Cuatro hermanas

Jetta Carleton · Capítulo 52 de 54

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Cuatro hermanas

Capítulo 2

 

Era abril. La escuela todavía no había terminado. Matthew iba a Renfro cada mañana para dar clase y regresaba a casa al anochecer. Cuanto más largos eran los días, más tiempo permanecía en la ciudad, pues aunque tenía mucho que hacer en la granja, no parecía interesarse demasiado. Normalmente, en primavera florecía como un árbol, se llenaba de nuevo vigor y se aplicaba a su trabajo con tenacidad. Solía estar sombrío y silencioso, y se enfadaba con Callie y con las niñas. Éstas apenas se atrevían a hablarle y, cuando lo hacían, él no las escuchaba. Ya había pasado temporadas así otras veces, pero en esta ocasión parecía haber algo más. Callie pensó en su hermano que casi había muerto de tuberculosis y le aterrorizaba pensar que Matthew hubiera cogido aquella enfermedad. Que él asegurara que estaba bien no importaba. Ella continuaba preocupada y lo vigilaba de cerca para no pasar por alto cualquier signo fatal.

Algo sucedía, de eso estaba segura. Matthew había cambiado en cierta manera; no disfrutaba ni con las niñas ni con ella. De hecho, parecía hacer lo posible por rehuirla. Y por fin, con hiriente sorpresa, descubrió que había otra mujer. Alguien a quien él veía todos los días. Tenía que ser eso. ¿Qué otra cosa, si no, podía haberle arrebatado a su marido, reemplazándolo por aquel extraño?

Se sintió tan curiosa como herida ante el descubrimiento. ¿Quién diablos podía ser? Repasó mentalmente a todas las mujeres y muchachas de la región, convenciéndose de que no era ninguna de aquéllas. Aunque ella no era precisamente vanidosa, conocía su propia valía; era tan inteligente como cualquiera de sus conocidas, más guapa que muchas, y además tenía encanto. Jamás ninguna chica le había quitado a ningún hombre. En todo caso, había sucedido lo contrario. ¿Quién podía ser la que le estaba devolviendo ahora la pelota? Sin duda, alguna mujer de la ciudad; una criatura tonta que le había hecho perder la cabeza a su marido. Conocía aquella clase de mujeres. Los hombres caían en sus garras como cogían resfriados en primavera. Pero no duraban mucho. Al llegar el verano todo habría terminado. Desde luego, ella no pensaba armar un escándalo. Eso es lo que los hombres esperan que hagas: hace que se sientan importantes y les da algo que echarte en cara. Pero ¡no iba a darle aquella satisfacción! Si él tenía que descarriarse, que lo hiciera por su cuenta; así no podría decir que ella lo había inducido a ello.

Sin embargo, a veces, cuando él se sentía culpable y lo demostraba, resultaba difícil guardar silencio. Pero se contenía y, con tazas de sasafrás, hierbas silvestres y paciencia, hacía lo posible por aclararle la sangre y acelerar su retorno.

Jessica tenía siete años aquella primavera, y ya había empezado a ir a la escuela. Cada mañana, Matthew, de camino para Renfro, la dejaba en Bitterwater. Y por las tardes ella volvía a casa cruzando los campos o acompañada por algún vecino. Leonie, que acababa de cumplir los cinco, había estado pidiendo todo el año que también la llevaran a la escuela. Y una mañana de abril —una mañana particularmente hermosa y cálida— dejaron que acompañara a Jessica «de visita». Matthew estaba de mal humor porque aquel día tenía que hacer el viaje en calesa y llegaría más tarde. Pero Leonie había insistido mucho y por fin decidió llevarla también.

Callie les dijo adiós con la mano y entró corriendo en casa para empezar el trabajo de la mañana. Como hacía muy buen día, sacó la ropa de cama a ventilar; colgó las colchas en el tendedor y extendió los colchones sobre la hierba. Luego, como no tenía ganas de entrar en casa, decidió ponerse a buscar su gallina ponedora. La muy granuja se había construido un nido por algún sitio y no habían podido encontrarla.

Bajó por el prado pensando en la gallina, aquel animal suave, rollizo y estúpido, oculto en algún sitio sobre sus huevos calientes, dormitando hasta que le llegara el momento de salir. Callie sonrió. Hasta una gallina se enorgullecía de sus bebés. Y una gallina no sabía casi nada. ¡Cuánto más orgullo se sentía teniendo hijos, porque así se amaba a alguien!

—¡Oh, Matthew! —exclamó angustiada.

