Cuatro hermanas
Capítulo 11
Ahora ya no temía a Ed; lo había visto derrumbarse. Pero no pudo olvidar en todo el día las lágrimas que resbalaron por su rostro. Aunque Ed no se había portado bien, estaba pagando por ello un precio muy alto.
—El Señor le ha enviado Su castigo —dijo Matthew—. Yo no tengo derecho a añadir el mío.
Lo dijo en voz alta mientras cruzaba el prado al atardecer. Y deteniéndose junto al arroyo, añadió:
—Y yo tampoco estoy libre de pecado.
Cruzó el riachuelo y se dirigió al espacio triangular donde estaba el tronco de un viejo espino blanco. El terreno, a excepción de su punta más alejada, yacía envuelto en espesas sombras, acosado, lo mismo que él, por antiguas culpas y deseos medio olvidados. Permaneció largo tiempo en la oscuridad pensando en aquella noche de hacía ya muchos años y en el nacimiento de Mathy.
—Señor —dijo por fin—, creí que cuando te la llevaste había pagado mi última deuda. Pero tal vez debo pagar ahora con el niño. Y quizá eso será todo.
A la tarde siguiente partieron los dos juntos. En el camino que conducía a Shawano había mucho polvo: rojo al principio y que se iba oscureciendo a medida que avanzaban hacia el norte, dejando atrás las colinas y adentrándose en terreno llano. Las ruedas del sedán levantaban nubes que espolvoreaban los girasoles y los amores secos, y las cinias de color bronce y escarlata de las tierras de los granjeros. El aire estaba amarillo, espeso, y el canto de las cigarras celebraba el fin del verano. Esta época del año se llenaba de pérdida y tristeza, y la misión de Matthew formaba parte de la estación.
—Hijo mío —dijo, dirigiéndose vivamente al nieto—, ¿tienes ganas de ver a tu papá?
—Sí —contestó Peter.
—¿Quieres quedarte con él? —preguntó por vigésima vez.
El chiquillo adoptó una graciosa expresión pensativa.
—¿Toda la noche?
—Sí, toda la noche, para siempre. ¿Quieres dormir en casa de papá y no volver con el abuelo?
—Quiero volar en el avión de papá —dijo Peter, haciendo ruidos parecidos a zumbidos—. Abuelo, ¿puedo tocar la bocina?
—Bueno, una vez.
(Era tan pequeño, tenía sólo tres años).
—Tengo sed, abuelo.
—Bueno, buscaremos algo que beber.
Se detuvieron en una escuela rural a medio camino de Shawano y sacaron agua del pozo. Matthew le enseñó a cogerla con las manos. El chiquillo se mojó la cara y se echó a reír. En el patio de la escuela acababan de segar las hierbas. Dentro de una semana dicho patio estaría lleno de niños. Pero ahora se hallaba muy tranquilo y vacío. El viento dobló la esquina con un sonido solitario. Arrodillado junto a su nieto para secarle la cara, Matthew lo estrechó de pronto contra sí. Todavía podían volver. Pero aquel impulso se desvaneció tal como había llegado al recordar a Ed apoyado en la verja con el rostro bañado en lágrimas.
Prosiguieron su viaje a Shawano. Al llegar a los arrabales de la ciudad se metieron por una calle estrecha y poco transitada bordeada de plátanos. La casa estaba al final, solitaria en un descuidado terreno. Matthew se detuvo junto al viejo coche de Ed y paró el motor.
—¿Es aquí donde vive papá? —preguntó Peter.
—Sí, es aquí. Espera un momento, tienes que estar bien guapo. —Peinó al niño, le limpió la cara con un pañuelo y lo besó. Luego cogió el maletín, que contenía algo de ropa, y le tendió a Peter la bolsa de dulces que Callie le había dado—. Bueno, vamos ahora.
Subieron la escalera principal y llamaron a la puerta. Las persianas de las ventanas estaban bajadas para ahuyentar el calor. Matthew llamó de nuevo, más fuerte, y esperó, escudriñando la calle ansiosamente. No había signos de vida por ninguna parte. La ciudad parecía desierta.
