Cuatro hermanas
Matthew
1
Era el viernes antes de Pascua. Soplaba un frío viento del norte y Matthew se preguntaba por qué a aquel día se le llamaba «santo». Su hija pequeña se reunió con él para charlar de milagros.
—Sospecho que metió algo dentro —dijo Mathy—. No convirtió el agua en vino, echó algo en la tinaja mientras lo servía.
Se refería al milagro que habían representado la noche anterior en la iglesia baptista durante la semana de Resurrección. Matthew y su familia eran metodistas, pero en Shawano las ramas de las distintas confesiones, aunque claramente delimitadas, se mezclaban a menudo. Durante la semana anterior, metodistas, baptistas y campbelitas (todos menos los baptistas primitivos y los dunkards), se habían reunido para escuchar la arenga de un predicador que pretendía salvar a las almas perdidas. Y para conseguirlo había recurrido a más trucos de los que Matthew consideraba necesarios.
—Dijo que el Señor le había dado el poder para hacerlo —prosiguió Mathy—. ¿Tú lo crees, papá?
—Bueno…
No se decidía a decir que aquel hombre era un charlatán. No quería sembrar dudas en una niña…
—Los demás se lo han creído.
Por desgracia, estaba en lo cierto. El predicador no era ni un san Pablo ni un mago muy ducho, pero consiguió fascinar tanto a la congregación que todos se tragaron sus milagros como si fueran vino de misa. Matthew deploró interiormente sus métodos y deseó que suavizara su relato de la Pascua para que no pareciera un linchamiento. Aunque sí que lo fuera. Pintar las agonías de la Cruz más vívidamente que el gozo de la Resurrección era una lástima. ¡Aquello era típico de los católicos! Pero luego se decía a sí mismo que la pasión romana por lo dramático no los había abandonado, a pesar de Calvino y de Wesley.
—Yo no me lo creí —dijo Mathy.
El viento llegaba directamente desde el casquete polar. Aquel año la Pascua había caído temprano. A Matthew le dolían los huesos de frío. Estaba harto y cansado del trabajo del invierno y la excitación de la primavera todavía no lo había atrapado. Reuniones de curso, competiciones, comedias, exámenes…
Mathy empezó a cantar:
Cuando el viento sopla con toda su fuerza,
y la tos ahoga el sermón del párroco,
y los pájaros se sientan a criar en la nieve,
y la nariz de Marión se pone roja…
—¿De dónde has sacado eso? —inquirió Matthew.
—Es Shakespeare.
—Ya lo sé. ¿Está en las lecturas obligatorias?
—No. Lo he leído por gusto.
—Sería mejor que no perdieras el tiempo. ¿Has terminado tu redacción para la
WCTU?[5]
—¡Oh, papá! ¿Tengo que escribirla?
—¿Qué te hace pensar que podrías librarte?
—Porque lo odio, por eso.
—Pero no es excusa. Tienes que aprender que no siempre podemos hacer sólo lo que nos gusta.
—¡Ja…! ¿Por qué no podemos? —Se levantó de un brinco y abrió los brazos—. ¡El vieeeennnnto! —gritó—. ¡Me gusta el viento! ¡Voy a volaaar!
Dio un salto agitando los brazos con el abrigo abierto y se cayó de bruces en el suelo.
—¡Por el amor de Dios, niña, levántate!
Matthew la cogió por un brazo y el viento se le llevó el sombrero. Mathy corrió a alcanzarlo y lo recuperó. Al detenerse, las faldas se le levantaron hasta la cabeza y dejaron a la vista los bombachos de satén negro y un retazo de su ropa interior. Matthew hizo un gesto de disgusto.
—Lo tengo, papá. ¡Tengo tu sombrero!
—Gracias. Pero bájate las faldas, por favor.
Algunas niñas de doce años eran ya unas señoritas, pero no aquel torbellino de hija suya. Hasta le gustaba saltar a la pértiga. ¡Igual que un chico! Subieron por la ladera en silencio.
La escuela pública de Shawano estaba en un extremo de la ciudad. Junto al camino había un prado; detrás de él, otro; más allá, el campo abierto. La escuela era un alto edificio de ladrillo, la estructura más anodina jamás erigida en nombre de la educación. Roja y desgarbada como un muchacho de granja, se alzaba sobre un terreno de cuatro hectáreas enfrentándose a los elementos. Ningún árbol, valla o promontorio de tierra la protegía del tiempo. El sol la quemaba y el viento soplaba entre los arbolitos que Matthew plantaba cada Día del Árbol con ceremonia y esperanza.
