Cuatro hermanas
Capítulo 5
Al cabo de una semana, Leonie, sudando sobre sus libros una noche, levantó la cabeza para ver a Mathy entrando de puntillas en su habitación. La niña cerró la puerta y alzó los tacones en una especie de Charleston, cantando en voz baja «Sweet Georgia Brown».
—Estabais haciendo un ruido espantoso ahí abajo —dijo Leonie. Mathy se echó a reír.
—Estaba segura de que papá bajaría y nos pegaría con la Biblia o algo así. — Sacó una hoja de papel de su bolsillo—. Eh, Leonie, escucha esto.
Empezó a leer:
Cantemos por amor y pereza,
Que nada más vale la pena.
Aunque he estado en muchas tierras
Nada más la vida llena.
Y, antes, prefiero a mi amada,
—que mueran de dolor las rosas—,
que mil gestas en Hungría
increíbles, portentosas.
—¿De dónde has sacado eso? —preguntó Leonie.
—Ed me lo ha dictado y yo lo he escrito.
—¿Y de dónde lo ha sacado él?
—De un libro de la biblioteca pública de Chicago. Lo escribió un tal Ezra Pound. ¿Has oído hablar de él, Leonie?
—Me parece que sí.
—No tenemos ninguna obra suya en la escuela.
—No me extraña —dijo Leonie.
Mathy dobló el papel y volvió a metérselo en el bolsillo.
—A mí me ha parecido muy bonito.
—¿Cómo es que te lo ha recitado?
—Estábamos hablando… de libros y cosas, y ha dicho que le gustaba el poema. Leonie, ¿crees que papá me dejaría ir a Eldon el sábado con Ed?
—¡Válgame Dios, Mathy, claro que no! ¿Y para qué quieres ir allí?
—Ed va a una excursión y a llevar a la gente de paseo en el aeroplano, cobra dos dólares por cada viaje. Y me ha dicho que si papá me deja, me llevará.
—No te dejaría ir en su vida.
—Oh, ya lo sé. —Mathy se tumbó en la cama—. ¡Mecachis!
—Procura que no te oiga decir eso.
—Me gustaría que me dejara ir. No es como una cita o algo así… ¡y, desde luego, no bailaríamos! Ni siquiera es por la noche. Sólo durante el día.
—De todos modos, no creo que debas subirte a un aeroplano —dijo Leonie—. Es peligroso.
—No me importa. ¡Me gusta volar! Es maravilloso, Leonie, deberías pedirle a Ed que te llevara alguna vez.
—No, gracias. Y tú tampoco subas más. Con una vez es suficiente.
—He subido dos veces.
Leonie la miró con agudeza.
—¿Cuándo?
—El primer día, y luego otro de esta semana.
—¿Lo sabe mamá?
—No. Creyó que estaba en casa de Ruthie. Y estuve, pero luego bajamos a la ciudad, nos encontramos a Ed, y él nos llevó al prado y a mí me dio un paseo. Ruthie no quiso subir, le da miedo.
Leonie se soltó las horquillas del pelo y se lo peinó con los dedos. Cuando miró a Mathy por el espejo su cara tenía una expresión severa.
—No voy a chivarme a mamá porque le daría un disgusto de muerte. Pero quiero que me prometas que no volverás a hacerlo.
—¡Oh, Leonie!
—Cariño, es demasiado peligroso. ¿Y si pasara algo y yo no te hubiera detenido…? ¿No lo comprendes? Me sentiría responsable. No puedo permitir que suceda nada.
—Bueno, escucha, Leonie, no va a pasar nada.
—Nunca se sabe —replicó la aludida trenzándose el pelo.
—Con Ed sí, sabe lo que hace.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Lo sé.
—Que Ed pueda pilotar un aeroplano no significa que sea el comandante Byrd — dijo Leonie duramente.
Mathy se tumbó de espaldas, canturreando: «Sweet Georgia Brown».
—Me gustaría que no cantaras esas tonterías.
—¿Sabes qué? —dijo Mathy, incorporándose—. Ed es más guapo que el comandante Byrd.
Leonie se detuvo con una trenza en la mano y la miró por el espejo.
—Buenas noches —dijo Mathy, y salió de la habitación.
Leonie no perdió el tiempo. Mientras se vestía para ir a la escuela, al día siguiente, llamó a su madre.
