Cuatro hermanas
Capítulo 6
Jessica odiaba las tardes de domingo. Las mañanas eran agradables. Le gustaba el bullicio del desayuno y arreglarse para ir a la iglesia. Los vestidos de domingo eran un fastidio, pero a pesar de lo incómodos que eran les sentaban muy bien. (Callie siempre se enfadaba porque Jessica se resistía a vestirse como una señorita; prefería llevar trajes holgados que no le cortaran la respiración.) Era divertido asistir a la escuela dominical con las amigas y charlar en el intermedio que precedía al oficio religioso. El pastor era un hombre mayor, seco y delgado como una página de la Biblia; hablaba bien, y sus palabras, al resonar en la iglesia, producían un sonido hermoso. El hermano Ward no gritaba ni se desgañitaba como muchos predicadores; se limitaba a inclinarse sobre la gran Biblia abierta y a hablar, y le escuchabas y te sentías mejor.
Luego, al salir de la iglesia y disfrutar del soleado mediodía, te embargaba una especie de exaltación. El cielo estaba limpio, claro y brillante; todo el mundo se mostraba cordial, ¡y había helado para comer! A Jessica le gustaban las mañanas del domingo.
Pero las tardes eran algo distinto. Era un tiempo de soledad. La granja ya no parecía un hogar. Nada resultaba familiar ni real. Te sentías sobrecogido, aturdido por el calor y la quietud; no se podía salir y nadie podía entrar. Y la soledad era tanta que describirla resultaba imposible.
Las personas a tu alrededor también cambiaban. Hacían la siesta. Se sentaban en los porches, meciéndose y abanicándose, leyendo los periódicos dominicales y contemplando el camino. De vez en cuando, pasaba una calesa o un coche levantando una nube de polvo que se quedaba en el aire durante un largo rato hasta que, por su propio peso, volvía a caer al suelo. La casa parecía embrujada, como aquel castillo que pasó cien años durmiendo. Hasta las arañas dormían en sus telas. Una tabla del techo crujía, las moscas zumbaban, una página, al volverse, silbaba en el aire. Y eso era todo, a excepción del desmayado chirrido de las cigarras en los árboles.
Los domingos por la tarde, Leonie escribía cartas a sus amigas y primos, estudiaba la lección del domingo siguiente y tocaba el piano. Lo hacía todo con gran seriedad. Pero Jessica se sentía demasiado desdichada para hacer algo que mereciera la pena.
La tarde del domingo siguiente al de la cena de helados estuvo vagando un rato por la casa y finalmente se sentó en el patio de atrás con un volumen de poesías de Longfellow. El viento gemía alrededor del granero. Pensó que se moriría de nostalgia, aunque no sabía por qué la sentía. Deseaba que llegara el lunes, el querido lunes, con las alegres idas y venidas de la gente haciendo al fin cosas.
Dentro, Leonie había empezado a tocar el piano. Practicaba escalas una y otra vez con manos torpes pero precisas. Era un sonido tan monótono como el de las cigarras. Mathy salió con un lápiz y un cuaderno, y se sentó debajo de un árbol. Se puso a dibujar una mariquita. Mientras dibujaba, cantaba.
Serpientes de dos lenguas y escamas moteadas espinosos erizos, escondeos, ocultaos; tritones, luciones, obedeced, comportaos; no rondéis cerca de la
reina de las hadas.[4]
—¿De dónde has sacado esta canción? —preguntó Jessica.
—Me la he inventado. La letra no, sólo la música.
—¿Y de dónde has sacado la letra?
—De un libro.
—¿Qué libro?
—No sé…, uno de los de la biblioteca. ¡Escucha! —exclamó Mathy levantando una mano—. ¡Oigo un avión!
Se pusieron en pie de un salto y corrieron hacia el corral escrutando el cielo. Pero no se veía nada.
—Lo que has oído probablemente son las cigarras del bosque —dijo Jessica.
Volvieron a sentarse debajo del árbol. Mathy intentó dibujar un avión y Jessica cogió de nuevo su libro. La tarde parecía interminable. Do re mi fa sol la si do, se oía en el piano…, do re mi fa sol la si do. Tom, que había estado durmiendo en el patio delantero, se dirigió al pozo.
—Sácame agua fresca —dijo Mathy.
—Trae el cubo y lo llenaré.
Mathy trajo el cubo y un cazo, y los dos bebieron. Luego ella estuvo dándole a la bomba mientras Tom se lavaba la cara bajo el caño y se alisaba el pelo con las manos mojadas.
—Espera, te ayudaré.
Le echó agua por la cabeza.
—Ahora te toca a ti, señorita quisquillosa.
Tom le salpicó la cara.
—¡Qué buena está!
—Pues toma un poco más —dijo salpicándola de nuevo.
Mathy llenó el cazo en el cubo. Tom echó a correr y ella empezó a perseguirlo. Mathy lo apuntó con el cazo, dispuesta a darle, y entonces él se escondió detrás del árbol y el agua alcanzó a Jessica. Esta dio un salto, riendo, y corrió a casa a buscar otro cazo. Entonces empezaron a perseguirse los tres por el patio, riendo, chillando y mojándose cada vez más. Al oír aquel alboroto, Leonie salió a ver qué pasaba. Recibió un chorro de agua en la cara.
—¡No hagáis eso!
—¡Lo siento! ¡Quería darle a Tom! —gritó Mathy riendo a carcajadas.
