Cuatro hermanas
Capítulo 12
Tom y Jessica pasaron el invierno con la familia del chico, una tribu desternillante que, con toda naturalidad, le hizo sitio a Jessica en la mesa. Pescaban truchas, cazaban ardillas, trabajaban la tierra y vivían felizmente de lo que encontraban. A veces, cuando podían, bebían cerveza casera. Los sábados por la noche se vestían con sus mejores ropas y organizaban fiestas. Los domingos por la mañana se ponían los mismos trajes e iban a la iglesia. La devoción era un placer, y viceversa; Jessica estaba sorprendida y encantada con ellos.
Había muy pocas cosas aquellos días que no la sorprendieran y encantaran. Vivía en un estado de perpetuo asombro, al encontrarse allí y con Tom. Cuanto más conocía al muchacho, más le gustaba. Incluso sus enfermedades —resfriados, fiebre, ataques de debilidad a los que parecía propenso— le hacían quererle más. Ella lo inundaba de afecto, y ambos vivían en aquel radiante ambiente como peces en el agua. Los demás los contemplaban sonriendo con indulgencia.
Su única preocupación era financiera. No podían contribuir en nada al sostenimiento de la familia. Jessica, al ver que no había manera de que Tom se ganara la vida, se buscó un trabajo de profesora de la escuela local. Enseñaba de oído, recordando lo que podía y revisando el método cuando lo juzgaba necesario. La escuela era pequeña y asistían pocos niños. Todos la adoraban. En los recreos cantaban y jugaban juntos. Con frecuencia representaban comedias y todos los vecinos acudían a verlas. Una noche, en una fiesta, Jessica ganó la caja de caramelos para la chica más guapa. Tom se sentía tan orgulloso como ella.
—¡Te dije que me casaría con una maestra! —exclamó.
Cuando Jessica consiguió el trabajo escribió en seguida a casa, segura de que su padre se alegraría. Pero él no le contestó. Leonie y Mathy sí escribieron. La carta de Leonie le transmitía fielmente un mensaje de su madre: ¡qué vergüenza que Jessica tuviera que mantener a su marido! Más que defraudada, Jessica se sintió indignada. Allí estaba más feliz que una alondra, y su madre sólo lo lamentaba.
Al llegar el verano la salud de Tom mejoró y el muchacho empezó a hablar de nuevo de marcharse al oeste. Jessica lo animaba pensando que un cambio de clima podría serle beneficioso. Pero esta vez no se iría solo viajando en trenes de carga. Ella había ahorrado un poco de dinero durante el invierno y partirían juntos en un vagón decente.
—A tu tío no le importará que vaya yo también, ¿verdad? Puedo ayudar a tu tía en la cocina. Trabajaré mucho.
Tom le aseguró que se alegrarían de tenerla con ellos tanto como él. Mandaron, pues, una postal avisando de su llegada, y a finales de junio empaquetaron su comida en una caja de zapatos y cogieron un tren.
Jessica había estado una vez en la ciudad de Oklahoma para visitar a su rica tía Bertie (la hermana de Matthew, cuyo marido había prosperado mucho vendiendo comestibles al por mayor). Tom había recorrido el estado en trenes de carga. Pero ninguno de los dos había hecho nunca un viaje tan largo; la comodidad, además, era nueva para Tom. Se hicieron amigos de los otros viajeros, comieron pollo frito y pasteles que llevaban en la caja, y se ayudaron a quitarse motas de carbonilla de los ojos. Pasaron dos días y una noche en el tren y, cuando por fin llegaron a una pequeña ciudad del oeste de Kansas, resultó que el tío se había marchado de allí y que nadie sabía adónde. Había perdido su granja de trigo.
Tom estaba atónito. ¿No había ido su hermano mayor a trabajar para el tío hacía sólo tres veranos? No, no habían recibido noticias de su tío desde entonces, pero siempre había estado allí, lo daban por descontado. Ahora lo único que podían hacer era regresar a casa.
Pero después de haber llegado tan lejos sería una lástima volver a casa, dijo Jessica. Debía de haber otras granjas de trigo por los alrededores: ¿por qué no buscaban trabajo? Merecía la pena intentarlo. Se tomaron un helado para animarse y empezaron a indagar por la ciudad. Se trataba de una pequeña ciudad arenosa y abandonada, dispuesta alrededor de un inmenso silo cuyas torres plateadas se erguían desafiando la llanura.
—¿Por qué no preguntamos en el silo? —sugirió Jessica.
Y así conocieron al señor Olin.
Era un hombre menudo cuyo cabello rubio rojizo se había descolorido hasta adquirir las tonalidades del paisaje; a excepción de sus brillantes ojos azules, nada en él llamaba la atención. Tenía un porte fiero, un corazón bondadoso y doscientas cincuenta hectáreas de campos de trigo que amontonaba cada año en su granero. Poseía también una casita para los arrendatarios donde Tom y Jessica podrían vivir. Lo acompañaron encantados a su granja en un gran carro de grano.
