La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 10 de 50

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La canción del bisonte

9. El aprendiz

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El aprendiz

 

El Autillo se convirtió en la sombra del forastero. Adonde el hombre iba, silencioso y manteniendo la distancia, lo seguía el niño. Cuando el hombre se paraba y comenzaba una tarea, el cachorro sin fuego se acuclillaba y se quedaba observándolo con atención absoluta. No se acercaba demasiado, había recibido demasiados golpes por hacerlo. Los únicos de todo el clan que no le habían puesto la mano encima para alejarlo eran Rastros y, a pesar de que le tenía más miedo que a ninguno, su fiel Roble. Así que con el Errante era prudente en mantener la distancia, pero no podía dejar de seguirlo, fascinado por todo lo que hacía y decía. Allá donde el hombre estaba, bastaba mirar alrededor para encontrarse la pequeña y delgada figura del crío, acurrucado en cualquier sitio, quieto y procurando pasar desapercibido. Pero siempre estaba.

El forastero no solo se había incorporado a las tareas cotidianas del clan, sino que, al ser el único hombre vigoroso que quedaba en la cueva, se convirtió en el referente de las mujeres para su campeo en busca de alimento, leña y agua. Las matriarcas de los fuegos se disputaban su ayuda y eso provocó que algunos de los viejos lo comenzaran a mirar con recelo y resentimiento porque era indudable que las mujeres lo consideraban de superior rango. Además, su cercanía y complicidad con la Guardiana incrementaba su posición en perjuicio de ellos. Pero como en todo aquel periodo, con los cazadores fuera, las matriarcas de los fuegos eran quienes tenían el control, no tuvieron más remedio que callar, aunque el Desconfiado no dejaba de barbotar reproches y rezongaba de continuo, no muy alto, no fueran a tomarlo demasiado en cuenta. Por el contrario, los cachorros ya más crecidos que intentarían su iniciación en la temporada siguiente para dar el salto a fila de los hombres y la «gran caza» lo tomaron como modelo y maestro, y procuraban aprender sus mañas y sabiduría, que él había aprendido en sus estancias con los otros clanes de los hombres.

El Errante siguió mostrándose servicial y en absoluto altanero, respetuoso en extremo con todas las costumbres y ritos del clan. Al Autillo le sorprendía que alguien tan poderoso se comportara de aquella manera tan humilde. Él hubiera deseado algo de su fuerza y su poder para vengarse de quienes lo acosaban. No podía alcanzar a entender que el Errante había aprendido a actuar así debido a sus correrías, para que las bienvenidas no se convirtieran en expulsiones, a veces violentas. Alguna experiencia había sufrido por no haberse acomodado a las costumbres de cada cueva o campamento, o por pretender imprudentemente confrontarlas con las suyas.

En las expediciones por los alrededores de la Cueva Mayor, el hombre seguía mansamente a las mujeres y atendía sus instrucciones sobre aquello que debían recolectar, qué plantas, qué raíces y qué frutos. Ellas conocían mejor que nadie su territorio, sabían discernir entre las cosas buenas y las que podían ser malas, venenosas y hasta mortales. Por ejemplo, los hongos y las setas, que en cada lugar eran diferentes. Así le descubrieron unas que parecían pequeños nidos, más que de abejas, de avispas, y a las que llamaban, por eso, «colmenillas». Salían al principio de la estación buena, cuando crecía la primera hierba y casi a la par que ella, al igual que otras minúsculas que crecían mejor en las sendas pisadas por hombres o animales y a las que conocían por «senderillas». Ambas eran exquisitas y las mujeres las hervían en los odres con las piedras del fuego. Con todo, lo mejor de las setas vendría después, justo antes de que comenzara de nuevo el gran frío, cuando ya se barruntaran las primeras nevadas y cayeran las lluvias fuertes que las precedían.

