Cuatro hermanas
Capítulo 10
Pasó junio y llegó julio. Peter, que ahora tenía casi tres años, ya no preguntaba por su madre. Leonie les había pedido que no le hablaran de ella.
—No debemos estar tristes delante de él, ni llorar. Debemos comportarnos de manera natural.
Ellos procuraban hacerlo. Pero a veces, por la noche, cuando las niñas estaban ocupadas lavando los platos, Callie lo sentaba en su regazo y murmuraba hasta que se dormía:
—Pobrecito, pobre chiquitín.
Entonces Matthew lo llevaba arriba y, si se despertaba, se sentaba a su lado en la oscuridad hasta que se dormía de nuevo. Por las mañanas, él y Peter se levantaban a la misma hora, se vestían, bajaban juntos, encendían el fuego y ponían la tetera a calentar. Luego se lavaban la cara y se peinaban, charlando seriamente sobre cerdos, vacas, flores y ángeles.
Mary Jo cumplió seis años aquel verano. Ella y Peter jugaban juntos alegremente, y Jessica los entretenía contándoles cuentos y llevándolos de paseo por el bosque. También Leonie se ocupaba a su modo del pequeño. Cuando sufría alguna crisis, grande o pequeña, fruncía las cejas pensativamente, y decía: «¿Qué haría Mathy ahora?»; y procuraba hacerlo.
Jessica regresó a su casa el primero de agosto y Leonie se fue una semana después. Matthew y Callie se quedaron solos con los niños. Pronto cerrarían la casa y se trasladarían a la ciudad para pasar el invierno.
Una fresca mañana de finales de agosto, Matthew fue a trabajar al pajar con los niños, que estaban dando alegres volteretas sobre el heno cuando Callie apareció en la puerta.
—Papá —dijo sin aliento—, ¡ha venido!
Matthew se detuvo con la horca en el aire.
—¡Quiere ver a Peter!
Matthew depositó el heno y se volvió a por más.
—Bueno, hazlo pasar.
Callie ayudó a los niños a bajar la escalera y subió de nuevo.
—¿No vienes?
Él tardó en contestar.
—Sí, ya iré.
Callie lo miró tímidamente.
—Él no quiso hacerlo, papá. Se siente muy mal.
Matthew no dijo nada, y ella se fue. Prosiguió con su trabajo, apilando heno para otra semana. Luego bajó, se lavó los brazos en el abrevadero del caballo y se encaminó lentamente hacia la parte delantera de la casa, temiendo el encuentro.
—¡Mira, abuelo, papá está cojo!
Peter corrió a su lado arrastrando un objeto rígido que arrojó a las manos de Matthew. Éste lo cogió espantado y avergonzado. Había olvidado que Ed podría tener que llevar muletas.
Ed estaba sentado en el escalón de arriba, con una rodilla doblada y la otra extendida rígidamente como un palo de madera apoyado en el porche.
—Hola, profesor —dijo con una sonrisa.
—¿Cómo estás, Ed?
—Muy bien, gracias. Perdone que no me levante.
—No te muevas.
El tono de Matthew era educado. Tenía la cortesía formal de los tratados entre naciones o de la suspensión de relaciones diplomáticas entre dos países. Ed extendió la mano.
—Me alegro de volver a verle.
Matthew se la estrechó en silencio, contemplando la otra muleta, que yacía en el porche. Él le miró.
—Me parece que tendré que utilizarlas una buena temporada.
—Espero que no sea por mucho tiempo.
—No sé. Tengo la pierna llena de clavos y tuercas. Me imagino que ahora no me servirá de nada más que para cojear del lado izquierdo.
—Lo siento de veras.
—Oh, ya me voy acostumbrando. Todavía no ando muy seguro, pero he aprendido a conducir estos trastos. Mientras pueda conducir, supongo que debo darme por satisfecho.
¡Conducir coches y jugar al baloncesto!
—Dime, Ed, ¿cuánto tiempo hace que has salido del hospital?