¿Qué le pasaba a aquel hombre y por qué no se comportaba como de costumbre? Lo echaba de menos, y también a sus polluelos. Deseó que Leonie se hubiese quedado en casa. Se sentía muy sola con todos fuera. Pero aquellos días incluso se sentía sola cuando estaban todos en casa. Suspiró y, tras una búsqueda infructuosa, volvió a casa.

Estaba trabajando en la cocina cuando un ruido en la parte delantera le llamó la atención. Deseando que fuera un vecino que pasara por allí, corrió a ver. Pero con alarma comprobó que un hombre extraño había cruzado la puerta del patio. Era un hombre de piel oscura, llevaba una ramita de ciclamor en el sombrero y cuando andaba se oía un tintineo. ¡Un gitano!, pensó con pánico; pero al instante se sintió tranquilizada al ver el hato que llevaba colgado del hombro. Se trataba de un buhonero, y aunque era aún temprano para que aparecieran, no era motivo de alarma. Sin embargo, era un hombre y un extraño, y su dedo se colocó instintivamente sobre el gancho de la puerta. Si él no la hubiera visto, habría corrido a esconderse.

—¡Buenos días! —gritó él.

Cruzó el patio con paso alegre; era un hombre joven, de constitución bastante ligera. El tintineo procedía de una campanilla que llevaba en el zapato. Ahora que lo veía más de cerca, comprobó que no era tan oscuro de piel como creía; parte de su color se debía al sol. Pero su pelo y sus ojos eran negros, y había algo en él que lo clasificaba, si no como gitano, sí como extranjero. Se detuvo en el umbral de la puerta, dejó el hato en el suelo y se quitó el sombrero.

—¡Qué buen día hace hoy! —exclamó, tan satisfecho como si el tiempo fuese obra suya—. ¿Puedo presentarme? Marco Polo del desierto, una caravana de uno con un cargamento de riquezas: sedas, encajes y joyas, perlas de Oriente, agujas, alfileres, tabaco torcido, y… —quitándose la ramita de ciclamor del sombrero, añadió—: ¡flores para las señoras!

Le tendió la ramita con una amplia y amistosa sonrisa. Pero si creía que iba a abrirle la puerta, estaba equivocado.

—Eso no es una flor, sino que es de un ciclamor, y tengo un bosque lleno de ellos.

Él se echó a reír como si ella le hubiera contado un chiste.

—¿Es suyo ese bosque que hay ahí detrás? Entonces el ciclamor lo he robado — admitió alegremente—. Pero como le pertenece, si se lo devuelvo ya no tengo de qué avergonzarme. Aunque bien pensado —dijo, apenas sin parar para recuperar el aliento—, me parece que no se lo voy a devolver. Ya que usted tiene un bosque lleno y yo sólo esta pequeña ramita, con su permiso, me la quedaré.

—Sí, quédesela.

—¡Gracias!

Volvió a colocarla en el sombrero y la miró con su brillante sonrisa.

—¿No es un poco pronto para que aparezcan ustedes, los buhoneros? —preguntó ella.

—¡En realidad, sí! Y yo no tenía intención de venir aquí tan pronto, ni de venir nunca.

—Entonces ¿por qué lo ha hecho?

—¡Me he perdido! —exclamó felizmente, abriendo los brazos—. Sé que me hallo en alguna parte de Misuri y a un cuarto de hora de camino de un árbol de ciclamor; pero, aparte de eso, no sé dónde estoy.

—¡Caramba! ¿Y cómo ha llegado hasta aquí? —Andando.

—¿Desde dónde?

—Desde una estación de ferrocarril. Pero no está en una ciudad, sino en pleno campo.

—Supongo que se refiere al cruce. Los trenes que no cruzan Renfro paran allí algunas veces.

—¿Renfro?

—Es la ciudad más cercana. ¿Se encaminaba usted hacia allí?

—¡Me parece que no! Me dirigía hacia el sur, a la región de las colinas, donde ya casi es verano. Pero ayer (se acordará del buen día que hizo; como hoy, sólo que éste es mejor), ayer, digo, se me ocurrió bajar del tren en ese cruce y echar una ojeada a esta comarca. El sol era cálido y yo estaba cansado de tanto viajar. Ya tomaría otro tren que me llevara a mi destino. ¡Así que bajé! Y empecé a andar junto al camino pensando que si veía alguna casa tal vez podría vender algo. Y si no, pues no vendería. La única pega fue… que me perdí en los bosques.

—¿Por qué no continuó por el camino?

