Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 3 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 3

 

—¡Niñas! —La voz de papá sonó con estruendo al pie de las escaleras—. Es tarde, ¡levantaos!

—El Evangelio según san Mateo —dijo Jessica, saltando de la cama.

Corrimos al pasillo para dar los buenos días.

—Estoy cargando el coche; tengo ya el hacha y el cubo. Si vais a cortar el árbol de las abejas conmigo, ¡daos prisa!

—Nos daremos prisa.

—¡Hace una mañana preciosa! —gritó mientras se alejaba.

Corrí a la ventana y me asomé. Era la mañana más hermosa que había visto nunca, y había visto muchas bonitas en mi vida. Fui a buscar a mis hermanas. Nos vestimos, temblando en el delicioso fresco, y corrimos escaleras abajo. La cocina estaba vacía, pero el fuego crepitaba en el hogar de leña y la estancia olía a galletas recién hechas. Los rayos del sol se reflejaban en la plata y danzaban en el techo. Mamá estaba fuera, podando la enredadera. Con mano poco sentimental iba arrancando las amarillentas flores marchitas.

—Tengo que sacarlas para hacer sitio para los nuevos capullos de esta noche. Por Dios, niña, tendrías que ponerte un vestido. ¿No te da frío en las piernas con esos pantalones cortos?

—Sí —dije—. Pero me gusta.

Le puse una caléndula en el pelo y bajé por el sendero que conducía al retrete. Mientras desayunábamos, mamá sacó unas viejas cortinas de encaje para que nos las pusiéramos en la cabeza, como protección contra las abejas, según dijo. Al cabo de un rato entró Soames y nos anunció que el tejado del granero estaba cubierto.

—¡Lo has terminado! —Leonie dio un salto y lo abrazó—. ¡Eres un buen chico! ¿No te sientes orgulloso? ¿No te proporciona una sensación agradable terminar algo? La próxima vez que empieces algún trabajo, ¡debes recordar esta maravillosa satisfacción!

—No sé por qué tanto jaleo —dijo mamá—. Sabía que lo terminaría, dijo que lo haría.

—Sí, pero no siempre lo hace…

—Bueno, esta vez sí. Niñas, daros prisa ahora y lavar los platos. Soames, hijo, tráele a tu abuela la cesta de excursión. Tenemos que empezar a prepararlo todo.

—Me parece que voy a hacer unas galletas —dijo Leonie.

Mamá, Jessica, Soames y yo nos volvimos al unísono.

—¿Ahora?

—¡Un premio para Soames! —replicó Leonie.

—Pero ¡mamá! —exclamó él.

—Esas galletas de jengibre que te gustan tanto.

—¿No es un poco tarde? —preguntó mamá.

—Sólo tardaré un minuto.

Mamá la miró, y luego nos dirigió una sonrisa.

—Bueno, hazlas. Tampoco hay tanta prisa.

—¡Estupendo! Las tendré hechas en un santiamén.

Jessica me miró guiñándome un ojo.

—Empapelemos la cocina antes de irnos.

—¡Y remendemos una colcha! —repliqué.

Leonie nos miró con expresión inocente.

—Te estamos tomando el pelo, cariño. —Jessica le dio unas palmaditas—. Haz tus galletas. Te ayudaremos.

Nos lanzamos a la cocina, provistas de rodillos y bandejas de horno, y Jessica, poniéndose encima una cortina de encaje, empezó a cantar «Ahí llega la novia». Hacíamos tanto ruido que casi no nos dimos cuenta de que el perro estaba ladrando.

—¿Qué diablos le pasa? —dijo Jessica, asomándose a la ventana—. ¡Oh, mierda!

—¡Jessica! —exclamó mamá.

—¡Ahí viene el pastor!

—¡Dios nos asista, se estará toda la mañana!

—Escondámonos: creerá que nos hemos ido.

Corrimos a la habitación de delante arrastrando a mamá.

—No deberíamos hacer esto —protestó.

—¡Chist!

—No está bien.

Pero permaneció allí mientras el perro ladraba con furia y el pastor se acercaba tratando de calmarlo con voz audaz. Llamó a la puerta de atrás, esperó un momento y volvió a llamar.

—¡Hermano Soames! —gritó el pastor. Aguardó mucho rato—. ¿No hay nadie en casa?

—Tendríamos que dejarle entrar —susurró mamá. Llamó otra vez, esperó, y por fin bajó las escaleras—. Quieto —le dijo suavemente al perro.

