Cuatro hermanas
Capítulo 2
Una primavera, poco después de la guerra, el dueño de la casa que habían alquilado en Shawano la vendió y el nuevo propietario exigió su inmediata ocupación. Sólo quedaban otras dos para alquilar en la ciudad: la de Cooper, que era demasiado pomposa y grande, y una humilde casita que no quedaría libre hasta otoño. Matthew tuvo una agradable idea. Se sentía muy cansado de tantos libros y pizarras. ¿Por qué no trasladarse a la granja durante el verano?, le dijo a su familia.
Sus dos hijas mayores tenían mil razones para no querer mudarse a la granja. Leonie, una elegante damita de dieciséis años, no soportaba tener que dejar a sus amigas y a su profesor de piano. Jessica, que tenía dieciocho y estaba a punto de graduarse, deseaba asistir a una escuela de verano en Clarkstown con su mejor amiga. Querían compartir habitación, hacer prácticas de maestras, aprender a jugar al tenis y ver películas. Su padre le dijo a Jessica que no tenía dinero para mandarla allí; la granja necesitaba vallas nuevas y había que comprar una yunta para el verano o alquilarla. Además, necesitaría su ayuda. «Mamá no es tan fuerte como antes.» (Callie no había cumplido todavía los cuarenta, y seguía resistente y flexible como una rama de nogal. Pero al ser flexible, se encorvaba con facilidad. Y cuando esto le sucedía, todos temían que no volviera a enderezarse nunca más. Desde que cumplió los treinta, sentía que la muerte la aguardaba a la vuelta de la esquina).
La verdadera razón por la que Jessica quería quedarse en la ciudad era una que no podía revelar. Había descubierto a los muchachos. Hallazgo tardío, puesto que Matthew y Callie protegían a sus hijas como los granjeros las calabazas de valor. Las niñas nunca salían con nadie. Jessica lo había intentado una vez, a modo de prueba. Un chico la acompañó a casa al salir de una fiesta en la escuela. Matthew los vio abandonar el edificio, pero, aceptando de mala gana la realidad de la vida, los dejó ir. Desgraciadamente, llegó a casa unos diez minutos antes que ellos y los esperó en la puerta. Al verlos, se puso furioso, avergonzó a Jessica y asustó al muchacho. Como el incidente se propagó en seguida, los chicos de la escuela ya no se atrevieron ni siquiera a mirar a las hijas del profesor.
Pero una noche de primavera, durante un ensayo de los mayores, un muchacho llamado Marvin, más inquieto y osado que los demás, sorprendió a Jessica en la oscuridad, junto al refrigerador del agua, y la besó. Ella estaba aterrorizada hasta que logró asegurarse de que su padre no se había enterado de nada. Entonces se enamoró desesperadamente. Lo único que podía hacer con Marvin era mirarlo, pero incluso eso resultaba un consuelo. ¡Si se iba al campo ni siquiera podría verle los domingos! Sus ruegos y los de Leonie cayeron en saco roto. Papá o las reprendía o las fastidiaba.
—¡Lo que os conviene es sembrar maíz, niñas! —les dijo una noche—. ¡Levantaros a las cuatro de la mañana y ordeñar las vacas! —Y sentó a Jessica sobre sus rodillas, aunque tenía las piernas demasiado largas para eso—. ¡Te dejaré lavar a los cerdos este verano!
—¡Oh, papá! —exclamó exasperada.
Pero se echó a reír, porque él esperaba que lo hiciera. Era una muchacha alta y delgada, y con una cara más limpia, sana y sencilla que una pastilla de jabón. El pelo, castaño claro y brillante, le caía sobre la espalda recogido con un gran lazo. Cuando se lo arreglaba como las otras chicas, mamá y papá decían que parecía demasiado mayor. A ella no le importaba. Con todo, no le gustaba peinarse de aquel modo; se sentía demasiado formal.
Matthew le acarició la cara.
—Tendrás que vigilar tu nariz este verano. Podríamos ponerte una especie de toldo para protegerla del sol.
—Pero ¡papá! ¡No es tan grande!
Jessica escondió la cara en su hombro. Su larga y fina nariz le daba un aire de belleza clásica, pero nunca se lo había dicho nadie. Sólo le tomaban el pelo, y especialmente su padre, que se creía con derecho a hacerlo porque aquella nariz era suya.
Matthew miró a su hija pequeña, sentada en el suelo.
—Mathy sí tiene muchas ganas de ir a la granja, ¿verdad, nenita?
La chiquilla alzó sus ojos negros, brillantes y solemnes.
—Me encanta la granja. Estoy impaciente por volver allí.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Matthew.
—Prensando un trébol de cuatro hojas.
—No creo que la Biblia sea el lugar más adecuado para hacerlo.
—Es el libro más grande que he encontrado.
—Usa uno de esos de pintura —dijo Callie, levantando los ojos de su labor.
—Está bien.
Mathy cogió cuidadosamente su trébol y se dirigió a la librería, en cuyo estante inferior se alineaban los doce volúmenes del Índice pictórico de mitología y literatura.
Matthew se los había comprado a un viajante que, como todos los vendedores, era medio evangelista y medio fanfarrón. Matthew no se atrevió a decirle que no. Para justificarse, se dijo a sí mismo y le dijo a Callie que los libros serían educativos para las niñas. A ellas les parecían extraños y desternillantes.
Mathy sacó el primer volumen y lo abrió por una página en la que se veía a Andrómeda, gorda y desnuda, encadenada a la roca.