—Lo encuentro pesado. —Sonrió ladeando la cabeza como un petirrojo, que en realidad era a lo que le recordaba: tenía ojos negros y brillantes, el paso vivo, y se había adelantado a la estación—. Había un sendero, pero no puedo soportar los senderos. ¡No se sabe adónde te llevarán! Ese me condujo hasta un arroyo. Pero no estuvo mal. ¡Cogí un hermoso pez y me lo comí para cenar!

—¿Cómo lo guisó?

—Encendí un fuego, y además tengo una sartén. Siempre la llevo aquí —dijo, tocando el hatillo con la punta del pie—, porque nunca sé dónde voy a comer. Después de cenar, me arrebujé junto al fuego y me dormí.

—¿Ha pasado toda la noche en el bosque?

—¡No había ningún otro sitio!

—¡Dios mío! ¿No hacía mucho frío?

—Sí, pero con el fuego y la chaqueta no se estaba del todo mal. A mí no me importa el frío. Esta mañana me he dado un chapuzón en el arroyo. Sí —se echó a reír al verla estremecerse—, me han dolido hasta los huesos, pero me he deshelado al sol. Luego lo único que tenía que hacer era encontrar el camino de la estación. Así que he recogido mis bártulos y he empezado a andar. Pero si usted dice que el empalme está en esa otra dirección, entonces no me oriento muy bien. Pero ¡soy un tipo con suerte, encantado de estar aquí!

—Si va a coger el tren de la tarde, será mejor que se marche ya.

—¿No hay otro más tarde?

—No hasta última hora de la noche.

—Entonces, si pierdo uno, puedo tomar el otro. Y entretanto, con su permiso, le enseñaré con mucho placer mis mercancías.

—Siento que haya tenido que andar todo este camino —dijo Callie—, pero no necesito nada. Será mejor que no pierda el tiempo.

—Pero si tengo todo el día —repuso él, abriendo los brazos.

—Sí, pero yo no. Yo tengo trabajo que hacer.

—Y aquí estoy yo, haciéndole perder el tiempo. ¡Perdóneme!

—Oh, no tiene importancia.

—Pero ya que estoy aquí —dijo, alegre de nuevo—, tal vez podría enseñarles mis cosas a los niños para entretenerles; no tiene que comprar nada. ¿Tiene usted hijos?

—Dos niñas, pero están en la escuela.

—¿Y su marido?

—Mi marido está… trabajando. En el granero —añadió firmemente—. Pero él tampoco necesita nada.

—Entonces ¿por qué no echa una ojeada usted? —dijo el buhonero con sonrisa suplicante—. No tardará mucho rato. Tengo sedas (hermosas sedas para lindos vestidos), cintas, botones dorados… Por favor, ya que estoy aquí…

—Bueno… —Contempló pensativamente el hato. Le gustaban aquellas baratijas —. Bueno, está bien. Echaré un vistazo. Pero sólo eso; no puedo comprar nada.

—No se preocupe —dijo él, desatando las cuerdas.

—Extiéndalo todo ahí en el porche. Desde aquí puedo verlo.

—Sí, señora.

El paquete se abrió como un melón maduro, de color intenso y lleno de unas semillas que eran baratijas, alfileres y carretes de hilo.

—¡Caramba, lleva muchas cosas!

—Todo lo que su corazón desea, y yo conozco los corazones de las señoras.

Empezó a desenrollar piezas de brillante seda carmesí y verde plata, y una con una ancha barra púrpura. No había nada negro aprovechable.

—¡Vaya! —exclamó Callie—. ¡Qué cosas tan bonitas!

Él sacó otra pieza de tela y la extendió con un rápido movimiento de muñeca. Era tafetán, rojizo y verde como las plumas de un gallo de Rhode Island. Sus inquietos colores brillaban al sol lanzando mil reflejos.

—Es preciosa —susurró ella.

El buhonero esparció botones dorados por encima de la tela como si se tratara de un puñado de grano. Luego sacó rollos de cinta de color rosa, azul, amarillo y rojo. Callie los miró con ojos brillantes, pensando en las niñas.

—¿Cuánto cuestan?

—Mi cinta es a seis centavos el metro. Es ancha y bonita, de buena calidad.

Ella se puso a hacer cálculos mentalmente, frunciendo el ceño.

—Necesitaría unos cuatro metros.

—Le haré un buen precio. Cuatro metros por veinte centavos.

—Hum… —Se mordió el labio inferior. Azul para Jessica, amarilla para Leonie…, serían unos bonitos cinturones para sus vestidos nuevos. Pero, si compraba la cinta, tendría que abrir la puerta. Y aunque el joven parecía buena persona, había que ir con mucho cuidado—. No, no —dijo por fin—. No puedo hacerlo. Lo siento…

—Yo también… ¡Dejémoslo en quince!

