Cuatro hermanas
Capítulo 15
La niña nació en enero en medio de una tempestad de nieve, cuando el mundo exterior estallaba y rugía, y las ramas de los árboles azotaban el tejado. Hacía tan mal tiempo aquella mañana que Matthew estuvo tentado de quedarse en casa y no ir a la escuela. Callie no esperaba el bebé hasta unos cuantos días más tarde, pero no veía por qué Matthew tenía que salir con aquella tormenta.
—Con un día así no va a ir ningún niño a la escuela —dijo.
—Bueno, pero yo tengo la llave —replicó Matthew—, y no me gustaría que alguno se quedara fuera.
—¿No pueden ir a pedirle al pastor que les abra si son tan tontos de salir con un tiempo así? ¿No tiene él una llave?
—Sí, pero no me gusta faltar.
—Por una vez no pasará nada.
—Lo sé, pero las tiendas y los bancos abrirán. No quedaría bien que la escuela estuviera cerrada.
—¡Por el amor de Dios! Todos estos hombres viven en la ciudad.
—Y tal vez piensan que yo debería vivir también allí, para prestarles mejores servicios.
—Te pasas casi todo el día en la escuela.
—Pero, Callie, ¡es mi trabajo!
—Está bien, vete entonces —dijo ella—. Si tanto te afanas en complacer a todo el mundo, no pierdas tiempo. Tú y tu caballo podéis helaros, que a ellos poco les va a importar. Pero, de todos modos, deja a Jessica en casa.
Jessica, que por aquel entonces tenía casi siete años, había empezado a ir a la escuela en otoño. Cabalgaba en la grupa con Matthew cada mañana y él la dejaba en Bitterwater de camino hacia la ciudad. Aquel día se fue sin ella, enfurruñado porque Callie no se hacía cargo de sus obligaciones.
Dos o tres niños de la ciudad aparecieron en la escuela, los suficientes para que se sintiera satisfecho pero no para que valiera la pena encender el fuego. Los mandó a casa al mediodía y poco después emprendió el penoso camino de regreso a la granja. La yegua resbalaba sobre el camino helado y tenían que esquivar ramas caídas. Cuando llegó a casa ya había oscurecido. Tampoco allí se veía ninguna luz. Matthew dejó la yegua en el establo y entró. No ardía ningún fuego en la estufa ni había lámparas encendidas.
—¿Callie? —llamó.
—Estamos bien. —Su voz sonó en la habitación delantera—. Estamos aquí.
Yacía en la cama, a oscuras, con el nuevo bebé a su lado. Las otras dos chiquillas estaban sentadas junto a la estufa.
—Todo ha ido bien, amor mío —dijo ella—. ¡Tienes otra hija!
Matthew cayó de rodillas a su lado, sin hablar. Las niñas se le acercaron y él las abrazó.
—No llores —dijo Callie—. No ha ido tan mal. Jessica me ha ayudado mucho. Me ha traído cosas y ha puesto madera en la estufa para calentarnos. —Extendió una mano y acarició la cabeza de su hija—. No sé lo que mamá habría hecho sin ella.
Matthew besó a Callie y a las niñas, todavía sin poder hablar. Arrodillado allí, reía y lloraba, acariciando la frente de su esposa.
—Ahora, papá, enciende la lámpara —dijo ella riendo—. ¿No quieres ver a tu nuevo bebé?
Era una criatura diminuta con mucho pelo oscuro.
—¡Hola! —dijo Matthew suavemente, inclinándose sobre ella con la lámpara—. ¡Buenas noches, niñita!
Los oscuros ojos de Callie brillaron.
—Se llamará Matthew —dijo.
—Pero ¡si es una niña! Se parece a ti…
—Quiero que se llame como su padre. —Callie besó la cabecita de la criatura—. La llamaremos Mathy.