Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 24 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 8

 

Otra noche, hacía muchos años, Matthew se había sentado a solas en otro cementerio. Joven y apurado, se había detenido en el cementerio de Millroad un atardecer de finales de octubre. El sol se ocultaba, rojo y sangrante sobre el horizonte. Contempló cómo la luz desaparecía del cielo y la oscuridad envolvía Misuri, ocultando todo lo que sus ojos podían ver desde aquella elevada ladera: los campos de Carpenter, el bosque de Clarence Oechen y los pedregosos pastos de la granja de su padre. La tierra retrocedía ante el crepúsculo creciente. Matthew apoyó la espalda en la lápida mortuoria y, mirando el paisaje, trató de sentir la rotación de la Tierra. Empezó a pensar sin dejar que se le escapara la conciencia del momento presente, agarrándola como uno agarraría una calabaza con las manos, y trató de grabar en su memoria su forma, su olor y su color. Sus sentidos se expandieron para abarcarlo todo: aquel instante de octubre hacia finales de siglo en aquella colina de América que reposaba sobre un globo que daba vueltas y que, en aquel mismo momento, lo llevaba en su viaje alrededor del Sol. Se adelantó al tiempo y miró atrás para evaluar el significado del ahora. Giraba, volvía a girar, avanzaba y retrocedía tratando de comprender el tiempo, el mundo y el lugar que en él ocupaba.

Bajo sus pies yacían los huesos de sus antepasados. En otras tierras, en tumbas más antiguas, descansaban otros hombres. Se preguntó qué clase de personas habían sido. ¿De quién había recibido sangre por conducto de su familia? Cavilando en el aire frío de la noche, Matthew se dijo: «¿Quién soy yo?».

Y se preguntó por milésima vez por qué él era él y no su hermano Aaron, o una chica, o cualquiera de los que yacían bajo la tierra de su alrededor. Podría haber sido un indio precolombino o uno de los Hijos de Israel. Sin embargo, estaba en la América de 1896, sentado detrás de la tumba de su abuelo, con la humedad de la noche empapándole los pantalones de lana y con ganas de sonarse la nariz. ¿Y cómo podía saber él si aquello sucedía por causa de algún plan premeditado o por una confusa disposición de vidas en el tiempo y en el espacio?

No se sentía feliz con su realidad. No deseaba ser quien era, un muchacho tímido de dieciocho años, ni estar allí a solas en la oscuridad en lugar de asistir a la lección de caligrafía de la escuela que quedaba al final de la carretera.

Durante las tres últimas semanas, el señor Kolb de Sedalia había dado clases del método Palmer. Cinco noches a la semana, los vecinos, cada uno con una lámpara de carburo, tinta y pluma, se reunían en la escuela Thorn para mejorar su escritura. En las pequeñas sillas de aquella clase abarrotada llenaban página tras página de trazos cuidadísimos: bucles ascendentes, bucles descendentes, curvas a derecha e izquierda. Como era la última clase, aquella noche habría un concurso, y el que escribiera mejor ganaría un dólar de plata.

Matthew deseaba ese premio. Lo ansiaba tanto que le parecía el símbolo de su futuro. No era el dólar lo que importaba (aunque soñaba con comprarse un bombín); lo verdaderamente importante era el valor que la victoria le daría. Si ganaba, estaba decidido a ir a la escuela. Marcharía a Sedalia con el señor Kolb, si éste lo aceptaba, y buscaría algún trabajo. Asistiría al instituto y conseguiría un certificado para poder enseñar.

Aquella decisión le asustaba, pues había salido del distrito muy pocas veces, y sólo hasta el condado más próximo. No tenía dinero y tampoco idea de cómo comportarse en un ambiente que no fuese el suyo. El resto del mundo lo desconcertaba. Leía todo lo que podía, pero no era suficiente. Los libros de la escuela Thorn, a la que había asistido durante doce años, eran siempre los mismos. Y aunque pedía prestados algunos, la mayoría de sus vecinos no poseían más que la Biblia. Uno de ellos, sin embargo, le dejó un tratado sobre la Tierra. Con excitación casi dolorosa, Matthew había leído sobre glaciares, mares interiores, siglos de lluvia ininterrumpida… Pensaba en ello constantemente. Aquella información no era exactamente compatible con la del Génesis, y empezó a leer la Biblia con espíritu crítico, con el ojo atento a las pistas que pudiera encontrar. Pero todo lo que aprendía no hacía sino confundirle más.