Ahora era el renacer de todo lo que vivía, de los árboles, las hierbas, las aves, los insectos, los peces, las ranas, los que se arrastraban y los que tenían pelo y, sobre todo, de la vida nueva de las muchas vidas que en madrigueras, en los pastos, en el bosque o nidos nacían. Era ahora, cuando ya las aguas no helaban el cuerpo, sino que se recibían alegres con la cara, cuando todo el clan se desparramaba, tras los algarazos y el sol haciendo brillar las gotas aún prendidas de las hojas recién abiertas, por las zonas más frescas y húmedas, a orillas de los arroyos a recoger caracoles, hasta que nos les cabían en bolsas y cuencos. La recolección de los animalillos que sacaban sus cuerpecillos y sus cuernos de los caparazones y se deslizaban por la hierba con su rastro de babas era un verdadero jolgorio en el que participaban hasta los más chicos, todos compitiendo por ser el que más cogía o encontraba el rodal donde eran más abundantes. Salían a por ellos en cuanto acababa la lluvia, pues de lo contrario se escondían, y eran mejor los amaneceres y los crepúsculos porque el sol los hería y se ocultaban, y donde antes había muchos luego solo quedaba el rastro de sus babas recruzándose entre ellas.

La temporada de huevos, sin embargo, estaba llegando a su fin y daba paso a la captura de los pichones. Fue en estas actividades cuando el Autillo consiguió una mayor cercanía con el Errante. Porque en huevos y pichones no había cachorro en la cueva que igualara las habilidades del sin fuego. Y el hombre no tardó en darse buena de sus mañas y procuraba discretamente beneficiarlo. El Autillo no pasaba ahora hambre y además la cercanía del forastero le procuraba protección contra los otros. Así que se esmeraba en encontrar lo que los otros no veían entre las zarzas o los cogollos de maleza y en descubrir los agujeros en los árboles donde había nidos de estorninos, de palomas o de tórtolas. El día que el crío dio con una abundante puesta de avutarda de enormes huevos, el Errante no permitió que nadie le robara su captura y se la mostró a todos como muestra de la valía de quien comenzaba a ser su protegido.

En todas esas tareas el hombre era solo uno más del grupo, pero cuando de artes de caza y sobre todo de pesca se trataba, las mujeres no pusieron traba alguna en que las guiara. Los conejos y las perdices se capturaban con losas de piedra levantadas con un sutil equilibrio de varillas que caían sobre la pieza cuando esta tropezaba con la que sostenía el tinglado. El forastero sabía ponerlas en los lugares oportunos y de tal forma que lograba más presas. Con las aves les enseñó a cebar la trampa con una hilera de semillas y un corrillo de estas esparcidas justo donde el pájaro iba a hacer caer sobre él la piedra.

Pero su gran aportación al sustento del clan fueron sus lazos. Sacó de su mochila de viaje una de aquellas trenzas hechas con crin de caballo y les enseñó a prepararlos, sujetos por estaquillas profundamente clavadas en la tierra en la salida de las gazaperas o en las entradas de los nidos de las aves que anidan en la tierra como los urogallos, los sisones o las perdices rojas o las de las nieves.

—Solo sirve para estos pequeños animales, pues uno más grande los rompería o se llevaría la estaca. Pueden como mucho llegar a sujetar una liebre si no es muy grande —les explicó.

—De estos animales pequeños y de las plantas come más el clan que de la gran carne que traen los cazadores —se enorgulleció una vieja matriarca que había sacado mucha prole adelante.

—Los hombres traen la gran caza. Y se ufanan de ello, pero quienes mantienen la cueva caliente y sin hambre de continuo somos nosotras —reafirmó una de sus hijas con un niño en su bolsa de lactante colgado del pecho.

Uno de los viejos cazadores se atrevió a replicar:

—Un bisonte da comida para una luna entera. Y la carne ahumada dura todo el tiempo del hielo cuando casi nada puede recogerse ahí fuera. Y son las lanzas de los cazadores quienes mantienen alejados al león, a la hiena, al lobo y a la pantera.

—Ahora no están y no nos atacan —replicó una joven hembra.