—Un par de semanas. He estado en Shawano, en casa de mi hermana.
—Ella fue a buscarle —intervino Callie.
Hubo una pausa. Ahora empezará, pensó Matthew.
—Me estoy impacientando —dijo Ed—. Creo que voy a ir a la ciudad dentro de
otro par de semanas. Conozco a algunos muchachos en el Richards Fields[8], y tal vez me dejarán trabajar en el hangar o algo así.
—Pero no puedes ponerte a trabajar tan pronto —dijo Callie.
—Estoy muy bien. En cuanto mi pulso se afirme, podré poner a punto los motores tan bien como cualquiera.
—Sí, claro.
—Y lo mejor será que lo intente cuanto antes. Si continúo sin hacer nada, me moriré de aburrimiento. Necesito estar ocupado. A propósito —añadió, volviéndose hacia Matthew—, tengo que pagar algunas deudas. Le estoy muy agradecido, señor, por hacerse cargo de la factura del hospital… y otros gastos.
—Bueno… —Matthew apartó la mirada, dejando la frase sin terminar.
—Le devolveré el dinero en cuanto pueda.
—No te preocupes por eso.
—Pues me preocupa. —Se detuvo y, bajando la cabeza, prosiguió casi en susurros —. Creo que no necesito decirle cuánto siento lo que sucedió. Eso ya no tiene remedio. Pero quiero hacer lo que pueda.
Matthew contempló impasible el camino, donde, al lado del buzón, estaba el coche de Ed. (El mismo auto, el mismo Ed.) Callie se sonó con disimulo. Junto a la cerca, los niños habían plantado una muleta, clavándola entre los rosales. Al cabo de unos momentos Ed empezó a hablar de otros asuntos. ¿Es esto todo?, pensó Matthew. ¿Unas cuantas palabras de remordimiento? ¿La disculpa cortés por una falta fortuita? ¿Era eso todo cuando Mathy había muerto?
—Quiero alquilar un par de habitaciones —estaba diciendo Ed—. Lil me ha prometido que se quedará conmigo hasta que me recupere y me instale.
—¡Es una buena idea! —replicó Callie.
—Eso me pareció. Le pregunté a George si era capaz de soportar durante tanto tiempo los platos que él cocinaba, y me contestó que sabía abrir latas tan bien como Lil. Mi hermana no es muy buena cocinera; no quiere tomarse la molestia. Prefiere jugar al bridge o leer revistas de cine.
Él y Callie charlaban animadamente. Los niños iban y venían; Mary Jo se sentía importante y mandaba a su sobrinito. Peter se acercó a su padre.
—Papá, ¿vas a quedarte toda la noche con nosotros?
Ed se echó a reír, acariciándole el pelo.
—No, hijo, me parece que no.
—¿Por qué?
—Papá tiene que irse.
—¿Por qué tienes que irte?
—¡Peter! —intervino Mary Jo.
—¿Por qué no puedes quedarte aquí con nosotros, papá?
—Pues porque no puedo.
—¡Peter, ven aquí!
—¿Puedo ir a casa contigo? —preguntó Peter.
—¡Ven aquí, Peter, quiero enseñarte una cosa!
Mary Jo saltaba con excitación. Peter saltó las escaleras y se alejó. Detrás de él, los mayores permanecían en un tenso silencio.
—Me gustaría llevármelo —dijo Ed humildemente—. Lo echo mucho de menos.
Por fin lo había dicho. Matthew sintió una especie de alivio. Ed alzó los ojos, mirándolos alternativamente.
—Me imagino que a ustedes les gustaría quedárselo —dijo—, y tal vez sería lo mejor. Pero preferiría tenerlo conmigo. Lo cuidaré, pueden estar seguros. Lil va a ayudarme. Y he pensado (si a ustedes les va bien), he pensado en llevármelo hoy.
Callie seguía con los ojos bajos. Matthew miraba el camino. Ninguno de los dos habló.