—No, pero gracias de todos modos. Pasaré sin ella. Siento hacerle perder el tiempo.

—Yo no lo siento en absoluto —dijo él con su viva sonrisa.

—Si se da prisa, todavía puede llegar al cruce a tiempo para coger el tren.

Contempló cómo volvía a meter los tesoros en el hatillo, doblando y empaquetando las cosas mientras sus finas manos morenas relucían entre las sedas. Los rayos del sol bañaban su inclinada cabeza. Su pelo era espeso y brillante, y se le rizaba en la nuca. Necesitaba un buen corte, pensó ella, pero se fijó en que llevaba el cuello limpio. El buhonero empezó a atar las cuerdas.

—Se ha dejado algo fuera —dijo ella.

—Ya lo sé.

Callie contempló el rollo de cinta azul que había quedado en el porche, y luego lo miró a él con un destello de sospecha en los ojos.

—¿Para qué ha hecho eso?

—Me gustaría hacer un trato con usted.

—¿Qué clase de trato? —preguntó ella, retrocediendo.

La escopeta estaba en la cocina y sabía utilizarla. Él siguió atando las cuerdas y, cuando terminó, se enderezó sosteniendo la cinta en la mano.

—Si no es mucho pedir, ¿podría cambiarme un huevo por la cinta?

—¡Un huevo! —Era tan distinto de lo que esperaba que no tuvo más remedio que echarse a reír—. ¿Para qué?

—¡Tengo hambre! —contestó él con una expresión tan cómica que ella se rió de nuevo.

—Desde luego, no me extraña, después de vagar toda la noche por el bosque…

—Cogí una vaca, pero no pude ordeñarla.

—Guárdese su cinta —dijo ella—. Supongo que no puedo dejarle morir de hambre.

—No, no, haremos un trato justo. La cinta por un huevo. O tal vez…, como es una cinta de cuatro metros de largo al menos, tal vez por dos huevos.

—Tengo muchos. Puedo darle los que quiera.

—No le he pedido eso, señora.

—¡Bueno, pero no se los va a comer crudos!

—Ya lo he hecho, y no es tan malo.

—Pero es absurdo. Se los freiré.

—Ya le he hecho perder bastante tiempo…, usted tiene trabajo.

—Sí, claro que tengo —dijo ella recordando sus palabras.

—Me los guisaré yo mismo igual que el pescado. Puedo encender un fuego y tengo una sartén. Ya me las arreglaré como hago siempre.

—Bueno… —Meditó un momento—. Si quiere cocinarse su desayuno, puedo dejar que lo haga en el patio de atrás. Allí tendrá agua.

—¿No será una molestia?

—No, en absoluto. Pero tenga cuidado de no incendiar nada.

—Siempre tengo cuidado.

—No es necesario que desempaquete todas sus cosas. Le daré algo para cocinar. Dé la vuelta y vaya a la parte de atrás.

—¡Gracias!

Ella cruzó corriendo la casa, cerró la mosquitera de la puerta trasera, y esperó a que él doblara la esquina.

—Encienda el fuego ahí, junto al tractor. Pero no se acerque demasiado al poste. Yo dejaré las cosas en el escalón y usted puede venir a buscarlas.

Cuando él estuvo al otro lado de la puerta del patio, Callie sacó una sartén y dos huevos grandes, y cortó una loncha de tocino. Tras un instante de vacilación, añadió otro huevo, y lo dejó todo en el escalón, teniendo cuidado de cerrar de nuevo la mosquitera al entrar.

Podía verlo desde la ventana de la cocina. Se había quitado la chaqueta y se había arremangado la camisa. Al cabo de unos minutos ya había conseguido encender una pequeña llama y, arrodillándose, la abanicaba con su sombrero. Luego, al ver que se dirigía a la casa, se retiró de la ventana. Él se acercó al escalón haciendo resonar la campanilla y se alejó de nuevo. Dirigiéndose a la puerta, Callie vio que había dejado la cinta cuidadosamente doblada junto a un huevo. Sólo había cogido dos.

Sonrió y salió afuera.

—¡Gracias! —gritó, agitando la cinta.

Él le devolvió el saludo. Debería haberle dado un trozo de pan.

—¿Por qué no se me habrá ocurrido? —dijo, regresando a la cocina. Allí cortó una gruesa rebanada de pan, la cubrió de mantequilla, y la dejó en un platito sobre el escalón—. Aquí tiene un poco de pan.

