Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 50 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 6

 

—Podrías haberte quedado el resto de la semana —le dijo su madre—. Nosotros nos las arreglábamos muy bien.

—Es que tengo que hacer muchas cosas antes de que empiece la escuela. Tengo que preparar mi ropa y todo.

—Creía que te ibas a comprar algunos vestidos nuevos mientras estabas allí. ¿No fuisteis Carol y tú a la ciudad?

Leonie se volvió de espaldas.

—Fuimos un par de veces, pero no vi nada que me gustara.

—Pues con tantas tiendas parece extraño.

—Era difícil escoger.

Hubo una breve pausa, y al fin su madre dijo:

—Dices que os habéis divertido, ¿verdad?

—Sí, mucho.

—¿Qué hicisteis?

—Oh, nada importante, holgazanear.

—¿No tuviste ningún pretendiente o algo así?

—Psss…

—¿Que no? —dijo Callie—. Yo creía que Carol tal vez había invitado a algunos chicos. ¿No conociste a ninguno de sus amigos?

—A unos cuantos.

—¿No te llevó nadie al cine o a algún espectáculo?

—Bueno…, una vez que fuimos a la ciudad llamé a Ed, y nos llevó al cine.

—¿Ah, sí? No sabía que le hubieras visto. No nos habías dicho nada.

—Es que no pensé en ello.

—¡Caramba!

Hubo un momento de silencio durante el cual Leonie trató desesperadamente de encontrar algo más que decir. Pero en lo único en que podía pensar era en él.

—¿Cómo estaba? —preguntó su madre.

—¿Hum? Oh…, muy bien.

—¿Cuándo va a venir?

—No sé.

Lo sabía. Iba a ir mañana por la noche. Lo había dicho. Había dicho: «Iré allí cada fin de semana. No te pondré la mano encima ni te diré una sola palabra. Pero estaré delante de ti, sólo para que recuerdes». Pensar en él la paralizaba y hacía que desconfiara del sonido de su propia voz. Entonces, para su alivio, su madre cambió de tema.

Ahora creía que él la amaba. Se lo había hecho creer él, y también le había hecho creer que la quería por sí misma, no sólo como una madre rara de Peter. Pero incluso creyéndole se sentía enojada. ¡No tenía derecho a quererlo o a hacer que ella le quisiera! Un hombre tenía deberes para con una mujer. Debía proporcionarle un hogar, seguridad y un futuro. Ed no tenía nada con lo que se pudiera contar. Lo único que podía ofrecer era un cuerpo lisiado y un niño a quien ella ya estaba cuidando. Pero lo cierto es que estaba enamorada de él, y por ello se sentía furiosa con Ed y consigo misma.

Tal como había dicho, iba cada fin de semana y no decía ni hacía nada que pudiera molestarla. Pero la perseguía con los ojos, y eso hacía que se le cayera la plata, que tropezara con las cosas y se sentara en su presencia sin hablar. Cuanto más lo veía más lo amaba y más comprendía que no debía hacerlo.

Trabajaba tenazmente tratando de olvidarle. Durante todo el día se afanaba de un lado para otro, y por la noche se metía en la cama sintiéndose demasiado cansada para dormir. Ya no había más canciones ni bromas. La época de las veladas musicales había pasado. En su desesperación, sin embargo, a veces se refugiaba en el salón y tocaba el acordeón. «Cuando sonríes, cuando sonríes, el mundo entero sonríe contigo». Con el corazón atenazado, retorcía el instrumento y concluía el canto que tanto la había traicionado. Luego, arrepentida, tocaba un himno. Pero incluso el acordeón se burlaba de ella, pues aunque pulsaba las notas, la música nunca salía bien. Bajo sus diligentes manos, ni un solo instrumento le había devuelto jamás los sonidos que tenía en su mente, los dulces y huidizos tonos que proseguían y proseguían como las voces que enloquecen a la gente. Toda su vida los había oído. ¿Qué debía hacer para poseerlos? Tenía que ser la música, ya que todo lo demás que deseaba le era negado: el amor de sus padres se lo negaba su amor por Mathy; el amor de Ed, su amor por sus padres.