—Le pondré esto encima, como si fuera una gran hoja de higuera —dijo, colocando estratégicamente la hoja en su sitio.
—¿De dónde has sacado eso de las hojas de higuera? —preguntó Callie.
—No lo sé.
Callie miró a Matthew y se encogió de hombros. Nunca sabían de dónde sacaba Mathy las cosas. Leía mucho. A veces, el mismo libro varias veces. En la biblioteca de tercer grado encontró uno titulado Los habitantes del árbol; era la historia de un niño de la época de los mamuts. Mathy lo monopolizó hasta que, por fin, el maestro habló con Matthew de la cuestión. Poco después el libro desapareció y Matthew lo encontró, un día que llovía, en una de sus botas de goma. Mathy recibió un sermón sobre el octavo mandamiento y tuvo que quedarse en casa todo el domingo por la tarde. Devolvió el libro a la mañana siguiente y pidió disculpas al profesor. Al cabo de unas semanas, el texto completo de Los habitantes del árbol apareció en las paredes de su habitación. Lo había copiado palabra por palabra en su cuaderno. Matthew le habló con severidad, pero las páginas se quedaron en la pared. Por una vez, él tuvo la sensación de haber perdido.
Mathy volvió a colocar el libro de pintura en su estante y se sentó en el regazo de Jessica, de tal modo que las dos quedaron sobre el de Matthew.
—Papá, cuando nos traslademos a la granja, ¿podré ir en el carro de las mudanzas?
Matthew se echó a reír.
—Tendremos que preguntárselo a mamá.
—Mamá, ¿podré?
Mathy se precipitó al regazo de Callie.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó Callie, cortando una hebra de hilo—. Te caerás y te romperás la crisma.
—No, no me caeré. Tendré mucho cuidado.
—No puedo dejarte que vayas de esa manera, sola con los hombres de las mudanzas.
—Bueno, pues, ¿por qué no van también Jessica y Leonie en el carro?
Leonie, que estaba estudiando una pieza nueva al piano, se volvió.
—Yo no quiero ir en el carro.
—¿Por qué no?
—Es indecoroso.
—Pues a mí me parece que sería muy divertido —dijo Jessica.
—Vamos, cariño, eres ya muy mayor para hacer estas cosas —replicó Callie.
—¿Por qué? ¿Qué hay de malo en ir en un carro?
—No es muy propio de una señorita.
Jessica se puso en pie.
—Yo no quiero ser una señorita —dijo—. Las señoritas no pueden divertirse nunca.
Leonie intervino de nuevo.
—Las señoritas no se suben a los árboles, si es eso a lo que te refieres. ¡Ni se ponen el mallo de croquet entre las piernas cuando tiran!
—Es que es más fácil así —replicó Jessica—. No consigo darle a la pelota cuando pongo el mallo de lado.
—Sí, y el otro día, por culpa de eso, te descosiste el dobladillo del vestido.
—Ya lo sé. Se lo dije a mamá.
—No entiendo por qué no puedes mantener la ropa limpia, como Leonie —dijo Callie plácidamente—. Leonie, deja ya las muecas, que estás muy fea.
Callie suspiró. A pesar de sus esfuerzos, Jessica no estaba domesticada por completo. Era una buena chica, desde luego; hacía todo lo que se le decía y no se paraba a discutir como solía hacer Leonie. Pero había algo en ella que Callie no lograba controlar. Jessica ayudaba mucho en casa, pero prefería coger patatas antes que pelarlas, y limpiar el gallinero antes que su habitación. Leonie, en cambio, estudiaba su lección de piano, terminaba su labor de bordado y mostraba cierta dignidad. En cuanto le quitabas la vista de encima, Jessica estaba leyendo un libro, o fuera en el granero, deslizándose por el heno con Mathy. Y ahora quería ir en el carro, como un muchachote.
—Bueno —dijo Leonie—, yo iré en el Ford… si es que tenemos que ir. —Y le lanzó una sombría mirada a Matthew, pero éste no se dio cuenta, porque se había puesto a corregir cuadernos—. Tú y Mathy id en el carro, si queréis.
—Yo todavía no he dicho que les diera permiso —observó Callie.
Pero cuando llegó la hora del traslado, a mediados de mayo, cedió. El hombre de las mudanzas dijo que a él no le importaba, y además era miembro de su iglesia. Se decidió, pues, que Mathy podría ir en el carro si Jessica la acompañaba.
—Ahora no os caigáis —advirtió Callie—, y que no se os suba el vestido. Os alcanzaremos en seguida. Mathy, aquí tienes tu sombrero para el sol.
—No quiero llevarlo, mamá.
—Póntelo. Estás ya tan quemada que pareces una negra.
—Bueno, está bien. —Mathy se puso el sombrero y abrazó a su madre con vehemencia—. ¡Adiós, mamá preciosa!
—Pero ¡cariño, ten cuidado! Por poco me tiras al suelo.
Jessica, de pie junto al carro, contemplaba la calle ansiosa. Estaba rezando para que apareciera Marvin con los ojos transidos de dolor y le entregara una rosa. Por esto sí sería capaz de soportar la ira paterna. Pero como no había rastro de Marvin, trepó al carro dando un suspiro. Una vez instalada sobre el taburete del piano, y Mathy en un cajón, no pudo menos que empezar a reírse, nerviosa. Y mientras el carro se alejaba, ella y Mathy chillaron y saludaron a Leonie hasta que desapareció de su vista. Leonie hizo el trayecto, como una señorita, con su madre y su padre en el Ford de segunda mano. Para la ocasión, lucía sus guantes y su segundo mejor sombrero.