De aquellos libros, y de buhoneros, predicadores y profesores itinerantes, se había formado la idea de que existían otras maneras de vivir. Sabía que había algo más de lo que veía en casa de su padre (una casa de ladrillos llena de hermanos mayores y hermanas pequeñas; una casa cristiana con gracia de Dios, pero sin gracias de ningún otro tipo, con poco afecto y poco tiempo para nada que no fuese el duro trabajo). Y como Matthew era el único que tenía esta perturbadora sospecha, los demás empezaron a recelar de él. Mucho en su contra no podían encontrar, para ser sinceros. Pero él deseaba algo más que ellos, y aquello bastaba para prevenirlos. Como un pájaro de mal agüero, él hacía que se sintieran incómodos; por eso, ahuyentando su maleficio con sus alegres burlas, trataban de destruirlo día a día haciéndole sentirse culpable por aspirar a más de lo que la Divina Providencia le había otorgado. De mil maneras le daban a entender que era un bicho raro, un desagradecido, y él los creía.

Le bastaba con echar un vistazo a su alrededor para comprender que podía hacer las cosas tan bien como sus hermanos. Y también podía hacer más cosas que ellos. Era capaz de arar más tierra en un día, de enganchar una yunta más deprisa y de recoger más maíz que un hombre más fuerte que él. También sabía leer, escribir y hacer quebrados. Y entendía algo de música. Ninguno de los maestros que llegaban al lugar dispuestos a reclutar alumnos para una escuela de canto se había ido sin el dólar de Matthew para la matrícula. Y ese dólar se lo había ganado él mismo.

Sin embargo, ninguna de estas cosas le otorgaba seguridad en sí mismo. Sólo aumentaban su egotismo, que no es tanto la convicción de lo que vale uno mismo como el deseo de dicha convicción. Entre los demás no se sentía a sus anchas; los temía, y el miedo lo mortificaba. Y no le gustaba su propio aspecto. Había crecido demasiado de repente para acostumbrarse a sí mismo. Un día descubrió que era un joven de casi un metro ochenta de altura, rubio, con una nariz grande y delgada, y enormes huesos que le sobresalían por debajo de la piel como patatas en un saco. Sus extremidades eran demasiado largas. Sus ojos castaños, sin embargo, mostraban inteligencia, y su cara poseía una expresión viva e inquieta que suavizaba sus facciones, prestándoles armonía y gracia. Pero eso Matthew no podía saberlo. Sus hermanos mayores eran robustos y anchos de espaldas como su padre, y él no se les parecía, lo cual era bastante denigrante. Su apariencia, pues, no le proporcionaba ningún consuelo.

Además, le habían enseñado a ser humilde. En el rígido molde de su educación, el amor propio equivalía a la vanidad. «Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.» Esta máxima, sin embargo, no había reprimido su natural orgullo. Y por ello llegó a sentirse más humillado que humilde.

Se cerraba en sí mismo refugiándose en las cosas de la naturaleza, que amaba tanto por lo que eran como por la protección que le otorgaban. Conocía todos los bosques y arroyos del campo. Sabía dónde encontrar las primeras fresas salvajes, las avellanas más grandes y los peces más sabrosos. Podía permanecer quieto durante horas hasta que las palomas del bosque se congregaran en el ramaje de su alrededor dejando caer sus sílabas por entre las hojas, como si se tratara de frutas maduras.

No obstante, la protección no era lo único que deseaba. Su naturaleza pedía a gritos no estar solo, sino cantar, reír y besar a las chicas guapas. Tenía derecho a tales placeres. Su razón se lo decía. Pero no se atrevía ni siquiera a imaginarlos, a menos que pudiera presentar a los demás alguna prueba de su valía, algo tangible…, por ejemplo, un dólar de plata. Por eso tenía que ganar el concurso de caligrafía. Si quería ir a la escuela, debía demostrar que se lo merecía.

Todo el mundo decía que él ganaría aquella noche. Pero también lo habían dicho el año anterior, y cuando llegó la noche del concurso el corazón le latía vertiginosamente, la mano le temblaba y, al copiar el proverbio de la pizarra, se dejó una palabra. Y tan deseoso de ganar como estaba, perdió ante Ben Carpenter, a quien la victoria no le importaba mucho. Este año, se decía Matthew, las cosas serían distintas. Pero al llegar el día, su confianza había desaparecido antes de ponerse el sol, como el pan de un chiquillo que se escapa de casa.

Aquel día todo le había salido mal. Cuando su padre los despertó antes del amanecer, Matthew volvió a dormirse y los demás se comieron todo el desayuno. Su padre dijo que era justo, y tuvo que conformarse con un puñado de caquis. Luego, las mulas se obstinaron en no querer ir al campo y hubo de batallar con ellas toda la mañana. El arnés se rompió dos veces. Al mediodía, enfadado y hambriento, perdió la poca paciencia que le quedaba cuando descubrió que su hermana Bertie le había escondido la pluma y el tintero. Se los entregó por fin obedeciendo el mandato de su madre, pero antes de que Matthew pudiera cogerlos Aaron se le adelantó.

—Déjalo —dijo Matthew—. Estropearás la punta de la pluma.

—¡Qué va! Voy a demostrarte cómo se escribe bien. —Aaron se sentó a la mesa de la cocina, apartó un plato y escribió su nombre en una hoja de papel—. Aquí lo tienes; no te consideres tan inteligente. Yo sé escribir mejor que tú, ¡y no necesito ir a ninguna escuela para aprender!