Lo esperó, sin molestarse esta vez en cerrar la puerta.

—Dos huevos no es mucho para desayunar. He pensado que le gustaría acompañarlos con algo de pan.

—Ya ha hecho demasiado por mí. Tendré que darle más cinta —dijo él con una sonrisa.

—No tiene que hacerlo. Que desayune bien.

Unos minutos después, volvió a salir con un tarro de compota de manzana. Iba a llamarlo, pero le pareció absurdo hacerle ir arriba y abajo continuamente. Se dirigió a la puerta del patio. Él estaba arrodillado junto al fuego, de espaldas, y como no la había visto avanzó más.

—Le traigo un poco de compota.

—¡Ah, hola! —exclamó él, poniéndose en pie—. ¿Qué es lo que me ha traído?

No era tan alto como Matthew, pero sí más que ella.

—Manzanas —contestó.

—Me gustan las manzanas. —Metió el dedo en el tarro y se lo chupó—. Están buenas.

—Son mi debilidad. Pero a algunas personas no les gustan.

Permaneció allí unos segundos, y como no se le ocurría nada más que decir, dio media vuelta.

—¿No se queda?

—Oh, no, tengo que…

—Tiene trabajo que hacer. Sí, ya sé lo que pasa. Yo mismo estoy más ocupado que una abeja, cocinando, barriendo y sacando el polvo de los muebles… —Hizo unas cabriolas pasando el pañuelo por el poste y por el tractor—. ¡Siéntese! —añadió con su sonrisa infantil.

Ella no pudo evitar echarse a reír.

—Tengo que volver a casa.

—Pero ¡si hace muy buen día!

—Bueno, sí, es verdad —observó ella, mirando el cielo.

El buhonero abrió los brazos.

—¡Mira, ha pasado el invierno! —gritó—, ¡el sol brilla, los pájaros cantan, y coged las flores de ciclamor mientras podáis o lo que ponga en la Biblia!

—Se ha armado usted un lío —dijo ella riendo—. La Biblia no dice nada de coger flores de ciclamor.

—Claro que lo dice —replicó él solemnemente.

—No.

Él sacó un pequeño libro del bolsillo de su chaqueta.

—Aquí tengo una Biblia; puedo probarlo. —La abrió e hizo ver que leía—: «Coged flores de ciclamor mientras podáis en la tierra de leche y miel». Ande, léalo usted misma. —Y le tiró el libro con una alegre carcajada—. Bueno, de todos modos suena como la Biblia, ¿verdad? Y hoy hace un día hermoso. Entrar en casa con el día que hace sería como darle la espalda a Dios.

—Bueno, me quedaré un minuto.

Callie se subió al tractor y se instaló en el asiento metálico.

Estaba caliente por el sol y le produjo una agradable sensación.

—¡Y ahora alegría! —exclamó el buhonero, tirando los huevos al aire y haciendo con ellos malabarismos, como Callie había visto hacer a un hombre en un pícnic de un Cuatro de Julio—. He hecho un cambio por un huevo, y he conseguido todo esto: carne, pan, manzanas, y también buena compañía. —Cogiendo los huevos, rompió a cantar—. ¡Alabado sea Dios, que derrama todas las bendiciones! —Más que un canto era un grito, y si Dios no lo oía, es que estaba completamente sordo. El gallo rojo corrió a ocultarse—. ¡Mirad los pájaros del aire, no se afanan, tampoco giran, pero el Señor les provee con su misericordia, y yo soy Salomón en su gloria!

Saltó del poste en donde se había encaramado y cayó de pie. Callie lo contemplaba fascinada. Estaba un poco chiflado, pero no sabía si a causa de que había bebido un traguito en el bosque o por el tónico del tiempo. En cualquier caso, era vivaz como un potro y la hacía reír.

—No comprendo cómo puede estar tan animado sin haber desayunado —dijo ella.

—Oh, me gusta sentir hambre cuando sé que voy a comer. —Se arrodilló junto al fuego y rompió los huevos en la sartén. Éstos sisearon en la manteca caliente, enroscándose en los bordes como servilletas almidonadas—. Pero si tuviera más hambre, no podría comer. Me moriría de inanición. Y no me gustaría morirme en un día como éste y perderme un desayuno así. A su salud, señora, y a la mía —dijo, alzando la sartén, y apoyándola en el poste—. Buen pan, buena carne, alabado sea Dios, y empiezo a comer. —Y con la bendición, procedió.

