Cuatro hermanas
Capítulo 11
Su primera hija nació en marzo. Le pusieron Jessica, porque Callie pensó que aquel nombre sonaba aristocrático. Sentía una gran aversión por los nombres vulgares. A Matthew no le importaba que el bebé fuera niño o niña, pero al nacer la chiquilla le desilusionó que no se pareciera a Callie. Él era el padre de la niña, el parecido, desde el primer día, era innegable. Sin embargo, era una criatura buena y simpática, que parecía siempre agradecida por haber nacido. No todos los bebés son así; lo descubrieron dos años después, cuando nació su segunda hija.
Leonie era terrible. Vomitaba la leche de Callie, le salían erupciones y se pasaba la mitad de la noche llorando. En algunos momentos, contados, podían apreciar que era una criatura muy hermosa. Y al cabo de una temporada pareció aceptar el hecho de que tenía que vivir, tanto si le gustaba como si no. Se tranquilizó y se convirtió en un miembro muy tolerable de la familia.
Durante los años siguientes, Matthew y Callie fueron progresando poco a poco. Pudieron comprar la granja, algunos terrenos adyacentes y añadir habitaciones a la casa. Trabajaban mucho para conseguirlo y vivían frugalmente. Sufrieron muchas penalidades —sequías, inundaciones y otros desastres de la naturaleza— y también tristezas. Los padres de Matthew murieron y la familia se dispersó. Durante una temporada, su hermano pequeño fue a vivir con ellos. Luego, Aaron, que no se había casado, también se instaló con ellos, enfermo de tuberculosis. Ese hombretón rubicundo… Lo cuidaron todo un invierno hasta que por fin se marchó a Colorado, donde murió. Matthew, alto, delgado y pálido, resultó el más fuerte de todos y resistió, mientras los demás enfermaban uno tras otro. Fue enterrándolos en el cementerio de Millroad, hasta que sólo quedaron él, uno de sus hermanos y Bertie.
El padre de Callie, viudo de nuevo, pasaba con ellos un mes o dos de vez en cuando; entrando y saliendo, desconsolado, inquieto, su espíritu animoso fue desplomándose hasta convertirse en melancolía lastimera. Si no le dolía una cosa, le dolía otra, hasta que por fin cayó enfermo en una casa de huéspedes de Sedalia. Matthew cogió el tren y se lo llevó de vuelta a casa para que muriera ahí.
No fueron años fáciles. Pero la muerte y los cambios de tiempo formaban parte de la vida. Matthew seguía trabajando firmemente en su granja, enseñando en la escuela, estudiando y aprendiendo.
Tras pasar varios años en Bitterwater, sus esfuerzos académicos se vieron recompensados con un trabajo nuevo. En Renfro, la ciudad más próxima, habían decidido que la comunidad necesitaba un instituto, así que ampliaron el edificio de la escuela primaria y contrataron un maestro. Dos semanas antes de que empezara el curso, el maestro murió de repente.
Con completa inocencia, Matthew comentó:
—No sé lo que van a hacer. ¿Dónde encontrarán otro maestro tan tarde?
—Yo sí lo sé —replicó Callie—. Matthew, tú puedes enseñar en esa escuela. ¿Por qué no vas a Renfro y te ofreces?
—Pero, Callie, ¡no estoy capacitado para una cosa así!
—Apuesto a que estás tan capacitado como el otro, o más.
—No estoy tan seguro de eso.
—Yo sí. ¿Por qué no vas y te enteras? No irías a perder nada, yendo a ver.
—No me gusta hacer eso. Al señor Motherwell lo enterraron ayer. Me sentiría como un buitre, que no puede esperar ni a que se enfríe el cadáver.
—Alguien tiene que hacerlo. Y no pueden esperar todo el año; el curso va a empezar.
—Sí, y también en mi escuela. Si me fuera a Renfro, ¿quién daría mis clases?
—El que, si te quedaras de brazos cruzados, enseñaría en Renfro y ganaría más dinero. Ése daría tus clases.
—Hay cosas más importantes que el dinero —dijo Matthew con altivez, y se dirigió al granero.
Esto fue lo último que hablaron respecto a aquel asunto, hasta que dos días después el claustro de profesores de Renfro fue en su busca. Lo contrataron a pesar de sus protestas, y con un sueldo que le pareció fantástico. Sin embargo, no quiso aceptar el cargo hasta que otro maestro ocupara su puesto en Bitterwater. Cumplida esta obligación moral, emprendió su nuevo trabajo con temeroso celo. Al cabo de un mes sus temores cesaron, su ímpetu creció y se sintió tan feliz como podía ser. O casi tanto.