Su nombre le martilleaba la cabeza como un mazo y todo su cuerpo se estremecía. Edward, Edward…, una y otra vez. Sin embargo, nadie debía oírlo, y su desilusión era enorme. Siempre había pensado que cuando estuviera enamorada lo estaría con orgullo. Su amor ondearía en el aire como una bandera, para que todos los que lo viesen lo saludaran. Pero aquello —fuera lo que fuera— no se parecía a nada de lo que ella había imaginado. Aquello era una enfermedad que no podía admitir ante nadie sin humillación, ni siquiera ante sí misma. Edward, su amor, era todo lo que ella había despreciado. Y era además el marido de su hermana. Éste era el inconveniente más cruel y, no obstante, el que parecía menos real. (Incluso Peter parecía ahora distinto…, ya no era el hijo de Mathy, sino el de Ed.) ¿Era verdaderamente un hombre diferente ahora? Maduro por la tristeza y los remordimientos, ¿había cambiado lo suficiente? ¡Quisiera Dios que esto fuese así!

Porque si había cambiado, si se había hecho más juicioso y deseaba verdaderamente obrar mejor… ¡Oh, entonces ella podría ayudarle! Poseía la fuerza y la voluntad necesarias. Podría sacar lo mejor de él, lo que Mathy nunca pudo hacer, porque ella era distinta de Mathy y él la amaba por razones diferentes. Sus pensamientos se perdieron en arabescos de imaginación. Vio la hermosa cabeza de Ed con un birrete, lo vio vestido de juez, una figura alta con una cojera enternecedora… Tendría un cuarto lleno de libros que olería a cuero y a tabaco bueno. Leerían juntos por las noches y recibirían a gente distinguida. Tendría conversaciones, música…

¡Aquello no podía ser! Él seguía siendo Ed, había matado a su hermana y sus padres jamás lo olvidarían. Que quisieran más a Mathy que a ella; que pensaran de ella lo que quisieran. Pero no podría casarse sin su bendición. ¿Y cómo podían dársela? Ayudadme, decían sus ojos. Mamá, papá, ¡ayudadme!

Su expresión no les pasaba por alto a sus padres. La veían silenciosa y acosada, con una sombra profunda en sus ojos; la veían adelgazar y ponerse melancólica, insistiendo en que no pasaba nada de nada. Y se sentían algo culpables. Empezaron a comportarse con ella con amabilidad y dulzura, como queriendo resarcirla por algo que le habían hecho. Y en su vago temor de que no la querían como deberían hacerlo, la amaron, quizá, más que una persona a quien no cuesta ningún esfuerzo amar, como quien trata con más educación a los desconocidos que a un viejo amigo.

Callie solía decirle:

—Siéntate y lee un rato, cariño. Yo envasaré estos melocotones.

O bien:

—Yo meteré a los niños en la cama. Tú vete a descansar.

Una noche se puso a palmotear y dijo:

—¿Sabes qué? ¡Esta noche pondremos velas en la mesa! Nos hemos olvidado de ellas. Tú arregla uno de tus hermosos centros de mesa.

—Estoy demasiado cansada —dijo Leonie.

—Lo sé, cariño, se te nota. Siéntate, yo haré el puré de patatas.

—No, ya lo haré yo.

Y se alejó de la inquisitiva mirada de su madre. Empezaron a notar su torpeza en presencia de Ed y sus bruscas réplicas. Una noche Ed sugirió ir en coche al pueblo, y ella le contestó con un duro: «¡No, gracias!».

—No has estado muy simpática —dijo Callie mientras lavaban los platos.

—Bueno, debería saber que estoy demasiado cansada para ir a cualquier parte después de un día como éste.

—Creo que él tiene razón…, necesitas salir más. ¿Por qué no lo haces?

—No tengo ganas.

—Creía que te gustaba el cine.

—¡Pero no las películas que dan en Renfro!

—Sí, claro. Pero aunque sean viejas, a veces resultan divertidas. ¿Por qué no vas?