El señor Olin parecía una trilladora mecánica: era activo y ruidoso, y sabía separar el trigo de la paja. A ellos les gustaba, aunque no les pagaba demasiado y trabajaban mucho. Sin embargo, no les pedía más de lo que se exigía a sí mismo y siempre estaba de buen humor.
También su esposa les gustaba, y ella y Jessica se hicieron buenas amigas. La señora Olin, una mujercita sencilla y cansada, poseía una atractiva cualidad que parecía fuera de lugar en aquella áspera región: irradiaba una dulzura que parecía traída de una tierra verde y fértil. Jessica se maravillaba de que la hubiera conservado durante tantos años, en aquel paraje arenoso y quemado por el sol que contenía su vida: su casa, su patio, un mísero jardincito.
Era un lugar terrorífico. La casa, destartalada y diminuta; el granero, enorme y agobiante como un ataúd en un salón… No podía negarse la importancia del granero; aquélla era una granja que llevaba un hombre a su manera, y la casa y la mujer lo seguían como podían. Entre la casa y el granero estaba el cobertizo de maquinaria, que contenía piezas del tractor, ejes engrasados y herramientas; el abrevadero para el ganado; oxidados graneros de chapa metálica que brillaban al sol; el silo, una torrecilla ciega y sin castillo; y el molino de viento, que chirriaba al extraer el agua de las profundidades del suelo. A excepción del granero, todo parecía débil e inestable, como si fuera una granja de cartón levantada en el suelo por un niño. Nada podía echar raíces en una tierra tan árida.
No crecía hierba por ninguna parte. A lo lejos, un bosquecillo de catalpas dibujaba una polvorienta línea verde a lo largo del extremo del campo de trigo. Pero junto a la casa no crecía nada, a excepción de unas cuantas verduras, los pillos girasoles y un álamo de Virginia o dos, árboles agrestes y grises que llenaban el patio de su inútil algodón. El viento hacía crujir sus hojas con un sonido sordo.
Jessica salía a menudo a la puerta de su casita y contemplaba los campos, pensando en su hogar: la hierba verde, las rosas del patio, el agua fría y dulce del Little Tebo, el susurro del huerto, Mathy subiéndose a los árboles… Cuando ella y Tom se sentaban fuera al anochecer, recordaba aquellas veladas en el porche del verano pasado y le parecía percibir el perfume de la miel silvestre. A veces, Tom tocaba la armónica y cantaba «El muchacho carnicero»; y, a veces, ella lloraba. Pero eran lágrimas agradables que se agotaban pronto.
Muchas noches, Tom se iba en seguida a la cama, demasiado cansado para sentarse. Estaba muy pálido a pesar de su piel tostada por el sol, tenía ojeras y perdía peso. Los Olin estaban preocupados por él y le hacían comer mucho y trabajar menos. Pero Tom adelgazaba y se cansaba cada vez más. Una noche se desmayó. Sin embargo, como fue la noche que se quemó la paja del trigo, nadie le dio demasiada importancia. Con el calor, los hombres se desmayaban frecuentemente. Tom conducía el carro con el tanque del agua; cuando bajó a ayudar a sofocar las llamas se cayó al suelo. Uno de los hombres lo recogió. Después de pasar varios días en cama y haber recuperado algo de fuerza, lo llevaron al médico. El doctor lo examinó, murmuró palabras vagas y le recetó un tónico. Sin embargo, cuando se iban, los llamó y les sugirió que lo llevaran a un hospital que quedaba a unos sesenta kilómetros de allí. Jessica estaba aterrorizada.
—Cariño, no voy a ir a ningún hospital —dijo Tom—. He cogido mucho calor, nada más.
—Quédate en cama unos días —dijo el señor Olin— y tómate ese tónico. Te alimentaremos bien y pronto podrás levantarte.
Pero Jessica no quedó convencida. Algo iba mal y, mentalmente, ella lo achacaba a aquella región azufrosa. Tom necesitaba lluvia. Y pensó en la lluvia que cae en agosto en Misuri llevándose con ella las fiebres estivales. Pensó en la granja —la de su padre—, donde el patio era verde, la casa blanca y ordenada, y su padre, el Todopoderoso.
—Volveremos a casa —dijo.
Eso era lo que necesitaban, y no daría su brazo a torcer. Una hermosa mañana de julio, el señor Olin los acompañó al tren. Tom se tumbó en el carro sobre un colchón de lona y Jessica lo protegía del sol con una arrugada sombrilla (extraída del baúl en el que la señora Olin había enterrado su niñez). Durante todo el camino, Tom no cesó de bromear. Pero cuando llegó el tren, apenas podía sostenerse en pie. El señor Olin, apesadumbrado, los acompañó por el andén hasta el vagón de equipajes.
