Cuatro hermanas
Capítulo 5
Los pocos días que debía quedarse Tom se convirtieron en semanas sin que Matthew dijera nada respecto a su marcha. Aunque el muchacho tenía sus defectos (apilaba el heno sin cuidado, se olvidaba de cerrar la puerta del granero y de vez en cuando tenía que sentarse en la sombra para fumarse un cigarrillo), era de muy buena pasta, no perdía nunca su buen humor y obedecía las órdenes como si fueran alguna clase de bendición especial. Con las niñas se comportaba con naturalidad y no les prestaba demasiada atención, más que para gastarles alguna broma inofensiva. La existencia de la desconocida maestra tranquilizaba a Callie y a Matthew.
Todos admiraban la limpieza de Tom. Callie le había instalado un lavabo fuera de la casa, junto a la puerta de atrás, que consistía en una jofaina, un cubo, un clavo para la toalla y un plato rajado para la pastilla de jabón. Él había añadido un cepillo de dientes y una navaja de afeitar. Todas las mañanas le pedía a Callie la tetera para calentarse agua. Y cada noche, cuando volvía del campo, se desnudaba de cintura para arriba y se frotaba tanto que Callie se preguntaba si le quedaría algo de piel sobre los huesos.
Un día, Mathy encontró un trozo de espejo roto y lo colocó sobre el lavabo de Tom. Él le dio las gracias amablemente. De todas las virtudes de Tom, había una que gustaba particularmente a Matthew. Tom amaba la música, de la que, aunque tenía una aptitud natural y buen oído, no sabía nada. Como Matthew disfrutaba enseñando, por las noches empezaron a organizar lecciones de música en el salón después de cenar. Sudando bajo la luz de la lámpara, Matthew le enseñaba a Tom a leer las notas mientras Leonie los acompañaba al piano. Leonie no tocaba con mucha inspiración, pero lo hacía correctamente; quería ser concertista. Con enorme paciencia, repetía los simples ejercicios con Tom una y otra vez. Tom la secundaba diligentemente con su armónica y a veces, con su ayuda, tocaba el piano. Al cabo de un tiempo ya se sabía las notas, y entonces interpretaban duetos. Matthew marcaba el compás con las manos como un director de orquesta, cantando de vez en cuando do re mi o fa fa sol, para que no perdieran el ritmo. En ocasiones Callie decía:
—Me gustaría que se aprendieran una pieza nueva. Ésta ya me está cansando.
Pero los tres sudorosos músicos del salón repetían una y otra vez las mismas notas, lanzando exclamaciones de regocijo cuando terminaban sin equivocarse.
Jessica, que los escuchaba desde la cocina, donde ayudaba a lavar los platos, se sentía relegada. Y empezó a desear haber estudiado piano, como quería su madre. De vez en cuando se sentaba y practicaba durante media hora, pero sus dedos eran torpes y perdía el compás. Normalmente aporreaba algún viejo estudio de los que el profesor de música había dado a Leonie o emprendía un mortal combate con alguna composición de título romántico. Callie nunca la dejaba tocar mucho rato.
En las noches en que Matthew y Tom estaban demasiado cansados para las lecciones, se reunían con los demás en el porche. Entonces Mathy no descansaba hasta que Tom tocaba la armónica, y él no accedía a hacerlo a menos que ella cantase. La velada musical se iniciaba normalmente con una versión algo disparatada de «Tres ratones ciegos» en la que a los gemidos de la armónica de Tom se sumaba la risa de Mathy. Después, todos cantaban juntos. A veces «El muchacho carnicero», la balada que Tom estaba cantando el día en que lo descubrieron en el arroyo. Él les había enseñado la letra. Al principio, recordando dónde habían oído la canción por primera vez, las niñas solían reírse; pero era una melodía solitaria y llena de tristeza, y cuando la tocaba se unían a la interpretación y la cantaban en voz baja. Aquellas noches, Jessica vagaba con dulce melancolía por su habitación y se miraba soñadoramente en el espejo, recordando a Marvin. Evangeline despidiéndose de Gabriel. ¡Era todo tan hermoso y trágico!
Un día caluroso y húmedo, poco después del mediodía, Tom se desmayó en el campo. Matthew lo llevó a casa en el carro y se fue en el Ford a buscar a un médico.
—Se ha acalorado demasiado —dijo el doctor, y sugirió que Tom descansara durante un par de días.