Tenía razón. Aaron apenas sabía escribir más que su nombre, pero poseía un don natural para la pluma y las letras le salían claras y fluidas. Le resultaba tan fácil como derramar tinta. Escribía incluso mejor que Ben Carpenter.

Aaron sacó el pecho y se lo rascó.

—A lo mejor me doy una vuelta esta noche por la escuela y me gano el dólar.

—No puedes —dijo Matthew—. No estás en la clase.

—¡Y no te alegras tú poco! —exclamó Aaron dándole un amistoso empujón—. Si yo no estoy allí, ¡tal vez puedas ganar tú! ¿Qué te pasó la última vez?

—Se asustó —dijo Bertie.

—No es verdad.

—Sí que lo es. Y me apuesto algo a que te volverá a pasar otra vez y dejarás que Ben Carpenter te vuelva a ganar.

—¡Apuesto un dólar a que no!

—No tienes ninguno.

—Lo tendré cuando gane.

Bertie le dirigió una mirada astuta.

—¿Vas a apostarte conmigo el dólar que ganes?

Su padre acercó su silla a la mesa.

—No quiero oír estas conversaciones en casa —dijo—. No toleraré que habléis de apuestas.

—Sólo estaba bromeando, papá.

—«Apartaos de toda apariencia de mal» —citó, e inclinó la cabeza para hacer un largo recuento de las tentaciones de las que el Señor, con su misericordia, debía librarlos.

Matthew regresó a su trabajo con sensación de cansancio e inutilidad. La aparición de Phoebe Oechen lo alivió muy poco. La chica había bajado al campo atravesando los bosques vecinos de su padre para desearle buena suerte; al menos, eso fue lo que le dijo mientras asomaba su carita de ternera por entre la maleza y se quedaba parada sonriéndole. Siempre podía contar con Phoebe. La soportaba porque ella le tenía afecto, pero en secreto la despreciaba bastante. Su opinión no le merecía ningún respeto. Como él no se gustaba, el hecho de que ella lo admirara era un punto en contra de la chica. A ninguna de las chicas guapas se la podía culpar de tal aberración. Las guapas —jovencitas alegres y menudas, como las hermanas Graneourt, que eran todas risas y mieles— estaban tan fuera de su alcance que apenas se atrevía a pensar en ellas. Les tenía miedo y se sentía intimidado en su presencia. Pero como necesitaba una muchacha tuvo que recurrir a Phoebe, a quien no temía porque no era ni hermosa ni inteligente. Parecía una robusta cariátide bajo un entablamiento de pelo pardo-rojizo, y era muy dada a tropezarse con cosas tales como estufas calientes y pollitos. A Matthew le hubiera gustado que mirara por dónde iba y que no mostrara tanto las encías cuando reía. En público se avergonzaba de la sensación que el cuerpo grande y firme de ella le transmitía en privado. Pero esa sensación no era algo que se preocupara de controlar, y le producía satisfacción gustar a alguien, aunque fuese a ella.

Aquel día, sin embargo, Phoebe le parecía la culminación de todas sus desilusiones. Deseaba que se fuera, pero ella seguía allí, en la linde del bosque, rolliza como una vaca; una especie de desesperación se apoderó de él. Necesitaba urgentemente probarse a sí mismo en algo. Y allí estaba Phoebe, esperando. Saltó del carro y se dirigió hacia ella.

—Estoy segura de que esta noche ganarás —dijo Phoebe.

Matthew puso las manos en los brazos de la muchacha y una sensación como de melaza caliente le recorrió el cuerpo. La había tocado otras veces y había puesto las manos en sitios donde no deberían haber estado, pero no en aquellas circunstancias, a solas en el bosque, con el sol medio oculto y los árboles en sombras. La estrechó contra sí.

—No deberías hacer eso —dijo ella.

—¿Por qué no?

Se adentró en la espesura, llevándola consigo.

—Será mejor que me vaya. Alguien podría vernos.

«Si eso es lo único que te preocupa…», pensó Matthew. La guió hasta un claro entre los robles. El corazón le latía con tanta fuerza que pensó que iba a estallar. Ahora que había llegado el momento, se sentía terriblemente asustado y no sabía cómo empezar. Phoebe, entonces, se subió sobre un tronco, se enganchó un pie y cayó al suelo. Inmediatamente él se tiró sobre ella, y rodaron un poco antes de descubrir que ella no se resistía. La agarraba con toda su fuerza, que era considerable. Cuando por fin dejó de forcejear, Phoebe estaba encima de él como un saco de grano.

—Me estás asfixiando —dijo.

Ella se echó a reír y se apartó.

—¡Matthew Soames! —dijo alegremente—. ¡Eres de lo que no hay!

