Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 28 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 12

 

Una mañana de febrero de su segundo invierno en Renfro, una muchacha alta, con sombrero y capa de piel, entró en su clase y se presentó. Era nueva en la comunidad, había llegado de San Luis para vivir con sus tíos y deseaba asistir a la escuela. Su voz era clara y elegante, una voz cultivada. Extasiado por sus fríos y distinguidos modales, Matthew apenas pudo pronunciar su nombre y estrechar la mano que ella le ofrecía. Le asignó un pupitre y le indicó dónde podía colgar su chal.

—Gracias —dijo ella con una ligera inclinación de cabeza—. Es usted muy amable.

Aquella frase le halagó; le pareció ceremoniosa y encantadora. «Muy amable», se dijo, queriendo reír; «¡muy amable!». Fue muy amable con ella durante todo el día.

Los demás alumnos se mostraron de lo más desagradables. Se reían, la miraban, se burlaban de sus vestidos, de su pelo y de su nombre. La llamaban la señorita flaca y descolorida. Ella lo soportaba con dignidad y con una expresión divertida.

Cuando terminaron las clases por la tarde, preguntó si se podía quedar en la escuela hasta que llegara su tío. Se sentó en la parte de atrás hojeando un libro mientras Matthew trabajaba en su mesa. No se dirigieron la palabra y el silencio se hizo tenso. Él oía su propia respiración, el estómago le hacía ruidos y necesitaba orinar. Al cabo de casi tres cuartos de hora, llegó por fin el tío.

—Buenas tardes, señor Soames —dijo Charlotte—. He pasado un día muy agradable.

Sus tíos, que vivían a algunos kilómetros de Renfro, eran un matrimonio sin hijos de elevada posición social. Matthew los conocía sólo de vista. Todas las mañanas, el tío llevaba a Charlotte a la ciudad en calesa, y al final de la jornada volvía a recogerla. Llegaba invariablemente tarde. Durante las esperas, que duraban de veinte minutos a una hora, Matthew y la muchacha empezaron a tratarse.

Él supo que sus padres estaban divorciados, que su madre había vuelto a casarse hacía poco y que se hallaba en Europa pasando la luna de miel. Y como el matrimonio se había celebrado repentinamente, no hubo tiempo de arreglar las cosas para Charlotte. Lo más sencillo había sido enviarla al campo tres meses con la hermana de su madre. (Además, mamá creía que le iría bien respirar el aire campestre durante una temporada y contemplar la naturaleza.) Charlotte no quería ir, pero no le quedó más remedio que obedecer.

Hablaba del divorcio con toda naturalidad, lo cual sorprendía a Matthew. Pero la muchacha parecía modesta, distinguida y nada embrutecida por la experiencia. Era muy refinada. Matthew se enteró de que había estudiado pintura, frecuentaba la ópera, y asistía a representaciones teatrales. El amigo de su madre («que es ahora mi padrastro»), las llevaba a veces a conciertos.

Admitía serenamente que le importaban muy poco los estudios. En realidad, no había pensado en asistir a la escuela durante aquellos tres meses, sino dedicarlos a leer, la cual cosa adoraba, y a contemplar la naturaleza, como su madre le había sugerido. Pero al cabo de una semana de libros, naturaleza y nada más, se encontró terriblemente aburrida y decidió ir a la escuela.

Leía las novelas de Scott y Dickens y hablaba de libros y escritores que a Matthew le resultaban casi desconocidos: Theodore Dreiser, Edith Wharton, George Sand (Matthew se quedó atónito al saber que George Sand era una mujer) y una novela llamada Madame Bovary, escrita por un francés. Quería saber cómo había conocido aquellas obras. ¿Las enseñaban en la escuela de San Luis? Charlotte explicó que las había leído casi todas en casa; su madre tenía muchos libros. Incluso había escrito parte de una novela que le dejó leer a Charlotte.

También le gustaba mucho la poesía, particularmente la de Keats y Tennyson (¡cómo disfrutaba con «La vigilia de santa Inés» y «La dama de Shalott»!), y un libro que le habían regalado a su madre por Navidad, el Rubaiyat de Ornar Khayyam.

—¿El qué de quién?

—Ru-bai-yat de Ornar Khay-yam. Es muy bonito. Cuando vuelva a casa le mandaré un ejemplar.

Aquellas conversaciones deslumbraban a Matthew. Ella hablaba con mucha propiedad, diciendo las cosas más sorprendentes con su voz alta y clara, y manejando un vocabulario nada vulgar. Cada día esperaba con ansia aquellas charlas del atardecer. Charlotte también parecía tenerles afición. Cuando la puerta se cerraba detrás de los demás alumnos, ellos se miraban riendo con alivio y se daban la mano, como si no se hubieran encontrado en todo el día hasta aquel momento. Charlotte se instalaba en un pupitre de delante mientras Matthew, sentado ante su mesa, apoyaba la silla contra la pizarra; entonces empezaban a hablar de libros, viajes y música.

Charlotte solía decir que sería estupendo que él pudiera ir a visitarla a San Luis. Ella le enseñaría los grandes edificios, el museo, la universidad, y podrían asistir a un concierto juntos. ¡Cómo echaba de menos los conciertos! ¡Qué agradable sería que Matthew pudiera ir a la escuela de San Luis aquel verano! Hablaba de ello con tanta frecuencia que él empezó a considerar la posibilidad de hacerlo. Nunca se le había ocurrido ir a ninguna parte, a excepción de la escuela normal de Clarkstown. Pero ¿por qué no San Luis? Hasta el viaje mismo le serviría de instrucción.

La idea se convirtió en un pequeño juego entre ellos. Cuando Matthew fuera a San Luis, irían a ver un espectáculo cómico en un barco, uno de actores negros. Pero primero cenarían en un restaurante elegante. ¡Y beberían champán!

—¿Es embriagador el champán? —preguntó Matthew.

—¿Qué quiere decir? —dijo Charlotte algo sorprendida.

—¿Emborracha?

—¡Claro que no! —Lo miró incrédula—. ¡El champán no es cerveza!

Bueno, ¿y qué más harían? Irían a la escuela militar de Jefferson y verían desfilar a los soldados, todos vestidos de uniforme; eso era muy emocionante. Irían al nuevo Coliseo; irían en canoa. Visitarían los jardines de Shaw y los edificios de la exposición internacional (¡qué pena que no hubiera estado en San Luis justo entonces!). Ella llevaría su sombrero de rosas y su sombrilla a juego. Él, con su sombrero de paja y un bastón, tendría un aspecto tan elegante que todo el mundo pensaría que había llegado de Nueva York. Pasearían entre las flores y la gente creería que era su pretendiente. (Se echaron a reír).

¿Y qué más? Oh, habría un montón de cosas estupendas que hacer. La ciudad lo recibiría con los brazos abiertos. Y así seguían hablando hasta que la cabeza de Matthew daba más vueltas que un globo terráqueo.

Una tarde, al darse la mano, Matthew se inclinó súbitamente y la besó en la boca. Se contemplaron un instante y después no pudieron pensar ni decir nada. Charlotte se sentó encima de la mesa, Matthew se apoyó en la pizarra. Ninguno de los dos podía mirar al otro sin esa contracción de la cara que parece una sonrisa. El tío no llegaba, y por fin no les quedó otra cosa que hacer más que caer el uno en brazos del otro y unir sus labios.