—¡Pobrecillo! —exclamó mamá—. Es como Jesús llamando a unas puertas que nadie le abría. Voy a dejarle entrar. —Y se dirigió a la cocina—. ¡Eeeh! —gritó—. Pero ¡si es el hermano Mosely! Ya pensaba yo que había oído llamar a alguien.

—¡Buenos días! Creía que no había nadie en casa.

—Estábamos todos delante —dijo mamá. Si él creía que se refería al patio delantero no sería culpa de mamá—. ¿Quiere entrar un momento?

—O una hora o dos —susurró Jessica.

—Gracias —repuso el pastor—. Supongo que he cogido a su marido en casa.

—Sí, anda por ahí. Entre, que estará más fresco. —Nosotras nos dirigimos a la puerta principal, pero mamá nos pilló en el porche—. Oh, entrar, niñas —dijo, como si hubiésemos estado fuera todo el tiempo—. Ha venido el hermano Mosely, os acordáis de él, ¿verdad?

Entramos y le dimos la mano. El pastor, un hombre joven y flaco, orgulloso de su vocación, nos bendijo de una en una.

—Me alegro de veros. Dios os bendiga; estoy muy contento. —Hizo unos cuantos chistes sobre el encanto femenino y, con el deber cumplido, adoptó una expresión solemne—. Bueno, he venido con una dolorosa misión —dijo, haciendo una grave pausa—. Malas noticias. El hermano Corcoran se ha ido a su eterna morada.

—¡Oh! —exclamó mamá llevándose una mano a la mejilla.

—Ahora descansa en paz. Sus sufrimientos han terminado. El muchacho está en la cárcel de Clinton.

—¡Pobre chico! ¡Papá! —grité, viendo que mi padre pasaba por delante de la ventana—. El señor Corcoran ha muerto.

—¿De verdad? —papá entró con una panocha en la mano—. Buenos días, hermano Mosely.

—Dios le bendiga, hermano —repuso el pastor.

—¿Cuándo ha sido?

—Ayer por la tarde, a última hora. Yo me hallaba con él en aquel momento.

—Me alegro de que el viejo no muriera solo.

—Fui a rezar con él todos los días —dijo el pastor—. Espero haberle ayudado un poco.

—Estoy seguro de ello —replicó papá.

—El hermano Corcoran no iba mucho a la iglesia.

—Me temo que no. Tampoco sé a qué Iglesia pertenecía en realidad.

—Ya, pero merecía un funeral, como todo el mundo, y tengo intención de oficiarle uno.

—Sí, tenemos que darle un entierro cristiano. Supongo que habrá que buscar un trozo de terreno.

—No —replicó el pastor—, ya tenía uno; lo he descubierto. Cerca de Cole Camp.

—¿Tan lejos?

—Él era de allí, y allí le llevaremos. Pero he pensado que los servicios deberían ser en Renfro, para que sus amigos puedan asistir. No habrá muchos, supongo.

—No, no muchos.

—Sólo ustedes y unos cuantos vecinos. Cuento con usted para la música.

—De acuerdo, organizaré un coro. ¿Cuándo prevé celebrar el funeral?

—A eso de las tres y media —contestó el pastor.

Se produjo un silencio mortal.

—A las tres y media… —murmuró mi padre.

—El cadáver llegará en el tren de las tres.

—¿Hoy?

—No había razón para retrasarlo.

Mis padres se miraron. Se habían esforzado por defender este día. Equivocados o no, se habían resistido a los vecinos y al deber, a la amistad y a la lástima. Pero no podían hacer nada contra la muerte. Mi padre se volvió hacia el pastor.

—Allí estaré —dijo.

—Nosotras también.

—¡Estupendo! —exclamó el pastor—. Sabía que podía contar con ustedes. Ahora debo darme prisa y encontrar a alguien que me lleve el palio. ¿Rezamos una oración?

Inclinamos la cabeza y yo conté desde cien hacia atrás. «… y consérvanos a tu lado, oh Señor. Ayúdanos a caminar por el sendero de la rectitud, por amor a Aquel que dio Su vida por nosotros…» Por último, el joven pastor pronunció un solemne amén y cogió su sombrero.

—¡Qué mala sombra! —exclamó mamá mientras el pastor salía por la puerta del jardín—. ¡Hace un día tan bonito!

—Sí —suspiró papá.

—¡E ir a enterrarlo a Cole Camp! ¡Ni siquiera llegaremos a tiempo para cuando se abran las damas de noche! —Contempló pensativamente la cesta de excursión—. La verdad es que no tenemos por qué ir, no era muy amigo nuestro.