Leonie cogió el cubo y se unió a la guerra. Pegado al cuello, el pelo de las niñas chorreaba. Sus vestidos de algodón se adherían al cuerpo moldeando sus piernas y sus pequeños senos. La camisa de Tom y sus pantalones de domingo estaban empapados.
Mientras Mathy y Leonie se peleaban por la bomba del pozo, Tom saltó la valla de atrás para escaparse de Jessica. Ella cruzó como una flecha la puerta, y quedaron los dos frente a frente, junto al reguero del agua.
—¡Voy a tirarte dentro! —dijo él jadeando.
—¡No, no lo harás!
Jessica se llenó las manos de agua y se la echó a Tom, que dio un salto, le pasó a Jessica un brazo alrededor del cuello y le sujetó la cabeza contra su hombro. Con la mano que le quedaba libre cogió agua y le roció la cara. Jessica gritó y se resistió, pero él la agarraba con fuerza. El aire estaba lleno de chillidos, risas y agua. La tarde del domingo se había abierto de golpe, como una cárcel, y en el patio de atrás se había levantado un motín. En medio de todo, la voz de Matthew resonó como un latigazo.
—¡Oídme todos! ¡Ya basta!
Mathy, que perseguía a Leonie con el cubo de agua, se volvió y vio a Matthew. Y con expresión de júbilo febril le echó toda el agua por la cabeza.
Por la noche, cuando ya era oscuro, Callie subió al cuarto de las niñas. La insurrección había terminado hacía tiempo y las ropas mojadas estaban tendidas fuera para secarse. A Mathy le habían dado unos buenos azotes, y Jessica y Leonie se habían quedado castigadas en su habitación todo el día. Estaban tumbadas en la cama riendo cuando Callie apareció en el umbral de la puerta.
—Jessica, ¿quieres venir conmigo un momento, por favor?
Jessica entró en la habitación de su madre y Callie cerró la puerta.
—Siéntate, hija. Mamá quiere hablar contigo.
Jessica se sintió de pronto como si se hubiese tragado una piedra. Si había algo que la llenara de miedo y tristeza, eran las conversaciones confidenciales de Callie.
—Es sobre Tom —dijo su madre.
—¿Qué pasa con él?
—Lo de la otra noche. No quedó bien que te invitara a tomar un helado.
—¿Por qué? También invitó a Mathy.
—Ya lo sé. Pero no es lo mismo. Mathy es sólo una niña. Tú en cambio eres ya mayor, Jessica, y te tienes que andar con más cuidado con los muchachos.
—Pero ¡si era Tom!
—Ahí está, cariño. No me parece bien que te sentases en público con el muchacho que tenemos en la granja para que nos ayude.
—Pero…
—La gente puede pensar que eres su novia.
—Pero ¡mamá!
—Bueno, es así. La gente habla, por mucho que tú no tengas culpa de nada. Y no quiero que piensen que la hija del director tontea con un jornalero. A papá lo pones en un aprieto.
—Nunca se me había ocurrido pensarlo.
—Ya lo sé. Pero no quiero que él vaya a pensar lo mismo tampoco. Además, esta tarde, cuando os estabais peleando con el agua, le he visto que te pasaba el brazo por el cuello.
—¡Estábamos jugando!
—Tú estabas jugando, ya lo sé. Pero no sé yo si él hacía lo mismo. Quiero que a partir de ahora tengas mucho cuidado y no dejes que te agarre de ese modo, o que te se acerque demasiado. A los chicos se les ocurren cosas raras, y no quiero que piense nada raro de mi hija. —Jessica bajó la cabeza, agradeciendo la oscuridad de la habitación—. Tom es un buen muchacho, pero se trata sólo de un jornalero, de un vagabundo. Y mamá quiere para ti algo mejor. Algún chico de buena familia, que te cuide y te trate bien.
—Pero, mamá, ¿quién ha dicho algo respecto a…?
—Ya sé que no has pensado nada de Tom, pero quiero que te andes con cuidado. No cojas demasiada confianza con él. Cuando los chicos y las chicas intiman, pueden pasar cosas malas. Tienes que tenerlo en cuenta, ya eres tú mayorcita.
Callie se dirigió a la ventana y apartó la cortina para dejar entrar más aire. Jessica creyó que iba a vomitar.
—¿Puedo irme ahora, mamá? Hace mucho calor aquí dentro.
—Sí, puedes irte.
Jessica bajó corriendo las escaleras y salió al patio, donde estaba oscuro. Le habría gustado huir al bosque, esconderse allí y no salir nunca más. Al lado del ahumadero, arrebujada en las sombras, apoyó la cabeza sobre las rodillas y trató de llorar. Pero las lágrimas no le salían. Se sentía mortificada, aunque no sabía por qué. ¿Quién le había mandado sentarse aquella noche con un jornalero? ¿Cómo pudo ser tan estúpida? ¿Y por qué se había metido en aquella pelea de agua dejando que él la tocara? Eso era lo que no podía perdonarse. Que el jornalero le hubiera pasado el brazo por el cuello, que hubiera apoyado su cabeza contra el hombro, ¡y que a ella le hubiese gustado! Clavó las uñas en la tierra, furiosa consigo misma.
Pero, después de todo, ¿por qué no había de gustarle? ¿Por qué todo el mundo despreciaba a Tom? Era simpático. Y si había nacido en una familia humilde, ¿tenía él la culpa? De pronto, sintió tanta pena por él que al fin se echó a llorar.