—¿Se habrá ido todo el mundo hoy a Clarkstown? —se preguntó. Llamó de nuevo—. Bueno, probemos la puerta de atrás. Tal vez están allí y no nos oyen. — Dieron la vuelta a la casa—. La puerta de la cocina está abierta —dijo, subiendo los escalones del porche.
Al llegar al último, se detuvo. Ed estaba sentado allí, en un extremo, con la cabeza apoyada en los brazos sobre una mesa de roble redonda. Se había dormido sobre un libro abierto.
—¡Ed! —gritó Matthew.
Ed alzó la cabeza y miró. Matthew le devolvió la mirada alarmado. Ed estaba enfermo o había estado llorando. ¿O quizá se trataba sólo del calor y de la modorra? Pero parecía más que eso, pues sus ojos tenían una expresión embotada e iba sin afeitar. Matthew vaciló un instante, pero por fin avanzó con el niño de la mano.
—He venido a devolvértelo —dijo, y esperó a que aquel hombre destrozado y triste aceptara aquella bendición.
Un viento cálido barrió el porche y una langosta chirrió en el olmo. Ed se quedó mirándolos mientras se lamía los labios secos como si tratara de expulsar las palabras. De repente se inclinó y agitó la mano, y Matthew descubrió cuál era el problema: ni sueño ni enfermedad. Ed estaba muy borracho.
En el suelo había una botella y sobre la mesa el vaso medio vacío, que Ed había cogido y apartado bruscamente a un lado. Matthew lo contempló todo con el corazón atenazado. Ahora no sabía qué hacer. Si sólo estuviera enfadado, bueno, entonces habría sido fácil dar media vuelta e irse con el niño. Pero su sorprendida mirada tropezó con otra cosa. Ed buscaba consuelo, y no sólo en la botella. El libro que yacía abierto ante él era la Biblia. El vaso de whisky había dejado un círculo mojado en la página. Apretando la mano del niño, Matthew permaneció inmóvil sintiendo indignación y lástima.
—Perdóneme —murmuró Ed, levantándose con la ayuda de las muletas—, voy a lavarme la cara.
Cogió la botella y se metió en la cocina. Oyeron el ruido del grifo.
—Siéntese —dijo Ed, saliendo con mejor aspecto.
Matthew no se movió de donde estaba y vaciló un momento antes de coger una silla. Peter se acercó tímidamente a su padre.
—Hola, Peter.
La voz de Ed era tierna. Acarició el pelo del niño, pero no hizo ademán de cogerle o abrazarle. Parecía comprender que estaba bebido, y se imponía una autodisciplina. Hablaba con prudencia. Peter se balanceó en la mecedora balbuceando. Al cabo de un rato, regresó junto a Matthew y se sentó en su regazo.
—Ahora vete a jugar al patio —dijo su abuelo, poniéndolo en el suelo—. El abuelo y papá quieren hablar.
Peter se alejó arrastrando con él una muleta, clic-clic, por los escalones de madera. Matthew lo contempló, dolorosamente consciente de la presencia de Ed, sin saber cómo empezar. Todas las cosas hermosas que había pensado decir parecían ahora fuera de lugar. Por fin Ed rompió aquel tenso silencio que se había levantado entre ellos.
—Así que me lo devuelve.
—Sí —dijo Matthew indeciso—, para eso he venido.
—Creía que iba a quedárselo. ¿Qué le ha hecho cambiar de parecer, señor Soames?
—Bueno, yo…
—No habrá sido Alice, ¿verdad? —dijo Ed—. ¿Tenía miedo de que yo hablara?
—No —replicó Matthew gravemente—, no ha sido eso. Y espero que me creas. Han sido… otras cosas. Tú… He pensado que ya has sufrido bastante por tus culpas. Creo que, después de todo lo que pasó, has aprendido la lección y deseas portarte mejor, como dijiste. Eso es lo que pensaba, pero ahora…
Miró a Ed con odio y lástima.