—No lo hacen porque tienen miedo al hombre, a sus venablos y sus lanzas. El cavernario se retira ante la fila de los cazadores y teme al fuego. Ha aprendido a temer la herida que le llega antes de que pueda alcanzarlo con sus dientes y sus garras, y ese miedo es el que lo mantiene alejado de la cueva.

La vieja disputa era parte de las noches en torno a las hogueras de todos los clanes y enardeció a todos, que terminaron por elevarse las voces. Los chicos más jóvenes estaban con los ancianos cazadores y las hijas hacían causa con sus madres, aunque algunas no dejaran de pensar en algún cazador cuya compañía añoraban entre sus pieles. El Errante no quiso entrar en la disputa y el Autillo comprobó que sonreía.

El forastero volvió a sorprender a todos cuando el sol comenzó a picar y se despojaron hasta de camisas y calzas y decidieron que era llegado el momento de bajar hasta el río para las tareas de pesca. El día señalado el clan entero se puso en marcha, incluso las madres con mamoncillos colgados en sus regazos. Delante de todos, el Errante marchó hacia el valle, como siempre seguido por el Autillo, que caminaba detrás hasta que el hombre le hizo un gesto amistoso para que se aproximara. El chico lo entendió como el nacimiento de un vínculo.

Ya en las cercanías del río el hombre miró en los taludes y en las zonas arenosas buscando una planta. No tardó en encontrarla. El Autillo la había visto muchas veces y la reconocía por sus flores amarillas y aquella especie de vello que le cubría el tronco. Pero no entendía para qué la querría el forastero, pues ni se comía ni se podía aprovechar para cosa alguna su raíz, aunque cuando el hombre le dijo que comenzara a recoger todas las que pudiera se puso a ello sin rechistar y al instante. Arrancaron todas las que pudieron, con su raíz completa, pues en ella tenía particular interés el hombre, y completaron dos haces. Cuando llegaron los demás, también se extrañaron de semejante recolecta. El Errante entonces les explicó que con aquella planta lograrían atrapar muchos peces y ellos, aunque incrédulos, secundaron su plan y se

desparramaron en busca de todo el gordolobo[11] que pudieron encontrar. El forastero preguntó en qué tramo del río se remansaban más las aguas y podían encontrarse algunos pozos sin demasiada corriente.

Localizado el lugar más idóneo, les indicó cómo proceder: machacaba un poco la raíz y los tallos de la planta para que soltaran sus jugos y los iba arrojando a las aguas mansas, pero para que la corriente no se los llevara ataba a los brazados unas piedras para que se hundieran y se quedaran en el fondo. Tras echar una cantidad que le pareció suficiente les pidió que, mientras esperaban, prepararan las cestas y que algunos bajaran con otras a las chorreras, por las que el río fluía desde el pozo a aguas más rápidas y someras.

Todos miraban expectantes y no faltaba el viejo rencoroso que se sonreía con sorna cuando pasaba el tiempo y nada sucedía. Hasta que el primer pez apareció boqueando en la superficie y a poco lo hizo otro, unos niños gritaron señalándolos, y luego comenzaron a flotar cada vez más con las panzas boca arriba. El júbilo se apoderó de todos, que se lanzaron al agua para capturarlos, y el pozo y sus salidas se convirtieron en una algarabía de gritos, risas, carreras y chapuzones.

Cogieron muchos en aquella poza y luego repitieron en otras hasta concluir el día con la mayor pesca que el clan de la Cueva Mayor recordaba haber logrado nunca. El Errante fue aquella noche muy celebrado ante los fuegos y todos comprendieron que la tribu había aumentado su sabiduría. Las mujeres se disputaron en ofrecerle los mejores bocados de sus barbos y truchas.

Pero antes de regresar del río, el forastero había hecho algo más que también intrigó al pequeño sin fuego. Sacó una de aquellas cuerdas tan finas y tan fuertes de crin de caballo y en ella anudó muy fuertemente un huesecillo en forma de gancho. Allí pinchó una jugosa y gorda lombriz y lo depositó en un tramo del cauce lleno de broza y vegetación, y repitió la operación hasta dejar una mano de cuerdas en los lugares que estimó oportunos.

