Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 13 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 10

 

Jessica se levantó el domingo por la mañana con dolor de cabeza, y al vestirse para ir a la iglesia se sintió peor. Tenía náuseas y fiebre. Después de deliberar brevemente, Matthew y Callie decidieron que las niñas se quedaran en casa.

—¿Qué le pasa? —preguntó Matthew.

—Tiene algún trastorno intestinal —contestó Callie.

—No será que…, bueno, que ella y ese chico…

—No —dijo Callie firmemente—. No hicieron nada. Estoy convencida.

—No sería raro. Lo que vi junto a la verja aquella noche bastó para hacerme sospechar.

—Lo único que le pasa es lo que tendría que pasarla… Me parece que tú también me besaste una vez o dos antes de que nos casáramos. —Matthew no hizo ningún comentario—. Y sigo creyendo que fuiste un poco duro con ella. Y también con él. No tenía mala intención.

—Pero ¡no podía permitir que se quedara aquí después de aquello!

—Supongo que no. Pero me alegro de que Jake le diera trabajo para que no pasara hambre.

—¿Crees que ella sabe que está allí?

—Lo dudo. Como sea, ahora ya se ha ido. Fanny me dijo que iba a irse a Kansas.

—Buen viaje —dijo Matthew.

Callie se puso el sombrero.

—Por menos de nada me quedaba en casa esta mañana. Hace mucho calor y me duele un poco la cabeza. Pero creo que será mejor que vaya.

Leonie estaba enfurruñada en el salón.

—Me gustaría saber quién va a tocar en la escuela dominical.

—Encontrarán a alguien, digo yo —terció Callie—. La niña de los Barrow, quizá. Está aprendiendo. Está muy bien darle una oportunidad de vez en cuando.

Leonie pisó con fuerza el pedal y aporreó las teclas del piano.

—Vamos, señorita, alegra esa cara, ¿me oyes?

—¿Por qué no se queda Mathy? Ella y Jessica siempre tienen muchos asuntos entre manos.

—Ya se queda.

—Pero ella sola, quiero decir.

—Quiero que tú te quedes también. Y no pongas esa cara. Siento que no puedas ir, pero esta vez no hay más remedio. Mathy, pórtate bien, y no te escapes.

Matthew y Callie se fueron en coche. Jessica estaba echada en la cama en combinación, con un paño mojado en la cabeza, y escuchaba el solitario canto de las cigarras. Leonie tocaba el piano. Al cabo de un rato, Jessica la oyó salir a la puerta y llamar a Mathy en el porche y luego en la parte de atrás, finalmente se acercó a la escalera.

—¿Está Mathy arriba contigo?

—No.

—¿Dónde se habrá metido esa chiquilla?

La llamó de nuevo una o dos veces, y por fin volvió al piano. Jessica yacía con los ojos cerrados. Al cabo de unos instantes Mathy entró en la habitación de puntillas.

—¡Chist! —Se puso un dedo en los labios y se deslizó cautelosamente por la habitación—. ¡Tom está aquí! —susurró.

Jessica dio un salto, dejando que el paño mojado se le cayera al suelo.

—¿Dónde?

—En el huerto.

—¿Qué hago? Está Leonie…

—Espérate aquí y no bajes hasta que yo te lo diga.

Salió sin hacer ningún ruido. Luego, la puerta de atrás se cerró de golpe.

—¡Mathy! —exclamó Leonie.

—¿Qué?

—¿Dónde te habías metido? Te he estado llamando.

—Estaba fuera.

—¿Dónde? ¿No me has oído?

—Sí.

—Se lo diré a mamá.

—Díselo.

—¿Adónde vas ahora?

—Al pozo. Voy a sacar un cubo de agua. ¿Quieres que te traiga un poco?

—Bueno.

Jessica empezó a vestirse sin acertar apenas a abrocharse los botones. Se cepilló el pelo, se lo recogió con una cinta nueva, se echó agua fría por la cara y se pellizcó las mejillas para darles algo de color. Mathy no había dado todavía la señal. Leonie seguía tocando el piano. De vez en cuando, cuando con la mirada tropezaba con el cuadro de la muchacha que sostenía la cruz, Jessica se estremecía. Abajo, en la cocina, el reloj dio las once.

Leonie terminó la canción que estaba tocando; Jessica la oyó salir por la puerta de atrás y cruzar el patio. Un momento después se oyó un ruido, unos puñetazos y la voz de Leonie llena de furia apagada. Mathy volvió a subir corriendo.

—¡Vamos! ¡La he encerrado en el lavabo!

—¡Le dará algo! —chilló Jessica—. ¡Echará la puerta abajo!

—No podrá, he puesto una tabla por fuera. No saldrá hasta que yo la deje.

—¿Estás segura?

—Claro que lo estoy. ¡Vamos, Jessica!

Cogió a Jessica de la mano y la arrastró atropelladamente por las escaleras. Luego corrieron hacia el huerto; Mathy iba delante.

—¡Tom! —gritó al llegar al fondo del huerto—. ¡Estamos aquí…, a salvo!

Tom se asomó cautelosamente por detrás de un árbol.

—Hola —dijo, sonriendo.

—¡Has vuelto! —gritó Jessica.

—Sí —contestó—. ¿Cómo estás?

—Muy bien.

—¿De…, de verdad?

—De verdad, Tom.

—¡Me alegro de saberlo! —Titubeó con la sonrisa tonta todavía en el rostro—. Mathy me ha dicho que querías verme.