Él se volvió extendiendo hacia ella sus grandes manos huesudas, y se inició entonces un intervalo de caricias y empujones mientras las hojas secas crujían debajo de ellos. Phoebe no paraba de reír. Quería jugar, pero no deseaba llegar al fondo del asunto. Y cuanto más se le resistía ella —perezosamente, más hábilmente que él—, más decidido se sentía él a hacerlo todo y terminar de una vez. Un hombre tiene que empezar en alguna parte. Insistente, se colocaba encima de Phoebe, y con la misma insistencia ella lo apartaba. En el frenesí del juego, las faldas de la chica se levantaban dejando ver su carne desnuda y blanca. La agarró, pero ella era demasiado corpulenta y no podía abarcarla. Ella le apartaba las manos como si fueran cardos y golpeaba los dientes de Matthew con los suyos tratando de besarle en la boca. Por fin, lo empujó a un lado. Él cayó de espaldas y permaneció inmóvil aspirando el aire frío que llegó a sus pulmones quemándolo.

Desde una distancia prudencial, Phoebe lanzó una risita.

—¡Caramba! No tenía idea de que fueses tan vehemente.

Matthew se sentó y se sacudió la ropa. Los dos estaban llenos de hojas secas.

—Vamos —dijo.

Y salió del claro sin mirarla. Sentía asco de sí mismo. No hacía nada bien.

—¡Matthew! —Corrió detrás de él—. No estarás enfadado porque no te he dejado hacerlo, ¿verdad? Tú no esperabas que te dejara, ¿no es cierto? No creerás que soy de esa clase de chicas, ¿verdad? —Matthew seguía andando—. Sabes que, si lo fuera, lo haría contigo. Lo sabes, ¿verdad, Matthew?

—Será mejor que te vayas a casa —dijo al llegar al campo—. Alguien puede venir a buscarte.

—Nadie me ha visto salir —dijo Phoebe con una tonta sonrisa.

Permanecía a su lado como si esperase que la besara.

—Tengo que trabajar —dijo él.

Phoebe le quitó las hojas que tenía en los brazos.

—¿Te veré esta noche en la escuela?

—Supongo que sí.

—Estoy segura de que ganarás.

—Gracias.

Tal vez no se iría nunca. Tal vez permanecería allí hasta que echara raíces, le salieran ramas y una ardilla hiciera un nido en su cabeza.

—Admiro de veras tu caligrafía —dijo.

—Anda, vete ahora.

—Supongo que luego irás a ayudar con los toffees donde los Carpenter.

—Pensaba ir.

—Yo también. Bueno…

No se decidía a irse.

—Tengo que trabajar, Phoebe —dijo desesperadamente—. Lo siento, yo, bueno…, ¡lo siento!

Se volvió y se metió en el campo. Apenas si había llegado al carro cuando una voz lo llamó desde el bosque.

—¡Eh, Matthew!

Era una voz femenina, y no era la de Phoebe. Cuando Callie Grancourt salió de entre los árboles, cerca del sitio donde había dejado a Phoebe, Matthew se quedó inmóvil como un conejo acosado. Callie era la novia de su hermano Aaron, más o menos. Debía de haber cruzado el riachuelo por donde había piedras y debía de haber subido por el sendero a través de los bosques de Oechen. Por tanto, a menos que fuera ciega como un topo o que una rama le hubiera dado en un ojo, tenía que haber visto a Phoebe.

—¿Puedo ir a tu casa en el carro contigo? —gritó Callie—. Estoy invitada a cenar.

—Sí —dijo él—. Sube.

Se abrió paso entre los matorrales. Iba descalza y llevaba los zapatos en la mano. Al llegar al carro se detuvo y le miró directamente a los ojos con una expresión fría y burlona que le heló la sangre. Si había visto a Phoebe, tendría problemas, pues nada era sagrado para Callie Grancourt. Parecía vivir en un regocijo constante. Su fría expresión se convirtió en una sonrisa. Sí, había visto a Phoebe y se lo contaría a sus hermanas.

—Sube —dijo él.

Dio un par de saltos como un pez meneando la cola, y trepó por el costado del carro. Se sentó sobre un montón de grano y se dispuso a ponerse los zapatos. Sus pies estaban rojizos y llenos de ampollas.

—¡Demonio! —exclamó—. ¡El agua estaba helada! He cruzado el arroyo por el vado.

—Tendrías que haber venido por el camino, y con los zapatos puestos —dijo él, deseando que lo hubiera hecho y estuviera lejos de su vista.

—Llego antes así. Y de todos modos me habría quitado los zapatos. Sólo tengo este par y no quiero que se me estropeen. Esta noche tienen que estar limpios. —Se mojó un dedo con saliva y se frotó las puntas de los zapatos. Luego se instaló más cómodamente sobre el grano, se puso un chal y dijo con suavidad—: Tienes la espalda llena de hojas.

Matthew se puso rojo como la grana. Dio media vuelta tratando de ocultar la cara.