Callie le instaló una cama en el salón.
—No puedo consentir que el pobrecillo esté enfermo en el granero —dijo.
Puso sábanas limpias en el catre y le colocó varias almohadas en la espalda para que estuviese cómodo. Durante las horas del día en que hacía calor, dejaba las persianas bajadas para que la habitación se mantuviese fresca. Las niñas pensaban que todo aquel asunto era maravillosamente dramático. Entraban y salían con sopa de patatas, vasos de agua y trozos de hielo en trapos limpios. Mathy le llevaba helechos y piedras de colores, y le leía cuentos. Leonie tocaba el piano para distraerlo, y de vez en cuando permitía que Jessica la acompañara. Ésta se las arreglaba con la segunda voz sin demasiados apuros.
Una tarde, mientras Tom estaba durmiendo, Jessica entró de puntillas en la habitación para bajar las persianas. Cuando se volvió, Tom había abierto los ojos y la contemplaba pensativo.
—Jessica… —dijo con voz soñadora.
—¿Qué?
—Nada. Sólo «Jessica». Nunca he conocido a nadie con este nombre. Una vez conocí a una Jessie, y a un chico llamado Jess también. Pero no es lo mismo. — Siguió mirándola con esa expresión seria y pensativa—. Tienes aspecto de Jessica.
Ella se echó a reír con afectación.
—Y eso, ¿qué significa?
—No lo sé.
Arregló las cortinas de la ventana alisando los pliegues.
—¿Quieres un pedazo de hielo?
—Sí, gracias.
Después de llevarle el hielo, subió a su habitación y se contempló en el espejo. Ladeó la cabeza, se levantó el pelo, lo dejó caer de nuevo, alzó la punta de la nariz y se examinó los ojos durante mucho rato; concentrándose, frunció el ceño. «Tienes aspecto de Jessica.» ¿Qué diablos quería decir con eso? Sonrió con coqueta timidez al espejo, igual que las chicas de los calendarios. Luego se dedicó una mueca fea y se volvió.
—¿Jessica? —La voz de su madre llegaba desde la cocina.
—¡Voy!
El sábado por la noche, Tom se sintió lo bastante bien para ir a la ciudad con ellos. Las damas de la iglesia metodista de Renfro daban una cena a base de helados, y Callie tenía que llevar helado y un pastel. Tom se sentó en el asiento de atrás, entre Mathy y Jessica, con la heladera a sus pies.
—Como me habéis tratado tan bien, niñas, puede que os compre un helado.
—Es mejor que ahorres el dinero, muchacho —dijo Matthew.
—¡Caramba, no me queda más remedio que comprarle a Mathy un helado! Si no lo hago le escribirá una carta a mi maestra y le dirá que ando detrás de otras chicas.
—¡No lo haré!
—Pero bueno, ¿no me dijiste que sí? ¿No me acorralaste ayer subido a un árbol amenazándome con una horca y me hiciste prometer que te compraría un helado?
—¡No, señor! ¡Papá, se lo está inventando!
—Vaya, de todos modos te lo compraré para estar a salvo. No quiero que le cuentes chismes a mi chica.
Mathy le pegó un puñetazo.
—Me parece que no tienes ninguna novia.
—Pues a mí me parece que sí.
—Entonces ¿por qué no te escribe?
—No sabe dónde estoy.
—¿Por qué no le escribes y se lo dices?
—Porque no sé escribir, ¡por eso! —Se echó a reír—. ¿Te parece buena respuesta, señorita quisquillosa?
En la iglesia, Tom descargó la heladera y los dejó. Al cabo de un rato regresó con un sombrero de paja nuevo, buscó a Mathy y la escoltó hasta una mesa donde pidieron dos clases de helado y pastel. Callie, que ayudaba a servir, se acercó a ellos meneando la cabeza.
—Os sentará mal a los dos.
—No, ya verá cómo no, señora Soames —dijo Tom—. En cuanto terminemos aquí iremos directos a la farmacia y compraremos aceite de ricino.
—¡Oh, Tom, qué tonto eres! —exclamó Mathy.
Callie se rió.
—Bueno, no comáis más esta noche. Tom, no deberías gastarte el dinero en ella.
Mathy corrió a jugar con las otras niñas y Tom se ofreció a ayudar a las señoras. Al llegar de la calle, donde había vaciado una heladera de agua, vio a Jessica, que estaba al borde del césped.
—¡Eh!
