Cuatro hermanas
Capítulo 9
A la luz del día, sin embargo, el asunto adoptó un cariz distinto. Aunque la ausencia de Jessica no había sido descubierta (Mathy vigiló lealmente), la aventura podría delatarse a sí misma, y de la manera más horrible. Unos cuantos días después, como a su cuerpo no le sucedía nada se tranquilizó un poco. Pero sólo momentáneamente. Descubierta o no, había violado un mandamiento y, de todos, el más aterrador…, no el más importante, según la Biblia, pero sí el más importante para su madre. Jessica veía los mandamientos como diez tablas de mármol, viejas losas en un antiguo cementerio surgiendo de la hierba en una blanca hilera. Cuando uno se derrumbaba, todos los demás se venían abajo con él. Día tras día, entre las ruinas del Decálogo, se sentía condenada. Tom era su único refugio y salvación.
—Tengo que verlo —le dijo a Mathy—. ¡Es necesario que lo vea! Tom tiene que volver.
—Volverá.
—No sé cuándo.
—Tal vez cuando vuelva de Kansas.
—Pero eso es mucho tiempo. A lo mejor se queda allí.
—¡Te dije que te fueras con él! —exclamó Mathy.
Jessica intentó explicarle que no podía irse de aquel modo, en camisón.
—Y, además, no me lo pidió —añadió tristemente.
—Volverá. No te preocupes, Jessica.
Mathy se esforzaba por distraerla. Le llevaba cada día pequeños regalos: ramilletes de hierbas, la cáscara azul de un huevo de petirrojo, un pincho largo y brillante como si fuera madera barnizada, un nido de oropéndola abandonado (cogido con gran dificultad de una rama alta). También la invitaba a su cueva secreta, la que quedaba sobre el arroyo. Jessica se sentía agradecida, pero aquello no la aliviaba mucho.
Una noche, cuando todos los demás estaban durmiendo, Mathy la convenció de que bajara al bosque.
—Tengo una sorpresa para ti —dijo.
Salieron por el patio y cruzaron los prados como dos pequeños fantasmas con los pies descalzos y largos camisones blancos. La luna todavía no había salido. A ratos, Jessica apenas podía distinguir la figura de Mathy en el sendero. De vez en cuando tropezaba. Mathy, en cambio, caminaba como una ardilla por aquellos parajes, que conocía de memoria. Cruzaron la arboleda de nogales y llegaron hasta el pie de la ladera. Allí se desviaron tomando una vieja senda que conducía al bosque.
—¿Dónde estás? —preguntó Jessica en susurros—. No te veo.
—Aquí…, por aquí.
Jessica se encaminó en dirección a la voz y dobló una curva del sendero. Allí, ante ella, en un negro hueco bajo una roca, miles de luces diminutas brillaban en la oscuridad.
—¡Mira! —gritó Mathy—. ¡Todos los bichos de luz del mundo!
La oscuridad parecía viva con aquella explosión de luciérnagas. El aire estaba lleno de su olor delicado y acre. Mathy bailó con entusiasmo, batiendo las palmas.
—¡Se han quedado por ti, Jessica, te esperaban! —Se lanzó con los brazos extendidos—. ¡Vamos, Jessica! ¡Baila!
Dio vueltas y más vueltas como un remolino.
—¡Oh, Jessica! —Mathy se detuvo bruscamente—. ¿No te gusta?
—¡Sí, claro que sí!
—¿Verdad que es bonito?
—Es…, ¡es precioso!
—Pensé que te animaría.
La voz de Mathy rebosaba de desilusión.
—¡Y me anima, cariño! Es precioso, de veras.
Mathy retrocedió y las dos se quedaron un rato contemplando las luciérnagas.
—Me parece que te mueres por ver a Tom —dijo.
Poco después emprendieron el camino de regreso a casa.