—Ahora me ve en este estado.
Ed sonrió amargamente.
—¿Por qué lo haces? —preguntó Matthew, inclinándose hacia delante.
—A veces ayuda.
Matthew negó con la cabeza, haciendo una mueca.
—Pero ahora no —dijo Ed.
—¡Ni nunca! ¿No lo ves, no lo comprendes? ¡Inténtalo, Ed, intenta ser mejor!
—Me parece que no puedo.
—¡Puedes si te lo propones! ¡Tú decides!
—No sabría cómo empezar.
—Ya has empezado —dijo Matthew, inclinándose de nuevo y tocando la Biblia —. No desistas… ¡Dios te ayudará!
—¿Está seguro de eso?
—«Pedid y recibiréis.» Puedes leerlo aquí.
—Ya lo he leído. Pero ¿cómo puedo recibir si no creo?
—Pero tú crees, ¿verdad?
Ed negó con la cabeza. —No mucho.
—Sé que a menudo has expresado dudas, Ed. Recuerdo las conversaciones que solíamos tener. Pero a través de la duda a veces podemos abrirnos camino hacia una fe más profunda. Si pudieras…
—¿Por qué murió Mathy? —le interrumpió Ed—. ¿Era eso la voluntad de Dios?
Matthew asintió.
—Todas las cosas suceden por Su voluntad.
—¿Todas las cosas? ¿La guerra, el hambre, el crimen?
—Él nos da libertad de elección. Pero no siempre elegimos lo bueno.
—No era mi elección matar a Mathy.
—Entonces… quizá fue la Suya —replicó Matthew.
—¡Para castigarme por mis pecados, claro!
Ed se echó a reír amargamente.
—Y tal vez a mí por los míos.
Ed se inclinó acercando su enrojecido rostro al de Matthew.
—¿Por qué el precio de mis pecados fue su muerte, por qué no fue la mía?
—El Señor tiene Sus razones. Tal vez ella es tu salvación. Tal vez murió para que pudieras salvarte a través del sufrimiento.
—¡¿Y tenía que ser así?! —gritó Ed—. ¿Tan malvado soy?
—No siempre podemos comprender Sus caminos. Pero debemos confiar en Él, en Su misericordia.
—¡Si esto es misericordia…! —exclamó Ed.
—Su rostro está oculto para nosotros —dijo Matthew—. Pero lee tu Biblia. Hallarás consuelo en ella.
Ed contempló el libro un momento.
—Puede que los hombres que la escribieron lo hallaran. «Y Dios dijo…» Hermoso y sencillo. Si uno no podía explicarse las cosas de otra manera, siempre quedaba Dios como respuesta. Pero ha habido algunos cambios desde entonces. — Pasó unas cuantas páginas—. He leído la voz del torbellino: ¿has percibido el tamaño de la tierra, tiene la lluvia un padre, de dónde procede la nieve, has investigado las profundidades del mar? Sí, ahora lo hemos hecho, y conocemos las respuestas.
—No todas —dijo Matthew—. Cada respuesta origina nuevas preguntas.
—También encontraremos esas respuestas nuevas.
—¿Y nos libra eso de Dios?
—De este libro —contestó Ed, cerrándolo.
—No es tan sencillo —dijo Matthew—. Pues cuando todas las preguntas estén contestadas, siempre quedará una: ¿quién es el autor de ellas?
—Bueno, ¿y quién es?
—Nosotros lo llamamos Dios.
—Y yo también —replicó Ed—. Pero no este Dios.
Colocó una mano sobre el libro.
—Pero ¿y la evidencia? —exclamó Matthew—. ¿Y las enseñanzas de Cristo?
—¡El Hijo de Dios, nacido de la Virgen María! —recitó Ed—. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Se santiguó.
—¡No te burles, Ed!
—Me burlo de la superstición, no del hombre. Yo creo en el Hombre. Llevó una vida buena y murió con más valor que muchos.