—No tengo ganas, mamá.

—Bueno, ¿y por qué no?

Su madre la estaba mirando fijamente y Leonie enrojeció.

—Estoy demasiado cansada —balbució—. Esta noche no me apetece salir, tengo dolor de cabeza.

—Lo que a ti te duele es el corazón —dijo Callie suavemente.

—¡Eso no es cierto! —Leonie se volvió hacia ella airada—. ¡Si crees que haría una cosa así, es que te parezco muy mala!

—¿Una cosa como qué?

—Lo que estabas pensando. —Apartó la vista avergonzada—. Sólo porque Ed me ha invitado a salir… Bueno, ¡pues no soy tan mala ni tan estúpida!

—Pero, cariño, si yo no he dicho nada parecido. ¡No llores! Mamá no tenía intención de molestarte.

—Es que no quiero que pienses una cosa así.

Callie la rodeó con los brazos.

—¿Qué te pasa, cariño?

—¡Nada! —Leonie se soltó—. Estoy bien.

Callie continuó secando los platos y colgando las cacerolas. Al cabo de un rato, Leonie se sonó.

—Mamá —dijo—, ¿crees que yo deseaba que Mathy muriera?

—Pero, cariño, claro que no. ¿Qué te ha hecho pensar una cosa así?

—A veces yo era mala con ella… Mathy siempre se salía con la suya y las cosas le resultaban fáciles. Por eso creí que su muerte fue tal vez una especie de castigo para mí.

—No, criatura. Si de alguien fue el castigo, fue mío.

—¿Cómo podía ser tuyo?

—Oh…, yo solía mimarla más que a vosotras. Fue la pequeña durante mucho tiempo. Y eso no era justo ni para ti ni para Jessica.

—¡Oh, a Jessica nunca le importó!

—Es que Jessica la entendía mejor que el resto de nosotros. Mathy no era como los demás. Pero no te preocupes. No creo que Dios dé y quite de esa manera, sólo para castigarnos. No puedo creerlo.

—Pues yo sí —dijo Leonie.

—Bueno, vete ahora a la cama y descansa.

La observaron a lo largo de los días, vagando por la casa, febril y silenciosa. Y veían cómo Ed la observaba a su vez. Llegó agosto, las cigarras cantaban solitarias y estridentes, y el acordeón gemía en el salón hasta que su sonido se convirtió en el canto de su angustia. Ellos escuchaban en silencio, sufriendo por aquella obstinada y herida hija suya, y resistieron todo el tiempo que pudieron.

—¿Qué haremos? —dijo Callie—. Se está matando.

—Lo sé —replicó Matthew.

Estaba trabajando en el fondo del prado; hacía una zanja para recoger el agua del arroyo cuando llegaran las lluvias de agosto. Callie había bajado allí a charlar.

—Se trata de Ed —prosiguió ella—. Ahora estoy segura. Lo quiere, y me parece que él también la quiere a ella. —Hubo una larga pausa—. ¿Y a ti qué te parece?

—Creo que no importa mucho lo que me parezca —contestó él.

—¡Sí, claro que importa, papá! Esta vez sí. Leonie no obrará en contra de tu voluntad.

Él siguió trabajando sin contestar. Y al cabo de un rato Callie dijo:

—Me parece que Mathy querría que fuera así, si lo supiera. Intentó que se gustaran antes de que ella y Ed… —Su voz se quebró y se sentó sobre una roca plana a la sombra, abanicándose con el sombrero. El arroyo despedía frescor; ahora tenía poca agua, pero las lluvias lo arreglarían todo—. No puedo evitar pensar —prosiguió — que, si se llegaran a casar, ¿dónde sería enterrado Ed? ¿Junto a Mathy o junto a Leonie? Resultaría muy raro ponerle en medio de las dos.

—Bueno, no creo que tengamos que preocuparnos por eso ahora.

—No, me parece que no. Era sólo un pensamiento.

Matthew alzó una palada de tierra.