—¿No hay ningún inconveniente? —preguntó Ed—. ¿Cree que puedo llevármelo hoy, señora Soames?
Ella negó con la cabeza, sollozando.
—No soy yo quien tiene que decirlo, Ed.
Él se volvió hacia Matthew.
—No puedo dejar que te lo quedes —dijo Matthew.
Ed lo miró un instante sin hablar y bajó la cabeza.
—Vamos, niños —dijo Callie.
Se los llevó al patio de atrás y dejó a los dos hombres solos. Ed encendió un cigarrillo. El humo, azul y acre, iba directo hacia Matthew. La costumbre hizo que se enderezara como cuando su atenta nariz, olisqueando por la escuela, detectaba el olor de la transgresión.
—Bueno —empezó Ed—, suponía que se sentiría así.
—¿Cómo quieres que me sienta, Ed?
—No lo sé. A menos que…, bueno, creí que si sabía lo apenado que estoy…
—Eso no es suficiente —replicó Matthew.
—Lo sé. —Ed fumó un rato en silencio—. Me expresaré mejor, señor Soames. Quiero resarcirle a usted… y a él. Haré lo que pueda. ¿Me cree, señor Soames?
—No, Ed, no puedo creerte.
—Pero esta vez…
—Hace demasiado tiempo que te conozco.
Ed miró a lo lejos con una triste sonrisa y dijo:
—Supongo que sí, profesor. Pero ¡Peter es mi hijo!
—Y tú no has sido muy buen padre. ¿Le has procurado un hogar, te has ocupado de tu familia?
—Quizá no como lo habría hecho usted.
—Ni ningún hombre responsable. Siempre de un lado a otro, marchándote a California y dejando a tu familia. ¡Ella no sabía dónde estabas la mitad del tiempo!
—Lo sé…, y lo siento. Me movía tanto que…
—¡Te movías tanto! ¡Ed, tú nunca has terminado nada de lo que has empezado!
—Bueno, tal vez eso no es una falta terrible —dijo Ed—. Quizá yo soy un inquieto y no lo puedo remediar. ¡Y probablemente ella no me habría querido tanto si hubiera sido de otra manera! Ella me quería, señor Soames. ¿No cree que desearía que yo tuviera a nuestro hijo?
—¿Consideras que te lo mereces?
—Tal vez no por lo que he hecho, pero sí por lo que haré.
—En estas condiciones —dijo Matthew—, y considerando tu pasado, ¡no habría ni un solo tribunal en el país que te lo diera!
Durante unos instantes, Ed no habló. Luego dijo en voz baja:
—¿Sería capaz de llegar tan lejos?
—Si tuviera que hacerlo, sí. No creo que te sorprendiera.
—Pues se equivoca. Quiere vengarse, ¿verdad?
—Quiero lo mejor para el niño.
—Tal vez. Pero al mismo tiempo se está desquitando conmigo. ¿Tan malo soy, profesor? ¿Tantos problemas le he causado?
—Es por lo que le hiciste a ella.
—Ella me quería… ¡era feliz!
—Pero ha muerto, ¿no es cierto?
Ed apartó la mirada. Luego se volvió a Matthew suplicante.
—Es usted, señor Soames, nunca le he gustado, ni siquiera antes. Le ocasioné problemas, lo sé, pero ¿tan malo era? Nunca quise hacerle ningún daño. A mí usted me gustaba, profesor, ¡lo admiraba! —Se detuvo, y una expresión de aturdida sorpresa se dibujó en su rostro—. No será por Alice, ¿verdad?… ¡No es posible que me haya guardado rencor tanto tiempo!
Matthew notó que palidecía. Viejos temores, medio olvidados, se despertaron como culpables centinelas cuando el asedio ya había empezado y corrieron en tropel por su cabeza con gritos de alarma. Repentinamente, no sólo Alice, sino todas las muchachas, las sonrientes muchachas que habían alumbrado su antigua vanidad danzaban ante él como furias vengadoras, y, entre todas, sobresalía Charlotte. La debilidad que él creía tan escondida quedaba al descubierto. Ed la conocía.