—Me he caído —dijo.

—¡Sin duda alguna! Anda, deja que te las quite yo. Tú no puedes.

Ahora le preguntaría por qué se había caído.

—He tropezado con un tronco —dijo bruscamente—. Estaba escondido entre las hojas.

¿Y qué estaba haciendo entre los matorrales?

—He oído un ruido por alguna parte… y he ido a ver qué era.

Pero por su vida que no se le ocurría lo que podía ser. Callie lo observó un instante.

—Quizá era una vaca —sugirió.

—¡Me parece que sí! —exclamó agradecido—. ¡Eso debe de haber sido! Una vaca extraviada.

—Tal vez una de las de Oechen.

A Matthew se le secó la boca. Le dirigió una rápida mirada. Ella lo contemplaba con ojos solemnes.

—Me parece que la he oído —prosiguió ella—. Algo se movía entre la maleza cuando subía del arroyo. Debe de haber sido una vaca.

—Seguro que sí.

—No sé qué otra cosa podría ser.

—Era una vaca.

Azotó a las mulas con las riendas. Frunció el ceño; Callie era terrible.

—¿Vais a ir a estirar caramelo esta noche Phoebe y tú? —preguntó ella de pronto.

Él dio un salto como si le hubiera chillado.

—Yo sí que voy. Lo que ella piensa hacer, no lo sé.

La volvió a mirar con el rabillo del ojo. Si estuviera seguro de que había visto a Phoebe podría intentar explicárselo. Pero si no la había visto, cualquier cosa que dijera no haría más que empeorarlo todo. Por tanto, sólo podía apretar los dientes y esperar. La cena que le aguardaba sería un auténtico interrogatorio.

La hora de comer era siempre un suplicio cuando Callie estaba por allí, y solía estar a menudo. Era menuda y descarada, y siempre le daba un pellizco cuando estaba distraído. Le gustaba al resto de la familia, y con ella en casa todo el mundo actuaba de un modo distinto. Cuando cruzaba el umbral de la puerta las reglas que regían sus vidas saltaban por la ventana. Todos seguían su juego. Matthew, demasiado introvertido para jugar, se veía metido en él aun a pesar suyo. Nadie le hacía sentirse más incómodo que Callie Grancourt.

Era frívola, irreverente y arrogante. ¿Y quién era ella para sentirse tan orgullosa de sí misma?… ¡Una chiquilla ignorante que no sabía escribir ni su nombre y cuyo padre era más pobre que un cerdo de Arkansas!

Hubo un tiempo en que los Grancourt gozaron de cierta categoría en la vecindad. Habían llegado de Kentucky hacía un par de generaciones y adquirieron ciento sesenta hectáreas de tierra. Matthew todavía recordaba al abuelo, enjuto como Lincoln y tocado con un alto sombrero de seda. Solía bajar por el camino conduciendo su yunta de bueyes, con su bastón de puño dorado brillando al sol. Tenía un aspecto chocante, decían los vecinos. Sin embargo, el viejo Hugo Grancourt les gustaba: era amable y optimista, y aunque era demasiado orgulloso para su gusto, no había mucha providencia en ello, ni por su parte ni por la del Señor. No le envidiaban. Si en otro tiempo había tenido esclavos y ya no sabía cómo pasarse sin ellos, o si había perdido todo su empuje, eso nadie lo sabía. El caso es que no le fueron bien las cosas. Sus ciento sesenta hectáreas de tierra se desvanecieron como la espuma, y lo único que sus hijos heredaron fue unos cuantos terrenos rocosos y su optimismo. La mayoría de ellos vendieron sus tierras y se marcharon. Pero Mitch, el mayor, todavía vivía en sus treinta hectáreas con su segunda esposa y sus cinco hijos, todos andrajosos, fíenos de energía y hambrientos. No era extraño que aceptaran todas las invitaciones que recibían.

Y tampoco era extraño, pensó Matthew sentado frente a Callie a la mesa, que ella hubiera ido a visitarles aquella noche. Nada bueno le había sucedido aquel día. Masticó la comida con la boca seca esperando a que ella lo delatara.

Ella estaba sentada en el largo banco junto a sus hermanas, y comía con movimientos rápidos y delicados, sujetando con gracia el cuchillo y el tenedor y manteniendo la espalda recta mientras cantidades asombrosas de cerdo, patatas, compota de manzana y bollos calientes desaparecían por su pequeña garganta. Consciente de todos sus gestos, incluso sin mirarla, Matthew olvidó de pronto el miedo y alzó la cabeza pasmado. ¿Cómo podía engullir toda aquella comida en un instante?, se preguntó. Ella lo miró con expresión serena y digna, mientras se servía una buena porción de salsa en el plato. Matthew se tragó el último bocado de carne y se puso en pie.

—Perdonadme, por favor —murmuró, deseoso de marcharse pasando desapercibido.

—Has comido muy poco —dijo su madre—. No estás enfermo, ¿verdad?