—¿Vas a coger más peces? —preguntó el Autillo.

—No solo son peces los que quiero que se los coman —contestó el Errante a su aprendiz—. Mañana al amanecer veremos.

Aquella noche al Autillo, sentado al lado del hombre, ya nadie le regateó el pescado. Luego se acurrucó para dormir, feliz y confiado tal vez por vez primera, no lejos de donde el hombre se había aposentado definitivamente en la cueva. Durmió a gusto pero no dejó de estar despierto a los ruidos y de enterarse de algunas cosas.

La noche no todo era silencio y ronquidos en la caverna. Ya había aprendido a distinguir otros sonidos: roces, gemidos, pequeños estertores. Y sabía lo que significaban desde siempre. Los hombres montaban a las mujeres como también había visto hacer a muchos animales, incluso los pájaros lo hacían. Ahora no había apenas hombres en los fuegos y, aunque algunas se arrimaban a algún viejo e incluso las había que invitaban a algún muchacho un poco crecido a que las cabalgara, las hembras echaban de menos a sus machos. En el clan, por costumbre, cada hembra tenía el suyo y este dormía en el fuego. A veces el hombre tenía alguna más, una de las hermanas o de las primas que no tenían hombre propio, y alguna hembra también retozaba con un macho de otro fuego, sobre todo si era fuerte o de mucho rango. A Rastros y a Roble no les faltaban nunca. Y por lo que comprobó aquella y otras noches, al Errante tampoco. No se había oído todavía el primer ronquido en el portalón de la cueva cuando una de las hembras más jóvenes y de carnes más prietas, nalgas más redondas y llenas y pechos más apuntados vino a meterse entre las pieles del hombre y a nada se oyeron sus gemidos y algunas risas sofocadas.

El Autillo durmió bien aquella noche, pero no del todo, pues aquellos sofocos también a él lo excitaban. Como le sucedía cuando veía a un corzo montar a la hembra. Pero ahora era un picor más intenso. Antes del amanecer, cuando despertó y se marchó la joven, una de las de piel más negra y lustrosa, que tan solo había parido una vez y había perdido la cría, el hombre ya estaba removiéndose en su lecho. No tardó en hacer una seña al Autillo y ambos salieron, aún entre dos luces, hacia el tramo de río donde había puesto las cuerdas. En las primeras no encontraron sino que la lombriz había desaparecido en dos casos y en el otro estaba intacta. Pero en la siguiente los recibió un revoloteo desesperado de un ave. Era una focha. El Autillo comprendió entonces la trampa. Se había tragado la lombriz con el huesecillo en forma de gancho, este se le había clavado en el buche y ahora no podía escaparse. El forastero cogió a la polla de agua y le retorció el pescuezo. Ni siquiera tuvo que hacer esto en la última cuerda, tras otras cuantas fallidas, pues en ella había caído un pequeño pato con la cabeza colorada y, en sus ansias por escapar, se había desgarrado por dentro.

—Uno de los grandes azulones hubiera sido mejor, pero tal vez la cuerda o el hueso no hubieran resistido y se hubiera escapado.

Los grandes patos, con sus colores verdes y azules los machos, y más pardas las hembras, eran piezas codiciadas por los habitantes de la cueva, pero casi imposibles de capturar, y tan solo en alguna ocasión podían coger alguno que no podía volar cuando cambiaban la pluma y se convertían en mancones, también muy difíciles de atrapar pues se sumergían y buceaban. Tampoco eran nada fáciles los todavía más grandes ánsares, pero algunos cazadores los acechaban ocultos entre las aneas y lograban alcanzar alguno con un fino venablo. O mejor con una red que conseguían preparar con finas hilas de anea.

—Mejor que no cuentes cómo los hemos capturado. Apenas si me quedan cuerdas de crin de caballo —advirtió el Errante, que las había recogido y enrollado cuidadosamente, y el niño sin fuego advirtió que le había contado su primer secreto. El primero que le confiaban en su vida.