Comía vorazmente y, aun así, con finura, sin engullir, con un entusiasmo que hacía que ella casi pudiera saborear la comida. Era halagador haberle dado de desayunar. Lo contempló con curiosidad, fascinada por sus suaves y rápidos movimientos. Tenía un brillo, un brillo limpio y saludable en el pelo y en la piel. Pensó que era joven; probablemente no tendría más de veinte años, aunque resultaba difícil precisarlo. En ciertos momentos se comportaba como un colegial de diez años, y en otros parecía mayor que ella. Pero, a pesar de su atolondramiento, Callie notaba que era culto y educado.

—Mi marido siempre lee —observó ella, jugueteando con la pequeña Biblia.

—¿Sí?

—Siempre que no está trabajando, y a veces mientras trabaja. Apenas sé qué aspecto tiene cuando está en casa; siempre tiene escondida la cara detrás de algún libro.

El buhonero sonrió.

—¿Le gusta a usted leer?

—Bueno, no tengo mucho tiempo. A veces miro la Biblia. Ésta que usted lleva es bonita.

—Forma parte de mi equipaje.

—Ah.

—La leo a veces cuando me detengo a descansar. Suena bien.

—¿La lee en voz alta?

—Es la mejor manera de hacerlo, especialmente al aire libre, suena mejor al aire libre.

—No veo qué diferencia puede haber —dijo ella sonriendo.

—Pruebe y lo verá. Lea algo.

—¿Ahora?

—Claro.

—Oh…, usted ya puede leérsela, ¿no?

—Estoy ocupado —contestó él con la boca llena.

—Bueno…, es que no leo muy bien.

—Mientras lea en voz alta, no importa.

Callie abrió el libro de mala gana. La impresión era tan fina que apenas podía distinguir las letras ni leer las palabras. Por fin, mirando atentamente la página, empezó a recitar, saltándose cosas o inventándoselas cuando la memoria le fallaba.

—«Porque Dios amó al mundo de tal manera, que entregó a su único Hijo, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna».

—¿Lo ve? —dijo el buhonero—. ¿No suena mejor aquí fuera?

—Sí, suena bien.

—Siga, lea algo más.

Ella volvió varias páginas.

—«No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad y se os perdonará.» —Se detuvo y levantó los ojos. Como él parecía estar esperando oír más, pasó más páginas y empezó de nuevo—. «El señor me apacienta: nada me falta; en verdes pastos me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas; restaura mi alma.» «Aunque camino por el valle tenebroso, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo…» «Prepáreseme la mesa a la vista de mis enemigos; unges con aceite mi cabeza.» «La bondad y la misericordia me acompañarán todos los días de mi vida; y moraré en la casa del Señor para siempre».

Cerró el libro y alzó la vista. El buhonero estaba apoyado en el poste, mirándola con los ojos entornados.

—Lee usted muy bien —dijo él al cabo de un rato.

—Oh, no tanto.

Aceptó el cumplido, aunque mentalmente buscaba alguna justificación. Podía aceptarlo por su memoria; eso sería bastante justo. Le sonrió con simpatía. Era agradable sentarse allí al sol con alguien con quien hablar. Como Matthew se pasaba todo el día fuera, se sentía muy sola, y cuando venía a casa, no hablaba mucho. Bajó los ojos y vio que el joven la estaba mirando con una expresión extraña y sonriente.

—¿Qué está mirando? —preguntó inquieta.

—Esa telaraña.

Callie se volvió, y vio flotar sobre su hombro uno de esos hilos largos y finos que parecen colgar del cielo, el filamento que la araña ha escupido y se ha desprendido de la tela. Lo tocó con un dedo y el buhonero se echó a reír.

—¿Por qué ríe? —preguntó.

—¡Porque brilla!

Parecía una buena razón. Ella sonrió, recostándose y mirando a su alrededor. El aire era insólitamente claro. Los bosques verdes, el cielo azul, el gallo rojo paseándose por el patio, incluso la madera gastada del granero parecía desprender luz propia. Todo parecía unirse al sol e irradiar brillantez. Y todo estaba en silencio. Pero hasta el mismo silencio era una especie de música.

El buhonero se tumbó de espaldas y se colocó las manos en la nuca.

—Ahora tengo más sueño que un perro con la barriga llena.

—Pues no ha sido un desayuno muy abundante.

—Lo suficiente.

—Tal vez volverá a sentir hambre antes de que pueda volver a comer. Podría prepararle un poco de comida para que se lleve.

—Oh, gracias, pero no será necesario.

—No hay más casas entre aquí y el cruce.

—Entonces puedo coger otro pez —dijo con los ojos cerrados.

—No parece preocuparse mucho.

