Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 40 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 8

 

No podía perdonar a Mathy aquella ofensa final (aun cuando su madre tenía parte de culpa). Sin embargo, ahora que se había ido, la echaba bastante de menos. Ella y Ed estaban en el sur, donde él hacía un sinfín de cosas. Rociaba las cosechas, daba paseos a la gente; incluso enseñó una temporada en una escuela de aviación. No echaba raíces en ninguna parte, y Matthew estaba muy preocupado por Mathy. No es que ella se mereciera sus desvelos, pues, en resumidas cuentas, había elegido su destino. Pero él se inquietaba igualmente, preguntándose a veces dónde dormiría su hija por las noches y si pasaría hambre. Cuando se sentaba a solas con Callie en las largas noches de invierno, mientras la pequeña dormía, y oía el viento silbando por la chimenea y resonando en la gran casa, pensaba en Mathy, Leonie y Jessica; las recordaba a las tres con las cabezas inclinadas sobre sus libros. Y sentía nostalgia por aquellos pacíficos tiempos. De vez en cuando, sonreía tristemente al evocar alguna travesura de Mathy. Era una chiquilla extraña, que hubiera debido estar allí en aquel momento estudiando sus lecciones. Y habría estado ahí de no haber sido por Ed Inwood. En secreto, maldecía a ratos la existencia de aquel muchacho. ¿Por qué le enviaba el destino a Ed para que lo atormentara aparentemente sin descanso?

A finales de julio, Ed llevó a Mathy a casa. Iba a tener un hijo en agosto. Sus padres apenas reconocieron a la alegre chiquilla que los había dejado hacía un año. Llevaba el pelo corto como un muchacho y estaba bronceadísima por el sol, pero seguía saludable y animada como un potrillo. Unas cuantas semanas después dio a luz sin ninguna complicación a un niño precioso.

Entretanto, Ed disfrutaba de la admiración general, no sólo en casa (donde las mujeres le prestaban tanta atención como al bebé), sino también en toda la ciudad. Lindbergh acababa de realizar su famoso vuelo, y la gente de Shawano, tan excitada como la del resto del país, hizo de Ed su héroe personal. Era un aviador, igual que Lindy; no importaba nada más. Raro era el hombre que, cuando se lo encontraba por la calle, no le decía a Matthew lo orgulloso que debía sentirse de su yerno.

—Ed es un chico estupendo, ¿eh?

—Sí, está volando muy alto —contestaba siempre Matthew.

Aquello les hacía reír.

—Ya sabía yo que tenía madera.

¿Madera de qué?, se preguntaba Matthew. Tantas alabanzas le extrañaban. Ed no había volado sobre los océanos ni había batido ningún récord. Sólo se había jugado el cuello. ¿Es que aquello mejoraba el mundo, ayudaba a los enfermos y necesitados, hacía progresar la inteligencia de los hombres? Ed no prestaba ningún servicio. Su trabajo era deporte, emoción, placer. Y él era arrogante, irresponsable e inquieto; desafiaba las leyes de Dios y de la naturaleza. Pero aquello era lo que la gente quería, lo que la época exigía, y todos sus defectos se habían convertido en virtudes. Matthew se sentía pasado de moda. Pero no importaba: los viejos valores prevalecerían y algún día serían reconocidos.

De vez en cuando Ed y Mathy les hacían visitas breves; llegaban en avión o en un coche viejo que Ed había reparado. Mathy llevaba botas y pantalones, igual que su marido, y no parecía la madre de un precioso niño. El bebé, por otra parte, parecía criarse muy bien; era un chiquillo cariñoso y alegre.

Vivían como nómadas, unos cuantos meses aquí, otros cuantos meses allá, dondequiera que el capricho de Ed los llevara; en realidad, eran como gitanos, y no parecían desear otra cosa. Pero aunque trabajaban poco y no ganaban nada —eso Matthew lo veía—, comían y, a su ridícula manera, vestían bien. No comprendía cómo se las arreglaban.

—Pero esto no durará —repetía, a pesar de las protestas de Callie—. No pueden seguir así siempre, revoloteando como mariposas. Algún día las cosas cambiarán.