La luna aquella estaba acabando, no tardaría en brotar la nueva. Las hembras siguieron viniendo a las pieles del viajero. El Autillo ya se dormía sin prestar atención a sus ruidos y sofocos. Cuando la luna asomó con unos cuernos tendidos como los de un uro, la fila de cazadores regresó y fueron recibidos con grandes gritos de alborozo.

Los cazadores llegaron caminando muy orgullosamente, con Rastros a la cabeza, cargados hasta los topes con la carne y con los fardos de pieles en las mochilas o colgadas de un buen palo. Venían alegres y hasta los lloros de los mamoncetes, asustados por el tumulto, resultaban gozosos.

El Errante se retrajo a un segundo plano y a él se pegó el Autillo. Hasta que todas las salutaciones concluyeron no fue el momento de ser presentado, a cargo del mayor de los ancianos y de la Guardiana, aunque ya era conocido por algunos. Rastros lo saludó con agrado, lo mismo hizo Roble, y los más jóvenes lo miraron con gran curiosidad.

Pero tiempo habría de hablar con él, porque antes que nada había que descargar el botín, a lo que se afanaron ya muchas manos, y meter en la cueva el cargamento para almacenarlo adecuadamente. La carne venía ya ahumada, pero era preciso proceder de inmediato a estirar y estaquillar las pieles, que apenas si habían tenido un ligero raspado para que no se estropearan. Fue a lo primero que se dedicaron las mujeres y pronto estuvieron listas para que secaran bien antes de su curtido. Las de reno se estaquillaron en armazones de madera que el clan tenía para ello y en los que se tensaban utilizando cordajes de tendones que se engastaban en los travesaños. Las de los uros las dispusieron en el suelo, clavadas y tensadas merced a estaquillas de madera y tendones, en la entrada de la gruta, que era de solana.

El reparto ya se había hecho entre los cazadores antes del regreso y cada uno llevó su parte al fuego de la matriarca en el que se calentaba. Todas las madres y mujeres se sintieron orgullosas de sus hombres, sobre todo de los más jóvenes que habían participado por primera vez en una gran cacería, y cada uno empezó a contar su particular peripecia y sus hazañas. Al cabo de nada el lance del Tropezón se conocía en todos los fuegos de la cueva y el muchacho aguantaba de nuevo las bromas y las risas, ahora de los ancianos y de las mujeres. Pero no le importaba porque pronto observó que algunas de las jóvenes lo miraban y se hacían mirar por él. Con su resbalón, pero también con su cercanía al jefe y su éxito en el pisteo y cobro del uro, no era ya el que cerraba la fila de los hombres sino el que caminaba el primero entre los nuevos.

El chamán, Rastros y sus cazadores hicieron una ofrenda a la Diosa y entregaron algunos bocados exquisitos a la Guardiana para luego introducirse todos por la gatera de una galería que daba al recinto donde el brujo oficiaba sus ceremonias y a la que solo podían entrar los iniciados, y donde estaban impresas las manos de todos los cazadores que en el clan habían sido y eran. En algunas de las hornacinas y repisas de las paredes había cráneos de animales y también algunas astas. Dejaron junto a ellas una del reno más grande abatido y los dos cuernos del uro que casi ensarta a Tropezón. Las demás, así era la costumbre, se repartieron entre quienes había hecho la primera sangre del animal cazado pues eran buenas para hacer punzones o, en el caso de los cuernos de los uros, hasta como vasijas. Los ancianos no tardaron en contarles lo que les había dicho el Errante sobre su estancia con los Hombres de los Caballos y sus encuentros con los Patas Cortas, y decidieron llamar al forastero a su habitáculo. Hubo alguna discusión, pues no era un cazador iniciado en el clan de la Cueva Mayor, pero tanto el chamán como el jefe de caza hablaron en favor de que entrara y, conocedores todos de su prestigio en muchos clanes, decidieron aceptarlo. Una frase de Rastros fue definitiva para cortar cualquier oposición:

—Si tiene nuevas de los Patas Cortas; si, según dicen las mujeres, han raptado a algunas de los clanes de los Hombres de los Caballos, es mejor tratarlo aquí entre nosotros.

