tres litros de helado de melocotón. Al terminar, Leonie husmeó por la nevera.

—Ven, Jessica, aún queda un poco.

—Bueno, tráelo aquí.

—Te sentará mal —dijo mamá.

—Bah, no lo creo. Vaya, la verdad es que hoy llevaba mucha vainilla.

—Sí, está fuerte. Es esa botella nueva que compré al hombre de Jewel Tea.

Supongo que nunca hubo un vendedor ambulante que no pudiera endosar algo a mamá. Jessica empezó a revolver el helado con la cuchara.

—Estás jugando con él —dijo mamá—. Ya has comido bastante.

—Todavía queda un poco en la nevera.

—¿Por qué no se lo lleváis a miss Hagar? —sugirió papá.

—Vaya, eso estaría muy bien —replicó mamá—. Una de vosotras se lo puede llevar.

Soames y yo, con el helado en mi falda, subimos en el MG y nos pusimos en marcha. Estaba muy oscuro. Sentada en el descapotable, sentí que la noche nos envolvía persiguiéndonos por el solitario camino. Pensé también en «aquello que avanza en tinieblas», el concepto gótico de la peste, y un estremecimiento recorrió mi cuerpo, aunque no sabría decir si fue de miedo o de placer.

Un poco antes de llegar a la casa de miss Hagar, un sendero se desviaba en la otra dirección entre dos hileras de cedros. Era el del señor Corcoran. Llevaba a la vieja casa de ladrillo donde había vivido en solitaria hostilidad y donde su hijo le había disparado varios tiros.

—¡Qué sitio para un crimen! —murmuré.

Soames aminoró la velocidad.

—Vamos a echar una ojeada.

—¿A la casa?

—Sí. No hay nada que pueda hacernos daño, ¡vamos!

Giró donde estaba el buzón del correo y enfiló el lúgubre sendero de los cedros. Nuestro cochecito rebotaba sobre el camino lleno de baches. Por fin, los faros alumbraron la casa de ladrillo, que, con las ventanas cerradas, tenía un aspecto siniestro. Nos detuvimos un instante en silencio. Los cedros susurraban a nuestro alrededor y, a excepción de aquel sonido y de la pequeña vibración del motor, el silencio era intenso. En la oscura noche, el enloquecido muchacho había llegado, furtivo, con intención de matar. Pensé en una puerta que se abría sin ruido, en un rostro tras la ventana…

—¡Vámonos de aquí! —dijo Soames.

Bajamos de nuevo por el sendero y tomamos el que conducía a la casa de miss Hagar. Pensar en su calma impasible resultaba reconfortante.

—Sólo estaré un minuto —dije al llegar a la casa.

Cogí la heladera, me dirigí a la puerta y llamé. No obtuve respuesta. Pero había luz, supuse que debía de estar despierta y llamé de nuevo.

—¿Quién es? —contestó una débil voz.

—Soy yo.

—¿Quién?

—Mary Jo, la hija de la señora Soames.

—¡Oh! Ya voy. —Se produjo un ruido, como si moviera un mueble pesado, se abrió el cerrojo, y miss Hagar apareció en el umbral de la puerta. Una ráfaga de calor se perdió en la oscuridad—. ¡Cielo santo, no tenía idea de quién podía ser!

—Lo siento, miss Hagar, ¿la he despertado?

—Estaba sólo dormitando. ¡Entra, entra!

—No puedo quedarme. Hemos venido a traerle un poco de helado.

—Oh, gracias. Apetece mucho en una noche como ésta. Entra; lo pondré en un plato.

—No se preocupe por eso, de veras.

—¿No quieres esperar por la heladera?

—La recogeremos en cualquier otro momento.

—Entra un rato de todos modos —insistió.

—Es tarde; creo que debemos irnos.

—Oh, quédate, ¿no puedes?

Alargó la mano, como si quisiera empujarme adentro, y cuando bajó el escalón de la puerta vi el interior de la habitación. Había un pesado baúl ladeado junto a la entrada, las ventanas estaban precintadas con papel, y al lado de la cama había un hacha. ¡Miss Hagar tenía miedo!

—Bueno, creo que puedo quedarme unos minutos —dije.

—Siéntate ahí, en la mecedora, y acércala a la puerta.

