Cuatro hermanas
Jessica
1
Cuando eran pequeñas, Mathew Soames era Dios y el clima para sus hijas. Era omnipotente y estaba en todas partes: en casa, en la escuela, en la iglesia. No había lugar donde fueran en que el espíritu dominante no fuese el de su padre. Y, como la lluvia o el sol, el humor de su padre condicionaba todo lo que hacían.
Cuando estaba con más gente, se mostraba tan agradable como podía: se reía, contaba chistes y conversaba maravillosamente. Las señoras les decían a menudo: «¡Vuestro padre es un hombre estupendo!».
Pero las niñas no podían dejar de advertir que el buen humor que exhibía en público se ensombrecía en casa. Allí solía mostrarse preocupado, parco en palabras; cuando les mandaba algo o las reñía, se mostraba indiferente con ellas. Las llamaba a todas «hija», ya que este apelativo era un poco más autoritario que el nombre de cada una, que, por lo demás, quizá no fuera capaz de recordar en ese preciso instante.
—Papá es más simpático con la otra gente que con nosotras —dijo una vez Leonie.
—A veces sí, hija —le contestó su madre—. Pero es que tiene que ser así. Tu papá es un hombre importante en la comunidad. Se tiene que comportar de esta manera.
De no haberles resultado tan fastidiosa, la importancia de su padre podría haber consolado a las niñas. Pero había demasiadas cosas que no podían hacer «porque no quedaría bien». Y tampoco podían hacerlas a espaldas de su padre, pues él estaba en todas partes. Por tanto, se resignaban a la situación y obedecían a papá. El objetivo de la vida, decía él, era trabajar. «Laborare est orare», repetía con frecuencia; y trabajar significaba estudiar la lección y ayudar a mamá.
Entre lección y ayuda también pasaban muy buenos ratos. Los parientes iban a visitarlos a menudo. En la granja, podían jugar en los bosques e ir a pescar. Cuando se trasladaban a la ciudad, tenían amigas y asistían a fiestas en la escuela dominical. Carecían de juguetes de los que poder hablar, pero viviendo tanto al aire libre no los necesitaban. Jugaban con lo que tenían a mano o se fabricaban sus juguetes ellas mismas, y se divertían mucho. Aun así, muy pronto comprendieron que jugar era algo sospechoso que se les permitía sólo por condescendencia; un pasatiempo trivial que pronto dejarían atrás y que casi era un pecado. Sólo cuando se hicieron mayores descubrieron que placer no era una palabra fea. Según el diccionario personal de su padre, placer significaba paseos en coche, bailes, juegos de cartas, cigarrillos y otras cosas demasiado terribles para nombrarlas siquiera.
El esparcimiento, sin embargo, era algo honorable. Su padre hablaba de él con respeto. Era una abstracción, un complemento de la educación, algo saludable, como las cabezas de nabo hervidas. Las niñas nunca sabían a ciencia cierta cuándo disfrutaban del esparcimiento; lo que sí sabían, en cambio, era cuándo se divertían. Y lo que más las divertía era el momento en que papá, muy de tarde en tarde, levantaba la cabeza de su trabajo y se apercibía de su presencia. Entonces, sentadas alrededor de la estufa en una noche de invierno, desgranaban maíz y escuchaban las historias de su niñez. («¡Caramba, ya lo creo que trabajábamos cuando éramos chicos! ¡Papá solía despertarnos a las cuatro y media de la mañana para recoger maíz!») A veces cantaban juntos y Leonie tocaba el piano. Su padre llamaba a aquello un esparcimiento, pero ellas se divertían lo mismo.
Apreciaban aquellos ratos como si de pequeños regalos se trataran. Tal dádiva no se la merecían, pues papá no estaba obligado a hacerles favor alguno. Papá era un hombre «ocupado». Tenía cuadernos que corregir y lecciones que preparar. Debía asistir a muchas reuniones y preocuparse de mil cosas: libros, mapas, tiza, música para el coro… Debía también ensayar con el coro de la iglesia, ordeñar la vaca, cavar el jardín, poner o quitar la estufa, limpiar el gallinero o arreglar un neumático de su viejo coche. Los sábados, tanto si le gustaba como si no, tenía que ir a Clarkstown a ver al superintendente del condado o bajar a la granja para averiguar por qué los aparceros no habían pagado el alquiler.