Tenía razón. La aviación prosperaba, tal como Ed había predicho, y la competencia aumentó. Los tiempos en que a un piloto le bastaba con su encanto y su valor habían quedado atrás. Ahora necesitaba conocimientos especiales de meteorología, de navegación, de técnica, que Ed se resistía a adquirir. (¿Por qué había de molestarse? ¡Podía volar como un pájaro! Mejor que un pájaro: ¡podía volar boca abajo!) Además, los tiempos eran malos. Los bancos pequeños se arruinaban y la gente tenía menos dinero y menos ganas de gastarlo. Empezaban a estar asustados. Luego la Bolsa se derrumbó y el pánico se extendió por todo el país. No eran buenos tiempos para un aviador trashumante.

Matthew y Callie comenzaron a entrever por las cartas de Mathy que las cosas no iban bien. No es que contuvieran quejas, sólo observaciones humorísticas. Pero se preocupaban. A principios de primavera, Matthew les escribió para que se trasladaran a su casa; podían instalarse en la granja, donde vivirían del huerto y de las vacas. Mathy contestó muy agradecida. Sería estupendo, dijo; a ella siempre le había gustado la granja. Pero Ed era un aviador, y aquélla era su vida; ya saldría adelante de algún modo. Esperaba conseguir pronto un trabajo como piloto comercial.

Callie se inquietaba por ellos, pero defendía a Ed. Era un buen muchacho, repetía. Pronto sentaría la cabeza y se establecería en algún sitio. Tal vez unos cuantos contratiempos como aquéllos eran lo único que necesitaba.

Pero llegó el día en que su fe se tambaleó precariamente. Ed se marchó a California en busca de aventuras (deducción de Matthew), dejando a Mathy y al niño en Texas. Estuvo fuera durante varios meses. Las cartas de Mathy no dejaban claro lo que estaba haciendo, sólo sabían que él y otro aviador se habían asociado para realizar servicios de carga; más tarde Ed se empleó de mecánico en un campo de aviación. Como se mostraba tan vaga en sus explicaciones, sus padres dedujeron que no siempre sabía lo que hacía su marido. Unos meses más tarde su ansiedad se tornó en auténtica alarma: se enteraron —por medio de Jessica, que se lo dijo a Leonie, quien rompió el secreto porque pensaba que ellos debían saberlo— de que Mathy le había perdido el rastro a Ed. No había recibido noticias suyas desde hacía más de un mes y trabajaba como camarera para mantenerse a ella y a Peter. Matthew le escribió en seguida diciéndole que volviera a casa y le metió un cheque en la carta. Pero Mathy se lo devolvió por correo aéreo con una nota: Ed había vuelto y todos estaban muy bien.

No supieron nada más de ellos durante varias semanas. La escuela había terminado y ya se habían trasladado a la granja para pasar el verano cuando recibieron la noticia del accidente. Ed despegó en el avión una noche, durante una fiesta, para realizar una exhibición de fuegos artificiales, y Mathy lo había acompañado para ayudarlo con los fusibles; había dejado al niño con un mecánico que les había ayudado a preparar el avión. Todo iba bien, hasta que empezaron a descender y se estrellaron en un campo desconocido, en la oscuridad. Ed estaba malherido, aunque no grave. Mathy se mató.

Aquel día vagaron por la casa casi en silencio, buscando en las caras de los demás alguna señal de que todo era sólo una pesadilla, sólo eso.

—Pero ¡yo rezaba! —decía Callie con voz aturdida—. ¡Rezaba todo el rato!

Sin embargo, Mathy estaba muerta, y su padre fue a buscarla para llevarla a casa. En el hospital, Ed yacía bajo el efecto de fuertes sedantes y no se despertó cuando Matthew entró en su habitación. Éste permaneció largo rato contemplando la inmóvil figura vendada y le dijo adiós silenciosamente. Ahora estaba libre de Ed; Ed había hecho su última travesura. Matthew salió llevándose al niño.

Por fin fue a ver a Mathy. Yacía con expresión atenta, con una burlona sonrisa en la cara, como si estuviera evaluando aquella circunstancia nueva, meditando fríamente lo que podía hacer con la muerte. Matthew permaneció con los ojos secos, anulado su dolor por la fuerza de la ira; de la ira porque hubiera sucedido aquello, porque Mathy estuviera allí muerta y no pudiera responder a su llamada. Luego, su memoria, retrocediendo ciegamente, alteró aquel rostro pequeño y le devolvió el de la niña de pelo oscuro a quien él había visto por primera vez una noche de invierno en una granja en penumbra. Las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas. «Buenas noches, chiquilla…, buenas noches».