El calor de la pequeña habitación era asfixiante. Sentía que me volvía verde y mohosa como una hoja de gordolobo. Enjugándome la cara, le di conversación mientras ella, sentada en el borde de la cama, se comía el helado saboreando su frescor. Mientras hablaba pensé en miss Hagar, acostada durante la noche solitaria en aquella casa sin aire, esperando oír un ruido furtivo en la ventana: los pasos de la muerte. Y pensé también en nuestro hogar, abierto de par en par, con la brisa que acariciaba las cortinas, el eco de risas en todas las habitaciones y una lámpara brillando en el patio como signo de alegría y seguridad.

—Miss Hagar, ¿por qué no viene a pasar la noche en casa con nosotros?

Su pequeña cara morena me miró pensativamente por encima de la heladera, y la vi vacilar.

—Muchas gracias —dijo—. Pero a vosotros os gusta estar solos, y es mejor que sea así.

En su voz no había ni un vestigio de reproche. Al cabo de un rato, Soames y yo regresamos a casa sin ella.

—Ir allí en seguida y que venga —dijo mi madre—. Y esta vez no discutáis.

Volvimos y nos llevamos a miss Hagar a casa. La instalamos en un catre en el comedor. Los demás intentamos dormir arriba, pero incluso en nuestra gran casa aireada hacía calor aquella noche. No pasaba ni un soplo de aire. Al cabo de poco rato todos estábamos en pie cambiando de camas y dando vueltas como granos de maíz en un cazo. Soames se trasladó al porche delantero con una colcha. Jessica y yo instalamos dos catres en el patio. Mamá se paseaba de un lado a otro con una linterna, como un ocupado fantasma casero, procurando que todos estuviésemos cómodos. Una luna amarilla había aparecido en el cielo y se oyó un trueno a lo lejos.

Una hora más tarde empezó a soplar el viento y llegó la lluvia. Toda la casa se levantó de nuevo y se precipitó en la oscuridad, cerrando ventanas y tirando cosas. Soames corrió afuera y metió mi coche en el granero. Mamá mandó a papá a poner el cubo de lavar bajo el desagüe. La lluvia azotaba la casa y el aire se volvió frío. Como todo el mundo estaba completamente desvelado, encendimos las lámparas y preparamos chocolate caliente.

—¡Dios Todopoderoso! —exclamó miss Hagar, sonriendo sobre su taza—. ¡Esto sí que es un espectáculo único!

Al cabo de un rato, mi padre salió al patio de atrás.

—¡Está amainando! —gritó—. Se está muy bien aquí. ¡Venid!

Salimos y nos detuvimos a su lado con los pies descalzos sobre la hierba mojada. Las nubes se habían amontonado más allá del huerto y dirigían la lluvia hacia el este. Sobre los bosques, al oeste, la luna brillaba blanca y fría, limpia por el agua. De pronto mi padre exclamó:

—¡Mirad, hijas!

Y señaló el cielo. Allí, junto a las nubes, había aparecido un arco iris lunar. Era de un blanco purísimo. Aunque eran las tres de la madrugada, su fantasma bañaba los bosques. Y bajo la luz de la luna, la granja parecía un belén bordado en plata. Las plumas blancas de los pollos dormidos resaltaban entre el follaje mojado del melocotonero. La valla brillaba chorreante, y las tablas nuevas formaban un sendero plateado sobre el tejado del granero.

Llamamos a los que se habían quedado dentro y nos quedamos de pie al fresco, de brazos cruzados. Mi madre llevaba un chal blanco sobre la cabeza. Papá peló una panocha de maíz para pasar el rato; los granos brillaban al caer en la cacerola. Durante mucho rato, nadie habló. A nuestras espaldas, el viento agitaba las hojas de la enredadera de damas de noche.

—Mañana hará muy buen día —dijo mi padre.

Uno por uno, todos fueron entrando en casa. Sólo papá y yo nos quedamos fuera, contemplando el arco iris nocturno.

—¿Habías visto alguno? —le pregunté.

—Nunca. Tenemos suerte —contestó.

Cuando el último resplandor se disolvió en la oscuridad, entramos. Aquella noche soñé que mi padre se moría y que lo enterrábamos en el jardín. El sueño me despertó y permanecí un rato recordándolo. Parecía de lo más natural enterrarlo no bajo un césped convencional o una losa de mármol, sino entre las zanahorias y cebollas, con los pies en el lecho de fresas. Era una idea graciosa y dulce, como una antigua broma familiar. Cuando el jardín volviera a su estado original, él haría lo mismo, y los dos se transformarían lentamente en mostaza, gordolobo y primavera silvestre. Allí él se sentiría como en su casa, entre cosas familiares; dormiría en paz.