—No, pero no habrá casi nadie, descontándonos a nosotros. Me remordería la conciencia si no fuéramos.

—Supongo que a mí también —suspiró mamá—. Bueno, no merece la pena darle más vueltas. Saca el traje, papá; tendré que plancharte los pantalones. Y vosotras, niñas —nos miró con desafiante ternura—, como casi no le conocíais, seguir adelante con la excursión. No tenéis que asistir a ningún funeral el último día que paséis en casa.

—Tienes razón —dijo papá—. Las damas de noche se abrirán antes de que volvamos. Quedaos aquí y disfrutad.

Mis hermanas, Soames y yo nos miramos. Sería maravilloso pasear por el bosque y contemplar cómo se abrían veinte capullos en la enredadera.

—No —dijo Jessica—, no sería justo. Si tenéis que ir al funeral, os acompañaremos.

Nuestra excursión se fue, pues, a pique. Guardamos la cesta, nos recogimos el pelo y corrimos a plancharnos los vestidos. Leonie terminó sus galletas.

—Que vaya alguien a avisar a miss Hagar —dijo mamá—. Seguro que querrá venir, pero no sé si cabremos todos en el coche.

—Soames y yo podemos ir en el mío —dije.

Mamá echó una ojeada al deportivo rojo.

—No sé… ¿No parecerá un poco fuera de lugar en un funeral?

—¡Cógelo! —exclamó Jessica—. Animará la procesión. Procura ponerte justo detrás del féretro.

—Oh, cállate, Jessica; estoy hablando en serio. Me parece que tendrás que cogerlo, Mary Jo. Pero ¡ponte algo en la cabeza!

—¿Como qué? —pregunté.

—Un sombrero, por ejemplo. Tienes uno, ¿verdad?

—Aquí no. No me he traído ninguno.

—Ninguna de nosotras había traído uno.

—Bueno, pues no podéis ir a un funeral sin sombrero.

—Toda la gente de aquí lo hace.

—No me importa, no es bonito. Ir arriba y coger esa caja que está dentro de la cómoda. Tendréis que poneros uno de los míos.

Bajé la caja y nos probamos su contenido: sombreros de verano, de invierno, viejos, nuevos…

—Tal vez podría ponerme éste.

Leonie se miró con el ceño fruncido como si fuera la emperatriz Eugenia.

—Tendrás que quitarle la pluma —dijo Jessica—. A mí éste no me sienta mal.

—Te lo has puesto del revés —dijo mamá.

—Queda mejor así.

—Entonces, llévalo del revés. Pero daros prisa y dejar de hacer tonterías.

A las tres menos cuarto estábamos ya listas. Jessica, Leonie y yo, ataviadas con los sombreros de mamá y sintiéndonos como las Tres Gracias, nos dirigimos a los coches.

—¡Estáis de broma! —exclamó Soames.

—Casi no os había reconocido —dijo la señora Hagar.

—Estáis muy bien —observó mamá.

—Bueno, bueno, vamos —dijo mi padre—; se está haciendo tarde. Soames, tú ve detrás de mí.

No quería que Soames hiciera carreras mientras se dirigía a un funeral.

Mi sobrino me sonrió cuando me senté a su lado. Papá emprendió la marcha sosegadamente y, con tanto sosiego como pudimos, nosotros le seguimos. Subimos por la colina dejando atrás la Vieja Chimenea. Sentadas con expresión dulce y estúpida en medio del camino, unas palomas apenas si se molestaron en apartarse. Mi cochecito traqueteaba y se ahogaba, poco acostumbrado a una marcha tan lenta.

—¡Nunca más volveré a salir segundo! —se quejó Soames.

—Ajá —asentí, poniéndome cómoda.

El camino de Renfro serpenteaba por los campos de Latham; cruzaba por el medio la finca de Barrow, entre la casa y el granero; bordeaba la escuela de Bitterwater, donde había enseñado mi padre, y atravesaba un puente tendido sobre el Little Tebo, cuyas tablas crujían de un modo alarmante. Todo nos resultaba muy familiar. Durante aquellos años, lo único que había cambiado era el nombre de algún buzón de correos. Al pensar en ello, dudé de que yo, a mi vez, hubiera cambiado mucho. Lo había intentado; huí tan lejos como pude. Y, sin embargo, ahora me hallaba en el mismo camino viejo, y tener un coche propio, mi resplandeciente símbolo, no cambiaba demasiado las cosas. Aún seguía a mi padre, manteniendo el ritmo que él marcaba.

—¡Nos está siguiendo tu perro, tía Jo!