—No, mamá.

Todo el mundo lo miró.

—Está nervioso —dijo Aaron—. Preocupado por el concurso.

Recibiendo en silencio la descarga, Matthew cogió sus plumas y papeles y descolgó su linterna de la pared. Tenía que arreglarla, pero no podía entretenerse ahora. Se puso una bufanda alrededor del cuello y se caló la gorra de lana hasta las orejas. Si Callie dejara de mirarlo… Casi había llegado a la puerta cuando ella le dirigió la palabra.

—Matthew, ¿crees que esa vaca ha llegado a su casa a la hora de ordeñar?

Aaron levantó la cabeza; se olía algo.

—¿Qué vaca? —preguntó, esbozando una sonrisa.

Callie se encogió de hombros.

—Pregúntaselo a él. Me ha dicho que esta tarde una vaca andaba perdida en los bosques de los Oechen.

Aaron lanzó un gruñido.

—¡Sí, y apuesto algo a que se llama Phoebe!

Se armó un gran barullo, su padre gritó imponiendo orden, y Matthew salió a la helada oscuridad. El escándalo de voces lo siguió hasta el granero.

Sosteniendo con fuerza su fardo, corrió por el prado en dirección a la escuela. La linterna chirriaba al darle contra el muslo. Corrió a ciegas, jadeando, hasta que llegó al bosque; allí aminoró el paso y respiró hondo para calmarse. Deseaba estar sentado frente a su pupitre y que hubiera empezado el concurso. Esta vez tenía que ganar, ¡tenía que hacerlo! La certeza de aquella necesidad le hacía temblar. Le sudaban las manos y se sintió mareado. Sabía que volvería a perder. Tiró el fardo al suelo y gritó:

—¡No iré! Que gane él, ¡no me importa!

Y golpeó el tronco de un árbol con los puños hasta hacerse daño. Al cabo de un rato recogió el fardo y la linterna y caminó lentamente hasta llegar al camino. Ya no tenía necesidad de correr. Y por ello, en el cementerio de Millroad, dio media vuelta y se sentó sobre una losa tratando de reducir el premio a sus verdaderas dimensiones, pequeñas en un mundo vasto y sin tiempo. Esperaría allí hasta que terminase el concurso.

En el cementerio el silencio era tangible, lleno de sonidos recordados, voces de domingo e insectos de verano; era reconfortante. Allí se sentía a sus anchas. No tenía que competir con los muertos. Si aquellos que yacían bajo las hojas amarillentas de octubre habían escrito con mejor letra o arado surcos más rectos, no importaba. Él, al estar vivo, se sentía superior.

Matthew se apartó de la losa, encendió la linterna y tiró sus hojas de papel. La tumba sobresalía suavemente, como la barriga de un hombre gordo cuando duerme, y la hierba formaba una superficie lo bastante firme para escribir encima. Fijó la plumilla, y empezó a copiar en uno de los papeles la inscripción de la lápida. «Gabriel Soames, 1812-1890. Descansa en paz.» Con los codos apoyados sobre la tumba, Matthew escribía cuidadosamente.

—¡Amén! —dijo una voz ronca por encima de él.

El corazón de Matthew saltó como una pelota. Una cara ganchuda y amarillenta con una mandíbula parecida a un tronco de árbol y un arco blanco sobre los ojos lo contemplaba a la luz mortecina.

—¡Dios Todopoderoso, Johnny Faust! ¡Me has dado un susto de muerte!

Los extraños ojos centellearon y una sonrisa que era una mueca se dibujó en la cara.

—He venido sin hacer ruido —dijo Johnny Faust.

Era menudo y huesudo, y a Matthew le recordaba una horca. Tenía quizá treinta años, aunque resultaba difícil precisarlo. Su inteligencia era vieja en su lentitud, pero joven en su inocencia, y no se le podía atribuir ninguna edad determinada.

—¿Estás rezando? —preguntó Johnny.

—No exactamente.

—Deberías rezar todas las horas. Arrodíllate conmigo ahora.

Johnny se puso de rodillas y los dos, con la tumba entre ellos, se miraron cara a cara. Matthew sintió una oleada de risa en la garganta. La expresión de solemne piedad expuesta en aquella cara tan tonta era tan absurda como un poco de mantequilla expuesta sobre una tabla. Los gestos de la adoración se habían fijado en Johnny, junto con la imagen de Dios como un anciano que, con una serpiente negra en una mano y una tarta de cerezas en la otra, es fuente de castigo y de recompensa.

—Padre Todopoderoso… —empezó Johnny, alzando los ojos al cielo.

A Matthew volvió a darle un ataque de risa. Era todo tan absurdo… En la escuela, todo el mundo estaría charlando, riendo, estrechándole la mano a Ben Carpenter, divirtiéndose…, mientras que él se hallaba sentado con un idiota en un cementerio oscuro, escribiendo epitafios sobre el estómago de su abuelo. Bajó la cabeza para no reírse en la cara del pobre Johnny. Después de escuchar un rato, se sentó sobre los talones y tapó el tintero.

