Cuatro hermanas
Capítulo 4
A la mañana siguiente se despertó temprano, antes de que él se fuera a trabajar, y lo oyó moverse por la habitación de al lado. Era maravilloso no sentirse sola ni asustada; hoy podría disfrutar. Deseaba que él se fuese pronto para poder levantarse. Iría al centro en autobús, y lo primero que haría sería devolver aquel horrible vestido. Luego podía comprarse algunos trajes sencillos para ir a la escuela, buscaría regalos para los niños y para sus padres, y comería en el Forum. Si por la tarde tenía dinero, iría a Jenkins a comprar partituras de música y a escuchar discos clásicos. ¡Cómo deseaba que Ed se diera prisa!
En cuanto oyó que se cerraba la puerta, saltó de la cama y se asomó cautelosamente para asegurarse de que él se había ido. La sala de estar era un revoltijo terrible, peor incluso que la noche anterior. Por todas partes había zapatos, libros, periódicos y ceniceros rebosantes de colillas; en el suelo, tazas de café y vasos. Una camisa blanca con una corbata alrededor del cuello colgaba de una lámpara de pie. «¡Solteros!», pensó. En una mesa apoyada en la pared Ed estaba arreglando algo, o desmontándolo, no se sabía qué. Había piezas de radio y varias herramientas, mecanismos y carretes de alambre, así como trapos grasientos en cantidad. Caminó de puntillas por la habitación escudriñándolo todo. En realidad, sabía muy pocas cosas de él. Se sintió como una espía, y en cierto modo lo era. En el suelo yacía una postal; inclinándose, la leyó sin cogerla. Era de alguien que estaba de vacaciones, de alguien llamado Billy; por el tono con que estaba escrita, no creía que Billy fuese un muchacho. Hizo una mueca. Que trajera a casa a alguna descocada llamada Billy, y vería como papá jamás soltaba a Peter…
Ed había dejado café en el fogón. Cuando hubo lavado una taza y recogido la mesa, encendió la radio y se sentó. Era agradable entretenerse después del desayuno con música y el periódico de la mañana. Se sentía ciudadana. Pero al terminar el café y las tostadas, sus instintos campestres se despertaron. No podía soportar la vista de todos aquellos platos en el fregadero. Echando una ojeada al reloj —todavía era temprano; tenía todo el día—, se sujetó una toalla alrededor de la cintura, se arremangó el kimono y se puso a trabajar. Cantaba con la radio mientras lavaba los platos y, como una cosa conduce a la otra, no paró hasta que hubo dejado arreglada toda la cocina y también la sala de estar.
—¡Caramba! —exclamó al mirar la hora.
Eran las doce pasadas. Corrió a su habitación para empezar a vestirse, pero tenía calor, sudaba y necesitaba un baño. Antes de poder tomarlo, tuvo que fregar la bañera; aprovechando la ocasión limpió el lavabo, el váter y el botiquín. Cuando estuvo bañada, vestida y en el autobús, eran casi las cuatro de la tarde.
Sólo tuvo tiempo de devolver el vestido rojo y de comprar en unos almacenes toallas nuevas: las de Ed eran espantosas. Cuando las tiendas cerraron, estuvo un rato paseando y mirando escaparates y no volvió al apartamento hasta casi las siete. Se encontró a Ed esperándola, recién afeitado y vestido con un traje.
—¡Dios mío! —exclamó, tan sorprendida que casi no sabía qué decir.
No lo había visto con aquel aspecto desde el día en que se casó con Mathy.
—He pensado que sería mejor arreglarme un poco para no desentonar. Oye, pequeña esclava, ¿no sabes hacer otra cosa más que trabajar?
—Tiene mejor aspecto, ¿no crees? —dijo ella.
—Sí, pero debería darte una zurra. En lugar de eso te llevaré a cenar.
—Oh, no es necesario.
—Será un placer. Ponte guapa; iremos a un sitio que esté bien.
