Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 39 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 7

 

Todos hicieron lo que pudieron. Callie lloró, Leonie discutió, Matthew se enfureció y lanzó amenazas. Sólo la frase «¡Acuérdate de Jessica!» le impedía echarla de casa. Auguraba desastres. Lamentaría aquella decisión, decía; pagaría un precio muy alto por ella (el precio al que se refería era el arrepentimiento; el arrepentimiento y los remordimientos eran la única moneda con la que pagar aquel disparate). Pero Mathy no atendía a razones. Ni su reputación ni la de su padre le importaban.

In extremis, Matthew le dijo:

—Pero ¿no quieres terminar primero el instituto?

—No tengo ningún interés —replicó Mathy.

Aquello le rompió el corazón. Se dirigió a la escuela trastornado. Era digna hija de su madre, de acuerdo; cultivarse no le importaba. Pero si estaba decidida a despreciar sus oportunidades y a casarse a los dieciséis años, ¿por qué tenía que ser con Ed? Con Ed, que le había ocasionado más problemas que ningún otro muchacho al que hubiera intentado educar. Sin embargo, ¿qué otra cosa podía esperar de Mathy? Eran los dos iguales: rebeldes, seguros de sí mismos, irresponsables… No había modo de enseñarles nada. Bueno, pues que se casaran. Tal vez se merecían mutuamente. Ya aprenderían que la vida no es un juego, que no todo consiste en volar al sol como mariposas. Que aprendieran la lección a las malas.

La puerta principal se abrió. Matthew alzó los ojos y vio a Ed subiendo las escaleras. ¡Cuántas veces había visto llegar a aquel muchacho lleno de fanfarronería y arrogancia! Tenía un aire de domador de leones, menos noble que sus bestias pero más listo, cargado de argumentos llenos de lagunas. La emprendía a codazos y empujones blandiendo, cual silla rota, argumentos disparatados. Educado e incansable, te acorralaba hasta que, con toda la dignidad que eras capaz de mantener, volvías a tu jaula y te sentabas. Al verlo, Matthew se sintió viejo y cansado.

—¡Hola, profesor!

Matthew lanzó un profundo suspiro.

—Está bien, Ed, cásate con ella.

—¿Lo dice en serio? —gritó Ed.

—Ahora márchate.

—Pero, señor Soames…

—No quiero tener una discusión.

—No voy a discutir, señor. Sólo quería decirle que quiero mucho a Mathy, y que…

—He dicho que te la doy, Ed. Ahora ahórrame el resto.

Ed titubeó, de pie en el umbral de la puerta.

—Gracias —dijo por fin—. Profesor, deseo…

Matthew se volvió y abrió la tapa del escritorio. Al cabo de unos instantes, Ed se marchó.

Así pues, se casaron un día de agosto y se elevaron hacia el cielo desde el prado de los Seabert contemplados por amigos, parientes y mirones de la ciudad. Mathy, con casco y anteojos, lanzó el ramo de novia desde la cabina del avión mientras Callie escondía la cara, por la que caían lágrimas como las cataratas del Niágara, y Matthew, tieso y solemne, se preguntaba si por fin habría pagado su deuda.