—Amén, Johnny —dijo amablemente—. Me parece que ya hemos rezado bastante por esta noche.

Johnny apartó los ojos del cielo.

—¿Tú crees?

—Claro. Si hoy has hecho algo malo, Dios ya te ha perdonado. Puede leer en tu corazón.

Pensó que Dios podía leer en su corazón tanto como en el de Johnny y que debía de haberse enterado de sus pensamientos respecto a Phoebe. Deseó ardientemente que le perdonara.

—¿Qué estás haciendo con estos papeles? —preguntó Johnny.

—Nada.

—Están escritos. ¿Qué dice?

—Dice «Descansa en paz».

—¡Amén! —Johnny se inclinó y examinó el papel—. Escribes muy bien —dijo.

—No mucho.

—Has ido a la escuela para aprender a escribir, ¿verdad?

—De vez en cuando.

—¿Por qué no estás allí ahora?

Matthew enrolló las hojas de papel.

—¿Por qué no estás tú, Johnny? ¿Es que escribes tan bien que no necesitas aprender?

Johnny se echó a reír con satisfacción. Al principio siempre recibía las bromas con gusto: le halagaban. Sin embargo, había aprendido a mostrarse cauteloso al respecto, porque nunca estaba seguro de cuándo terminaba la broma y empezaba el tormento.

—Supongo que vas a la fiesta del toffee, ¿no? —dijo Matthew.

—Allí es adónde voy. A la fiesta. —Sonrió—. ¿Tú vas?

—Tal vez —contestó Matthew, deseando tener el buen sentido de no hacerlo.

No se divertía en las fiestas, pero siempre iba, como siempre se mira uno en el espejo con la esperanza de encontrar algo mejor de lo que cabe suponer.

—Será mejor que nos vayamos —dijo Johnny—. No estaría bien que llegásemos tarde.

—Sí, supongo que ya es hora.

La clase ya habría terminado y todo el mundo estaría subiendo a los carros para ir a la fiesta. Se levantaron y bajaron por la ladera hasta el camino. Al llegar frente a la iglesia, Johnny se detuvo.

—¿Tenemos que rezar?

—Me parece que no, Johnny. Puedes rezar en tu corazón mientras caminas.

—Amén —dijo Johnny con reverencia.

Sus sombras se movían a su lado tomando la forma y la textura de la maleza y del camino.

—Johnny —dijo Matthew—, tú eres amigo mío, ¿verdad? Quiero pedirte un favor. ¿Me lo harás?

—Claro que sí, Matthew; te lo haré. Soy tu amigo.

—Bueno, entonces, no cuentes nada de esto. Me refiero a nuestra parada en el cementerio. No se lo digas a nadie.

—¿No quieres que nadie lo sepa?

—No creo que sea asunto de nadie.

—Tienes razón. No lo es.

—Si tú y yo queremos sentarnos a descansar un rato, sólo es asunto nuestro.

—Tienes razón, Matthew.

—Así que olvídalo todo. Olvida que hemos estado allí.

—Lo olvidaré, Matthew. No diré nada a nadie.

—Te estaré muy agradecido, Johnny.

Una hoguera brillaba en el patio de Carpenter y la melaza burbujeaba en la gran cazuela. Matthew esperaba pasar desapercibido, pero a Johnny Faust le gustaba estrechar manos. Se metió entre la gente con la mano extendida y la boca abierta en una sonrisa.

—¡Aquí está el viejo Johnny! —gritó alguien.

Dos chicas se le acercaron y empezaron a bailar a su alrededor. Luego se les unieron otras, y se formó un círculo alrededor de la hoguera, de Johnny y de Matthew. Si los hubieran arrojado al caldero, a Matthew no le habría sorprendido. Alguien chilló:

—¿Dónde te has metido esta noche? ¿Por qué no has ido a la escuela?

—¿Qué te ha pasado? —gritó Ben Carpenter.

—¡Eh, Matthew! —saludó Phoebe sonriendo.

A medida que el corro aumentaba su velocidad, su hermano Aaron y Callie Grancourt pasaron ante sus ojos como dos manchas. El círculo se rompió por fin y los chicos y las chicas se diseminaron por el patio como las cuentas de un collar roto. Volvieron a reunirse alrededor del fuego riendo. La melaza había hervido hasta convertirse en un jarabe espeso y dorado. Subiéndose las mangas y untándose las manos con mantequilla, empezaron a hacer caramelos. Ya se habían olvidado de Matthew.

Él permaneció entre las sombras contemplando cómo los demás trabajaban la masa de caramelo. La estiraban, le daban forma, y cada vez se hacía más blanca hasta volverse quebradiza y satinada. Al cabo de un rato, Matthew se acercó al caldero y se puso a ayudar. La pasta calentaba sus manos frías y olía bien. Se había olvidado de que tenía hambre.