Dentro, unas recrujientes escaleras de madera conducían al sótano y otras al segundo piso, donde estaban las clases de la escuela primaria, y al tercero, un gran espacio abierto con una plataforma al fondo y que correspondía al instituto.
Matthew gobernaba aquel pequeño reino desde su oficina de director en el segundo piso, una pequeña estancia enclavada al final del largo vestíbulo central. Con la puerta abierta podía ver todas las idas y venidas. La ventana, orientada hacia el oeste, daba al patio trasero de la escuela. Fuera, muy a mano, estaba colgada la gran campana en una especie de torre de madera por la que los niños trepaban siempre. De hecho, subir por una fuerte cuerda atada a la torre formaba parte de su programa atlético. No había recreo en que Matthew no debiera enfrentarse con una cara sudorosa y roja, y gritos de triunfo en la ventana.
En el centro del despacho había una mesa, y en uno de los rincones, un escritorio. Tres o cuatro sillas plegables, un balancín, un archivo y una librería completaban el mobiliario. El teléfono estaba colgado en la pared. El diploma de Matthew, enmarcado en dorado, daba un sello de autoridad a la habitación, y George Washington visto por Stuart lo contemplaba todo con desdén. En aquella estancia Matthew examinaba el presupuesto y funcionamiento de la escuela, reunía a los profesores, administraba disciplina, firmaba papeles y se devanaba los sesos.
Esa mañana, después de colgar el abrigo, se quedó un rato mirando el paisaje, en el que todavía no se apreciaba la primavera. El patio de la escuela terminaba en una cerca que señalaba el principio del prado de los Seabert. Más allá, quizá a un kilómetro de distancia, nacían unos bosquecillos. Un grupo de arces, robles y zumaques crecían junto a una colina coronada por el cementerio de la ciudad. Matthew contemplaba a menudo aquella vista. Desde su diminuta oficina, seguro en la matriz de sonidos familiares, Matthew podía reflexionar con alivio acerca de los
placeres de una muerte tranquila. Eran «razones viejas, tristes, distantes»[6], que llenaban su alma de deliciosa melancolía. Se entretuvo unos minutos. Luego, su mirada, apartándose de la colina, tropezó con los dos lavabos que había en el patio. El romanticismo se evaporó al recordar que debía sacar dinero del presupuesto escolar para instalar unas cañerías decentes. Dando un suspiro se volvió y empezó su trabajo cotidiano.
Los profesores entraban y salían con sus problemas. Le llevaron a dos muchachos para que los castigara; uno había pegado al otro con un huevo de Pascua y se habían peleado en el patio. Durante el período de calma que siguió a la campana de las nueve, Matthew se encerró en su despacho y consiguió trabajar un poco. Acababa de levantarse para ir a dar su clase de segunda hora cuando llegó la señora Delmore Jewel. Abrió la puerta en el momento en que aquella majestuosa dama iba a hacerlo también, y casi chocaron.
—Profesor Soames —dijo, luego hizo una breve pausa—, ¿podría tener una pequeña charla con usted? Es acerca de Delmora.
Siempre lo mismo. Aquella vez el papel de Delmora en la comedia que representaba su clase era demasiado insignificante para complacer a su madre.
—La llevamos a Clarkstown todos los sábados para que tome lecciones de dicción. Yo creía que una niña tan preparada como ella…
Matthew llegó tarde a su clase. Estaba acostumbrado a las quejas de la señora Jewel; la despreciaba y por una cuestión de principios no podía ceder a sus constantes peticiones, pero formaba parte del público y no quería disgustarla. Eso lo ponía nervioso.
Cuando bajó del aula se encontró con que en su despacho le esperaba otra visita. Se trataba de un tal Garney Robles, carpintero local y empapelador. También era, por razones que Matthew no lograba comprender, miembro del consejo de la escuela. Garney, repantingado en una silla, no se molestó en levantarse.
—¿Cómo está usted, profesor? Pasaba por aquí y se me ha ocurrido entrar un momento. Podríamos tener una pequeña charla, si no está muy ocupado.