Salió el chamán, llamó al forastero y, seguido por todas las miradas, este penetró en el recinto sagrado de los cazadores. Uno a uno, le fueron presentados con ceremonia y elogiando sus virtudes. Cuando concluyeron fue él quien habló:

—El clan de la Cueva Mayor es un clan poderoso. Lo saben todos los clanes y puedo yo comprobarlo ahora, al conocer la fuerza y la sabiduría de sus jefes y de todos los que marchan en la fila de sus cazadores.

Todos se complacieron con el gran elogio de alguien que había estado en los lugares más remotos y con gentes de las que ellos ni siquiera tenían recuerdo.

Tardaron los hombres mucho en salir, pues se hicieron todas las preguntas y repitieron muchas veces aquellas nuevas de los Patas Cortas. El chamán recordó que en esa misma ellos habían hecho sus fuegos antes. Nadie de los vivos los había visto, pero el anciano cuya abuela sí llegó a verlos de niña decía que tenían más fuerza que cualquiera de los hombres y que arremetían con la fuerza de un bisonte.

—La madre de mi madre me advertía que, de no obedecerla, los Patas Cortas me cogerían y me comerían. En su tiempo los persiguieron, pero no consiguieron atrapar a ninguno.

—Se comen a los hombres y se llevan a las hembras. Es sabido. Si ahora merodean por las tierras de los clanes de los Caballos, es que no están lejos. En el tiempo bueno pueden alcanzar nuestro territorio. Deberemos estar alerta.

—Los Hombres de los Caballos dicen que tan solo descienden desde su lado de la montaña hasta el suyo, y no bajan demasiado, aunque a veces se internan por el valle y las llanuras, pero que retornan rápidamente a sus refugios. Siempre es bueno ser precavido.

Al fin salieron los hombres y, como lucía el sol y necesitaban lavarse los cuerpos, con la tibieza de la tarde bajaron hasta el río todos cuantos quisieron excepto bastantes de las mujeres, que se quedaron preparando, con la carne que habían traído y lo que ellas tenían en sus despensas, una gran cena de bienvenida. Las más jóvenes sí bajaron, y también los ancianos, que les contaron a los recién llegados lo que les había enseñado el Errante para hacer salir amodorrados a los peces a la superficie. Era muy agradable sentir el agua fría sobre la piel, aunque la hiciera estremecerse, y hasta hacerse espumas en el pelo y en el vello con aquella planta que conocía la Guardiana y que ayudaba al agua a desenredar el cabello y limpiar la mugre y la grasa.

El joven Tropezón fue de los más entusiastas en zambullirse y Rastros se reía, pues no eran tan lejanos los tiempos en que él había hecho aquellas cosas y luego había tenido recompensas entre las pieles. Esa noche, desde luego, pensaba tener algunas y todos sus cazadores seguro que estaban pensando en lo mismo. Sobre todo, viendo lo alegres que estaban las mujeres. Algunos ni siquiera esperaron a la noche y se escabulleron entre los árboles y arbustos del soto del río. Tenían más hambre de hembra que de carne, y las mujeres la tenían de hombre.

La cena fue muy copiosa y cada cual comió lo que quiso. Quienes habían permanecido en la cueva se atracaron de reno y uro, quienes habían partido a la expedición preferían los pescados, las aves y algunas plantas hervidas o crudas que hacía tiempo no comían. Se relató la cacería alrededor del fuego central y, como colofón final, Tropezón hubo de representar su caída ante la cara del uro. Y no solo una vez.

Luego cada cual fue a sus pieles y las hembras con ellos. No faltó una joven que se escabulló desde las suyas hasta las de Tropezón. Ya lo había mirado muchas veces, al llegar, en el río y junto a la hoguera. Aquella noche, sin embargo, a las pieles a las que no acudió nadie fueron las del Errante. El Autillo no oyó jadeo ni risa alguna en su recoveco, aunque resonaban por la cueva entera.