—Ed dice que va a ir a la facultad de Derecho este otoño —dijo.

—Sí, y parece que lo dice en serio. Sería un buen abogado; sabe discutir.

—Se necesita algo más que eso.

—Pero ya es algo.

—Cuesta dinero ir a la facultad —dijo Matthew—. ¿Cómo piensa que va a poder ir a la universidad y mantener a una familia, en tiempos como éstos?

—No creo que se casaran en seguida; al menos tardarían un año o algo así.

—Desde luego, deberían esperar.

—Sí, creo que deberían hacerlo. Sólo con que supieran que nosotros no nos oponemos… Ella volverá a la escuela dentro de una semana, y yo no puedo soportar verla así, queriendo y queriendo, y pensando que nosotros no queremos que se case con él. Eso no es cierto, pero no sé cómo explicárselo sin que me interprete mal, sin que piense que no le vamos a permitir tener algo que Mathy tuvo.

—Mathy iba a tenerlo tanto si nos gustaba como si no.

—Sí, pero Leonie no lo hará. Aquí está la diferencia, no se casará a menos que le digamos que puede hacerlo. Y si es esto lo que quiere…

—No saldrá bien —dijo Matthew.

—Me temo que no. Pero ¿cómo podemos saberlo? No se trata de nuestras vidas, sino de las suyas.

—Es verdad. Nunca se sabe.

—Piensa en Jessica y Creighton —musitó Callie—. Yo dije que ese matrimonio no iría bien. Pero por lo visto me equivoqué.

—Eso parece.

—Cuesta de entender por qué se casó con un hombre como él, especialmente siendo viuda. Creighton parece una buena persona pero ¡con todos esos hijos mayores! ¡Y esa vieja granja suya en la ladera de la colina! No sé cómo se gana la vida. Y mira que ella tuvo oportunidad de casarse con otros. Lo que pasa es que creo que eso es lo que quería… ¡toda una casa llena de críos ruidosos, perros y gatos! Cada vez que pienso en las visitas que les hacemos me entran ganas de reír. —Se pasó la mano por los ojos—. Bueno, creo que Jessica es feliz. Y puede que Leonie y Ed lo fuesen también. Como te he dicho, se trata de sus vidas, no de las nuestras. — Permaneció un momento en silencio—. Pero, papá —dijo entonces levantándose—, yo siempre he sido la que ha defendido a Ed, y tal vez me he equivocado. Ya no voy a hacerlo más. Esta vez se hará lo que tú digas. La decisión ha de salir de ti. Sea cual sea, yo te apoyaré.

Se volvió y empezó a subir por el sendero. Matthew siguió cavando. Su camisa estaba empapada de sudor. Al cabo de un rato fue a sentarse en la sombra y se quitó el sombrero. Tal vez aquel asunto no era tan serio como creían. Tal vez Leonie se olvidaría de él cuando regresara a la escuela. Quizá se trataba de un caso de amor pasajero. Pero mirando atrás (medio avergonzado, como si estuviera espiando), no podía recordar a Leonie enamorada. Se acordó de cuando iba al instituto, corriendo a casa por las tardes para ayudar a su madre, inclinada de noche sobre sus libros en la mesa del salón o estudiando su música, y más tarde yendo a casa desde la universidad o desde su trabajo de maestra, un fin de semana tras otro cada verano. En todo aquel tiempo no había habido ningún chico cuyo rostro pudiera recordar, ni ningún signo de que la vida de Leonie fuera algo más que el trabajo. ¿Era posible que hasta entonces nunca hubiera estado enamorada? ¡Eso era peor de lo que imaginaba! El primer amor a su edad… —¿cuántos años tenía ahora?, ¿veinticinco?, ¿veintisiete?— era un asunto grave. Los jóvenes podían salir de él indemnes, pero los adultos ¡podían quedar destrozados! Si Leonie había esperado todo aquel tiempo… Oh, y tenía la cabeza dura. «Dura como una piedra», murmuró, dando una patada a una piedra. Si se había decidido por Ed, nunca lo olvidaría, tanto si se casaba con él como si no.