—¿Y qué ganaría si lo hiciese?

—Bueno, no sé. Pero lo lógico es que le gustara saber de dónde procederá su próxima comida.

—El cielo proveerá, o una señora amable.

Ella se echó a reír.

—¿Le gusta ser buhonero e ir siempre de un lado a otro?

—Me gusta mucho.

—¿No se cansa?

—A veces.

—¿No se siente solo?

—A veces.

—Me imagino que debe de ganar mucho dinero.

—No mucho.

—Caramba, entonces ¿por qué lo hace?

—Para poder sentarme así al sol.

—Pero el sol no brilla todos los días.

—En algunas partes, sí.

Tenía razón. Yacía con los ojos cerrados y con una tenue sonrisa en el rostro; por un instante Callie pensó que se había quedado dormido. Pero al cabo de un rato, se incorporó alegremente.

—Sí, es una buena vida —dijo—. ¡Ya hace dos días que soy buhonero!

—Eso es lo que me imaginaba —dijo ella riendo.

—Y ahora debo continuar.

—Sí, será mejor que se ponga en camino.

—¿Por dónde voy, por el mismo camino por el que he venido?

—Puede hacerlo; cruzando los bosques el camino es más corto. Pero es más fácil andar por la carretera. Suba por la colina y siga adelante hasta llegar a un cruce. Entonces diríjase hacia el norte; el cruce queda a unos cinco kilómetros y medio.

—Lo encontraré…, si no me vuelvo a perder.

—No se aparte de la carretera; así no puede perderse.

—Me lo he pasado muy bien aquí —dijo, poniéndose la chaqueta.

—Yo también. Espero que vuelva a vernos si alguna vez pasa por aquí.

—Gracias. Pero me parece que no volveré a pasar por aquí.

—¿Por qué?

—El mundo es muy grande.

—Sí, claro. —Miró cómo se colocaba el hatillo en el hombro—. Parece pesado.

—Con un rollo de cinta menos me resulta más ligero. —Le tendió la mano—. Gracias por el desayuno.

—Pero si me lo ha pagado.

—De todos modos, gracias. —Y con una rápida inclinación de cabeza, le besó la mano. Luego alzó los ojos, sonriendo con expresión traviesa—. Y gracias también a su marido, que está trabajando en el granero. ¡Adiós!

Poniéndose el sombrero, se alejó por el sendero como si estuviera en un desfile militar. Callie se quedó desconcertada al verse descubierta en una mentira que había olvidado. Y en realidad era una mentira muy tonta, ya que el joven supo todo el tiempo que estaba sola y no había levantado ni un dedo para hacerle daño. Lo vio marcharse con ganas de poder disculparse. Si se volvía, al menos podía agitarle la mano. Pero él siguió andando sin volverse ni una vez y desapareció colina arriba.

Regresó lentamente a casa y, después de entrar los colchones, se preguntó qué podía hacer. El día se le había partido por completo. Para lo que el visitante le había dejado de mañana, bien podía haberse quedado a comer. Vagando por la casa, quitó el polvo del taburete del piano, abrió una ventana, volvió a la cocina y, al ver la barra de pan sobre la mesa, cortó una rebanada y se la comió. Mascaba distraídamente, contemplando el día soleado. Sin las niñas, la casa estaba fría y extrañamente silenciosa. Deseó que estuvieran en casa; las habría llevado de pícnic.

Fuera, en el patio, un agudo cacareo rompió la tranquilidad cuando una gallina escapó de la persecución de un gallo. Al verla alejarse agitando las alas, Callie se acordó de su ponedora. Se puso en pie de un salto. Aquél era un buen momento para buscar el nido. Cogiendo su sombrero para el sol, salió afuera contenta de haber encontrado algo que le permitiera estar al aire libre.

Durante más de una hora escudriñó cuidadosamente los matorrales y arbustos que había en los linderos del bosque. No había ni rastro de la gallina. Pero, como disfrutaba con el paseo, siguió andando por entre los árboles hasta que llegó al otro lado, a la Vieja Chimenea. La ennegrecida chimenea se encontraba a alguna distancia, rodeada de zumaques y ciruelos silvestres.

—Bueno, miraré ahí arriba —dijo.

Parecía un lugar adecuado para esconder un nido. Al cruzar el prado abierto, se quitó el sombrero y se desabrochó el cuello del vestido para que el agradable calorcillo le acariciara la garganta. El sol brillaba en lo alto del cielo y el aire tenía un perfume dulce. Sus pasos asustaron a una alondra que descansaba en la hierba. Echó a volar hacia la carretera y su silbido resonó suave y solitario en el silencio. El mediodía parecía haberlo acallado todo; todo parecía descansar como un viajero en la cima de una colina. Callie pensó en el buhonero recostado contra el poste y con la cara al sol. Le daba un poco de pena que se hubiese ido. Parecía formar parte de aquel brillante día, y desde que se había marchado faltaba algo.