—Este hombre está demasiado enfermo para viajar sentado —dijo—. Déjele instalarse aquí en un colchón, tengo uno en el carro.
—No puede hacer eso, señor —replicó el revisor.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó el señor Olin, metiendo el colchón por la puerta—. ¿No ve que el muchacho está enfermo?
—Tiene que ir delante. Son las reglas.
El señor Olin se enfureció.
—Me gustaría saber qué mal va a hacer aquí. Si la gente puede llevar parte de su equipaje delante, me imagino que una persona puede ocupar el sitio de dicho equipaje.
—No puedo permitirle hacer eso.
—Bueno, pues voy a hacerlo; ellos han pagado su billete, y usted no puede echarlos.
Metió a Tom en el vagón de equipajes, ayudado por Jessica. Tom se tumbó en el colchón, entre cestos y cajas, demasiado fatigado para preocuparse por dónde lo ponían. Sonó la campana. Jessica abrazó al señor Olin y se echó a llorar.
—No te preocupes —dijo—. No os echará. Podéis ir tranquilos hasta Kansas. Allí os esperarán, ¿no? —Jessica negó con la cabeza—. ¿No les has escrito? —preguntó alicaído.
—No me pareció conveniente.
—¡Maldita sea!
—Los avisaré cuando lleguemos a Renfro, vendrán a buscarnos.
—¡Nos vamos! —gritó el revisor.
El señor Olin saltó al andén y corrió junto a ellos farfullando consejos mientras el tren salía de la estación. Esperó hasta que hubo desaparecido por la cálida y arenosa llanura, y entonces subió a toda prisa al carro, se dirigió directamente a la central de teléfonos y puso una conferencia. Tuvo que aguardar más de una hora, bebiendo vaso tras vaso de agua de un gran jarro de cristal, mientras voces femeninas recorrían la línea a través de Salina, Abilene y Topeka, hasta la red de la ciudad de Kansas, y se perdían de nuevo por los bosques de Misuri, hasta llegar por fin al teléfono del comedor de la granja cercana a Renfro. El señor Olin habló entonces a gritos para hacerse entender.
—¡Les he instalado en el Union Pacific esta mañana! —chilló—. Señor, imagino que no van a ser muy bien recibidos ahí. Pero no tendrá que aguantarlo mucho tiempo. Esto no es asunto mío, pero debo decirle algo: hicieran lo que hiciesen, ya han sufrido bastante. No se merecen padecer más. Esto es todo lo que tengo que decirle, a excepción de que espero que alguien los recoja cuando lleguen a Kansas.
La comunicación se cortó antes de que terminara de hablar. Pero Matthew había oído bastante para comprender que Jessica volvía a casa y que Tom Purdy estaba muriéndose. Permaneció unos instantes con la frente pegada al auricular intentando ordenar sus sentimientos. El juicio de Dios, pensó con severidad, pero también con lástima. ¡Pobre chiquilla! Sin embargo, había recibido su lección.
El tren fue llenándose de gente durante toda la larga tarde. Jessica, sentada encima de un cesto, abanicaba a Tom y le enjugaba la cara con un pañuelo. Intentó hacerle comer algo de lo que les había preparado la señora Olin, pero Tom no tenía apetito.
En cierto momento, Tom alzó los ojos con tristeza.
—Tienes que perdonarme, Jessica —dijo.
—No hay nada que perdonar.
—Toda esta molestia —murmuró cerrando los ojos—. Cuando me ponga bien, todo será distinto.
—Ya lo sé, amor mío.
Al cabo de un rato, Tom dijo:
—Estoy contento de que nos casáramos.
—Yo también.
—¿De verdad?
—¡Oh, sí, Tom!
Él la miró con una alegre sonrisa.
—Me parece que nunca habríamos tenido el valor de hacerlo si ese diablillo de Mathy no se hubiese empeñado. —Jessica se echó a reír—. Es terrible.
—Desde luego que sí.
—Le estoy muy agradecido… Hicimos bien, ¿verdad, amor mío?
—Sí, Tom.
Él sonrió beatíficamente y cerró los ojos. Durmió durante varios kilómetros. Luego se despertó murmurando cosas ininteligibles y moviendo la cabeza de un lado a otro. Jessica se inclinó.
—Tengo tanta sed… —dijo él.
Entonces, mirándola con expresión de súplica en los ojos, como un animalito enfermo, murió.
El cálido viento llenaba de carbonilla el vagón de equipajes. Jessica se puso en pie sin saber qué hacer. Luego volvió a sentarse y comenzó a abanicarle. Finalmente se detuvo y se tapó la boca con las manos mientras el tren silbaba al pasar un cruce.