Los ojos de Leonie se iluminaron.
—Bueno…, ¡de acuerdo!
Corrió a su habitación y sacó de la maleta sus medias de seda, los zapatos de tacón alto y un vestido de gasa estampada. Se cepilló el pelo hasta verlo brillar como las cintas de satén que llevaba alrededor de la cintura y, tras un instante de vacilación, se pintó ligeramente los labios. Cuando abrió la puerta, Ed la miró y lanzó un silbido.
—¡Tía Linnie! ¿Quieres dejar chiquita a Greta Garbo?
—Oh, calla —dijo ella con una sonrisa turbada.
—Estás maravillosa.
—No es necesario que me halagues.
—Al mirarte, ¡quién pensaría que te has pasado todo el día fregando!
—No me he pasado todo el día.
—Bueno, la casa da esa impresión, pero tú no. —Se apoyó en su bastón y la tomó del brazo—. Vamos.
En el restaurante había candelabros de cristal y una alfombra dorada. Cada mesa tenía una lámpara con una pantalla de color ámbar, y una orquesta tocaba música suave.
—¡Es precioso! —exclamó Leonie.
—Te gusta, ¿eh?
—¿A ti no?
Él se encogió de hombros y sonrió.
—Es todo falso.
—¿De verdad?
Miró vivamente a su alrededor y él se echó a reír.
—No te preocupes, tía Linnie. Si te gusta, ya está bien.
Cuando quería podía ser simpático y, para su sorpresa, hasta tenía modales finos. A excepción de la grasa que había alrededor de sus uñas, nada hacía pensar que fuera un mecánico. Se comportaba como un elegante caballero, y ella no acababa de hacerse a la idea de que aquél era el mismo Ed a quien tantas veces había visto en la granja con los codos sobre la mesa. Aunque, pensándolo bien, nunca había sido lo que se puede llamar grosero. Durante toda la cena no cesó de recordarle a alguien a quien había conocido en otro sitio, pero no sabía quién era. Se lo pasaron muy bien. Lo único que le molestó fue aquel despilfarro. Tal vez el restaurante era falso, como dijo él, pero desde luego era muy caro. Sin embargo, de vez en cuando derrochar era divertido.
Cuando les trajeron la cuenta, ella abrió el billetero.
—Cada cual pagará su parte —dijo.
—Vamos, tía Linnie. —La miró como si hubiera hecho alguna travesura—. ¡No muerdas la mano que quiere alimentarte!
—Siempre pago mi parte, insisto en eso.
—Esta vez no has salido con chicas.
—¿Y qué más da? No voy a permitir que tú…
—¡Tía Linnie! Una señora no discute cuestiones de dinero en público.
—Está bien. Te pagaré en cuanto salgamos.
—Escucha —dijo él, inclinándose sobre la mesa—, yo soy el macho de la especie. Y como poseo ciertas funciones predeterminadas por la naturaleza, yo pago la cuenta. Tú eres la hembra, y por la naturaleza de su biología la hembra es receptiva. Así que, por el amor de Dios, recibe. Y no hagas que me avergüence de ti.
No supo cómo tomarse aquello. Lo siguió hasta la calle en silencio.
—Gracias —dijo al llegar al coche—. La cena me ha gustado mucho.
—Me alegro.
—Pero no puedo permitir que me vuelvas a invitar.
—¡Oh, por el amor de Dios! —Apoyó la frente en el volante—. Está bien, si vas a sentirte mejor, digamos que éstos son tus honorarios por cuidar de mi hijo. Háblame de él.