—Sí, ¡y resucitó después de Su muerte!
—Lo dudo. Pero aceptó el riesgo, y lo respeto por ello. Respeto Su duda.
—¿Duda?
—Lo torturaron hasta que se la sacaron. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» ¡Me da pena Jesucristo! Porque fue abandonado como todos nosotros. No puedo creer en Dios Padre, el hombre de familia. ¡Él no nos creó! Nos permitió nacer por casualidad. Y eso no significa nada. ¿Por qué tendría que preocuparse Dios de nosotros? Somos demasiado insignificantes, nosotros y nuestras pequeñas preocupaciones. ¿Por qué ha de importarle mi alma, o si veré a mi chica en el cielo? No soy tan importante. No valgo nada.
—Yo sí —se limitó a decir Matthew.
Se miraron un momento en silencio.
—Vanidad —dijo por fin Ed, encogiéndose de hombros.
—No —replicó Matthew reflexionando—. Yo importo porque Él es grande, no porque yo lo sea. En eso hay algo más que vanidad.
—Sí, ¡miedo! —exclamó Ed.
—Los no creyentes siempre lo llaman así.
—Disfrace su fe como quiera; el miedo la sostiene. ¡El miedo es la tabla de salvación!
Matthew meditó aquello un instante.
—Bueno —dijo lentamente, aspirando aire—, si es miedo, entonces lo acepto. Tal vez el miedo es la única palanca que Dios pudo encontrar para elevarnos al cielo. Y yo creo que Él quiere llevarnos allí. Pero tenemos que trabajar y hacer el bien aquí en la Tierra. Sería más digno llevar una vida buena sin pensar en la recompensa. Pero me temo que, en este caso, no muchos mereceríamos el cielo. Nos gustan demasiado las tentaciones del mundo. Quizá por eso Dios nos dio el miedo: para conducirnos hacia el gozo eterno. Acepto también ese miedo como parte de Su misericordia.
Ed lo miró largamente.
—Le creo —dijo por fin.
Y se quedaron en silencio, contemplando el patio agosteño. El niño jugaba tranquilamente por entre las tortuosas raíces del olmo. Una hoja que había colgado del árbol desde abril se desprendió de pronto y cayó lentamente al suelo.
—Quiero que se quede con usted —dijo Ed.
—Te lo he traído.
—Y yo se lo agradezco, porque sé lo que debe de haberle costado. Pero quiero que vuelva a llevárselo con usted.
Matthew se volvió hacia él.
—Ed, me has preguntado qué me ha hecho cambiar de opinión. ¿Y a ti?
Ed sonrió.
—Alice —dijo.
—¿Alice? —repitió Matthew inquieto.
—Sí —contestó Ed, todavía sonriendo—. ¡No se me habría ocurrido nunca utilizar eso contra usted! No soy muy bueno, profesor, pero sí mejor de lo que piensa. En lo que sucedió entre ella y usted, yo no había pensado desde hace años. No era tan importante. Pero vi que usted sí lo consideraba importante. Usted estaba pensando «chantaje», y comprendí que quería arriesgarse incluso a eso. Así que decidí que, si deseaba tanto tener al niño, merecía quedárselo. —Matthew contemplaba humildemente la mesa—. Pero ésta no es la única razón —prosiguió Ed—. Peter estará mejor con ustedes…, mejor que conmigo. No estoy de acuerdo con usted en todo, profesor, pero usted es uno de los pocos hombres que conozco a los que considero buenos.
—No siempre he obrado bien —dijo Matthew sin levantar la mirada.
—Pero lo admite, y se esfuerza.
—He sido vanidoso. He contado mis virtudes y las he comparado con las de los demás, con las tuyas…
—¡Y nunca ha creído en ellas! —Ed sonrió de nuevo—. Pero yo sí creo. No tengo fe en su Dios, pero tengo fe en usted.
—Me alegro —dijo Matthew, todavía con los ojos bajos.