La maleza crecía por todos lados, ocultando como un muro la vieja casa y dejando en medio un claro donde la hierva era suave y espesa en verano. Ella y las niñas solían ir allí de pícnic. Apartando los matorrales, llegó al claro. Ahí dentro la hierba ya estaba verde, salpicada de dientes de león. Y de pronto, a unos veinte pasos de distancia, vio al buhonero tumbado en el suelo, desnudo de cintura para arriba y profundamente dormido al sol.

Aunque su boca se abrió emitiendo un grito sordo, a decir verdad no se quedó muy sorprendida. Tal vez lo había conjurado allí con sus propios pensamientos. ¡El muy pícaro no había seguido la carretera! Permaneció absolutamente quieta y lo contempló con furtivo placer, como haría con un petirrojo en su nido o con una lagartija que tomara el sol sobre un tronco. Estaba tumbado de espaldas, con las manos por encima de la cabeza. El pelo se le enroscaba oscuro y brillante debajo de los brazos y sobre la frente. Y en su cara se reflejaba una ligera sonrisa, como si estuviera soñando cosas alegres. No quería despertarlo. Los dos quedarían avergonzados si se descubriera que lo estaba espiando. Permaneció allí un rato y luego, con gran cautela, dio media vuelta.

—¡Hola! —dijo el buhonero.

Ella miró por encima del hombro y un extraño entumecimiento pareció recorrerle el cuerpo.

—Me alegro de volver a verla —dijo él.

—No sabía que estaba usted aquí —replicó ella con voz tenue—. Estoy buscando mi ponedora.

—¿Su qué?

—Mi vieja gallina ponedora. Ha escondido su nido por algún sitio.

—Yo esperaba que me estuviera buscando a mí. —Se levantó sonriendo—. He estado pensando en usted.

Le empezaron a temblar las rodillas y dio un vacilante paso atrás.

—¿Quiere que le ayude a buscar? —preguntó él, avanzando hacia ella.

—No, puedo hacerlo otro día.

—¿Adónde va?

No perdió el tiempo contestando, sino que se metió en la maleza, notando los fuertes latidos de su corazón. Él la alcanzó antes de que saliera al claro.

—¡No se vaya! Yo soy mejor que una ponedora.

—¡Déjeme marchar!

Él no la soltó, sino que la atrajo más hacia sí, presionando su mano contra su pecho desnudo. Callie le clavó las uñas en la carne.

—¡Así que tenemos que luchar! —dijo él tristemente.

Ella levantó la mano que le quedaba libre para pegarle, pero él se la cogió sonriendo, y entonces empezaron a forcejear.

Luchaban en silencio; sólo se oía su respiración y de vez en cuando una suave carcajada del buhonero. Él peleaba como un chiquillo que jugase. Para él la lucha constituía un deporte, un juego que sabía que podía ganar. Pero luchaba con dureza porque tenía que hacerlo. La carne de Callie pinchaba por donde la cogía; cuando Callie cayó al suelo, se torció una rodilla. Él cayó con ella y la inmovilizó en el suelo.

—¡Por fin! —jadeó él, poniéndole las manos sobre los hombros y apartándose un poco para recuperar el aliento—. Es usted más fuerte de lo que creía… —Se inclinó y la besó fuertemente en la boca. Luego, soltándola, se sentó—. Ahora que he ganado, voy a dejarla marchar.

Sucedió todo tan rápidamente que por un instante ella se quedó demasiado atónita para moverse. Lo miró con incredulidad.

—Váyase —dijo él—, si quiere.

Se esforzó por ponerse en pie, pero se tambaleó dando un grito de dolor a causa de su rodilla herida. Él la cogió al verla caer.

—¡Oh, se ha hecho daño! —dijo con ternura.

Atrayéndola hacia sí, empezó a murmurar cosas en un lenguaje que ella no comprendía pero cuyo significado conocía por su suavidad y dulzura. Se abandonó a sus brazos, sollozando desamparadamente.

—No llore —dijo él—. Seamos felices juntos un rato. Le gustaré…, soy limpio, no le contagiaré ninguna enfermedad. Y tengo cuidado. Quédese conmigo.

Su susurro resonaba como una caracola de mar pegada a la oreja.