—He ido a buscarlo —dijo la niña.

Jessica se volvió lentamente, mientras su sonrisa desaparecía.

—¿Tú?

—Pensé que tal vez estaría todavía en casa de los Latham; así que he ido.

Jessica volvió a mirar a Tom.

—¿Aún estás allí? Creía que te habías ido a Kansas.

—Todavía no.

—Ah…

—Caramba, de veras que me alegro de que me hayas mandado llamar. Me estaba preguntando si…

—Yo no te he mandado llamar —susurró Jessica—. No sabía que Mathy iba a ir.

—Es verdad, Tom —dijo Mathy—. Ella no me ha mandado…, ya te lo he dicho.

Tom se echó a reír desconcertado.

—Bueno, da igual lo que haya dicho. De todos modos, me alegro de verte.

—¿Sí? —dijo Jessica.

—Claro que sí.

—Entonces ¿por qué no volviste la semana pasada, Tom?

—Bueno, yo…

—¿Necesitabas que fueran a buscarte?

—Caray, Jessica, no estaba seguro…, no sabía si tendrías el valor de escaparte otra vez.

—Lo habría hecho.

—Pero es que yo no lo sabía. No te enfades, Jessica.

—¡No estoy enfadada! —replicó con los ojos llenos de lágrimas.

—Oh, dejad de pelearos —dijo Mathy—. No hay tiempo. Daos prisa y decidíos.

—¿Decidir qué? —preguntó Tom.

—Que os casáis.

—¡Casarnos!

—Vais a casaros, ¿no?

—Bueno, yo… ¡Caray!, no hemos llegado tan lejos, ¿verdad, Jessica?

—Me parece que no.

Mathy intervino.

—¿No os gustáis el uno al otro? Yo creía que…

—¡No entiendo mucho de bodas! —dijo Tom.

—Lo único que hay que hacer es ir a ver al pastor —contestó Mathy.

—No creo que sea así de fácil.

—¿Por qué no?

—Un chico debe tener algo con qué casarse.

—¿Te refieres al dinero?

—¡Sí! —dijo Tom—. Y un trabajo, y una casa donde vivir.

—¡Bah! ¿Para qué necesitas una casa?

—Las personas casadas la necesitan. En algún sitio hay que vivir.

—¿No puedes vivir con tu familia?

—Mathy, ¿quieres callarte? —dijo Jessica—. No podemos casarnos…, papá no nos dejaría.

—No se lo digas —replicó la niña—. Hazlo. ¡Fúgate!

—¡Oh, Mathy, cállate! —rió Jessica.

—¿Te daría miedo? —preguntó Mathy—. ¿A ti te daría miedo, Tom?

—No lo creo, pero…

—¿No queréis casaros?

—No he pensado en ello.

—Pues yo sí —dijo Mathy—. Me encantaría casarme. ¡Debe de ser muy divertido!

—¡Seguro! —Él se echó a reír desdeñosamente.

—Yo también lo creo —dijo Jessica en voz baja—. Tom, yo podría irme contigo a Kansas. Te seguiría a todas partes y haría lo que me pidieras… No te causaría problemas.

Tom la miró alarmado.

—No tengo mucho dinero, Jessica.

—No me importa.

—¡Ni trabajo ni nada!

—Me da lo mismo que tengamos que estar con tu familia una temporada…, parece simpática.

—Pero ¡por el amor de Dios! ¡Ni siquiera tengo dinero para llegar hasta allí!

—Podéis quedaros con el dinero de los huevos —dijo Mathy—. Yo os lo traeré.

—Eso es robar —dijo Tom.

—No si lo devuelves.

—Podríamos devolverlo —dijo Jessica.

Tom se apoyó en el árbol con la camisa mojada de sudor.

—¡No sé nada de fugas!

—Se coge un tren —dijo Mathy.

—¿Sí? ¿Y cómo lo cogemos?

—El domingo que viene, cuando vayamos a la iglesia, Jessica puede escaparse y reunirse contigo en la estación.

—Sí —asintió Jessica—. Y podríamos ir a tu casa…

—¿Y si tu padre nos pesca?

—No os pescará —dijo Mathy—. Estará cantando en el coro.

—Se pondrá como una fiera cuando lo descubra.

—¿Y qué te importa? No estarás aquí…

—¿Por qué no lo hacemos, Tom? —dijo Jessica.

—Diablos, no sé…

—Bueno, ¡decidíos! —exclamó Mathy, impaciente—. Tengo que sacar a Leonie del lavabo.

Tom se enjugó el sudor de la frente.

—¡Madre mía…!

—¡Por favor, Tom! —gritó Mathy—. ¡Te queremos tanto…! Tom se quedó con la espalda apoyada en el árbol contemplando a sus encantadoras adversarias: las dos tiernas y dulces y jóvenes; una, viva y decidida; la otra, tímida y adorable; ambas con intenciones más mortíferas que las de un cañón. Una lenta sonrisa de derrota se dibujó en su cara.

—Bueno —dijo, mirando a Jessica—, creo que lo haré si tú quieres.

—¡Sí quiero! Oh, Tom… —Se detuvo—. ¿Lo dices en serio?

—Sí.

—¿Te reunirás conmigo el domingo en la estación?

—Sí.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

—¡Estupendo! —exclamó Mathy—. Ahora vámonos, Jessica, antes de que nos descubran.