—Hola. ¿Dónde está papá? Quiero pedirle dinero. Necesito una cinta nueva para el pelo.
—Está por aquí. Ven, te voy a comprar un helado.
—¡Huy! —exclamó Jessica acariciándose el estómago—. Ya he comido. Estoy llena.
—Bah, puedes comerte otro. ¡Vamos!
Jessica se encogió de hombros.
—Está bien. Supongo que sí puedo comer más. —Se sentó en el banco de una de las mesas—. ¡Caramba, qué calor!
Se apartó el pelo y se abanicó con su pañuelo.
—Espera, te ayudaré. —Tom desdobló su pañuelo de bolsillo y lo agitó—. Tienes un pelo muy bonito.
—Lo odio. Me gustaría ser rubia como Leonie.
—A mí me gusta castaño y brillante como el tuyo.
—Bah, a mí no. —Jessica se secó el sudor de la frente—. ¡No va mal el helado en una noche como ésta!
—También tienen un helado de plátano que huele que alimenta. He abierto la heladera de la señora Latham.
Jessica hizo una mueca.
—Si lo ha hecho ella, seguro que dentro habrá cáscaras de huevo o plumas de pollo o algo así. Es algo descuidada cocinando.
—Gracias por avisarme. ¿Y qué me dices del de la señora Barrow? Parecía muy bueno.
—Siempre le queda desaborido. Es demasiado tacaña con la nata, liso es lo que dice mamá. Pero la señora Buxton sí lo hace bueno. Pidamos del suyo. —Agitó la mano a una señora que se hallaba cerca—. Queremos helado del suyo, señora Buxton. Supongo que le queda.
—Sí, me parece que sí —contestó la señora—. Os llenaré los platos hasta arriba, niños.
Jessica siguió repasando la lista de damas de la iglesia y las dotes culinarias de cada una. La señora Sells hacía siempre pasteles de cuatro pisos con un baño de chocolate de sabor muy raro; miss Serena Hicks le ponía pasas al helado; y la lista continuaba. Justo cuando Jessica y Tom estaban a punto de terminarse el helado apareció Callie.
—Jessica, ven a ayudarnos un rato.
—Está bien, mamá. Gracias por el helado, Tom.
—De nada…
Salió a la calle.
—Tom me ha invitado a tomar un helado muy bueno. ¿Verdad que es amable?
—Ahora quédate aquí con nosotras a ayudarnos. Tenemos mucho trabajo.
—Mamá, ¿crees que papá me dejará comprar una cinta nueva? La necesito.
—No lo sé, pero quiero que te quedes aquí conmigo. Ya hablaremos de la cinta después.
Las tiendas cerraron antes de que Jessica pudiera escaparse. Pero no le importó. Había estado comiendo helados y pasteles toda la tarde, y no se sentía muy bien. Cuando llegaron a casa, hacía tanto calor que se empeñó en quedarse levantada. Mathy era de la misma opinión. Después de una larga discusión, Callie las dejó dormir en el patio.
Tom ya se había ido al granero. Cuando inició su serenata nocturna, Jessica y Mathy lo acompañaron. Los tres cantaban a gritos y las chicas además hacían el tonto, tanto que Matthew tuvo que reñirlos severamente desde la ventana de arriba. Por fin se calmaron, y cuando Callie se asomó media hora después, las niñas ya dormían arrebujadas en las sábanas.
De madrugada, cuando la luna ya se había ocultado y el cielo empezaba a clarear, Callie se despertó y se asomó de nuevo a la ventana. Sólo había una niña en el catre de abajo. No veía a Jessica por ninguna parte. Al instante, se apoderó de ella un temor que le resultaba muy familiar. Se echó un chal por los hombros y bajó.
—Mathy —susurró, sacudiendo a la niña—. ¿Dónde está Jessica?
—No lo sé —contestó Mathy medio dormida.
—¿Has oído a alguien…, a Tom…?
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó Jessica a sus espaldas.
Callie se volvió.
—¡Gracias a Dios, cariño! ¿Adónde has ido?
—Al retrete.
—¡Me has dado un susto de muerte!
—¿Dónde creías que estaba?
—No sé. No creía nada. Ahora vuelve a la cama. —Arropó a las dos niñas y a Jessica le dio un beso rápido en la mejilla—. Mamá te quiere mucho —dijo, y volvió a entrar en casa.
—¿Dónde demonios creía que estaba? —murmuró Jessica.