La voz de Soames me sacó de mi ensueño. Miré atrás por encima del hombro. El animal corría con las orejas derechas y la lengua fuera. Paramos y Soames le tiró una piedra. Pero podía haberse ahorrado muy bien el esfuerzo, pues el perro no le hizo ningún caso. Frenético de alegría, nos alcanzó, saltó a mi falda y me cubrió la cara de besos. Ésa era la historia de mi vida. Todos los seres perdidos, desplazados y rechazados me adoraban. No podía desprenderme de ellos.

—¿Qué hacemos? —dije, empujando el perro hacia fuera.

—Llevarlo con nosotros —contestó Soames.

Volvió a colocar el perro en mi regazo, se puso al volante y reanudamos el viaje hacia la ciudad. No aminoramos la marcha hasta que llegamos a la plaza.

—¡Cuidado, Jackson! —Soames dio un frenazo; esquivó una furgoneta, con la que no chocó por unos pocos centímetros—. Caramba, pensaba que íbamos a ser los únicos.

Contemplamos la calle. Estaba llena de coches aparcados que llegaban hasta la iglesia metodista y daban la vuelta a la plaza. Por lo visto, toda la gente del condado asistía al funeral. Habíamos olvidado que el viejo Corcoran no había fallecido de muerte natural. Lo habían asesinado, y el asesinato lo había hecho famoso. El patio de la iglesia estaba a rebosar; los niños corrían por todos lados. De no haber sido por la presencia del féretro, habría parecido una fiesta. La muerte es siempre un acontecimiento social, y ésta era una especie de jubileo.

Soames aparcó junto al coche de papá y yo procuré esconder el perro.

—¡Esto sí que es bueno! —exclamó Jessica, saltando del coche—. Podríamos habernos quedado en casa y nadie nos habría echado de menos.

—Sí —replicó mi madre—, pero la mayoría de esta gente ha venido por curiosidad. Y eso no está bien. ¿No podéis aparcar ese coche en algún sitio que no se vea, niños? ¡Cielo santo!, ¿qué hace este perro aquí?

Nos pusimos en marcha de nuevo y aparcamos detrás de la iglesia, junto al muro. Soames ató el perro en el coche con su corbata. No habíamos encontrado nada más.

La iglesia ya estaba llena cuando entramos. Mi padre subió al coro y Leonie se sentó al piano. Los demás nos colocamos en el primer banco, enfrente del ataúd. El viejo señor Corcoran yacía a un par de metros de distancia con aire severo y reprobador, y su larga nariz señalaba hacia arriba con desprecio. Eché una ojeada a mi alrededor.

—¿Dónde está Soames?

—No lo sé —contestó Jessica—. ¡Oh, está allí, en el coro!

—¿Le ha hecho ir Leonie?

—No lo creo.

—Hermanos y hermanas… —el pastor, de pie en el púlpito, contempló con solemne placer a una multitud que nunca habría soñado poder reunir ni en todos los domingos de un mes—. Hermanos y hermanas, levantaos para rezar.

Los fieles se pusieron en pie. En la fila de atrás, un niño gritó:

—¡Quiero ver al muerto!

Le hicieron callar y empezó la oración. Yo conté hacia atrás, desde cien, y cuando llegué a cero el hermano Mosely seguía invocando al Señor. Una y otra vez, su solemne voz se elevaba y volvía a descender. Cambié de posición. Las quemaduras del sol me escocían y el sombrero de mamá me rozaba una oreja. Suspiré discretamente, anhelando la dorada atmósfera del exterior. Con toda aquella gente, ¿quién nos habría echado en falta? Pero mi madre tenía razón. Aunque muchos asistían al funeral, pocos lo hacían con pena. Y eso era triste, porque allí yacía un hombre que debió de disfrutar de la vida un momento u otro y que debió de sentir el dolor y la alegría como todos nosotros. Sin embargo, nadie le echaba de menos, nadie excepto el hermano Mosely y mis padres. Lo añorarían un poco, y no porque él hubiera hecho mucho por ellos, sino porque ellos habían hecho algo por él.

—… te lo pedimos en Tu nombre, amén.

Nos sentamos, aliviados. A una señal de mi padre, el coro se levantó de nuevo, Leonie interpretó una introducción y empezaron a cantar.

 

Quédate conmigo; pronto llega el atardecer.

 

El viejo himno resonó por la iglesia, dirigidas las poco afinadas voces por la cascada y autoritaria voz de bajo de mi padre.