Johnny Faust se hallaba también solo, haciendo caramelos. De vez en cuando daba un mordisco a la masa y su mandíbula trabajaba vigorosamente mientras el jugo caliente corría por su barbilla. Buscaba a alguien con quien hablar.

—Escuchad… —empezó, dirigiéndose a una de las parejas.

Pero ellos, tirando un trozo de caramelo y recogiéndolo en el aire entre risotadas, lo ignoraron. Aaron pasó por su lado en dirección al caldero.

—Hola, Aaron —dijo Johnny.

Pero Aaron siguió andando. Johnny se acercó a otra pareja, sonriendo esperanzado.

—¿Qué tal, Virg? —saludó.

El muchacho llamado Virg lo miró por encima del hombro.

—Hola, Johnny.

—Matthew y yo hemos estado en la iglesia —dijo Johnny con orgullo.

—¿Cómo es eso?

—Yo andaba por el cementerio y he visto a Matthew sentado junto a una tumba… —Se detuvo bruscamente al recibir un trozo de toffee en la mejilla—. ¿Quién me lo ha tirado?

Matthew le estaba haciendo señales furtivas.

—¿Me lo has tirado tú? —preguntó Johnny en voz baja. En aquel momento recibió otro detrás de la cabeza—. ¡Eh! —exclamó, dando media vuelta.

—¿Qué pasa? —inquirió Virg—. ¿Te está tomando alguien el pelo?

Johnny se quitó el caramelo del pelo.

—Que se guarden bien, eso es todo lo que tengo que decir.

—Díselo pues, Johnny.

Johnny alzó obedientemente la voz.

—El que me haya dado con el caramelo, ¡que se guarde bien! —Mientras hablaba, otro trozo aterrizó en su oreja—. ¡Que se guarde bien, he dicho!

—¡A ver si me coges, Johnny! —gritó una voz al otro lado del fuego.

—¡Ahí tienes, Johnny, dale un mordisco!

Trozos y tiras de caramelo empezaron a caer sobre él de todas direcciones.

—¡Ya basta! ¿Me oís? —chilló Johnny—. ¡Guardaos bien!

Matthew permanecía en segundo plano con expresión de culpabilidad. Él lo había empezado todo, pero no había previsto el rumbo que tomaría. Perseguido por sus atormentadores, Johnny se retiró atravesando el patio hasta llegar al ahumadero. Se apoyó entonces en la pared, intentando reír, y se cubrió la cabeza con los brazos mientras los trozos de caramelo seguían estrellándose a su alrededor. De pronto, de su curvada boca salió un sonido parecido a un aullido de dolor. Johnny había empezado a cantar.

 

Ésta es mi historia, ésta es mi canción,

rezando todo el día, a Dios mi Salvador.

 

Era lo único que sabía hacer, rezar al Señor pidiéndole ayuda, pues el Señor reparte castigos y recompensas y cuida hasta del más pequeño gorrión. Un trozo de caramelo del tamaño de un dólar le dio en la boca.

—¡Basta!

La gente se volvió asombrada al oír la voz de Matthew.

—¡Dejad de molestar al pobre Johnny! —gritó.

Se abrió paso hasta el ahumadero y se colocó delante de Johnny para protegerlo. Por un instante, todos permanecieron en silencio. Luego, un aullido de regocijo se elevó entre la gente, mientras empezaba a apuntar al nuevo blanco. El caramelo volaba en todas direcciones, estrellándose en la cara y en el pelo de Matthew. Y delante de él estaba Phoebe Oechen, riéndose como una lunática, demasiado tonta para comprender que aquello había dejado de ser un juego.

Habían empezado a tirar otras cosas —terrones y tacos de madera—, cuando Callie Grancourt avanzó hacia Matthew con tal ferocidad que él pensó que iba a matarlo. Lo cogió de la mano, y a Johnny también, y, entre los dos y con la cabeza alta, empezó a cantar. No tenía mucha voz, pero cantaba con toda su alma, y su propósito era noble como el de David. El tiroteo concluyó tan bruscamente como una tormenta de verano. Los muchachos y muchachas se volvieron tímidamente y nadie pronunció una sola palabra.

—Deberíais avergonzaros todos —dijo Callie con voz suave; y no hubo una sola persona en el patio que no la oyera—. Vente ahora conmigo, Johnny. Nos iremos a lavar la cara. Y tú, Matthew, ven también.

Se hallaban los tres secándose las manos al aire cuando Callie habló de nuevo. Mirándolo directamente a los ojos, dijo:

—Dime, Matthew, ¿no te gusto? ¿Por qué tienes que andar siempre con esa tonta de Phoebe?

Giró sobre sus talones y se alejó balanceando suavemente las caderas. Cuando Matthew recobró la respiración, se sintió como si acabara de salir de un largo ensueño bajo el agua.