Y en cuanto a Ed, ¿qué? A Matthew, ahora, gracias a sus esfuerzos, había llegado a gustarle. Pero no había pensado que pudiera suceder esto. Cogió otra piedra y la tiró lejos. ¿Y si dijera no? Tal vez sería lo mejor, pues, aunque se quisieran de veras, estaban destinados a tener problemas. Eran demasiado distintos. Él comprendía ahora la manera de ser de Ed, y con un poco de esfuerzo podía aceptarla. Pero dudaba de que Leonie pudiera hacer lo mismo. No era probable que Ed le diera las cosas a las que ella aspiraba: una hermosa casa, viajes, una vida de cultura, todo lo que supone alcanzar el éxito… Leonie necesitaba recompensas, como él. Ed y Mathy jamás las habían necesitado.

Lanzó un suspiro. ¿Cómo podía decirle eso a Leonie? Nadie puede decirle nada a nadie, ni siquiera cuánto le ama. Eso era lo más duro de todo. Y él quería a aquella criatura obstinada cuya naturaleza se parecía tanto a la suya. Quizá el único modo en que podía decírselo ahora era dándole lo que deseaba.

Se preguntó de pronto si alguna vez le había dado algo que ella deseara. Bueno, le había dado un buen hogar y una educación (aunque ella se pagaba una parte). Las niñas habían tenido siempre regalos. Pero era Callie la que se había preocupado de eso, no él. Al volver de algún viaje, ¿les había traído algún juguete, algún recuerdo? No se acordaba de ninguno. ¡Y tiempo, el precioso regalo que les había ofrecido con tanta cautela! Bajó la cabeza, avergonzado. Los pecados de omisión. Quizá las niñas habían necesitado más su tiempo que el alimento y la instrucción moral. Muñecas, bombones, chucherías…, quizá si les hubiera dado esas cosas antes… Bueno, pues ahora le daría lo que deseaba, aunque le hiciera daño, como un niño que se hubiera comido demasiados caramelos. ¡Qué lástima que no se hubiera comido ninguno! Y tal vez Leonie descubriría su propia cura. Tal vez ella fuera la única persona capaz de sacar algo de Ed. De todos modos, el Señor sabía que estaba decidida.

Contempló distraídamente la piedra que tenía en la mano. Arenisca…, probablemente arcillosa. Se mojó el dedo con la lengua, tocó la piedra y la olió. Sí, tenía aquel olor. Arcillosa. La volvió del derecho y del revés, fijándose en las partículas infinitesimales que brillaban en su áspera superficie marrón. Trocitos de mica mezclados con arena, que a su vez constaba de partículas de cuarzo; antes había sido granito, y mucho antes, magma. Todo comenzaba en fuego. Escarbó el pequeño agujero que había a un lado y sopló el polvo. Las paredes interiores estaban estratificadas, como fósiles, aunque probablemente la erosión había originado sus muescas. Las pizarras y calizas se fosilizaban mejor, siendo la propia caliza un cuerpo sólido. Pensó en los mares del Cámbrico y del Silúrico inundando su tierra y retrocediendo luego, dejando una estela de criaturas machacadas, comprimidas, convertidas en piedra. Y después de los mares, las junglas tropicales marchitándose lentamente en el fango y endureciéndose allí a lo largo de millones de años hasta que él las había llevado a casa para quemar. Bosques paleozoicos saliendo de su chimenea convertidos en humo. Tal como empezaba, concluía: en fuego. Sin embargo, no concluía del todo. La ceniza mineral yacía en su jardín, mezclándose con la tierra de nuevo, renovándose en otra forma y continuando el ciclo. Siempre había un ciclo.

Pero estaba divagando. Contempló las oleadas de calor que brillaban sobre el campo. Reinaba un profundo silencio allí abajo, tanto, que podía oír el sonido de un acordeón a lo lejos. Era un sonido angustioso, como si alguien intentara reír entre lágrimas.

Con un suspiro, dejó la piedra en el suelo, cogió la azada y se dirigió a casa.