Sus excesivas ocupaciones tenían prioridad sobre cualquier otra cosa y a menudo desbarataba otros planes, como la vez que las niñas le prepararon una sorpresa para el día de su cumpleaños. Eso fue después de que se hubieran trasladado a la ciudad y hubieran aprendido cómo se organizaban las fiestas de cumpleaños. Hicieron un pastel y mamá les dejó comprar velas e incluso adornar el comedor. Se pasaron horas pintando en secreto tiras de papel con sus lápices de colores y pegándolas para que formaran anillas entrelazadas. Aquella tarde, al salir de la escuela, corrieron a casa y las colgaron por la habitación. Sacaron el mejor mantel, pusieron la mesa y colocaron el pastel en el centro. Todo quedó muy bonito. Casi no podían esperar a que papá llegara. Hacia las cinco sonó el teléfono; los otros profesores le habían preparado una sorpresa en la escuela: una cena fría en la sala de estudio, con un gran pastel. No iría a cenar a casa.
Mamá le explicó que las niñas también le habían preparado una pequeña sorpresa. Pero, claro, papá no podía defraudar a sus compañeros. Jessica y Mathy empezaron a gritar y Leonie se puso hecha una furia. Mamá tuvo que regañarla a gritos.
—Le daremos la sorpresa mañana por la noche —dijo.
Así que retiraron el pastel y los adornos, y a la noche siguiente lo sacaron todo de nuevo. Pero no fue bien. En medio de la cena, Mathy, que tenía siete años, se echó a llorar y pegó un puñetazo al pastel de cumpleaños. Papá la reprendió por dejarse llevar por el mal genio y por querer salirse con la suya siempre. Por fin la niña se calló y todos se dispusieron a comer el pastel, pero no pudieron.
Aquella noche, mamá subió al primer piso y les dio un buen rapapolvo a todas. Se mostró comprensiva, pero les hizo ir a dar las buenas noches a papá y disculparse. Él las perdonó como perdona siempre el Padre Celestial.
En cierto modo, aprendieron a aceptarlo como acepta uno el tiempo. Aunque a veces se quejaban de él, no podían hacer nada, ni lo pretendían. Su padre era la amenaza y la autoridad, el que decía no, el severo enigma. Pero su madre les había enseñado a creer en su padre como quien enseña un credo, y su fe en él era profunda.
En cuanto a Matthew, quería a sus hijas, pero de forma abstracta, sintiendo quizá por ellas menos preocupación que por los terneros o los pollitos. Cuando tuvieron edad de ir a la escuela, procuró olvidar que eran sus hijas. Cinco días a la semana se mezclaban con los demás niños y niñas, cuya estima consideraba más importante. Para que no lo acusaran de debilidad por sus hijas, las trataba con rebuscada objetividad.
Si lo hacía era, en buena medida, por una cuestión de autodefensa; si sus hijas nunca podían escabullirse de él, tampoco podía él librarse de ellas. Durante todos sus años de enseñanza, apenas si hubo algún tiempo en que no tuviera en su clase a alguna de sus hijas. El aula lo revestía de autoridad, lo transformaba noblemente cada mañana. Pero, sin embargo, siempre había ante él una carita que le había visto pocas horas antes en pijama o saliendo del granero con la chaqueta sucia y oliendo a leche y a estiércol. Ser una figura pública y padre a la vez resultaba engorroso.
Pero éste era un impedimento secundario en su vida. Aunque suspiraba a menudo por horizontes más amplios, por viajar, por saber más y por disponer de más tiempo para alcanzar sus metas (había empezado tarde), casi siempre se sentía intensamente feliz. Le encantaba su trabajo. La escuela era su reino. Todo lo que hacía dentro de ella era para él «fuego y caballo, salud y fiesta», como decía Emerson. No se habría cambiado por nadie del mundo.
Sin embargo, «tanto la campana como el arado tienen su utilidad», y el amor que Matthew sentía por la escuela superaba por muy poco el que sentía por la granja. Había comprado una parcela cerca de Renfro: una adquisición cara, pues los impuestos eran altos y no resultaba fácil conseguir aparceros, especialmente durante la guerra, cuando casi todo el mundo se marchaba a la ciudad. Él no tenía tiempo de cuidarla; cuando no estaba enseñando, asistía a una escuela de verano. Algunos años un granjero vecino recogía el maíz e iban a medias; otros, la tierra quedaba en barbecho; todos los años, sin embargo, mi padre debía correr con los gastos de mantenimiento, como haría con una querida cara.
A veces tenía que mantener casi en secreto las cuentas que pagaba, pues aunque Callie amaba la granja tanto como él, no podía evitar inquietarse.
—Tendrías que comprarte un abrigo nuevo —le diría—. Tienes un aspecto muy zarrapastroso para ser el director de las escuelas.
O bien:
—Jessica necesita un vestido para el día de su graduación. Si la granja se queda sin una valla nueva este año, ¡que espere al siguiente!
Misteriosamente, Jessica tenía su vestido, y la granja, su valla, pero casi de milagro. Y Matthew siempre acababa trabajando como un animal.