Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 14 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 11

 

Si Jessica no hubiese estado obsesionada con su primer amor, si no se hubiera sentido tan culpable, tal vez nunca habría creído lo que Mathy tanto le aseguró ni habría dejado su casa aquel domingo por la mañana, con el corazón en la boca y el dinero de los huevos en el bolsillo. Si, por otra parte, Tom hubiera tenido un temperamento menos dulce y afable, y si, sobre todo, hubiese hecho otros planes, tampoco se habría reunido con ella en la estación. Pero tanto Jessica como Tom eran como eran y cogieron el tren del mediodía.

A la misma hora en que eso sucedía, la familia salía de la iglesia. Mathy se perdió convenientemente entre la multitud hasta que oyó de lejos el silbido del tren; sólo entonces sacó la carta que había dejado Jessica. Estaban todos junto al coche esperándola. Matthew ni siquiera terminó de leer la primera página.

—Entrad —dijo.

Y se dirigieron a toda velocidad a la estación.

—¿Era ésa su hija? —dijo el jefe de la estación esbozando una sonrisa.

Matthew volvió a entrar de un salto en el coche, pero el motor se había parado. Tuvo, pues, que salir y darle a la manivela. Tenía la cara bañada en sudor y la camisa se le pegaba a la espalda. En el camino de regreso a casa el coche se paró de nuevo y hubo que limpiar el carburador. Nadie pronunció una sola palabra. Callie lloró durante todo el viaje.

Nunca descubrieron cómo Tom y Jessica lograron reunirse. Mathy juraba ser inocente. Pero tuvo su castigo. Papá no les dejaría volver a casa nunca más.

A pesar de eso, Callie le mandó a Jessica su ropa.

—No me importa lo que haya hecho, pero no puedo consentir que vaya con la ropa vieja de alguien. —Empaquetó los vestidos, la ropa interior y las bonitas cintas del pelo, todo impregnado de lágrimas y exasperación—. ¡No puedo soportar la idea de que se haya ido con ese perdulario! Yo quería para ella a alguien mejor.

—Dios los cría y ellos se juntan —dijo Matthew.

No podía perdonarle aquella humillación. Había arruinado su reputación en la comunidad. Y ¿por qué? Como buen protestante, habría aceptado su culpa y hecho de su aceptación virtud. Pero no lograba ver qué culpa tenía él. Le había dado una vida fácil, un buen hogar, una educación. Un lluvioso día de agosto, sentado en el bosque, gritó al Señor:

—¡Tú sabes cuánto trabajo en invierno y en verano! ¡Tú sabes cómo me he esforzado! ¿Qué tenía que hacer y no he hecho?

Pero no ardió ninguna zarza ni recibió respuesta alguna. Sólo oyó el suave susurro de la lluvia entre las hojas del roble.