Pasearon en coche durante largo rato, hablando de Peter, de los viejos y de toda clase de cosas, incluyendo la depresión económica, la política y el plan quinquenal ruso. Ed sabía muchas fosas de ésas, aunque no entendiera de literatura. Y aunque ella no compartía todas sus opiniones, las consideraba interesantes. Al igual que su padre, Leonie sostenía que el mundo no necesitaría de muchos cuidados si la gente se comportara bien, trabajara mucho y asumiera su parte de responsabilidad. Esto la indujo a hablar de sus planes para el futuro, y Ed habló a su vez de los suyos. Lo único que esperaba en aquel momento era conservar su trabajo. Y si lo conseguía, los tiempos no empeoraban y reunía la suficiente energía, tal vez iría a una escuela nocturna para estudiar Derecho. Leonie lo consideró una idea excelente.
—Pero no sé si lo llegaré a hacer o no —dijo él—. Soy demasiado perezoso.
—¡Bah, bromeas!
—Y además interferiría en mis diversiones.
Sonrió, le guiñó un ojo y ella se echó a reír. ¿A quién le recordaba?
—¡Oh, mira! —exclamó ella de pronto—. ¡Allí hay un minigolf!
—¡No querrás pararte y jugar! —gimió él.
—¿No te gusta el minigolf?
—Nunca he tratado de averiguarlo.
—Pues deberías hacerlo; es muy divertido.
—Bueno, si quieres jugar, juguemos.
—Si no tienes ganas, no.
—Me estoy muriendo de ganas. Vamos.
Jugaron una partida. Ed hizo dos hoyos de un golpe y eso les dio dos partidas gratis. Ed estaba tan divertido y hacía tantos chistes que todo el mundo se reía.
—¡Dios mío! —dijo ella cuando llegaron a casa—. Si no te hubiera llamado, ¡estaría sola en la habitación del hotel!
—¡Qué pérdida de tiempo! —replicó él—. Una chica guapa no debería nunca estar sola.
—A veces lo prefiere.
—Sólo cuando no conoce algo mejor.
Ella iba a replicar, pero él no le dejó.
—Me alegro de que me llamaras —prosiguió—. Tu familia se ha portado muy bien conmigo, y resulta agradable hacer algo por ti a cambio.
—Pues lo has hecho, y te lo agradezco. —Le sonrió desde la puerta de su habitación—. Buenas noches.
Por la mañana, acordándose de la agradable velada del día anterior, Leonie decidió llevar a Ed de excursión aquella noche. Salió en seguida después de desayunar, fue a una tienda de comestibles y volvió a casa con un cesto lleno de comida. Fueron en coche al parque Swope y tuvieron una cena deliciosa. Después se sentaron sobre la hierba y escucharon el concierto de una banda de música.
La noche siguiente fueron al cine, y al volver a casa Leonie preparó té helado. Se sentaron y estuvieron charlando hasta las dos.
Fue al tercer día, a las cinco menos cuarto de la tarde, cuando Leonie hizo un descubrimiento. Estaba vistiéndose para salir a cenar, vigilando atentamente el reloj, cuando se vio sonriente en el espejo. Estaba pensando en Ed, en algo que había dicho la pasada noche, en alguna tontería respecto a que ella tenía buen tipo («como un buen coche… ¡estarías muy bien sin chapa y pintura!»). Y de repente supo a quién le recordaba Ed. A él mismo, al Ed de los viejos tiempos del instituto. Ed, el rompecorazones que cortejaba a todas las chicas. Dios mío, pero si eso era exactamente lo que le había hecho a ella… ¡cortejarla durante los tres últimos días! ¡Y ella que creía que estaba mostrándose simpático! En absoluto. La estaba embaucando —¡a la propia hermana de Mathy!— como a cualquier otra chica. Y como cualquier otra chica, ella le había seguido el juego. Se había tragado el anzuelo. Estaba loca por él.
Se sentó en el borde de la cama sintiendo que le flaqueaban las rodillas. De todas las cosas malas que podría haber hecho, ¡ésta era la peor de todas! La peor con mucha diferencia. Era demasiado buena para fumar, ir a cabarets o casarse con Kenny, pero ¡podía enamorarse del marido de su propia hermana! Colaba el mosquito pero se tragaba el camello. Oh, no, no podía ser. En absoluto.