—Mamá, me parece que tendrías que vigilar a Mathy.
—¿Qué ha hecho ahora?
—¿No te has dado cuenta? Está todo el día encima de Ed.
—¡Ah, vamos! —Callie se echó a reír con incredulidad—. Ya sé que lo aprecia mucho, pero…
—Yo diría que demasiado.
—Él es sólo como un hermano mayor para ella.
Leonie se acaloró.
—Mathy no lo considera un hermano mayor.
—Pero si es mucho mayor que ella —dijo Callie—. ¡Es de tu edad!
—Ésa es la cuestión. No quiero parecer vanidosa, pero me parece que es por mí por quien está interesado.
—Eso es lo que dice ella.
—Ed no significa nada para mí, no le he dado ningún motivo para que crea lo contrario.
—Ya lo sé.
—Pero si Mathy empieza a pensar que viene aquí por ella… bueno, se llevará un chasco. Es demasiado joven para que le pase una cosa así.
—Por eso yo nunca había pensado en ello. No creo que haya motivo para acabar con sus visitas. Pero la vigilaré. No quiero que pase nada más.
Poco después del aviso de Leonie, Matthew dio el suyo.
—Me parece —dijo aquella misma noche— que ese muchacho viene demasiado por aquí.
—Bueno, viene para verte a ti, pero tú no hablas con él —replicó Callie.
—No tengo tiempo. Me gustaría que se diese cuenta y se marchara. Él y Mathy se están haciendo demasiado amigos para mi gusto.
—Vamos, Matthew, no hacen nada malo. Yo estoy siempre con ellos.
—Malo o bueno, Ed no es la clase de chico que me gusta para Mathy. Es alocado e inquieto, y siempre lo ha sido.
—Sí, me acuerdo de cuando se fugó con la chica de los Wandling —dijo Callie —. Pero ella era una coqueta, y Ed parece tan buen chico…
—Me extraña que lo sea. Con la clase de vida que lleva, vagabundeando por todo el país, relacionándose con gente rara… Tú no sabes todo lo que hace.
—La gente de aquí parece tenerle en muy buen concepto.
—¡Adoración al héroe! —se burló Matthew—. Sólo porque es aviador y se pasea por la ciudad con esas botas… Pero ¿qué ha hecho que valga la pena? No ha trabajado en toda su vida. Lo único que siempre le ha gustado hacer es jugar al baloncesto y conducir coches. Esto de ahora es lo mismo.
—Pero es un chico inteligente.
—Vox, et praeterea nihil! —dijo Matthew—. ¡Parlotea mucho! Siempre cree saber más que las personas mayores.
—A ti parece respetarte mucho.
—Pues no lo demuestra. Estoy harto de oír sus opiniones. ¡Y no quiero verlo más tonteando con Mathy!
—Bueno —suspiró Callie—, ¿y qué haremos?
—¡Decirle que no vuelva!
—Pero, querido —replicó ella—, si hacemos eso, conseguiremos que empiece algo, seguro.
—En mi opinión, ya ha empezado.
—Entonces ¿no sería mejor que terminara solo?
—Con Ed Inwood nunca se sabe lo lejos que irán las cosas. ¡Creo que voy a decirle que no vuelva más por aquí!
—Pero ¡Matthew, no puedes hacer eso! —Callie lo miró con reprobación—. ¡Acuérdate de lo que pasó con Jessica!
Matthew recordó, y por un instante casi olvidó que la había perdonado.
Durante una temporada las cosas continuaron igual. Ed no sólo seguía visitándolos, sino que llevaba también su aparato de radio; el cálido aire de la noche se llenaba de canciones de amor y de interferencias. Matthew, encerrado en su habitación, abría y cerraba libros con furia y no cesaba de carraspear. A la hora del desayuno, se sentaba a la mesa sombríamente silencioso.
Pero lo que ignoraba todavía le habría hecho más daño. Pues Ed no sólo iba a su casa por las noches sino también durante el día, cuando Matthew y Leonie no estaban. A veces aparecía a media mañana, sonriente y alegre, y conseguía que Callie lo invitara a desayunar. Ella y Mathy lo alimentaban y luego le daban órdenes. Le hacían llenar cubos de agua y batir mantequilla para los pasteles. Le lavaban la camisa. Él y Mathy hacían recados juntos. Y las mañanas transcurrían alegremente; su ilícita presencia animaba la monotonía doméstica.