 

La oscuridad aumenta; Señor, quédate conmigo: Cuando me fallen otras ayudas, y carezca de consuelo…

 

Al llegar a este punto, el perro comenzó a ladrar. Abandonado en el coche, oír la música hizo que se compadeciera de sí mismo, sentimiento que expresó con un prolongado y lastimero aullido. El pastor alzó los ojos con desaliento. Por los bancos sonaron risas apagadas. A mi lado, Jessica se tapó la boca y me dio un codazo. Mamá se agitó con impaciencia y se puso en pie. Sabía de quién era el perro y no podía hacer nada por él sin que los demás se enteraran también.

Los lastimeros aullidos continuaron y, sucumbiendo ante la competencia, el coro empezó a vacilar. Uno por uno, sus integrantes fueron dejando de cantar hasta que sólo quedaron mi padre y Soames. Papá estaba lívido. Se le trababa la lengua, se olvidaba versos, volvía a empezar y por fin, sin saber qué decir, se dio por vencido. Soames siguió cantando solo.

Al principio resultaba difícil oírle, porque las risas de los presentes resonaban en la iglesia. Pero él continuaba, decidido e impasible, como uno de esos ángeles del Señor, alto y rubio, masculino e inocente; y su suave voz caía sobre la multitud como una bendición. Poco a poco la gente fue calmándose, el perro dejó de ladrar, y cuando se desvanecieron los últimos ecos del himno sólo se oían los trinos de los gorriones en el patio. Soames permaneció un momento inmóvil. Luego, volvió la cabeza y sonrió a Leonie, como si no hubiera nadie más que ella en la iglesia.

De repente, me pareció que contemplaba aquella sonrisa desde muy lejos y lo veía todo de nuevo…, la sonrisa y el día, aquel soleado, triste, divertido y maravilloso día, y todos los demás que habíamos pasado juntos. ¿Qué iba a hacer cuando esos días se terminaran? No nos quedaban muchos, pues estábamos haciéndonos mayores. ¿Y cómo aprendería a vivir sin mi familia? Yo, que los necesitaba tan poco, que podía estar lejos todo el año, ¿qué haría sin ellos?

Los miré —mi madre, la tirana de siempre, con su escoba y sus tarros de frutas; papá, al que la edad había suavizado como el musgo vuelve más suave la piedra; Leonie, corriendo por el mundo contrarreloj; la divertida Jessica con el sombrero de mamá del revés— y comprendí que los amaba más que a nada del mundo. Luego contemplé al señor Corcoran y me eché a llorar.

El servicio continuó durante más de una hora. Pero por fin concluyó. El empleado de la funeraria empujó el ataúd hasta el vestíbulo y el pobre viejo yació en la capilla ardiente, esperando la larga fila de curiosos que habían acudido atraídos por el crimen. Nosotros fuimos los últimos en salir. Desfilamos despacio y formamos un grupo indeciso mientras el empleado de la funeraria, con un conciso «¿De acuerdo?» a mi padre, cerró el féretro y despachó los restos del señor Corcoran rumbo a la eternidad.

Las gastadas piedras de la iglesia estaban ahora en sombras. Eran las cinco pasadas. Por la plaza y por las calles se oía el ruido de los motores que se ponían en marcha. Me volví hacia mi padre.

—¿Tenemos que ir al cementerio?

Vaciló. Cole Camp quedaba a muchos kilómetros.

—No puedo soportar la idea de que entierren al pobre viejo sin que esté nadie allí.

Mientras hablaba, el coche del féretro avanzó, seguido por el Ford del pastor. Otro auto se sumó al cortejo, y pronto varios más lo siguieron. Al llegar a la carretera, la procesión era muy larga.

—Bueno —dijo mi padre—, si van todos…

Mi madre le miró pensativa.

—Si crees que hemos cumplido y si nos damos prisa, todavía podríamos llegar a casa a tiempo…

No necesitamos oír más. Con nuestra solemnidad a punto de resquebrajarse, empezamos a bajar la escalera. Y, cuando llegamos a los coches, lo que hacíamos era correr. Soames y yo tomamos la salida primero, y al enfilar el camino del campo él se levantó de su asiento y lanzó un grito de comanche.

Pasamos por las colinas, por el puente, dejamos atrás Bitterwater, cruzamos la granja de Barrow, enfilamos el sendero de nuestra casa y llegamos al patio: se levantó una nube de polvo, las gallinas se pusieron a cacarear y, en aquel preciso instante, las damas de noche empezaron a florecer.

—¡Lo hemos conseguido! —gritó mamá.

Lo recordaré el resto de mi vida.