—¿Qué quieres decir? —preguntó débilmente.
Ed se encogió de hombros, mirándolo inquisitivamente.
—Ella me lo contó. Pero no era necesario. Todo el mundo lo sabía.
—Bueno, desde luego yo… la admiraba —balbució Matthew—. Éramos buenos amigos, como estudiante y profesor. Pero si ella exageró la situación, si ella…
—¡Bah, vamos, profesor! —cortó Ed con una cansada sonrisa—. A usted siempre le han gustado las chicas.
—¡No puedes acusarme de nada! —gritó Matthew—. ¡No puedes decir nada! Sólo se trata de rumores. Mi conducta…
Las palabras se le atascaron en la garganta. Ed mostraba su extraña y calculadora sonrisa, y Matthew sintió que el edificio de su vida pública, construido con tantos esfuerzos, empezaba a tambalearse. Bastaba un rumor, el soplo de un susurro, para derrumbarlo. Y su reputación…
—He cogido una mariposa —dijo una vocecilla.
Matthew miró a su alrededor y por un instante creyó ver allí a Mathy, a Mathy a sus tres años, vivaracha y alegre, sosteniendo algo vivo en las manos.
—Abuelo… —dijo Peter tímidamente.
Matthew lo miró. ¿Qué haría Ed de él? Se volvió.
—Puedes hacer lo que quieras —dijo—. Tengo intención de quedármelo.
Se miraron directamente a los ojos y Ed fue el primero en apartarlos. En el silencio que siguió, Peter se escurrió al patio de atrás. Desde la cocina llegaba el ruido de platos y cazuelas. Por el camino pasó un carro y el granjero agitó la mano. Matthew y Ed le devolvieron el saludo.
Por fin Ed recogió la muleta.
—Bueno, será mejor que me vaya —dijo, y señaló la otra muleta plantada entre los rosales—. ¿Le importaría traérmela?
—Oh, no, claro que no.
Matthew se levantó y fue a buscarla. Cuando se la trajo, Ed se puso en pie y extendió la mano.
—Bueno, adiós.
—Adiós, Ed. Siento que tenga que ser así.
Ed se limitó a asentir.
—¿Llamo a Peter? —preguntó Matthew.
—No.
—Está bien, cuídate, Ed.
Cautelosamente, evitando las desiguales piedras clavadas al borde del sendero, Ed se dirigió a la verja. Matthew lo contempló con apenada sorpresa, contempló aquel cuerpo fuerte y joven sosteniéndose en las muletas y arrastrando la pierna inútil tras de sí. Con repentina lástima, se adelantó para abrirle la verja y, en su prisa, tropezó con Ed al pasar. Su zapato se enganchó inexplicablemente con una de las muletas, la otra dio contra una piedra en el mismo momento, y Ed perdió el equilibrio y se cayó al suelo. Matthew corrió hacia él, murmurando disculpas, para ayudarle a levantarse.
—Déjeme solo —dijo Ed quedamente.
—Agárrate, ¡déjame que te levante!
—No quiero ninguna ayuda. —Ed yacía con los ojos cerrados—. Déjeme solo. Por favor.
Matthew retrocedió, avergonzado al contemplar cómo Ed se incorporaba sobre una rodilla y se arrastraba como un animal con una pata herida. Era un espectáculo grotesco y doloroso. Cogiendo el pilar de la verja con ambas manos, Ed se puso en pie tambaleándose con el precario triunfo. Había una especie de altivez en su rostro que al instante se transformó en rabia. Las muletas yacían en el suelo fuera de su alcance.
Rápidamente, sin una palabra, Matthew las cogió. Ed las tomó en silencio. Estaba llorando.
—Ed… —murmuró Matthew.
Ed se volvió y se dirigió cojeando hacia el coche. Ninguno de los dos dijo nada más.