En el fondo, Callie comprendía que él no debería estar allí, y por esta razón no cesaba de quejarse en cuanto se iba. Ed nunca estaba serio; era inquieto; comía, conducía y se movía demasiado aprisa; no lo habían educado bien; fumaba cigarrillos, quizá bebía, y ¿quién sabía cuántas chicas tenía? Callie siguió así hasta que un día Mathy le dijo:
—Mamá, estás hablando contigo misma.
—¿Qué quieres decir?
—Que me dices todas estas cosas de Ed porque te gusta tanto como a mí y porque crees que no debería gustarte.
—Vaya, no sé… —empezó Callie defensivamente—. ¿Es que te gusta mucho?
—Lo suficiente para casarme con él.
Callie la miró horrorizada, comprendiendo que era verdad. Ed se había apoderado irremisiblemente de su casa y de sus corazones con aquella alegre desenvoltura que tanto atrae a las mujeres. Y ella había permitido que aquello sucediera.
Aquella noche, con mucha delicadeza, le dijo a Matthew:
—He estado pensando en Mathy. ¿Qué te parece si se la mandamos a Jessica lo que queda de verano?
—¡No ganaríamos nada! —replicó Matthew—. Ese chico se limitaría a volar tras ella.
—No se me había ocurrido pensarlo.
—La tendremos aquí, donde podemos vigilarla.
—Sí, supongo que es mejor que lo vea aquí que en otro sitio.
—¿Y por qué tiene que verlo? —exclamó Matthew con indignación.
—Bueno, no me gusta prohibírselo de raíz. Si quieres que una olla no estalle, no la tapes demasiado.
—Sí, pero se puede apagar el fuego —dijo—. Te avisé de que esto no iba a pararse, te dije que no podías confiar en Ed Inwood. Ni en Mathy tampoco. Ya estoy harto de aguantar esta situación, ¡y voy a decirle al muchacho que se largue!
—¡Acuérdate de Jessica, Matthew!
—¡De acuerdo, me acordaré! No lo echaré, pero procuraré que lo haga ella.
Antes que tener una charla íntima y franca con sus hijas, Matthew le pondría un aro en el hocico a un buey. Sin embargo, anotó algunos argumentos en un viejo sobre, no fuera caso que los necesitara, y sacó a relucir el tema durante el desayuno.
—Hija, en cuanto hayas terminado, quiero hablar contigo.
—¿Para qué, papá? —preguntó Mathy con la boca llena—. ¿Quieres que Ed deje de venir aquí?
Matthew enrojeció vivamente, y le lanzó una mirada acusadora a Callie. Pero su mujer parecía tan sorprendida como él.
—Lo discutiremos en otra habitación —dijo.
—Me preguntaba cuánto tiempo tardarías en decírmelo —murmuró Mathy.
—¡Ahora cállate!
—Está bien, papá. Pero si no quieres que venga, no tienes más que decírselo.
—Creo que sería más apropiado que se lo dijeses tú —replicó confundido.
Mathy cogió el jarro de sirope.
—Bueno, si eso es lo que quieres… —Se produjo un silencio, interrumpido sólo por el ruido de las cucharas y los platos. Mathy alzó la mirada—. ¿Querías algo más, papá?
Matthew vaciló y se sacudió una mota de la manga.
—Creo que ya se ha dicho bastante. Y espero que cumplas tu palabra.
—La cumpliré.
Matthew se marchó renqueando, completamente desinflado.
—¡No deberías haberte portado así! —dijo Leonie.
—¿Qué querías que hiciera? ¿Pelearme con él?
—Tendrías que haberle dejado hablar.
—He creído que así le ahorraba un mal rato.
—No has hecho bien —intervino Callie—. Quizá tenía más cosas que decirte.
—Me las imagino —replicó Mathy.
—Bueno, pero deberías escucharle. Está intentando hacer lo correcto. Sólo quiere lo mejor para ti, eso es lo que queremos todos.
—Se te pasará —observó Leonie—. No te aflijas demasiado.
—Por favor, pásame los bollos —replicó Mathy.
Y se comió dos más.