Había algo en su casa que le preocupaba un poco. No era que Callie se hubiera convertido sólo en una madre y se hubiera olvidado de ser esposa. No era eso en absoluto. A pesar de sus ocupaciones y de la frecuente presencia de parientes, siempre encontraba tiempo para estar a solas con él. O en realidad lo buscaba. En los días lluviosos, hacía jugar a las niñas dentro de la casa; y entonces corría al granero o al ahumadero, donde él estaba trabajando, traía con ella algún trabajo que hacer, se sentaba en una caja y le hacía compañía. Por la noche, una vez las niñas estaban en la cama, volvía a ser de nuevo su mujer, dulce y solícita, con su menudo cuerpo obediente al suyo.
Pero a pesar de esto, una grieta se había abierto entre los dos. No muy amplia, pero sí lo suficiente para que él la notara. Sabía que, en parte, era culpa suya. Tenía tantas cosas en las que pensar —la granja, sus clases y sus estudios— que no podía dedicarle mucho tiempo. Y sin embargo, en cierto modo, lo había intentado. Como le gustaban tanto los hechos, las teorías, las ideas que encontraba en los libros, había procurado compartirlos con ella. Se había esforzado, al principio de su matrimonio, en enseñarle a leer. Aunque Callie era inteligente y había llegado hasta el cuarto libro de lectura en la escuela, Matthew descubrió con sorpresa que encontraba dificultades en las palabras más sencillas y que apenas sabía leer más que un niño. Él empezó a enseñarle a deletrear y escribir palabras largas; a veces hasta le ponía ejercicios. Callie, obediente, recitaba su lección y hacía sus deberes hasta que por fin empezaba a bostezar, a desperezarse y a frotarse los ojos.
—Me parece que ya he aprendido bastante por hoy —decía—. ¿No le he hecho bien?
—«Le he hecho», no: lo he hecho.
—¡Bah! Le o lo, ¿qué más da? Todo quiere decir lo mismo. Vámonos a coger moras al arroyo. Te haré jalea.
Sonriendo con un poco de tristeza, él se iba con ella. Era tan dulce, tan alegre, tan hermosa y seductora, que no tenía valor para enfadarse. A veces le contaba historias. Le contaba los viajes de Ulises, el romance de Lanzarote y Elaine; le hablaba de Sydney Cartón y David Copperfield, de las guerras indias y de Benjamín Franklin. Callie le escuchaba, hasta que, aprovechando alguna pausa, hacía algún comentario sobre el tiempo, o la madera, o la calidad de las patatas de aquel año.
Pasaba lo mismo cuando le hablaba de su trabajo en la escuela. Por eso, llegar a casa por la noche y tratar de comunicarle las satisfacciones del día también empezó a parecerle inútil. Si las cosas le habían ido mal, entonces ella era toda simpatía y atención. De lo contrario, su trabajo no le interesaba. Y además, por lo visto, se figuraba que si él tenía tiempo para hablar de la escuela, también lo tenía para ayudarla. Matthew solía terminar batiendo la mantequilla («ya que estás aquí»), o colocando las cortinas de encaje, o yendo a cortar leña al bosque. No tenía ninguna objeción que hacer respecto a aquellas cosas, pero pensaba con tristeza en lo hermoso que sería que pudieran hablar de libros.
Matthew advertía, sin embargo, que aunque a ella le importaban muy poco sus deberes académicos, presumía de ellos ante los demás. A veces la oía decir a los vecinos:
—¡Esta noche tiene que estudiar!
Y lo decía como si fuera algo agotador para él (¡lo cual era verdad!). Pero, en realidad, estaba presumiendo. Ningún otro marido poseía un vicio tan distinguido.
—Ven a estudiar conmigo —le decía él a veces—. Aprenderemos historia.
—Oh, ve tú. Yo me sentaré aquí y leeré la Biblia.
Al cabo de un tiempo dejó de tratar de enseñarle.
Los componentes de su vida, al principio una próspera amalgama, empezaron a separarse poco a poco hasta que Matthew terminó viviendo dos vidas. Y cuanto más le envolvía su vida pública, más le gustaba. Fue en la faceta de su vida pública que se enamoró de Charlotte Newhouse.