—Siempre estamos ocupados por aquí —dijo Matthew con una sonrisa forzada.
—Quería volver a hablar con usted sobre esa profesora de latín.
—¿Sí?
Matthew enarcó ligeramente las cejas. Garney estaba pesado con el asunto desde la primavera pasada, cuando Matthew se empeñó en incluir el latín entre las asignaturas y en contratar a otra profesora. (Había hecho también comentarios vulgares del estilo: «¡El director y la nueva maestra se dicen cositas dulces en una lengua extranjera!»).
—Bueno, creo que sería mejor discutirlo en una reunión…
—No seguirá usted queriendo conservar el curso de latín, ¿verdad, profesor? — dijo Garney—. Tengo entendido que no hay más de media docena de niños que acuden a él.
—Son doce —contestó Matthew.
—Seis…, doce…, ¿qué diferencia hay, siendo la clase de setenta? Nos cuesta demasiado dinero una profesora sólo por tan pocos.
—También enseña inglés —dijo Matthew.
—Sí, pero lo podría hacer otra persona. ¿No sería mucho mejor emplear ese dinero en un buen entrenador de baloncesto?
—Me parece que el estudio de los clásicos es mucho más importante que…
—¡Diablos, profesor! Necesitamos a alguien que nos dé más prestigio en el condado.
—Somos los primeros del condado, desde el punto de vista académico.
—Bueno, yo no entiendo nada de puntos de vista académicos. Pero sé que en baloncesto no tenemos reputación. No hemos ganado un solo torneo desde hace tres o cuatro años. Y tenemos buenos jugadores en nuestro equipo…, por ejemplo, Ed Inwood, ¡cómo salta ese chico! Pero no saben cómo ganar.
—Es el deporte lo que cuenta —dijo Matthew—, jugar limpio. No es necesario ganar siempre.
—¿Dónde está su espíritu deportivo, profesor? La comunidad quiere un equipo que gane. Ya sé que usted entrena a los muchachos lo mejor que puede, pero ¡cuernos!, ya tiene bastante que hacer para perder el tiempo en el patio. Si no le importa que lo diga, profesor, necesitamos a un hombre más joven. Y con eso no tengo intención de insultarle. Necesitamos a un muchacho que les enseñe a luchar.
Matthew se sintió agradecido por el golpe que sonó en la puerta en aquel momento. Entró el bedel.
—Profesor, me parece que he cogido la gripe. ¿Puedo irme a casa?
—Desde luego, váyase en seguida —contestó Matthew—. Métase en la cama y cuídese. Yo me ocuparé de la caldera.
El bedel salió después de darle las gracias. Matthew consultó su reloj.
—Tendrá usted que excusarme, Garney. Tengo una clase dentro de pocos minutos. Podemos discutir este asunto en la próxima reunión del consejo.
—Sí, claro —dijo Garney, levantándose—. Pero pensé que podíamos ahorrar tiempo si usted y yo llegábamos a una especie de acuerdo.
¡Qué falta de educación!, pensó Matthew, viendo cómo Garney se marchaba. El consejo de la escuela no era el Congreso Continental, precisamente, pero la mayoría de los hombres que lo formaban eran decentes, eficientes y procuraban actuar bien. ¿Cómo era posible que hubiera salido elegido un tipo como Garney Robles? Con intimidaciones, sin duda…, como intimidaría ahora a los demás respecto a la cuestión del entrenador. Sic transit el curso de latín, pensó tristemente. Se sentía orgulloso de aquel curso; le daba cierto lustre a la escuela. A él mismo le habría gustado asistir a la clase y estudiar con los alumnos. Había aprendido muy poco latín en la universidad, y para las lenguas tenía muy buen oído. Pero ¡cómo reverenciaba a los clásicos! Había labrado sus campos recordando frases de las Geórgicas. La pérdida del curso de latín sería como una pérdida personal.
Y además, ¡también perdería su equipo de baloncesto! Disfrutaba encestando y se sentía orgulloso de su agilidad. Todavía era capaz de pasear la pelota por todo el patio con la ligereza de muchachos que no tenían ni la mitad de su edad. Pero, como Garney había señalado rudamente, estaba envejeciendo. Subió cansinamente la escalera hacia la clase.