Cuatro hermanas
Capítulo 6
Durante los siguientes días no volvieron a ver a Ed. Al parecer, había abandonado la ciudad. Y Callie tuvo de nuevo a Mathy para ella. En un estallido de alegre energía, decidió enfrascarse en toda clase de cosas que había estado deseando hacer. Airearon baúles viejos, hicieron trajes nuevos para el bebé, descosieron todas las almohadas para lavar las plumas y meterlas en fundas nuevas. Mathy trabajaba con ahínco, rápida, servicial, buena y alegre, como si nunca hubiese oído hablar de Ed. Su viejo coche ya no volvió a retumbar por la calle ni «Sweet Georgia Brown» sonó más por la casa. La radio estaba en silencio. Matthew y Leonie estudiaban en paz. Todos se acostaban a su hora. Volvía a reinar la tranquilidad.
Pero la situación los tenía a todos tan nerviosos que casi no la podían soportar. Nadie podía dormir por la noche; estaban demasiado ocupados en escuchar. Mathy se había escapado muy a menudo, y con incentivos menores que Ed.
—¿Crees que haría una cosa así? —preguntaba Callie, incorporándose en la oscuridad.
No podía crujir una silla o agitarse una cortina sin que los dos se volvieran para escuchar. «Acuérdate de Jessica» se convirtió en una consigna, igual que «Acuérdate de El Álamo».
—No me fío de las apariencias —decía Callie—. No parece muy afectada.
Empezaron a observar todos los movimientos que hacía. Si se escapaba al prado, Callie salía a la puerta y la llamaba. Si iba al centro de la ciudad los sábados por la tarde, Matthew o Leonie la seguían. No podía salir al jardín, y casi ni siquiera al lavabo, sin que la vigilaran. Callie registraba su habitación furtivamente en busca de cartas clandestinas o de señales de que estuviera preparando el equipaje. Pero si Mathy se daba cuenta de la vigilancia a que estaba siendo sometida, no lo demostró.
—¿Por qué no habla de ello? —se quejaba Callie.
A ella le gustaba discutir las cosas, analizarlas y ofrecer consuelo. Pero Mathy no le daba oportunidad. Serena y taciturna, rechazaba todos los esfuerzos de Callie para hacerla hablar.
—Me parece que se lo queda todo dentro —decía Leonie—. Y me preocupa. Uno nunca sabe lo que a Mathy se le ocurrirá hacer.
—¡Dios nos asista! —replicaba Callie.
Y permaneció despierta toda la noche, imaginando desastres. Tenía visiones de Mathy corriendo a la ciudad, andando por las calles en busca de Ed… Mathy subiendo en un tren, acosada por extraños, aquella chiquilla de ojos dulces… Cuando amaneció, ya sufría una de sus jaquecas.
—Matthew —dijo, despertándolo—, ¿qué vamos a hacer?
—Oh, la preocupación te va a matar.
—No lo puedo evitar. Cada vez que pienso en ella corriendo a buscarlo, en esa niña inocente escapándose de casa… —Su voz se quebró, y se elevó de nuevo—. ¡No lo puedo evitar!
Apretó la cara contra Matthew y empezó a sollozar.
—No llores —dijo, acariciándola torpemente.
—¡No voy a permitirlo! No permitiré que dos hijas mías se escapen de esa manera.
—Eso arruinaría mi reputación.
—Creo que voy a decirle que lo deje volver. Sólo de vez en cuando, claro. Así sabríamos lo que pasa.
—Puede que sí y puede que no.
—Sabríamos más de lo que sabemos ahora. Si los dejáramos estar juntos de vez en cuando, se quedarían satisfechos. Quizá…
Callie se incorporó bruscamente y aguzó el oído. Luego saltó de la cama y se dirigió de puntillas al recibidor.
—Mathy está ahí —dijo, y volvió a entrar en la habitación—. Cada mañana, cuando voy a mirar, casi sufro un ataque al corazón. Si Ed volviera, eso sí que sería un buen alivio, digo yo. Matthew, voy a decirle que lo deje venir…, prefiero eso a que se escape.
—Pero ¡por el amor de Dios, Callie, no sabemos si piensa hacerlo!
—Y tampoco sabemos si no lo piensa. ¡Acuérdate de Jessica!
—¡Está bien! —dijo él, saltando de la cama—. Hazlo a tu manera. Si quieres que vuelva aquí, supongo que no puedo evitarlo.
No habían transcurrido ni cinco minutos cuando en el fresco aire de la mañana retumbó un gran estruendo. Las puertas y ventanas se estremecieron. Los motores de un aeroplano rugían en el cielo.
—Bueno, ahí está —dijo Matthew con resignación—. El muy idiota es capaz de hundirnos el tejado.
Media hora después, tras haber aterrizado en el prado de los Seabert, Ed se detuvo en el umbral de la puerta, cantando por amor y pereza. Entró en la cocina y se sentó a la mesa del desayuno.
—Señor Soames —dijo—, he venido para casarme con su hija.