La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 43 de 50

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La canción del bisonte

42. El ataque de Nublo

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El ataque de Nublo

 

Nublo atacó las llanuras de los Hombres de los Caballos antes de que el deshielo hubiera llegado a las cumbres más altas. Los que lo habían acompañado en la anterior expedición fueron los más entusiastas en volver contra los Oscuros. Los demás se plegaron a las órdenes del nuevo jefe, que había demostrado durante las Lunas del Hielo un formidable liderazgo. No hubo hambre, ni faltó la leña, ni se dejó de aprovechar un solo claro para conseguir carne y provisiones. Y él siempre iba a la cabeza y no escatimaba fatigas. Siempre regresaban con algo, su lanza de cuerno de rinoceronte asestaba el golpe letal y se convirtió en un símbolo de su poder.

Cuando expuso su intención de regresar al otro lado de la divisoria de aguas para cazar también en aquella vertiente que había vedado el Mayor todos lo aprobaron. Cuando cruzaron el paso de la Navafría, donde bajo los cantiles blanqueaban aún los huesos de sus enemigos, recordaron su victoria. Cuando hicieron abundante despensa de carne de íbice se sintieron dueños de aquel cazadero abandonado. Y cuando, al fin, Nublo les expuso que no solo iban a quedarse allí sino que bajarían hasta las estepas, que habían sido solar de sus antepasados, y volverían a cazar hembras Oscuras para que les dieran hijos y el clan creciera, no hubo nadie que se opusiera a su voluntad.

Todos reconocían que era él quien había derrotado a los Oscuros. Quien los había emboscado, matado y hecho huir había sido Nublo. Ahora había demostrado su capacidad para mandarlos y resultaba evidente que los Oscuros les tenían miedo, pues no había rastro de su presencia ni siquiera en el sopié de las montañas cuando descendieron. Ni una huella, ni un humo, ni una muestra de que por allí caminaran.

Los Hombres de los Caballos habían hecho retroceder sus campamentos en la llanura. Con ello el Mayor se había dado por satisfecho y ni siquiera había ido a comprobarlo. Le bastaba con que no aparecieran por las crestas y amenazaran el Valle Oculto. El clan pensaba y actuaba de esta manera. Pero Nublo era diferente, tan distinto que hacía en ocasiones lo contrario a lo que siempre se había hecho. Pero daba resultado, cazaban más y mejor y habían obligado a retroceder a quienes siempre les habían expulsado a ellos de sus cazadores. Y Nublo les había quitado hembras y las había traído al valle para que dieran hijos al clan de los Primeros Hombres. Ahora volverían a cazarlas.

Este era el objetivo primordial al que Nublo pensaba dedicarse nada más poner pie en la planicie. Por eso se había puesto en marcha con el primer síntoma de buen tiempo. Ahora tenían caza suficiente para completar la expedición y a la vuelta al valle volverían a acumular provisiones. Mientras por las orillas del río y en ese periodo las mujeres encontrarían comida suficiente, él podría conseguir su objetivo. Debía comenzar por localizar los campamentos de los Oscuros.

Los Hombres de los Caballos, después de la muerte de tantos de los suyos y de la pérdida de mujeres y niñas en la anterior incursión de los Patas Cortas, habían cogido pavor a ascender aquella cadena de montañas donde todos los fuegos de la tribu habían perdido algún hombre y alguno se había quedado por completo vacío de cazadores.

En los primeros momentos de pánico habían llegado a temer que los Patas Cortas bajaran y prosiguieran en sus ataques. Por ello habían agrupado sus campamentos y los habían retranqueado hacia el interior de la gran llanura. Por fortuna no se había producido ninguna nueva incursión, se habían ido recuperando, algunos niños ya empuñaban las lanzas y habían vuelto a sus viejos hábitos de diseminarse en pequeños campamentos en campo abierto, en las zonas más frecuentadas por las manadas de caballos, no lejos de sus abrevaderos más querenciosos.

Aguantaban muchas de las Lunas del Hielo en sus tiendas, muy bien acondicionadas y calientes, acogiéndose a pequeños valles más resguardados del viento norte o a algunos afloramientos rocosos de aquellas tierras arenosas. A los Hombres de los Caballos no les gustaban las grutas. Preferían el campo abierto y sus tiendas se podían montar y desmontar rápidamente para mejor seguir a sus presas favoritas, los caballos, que se movían de continuo por las extensas planicies herbáceas.

La necesidad obligaba a que los hombres hubieran de salir dejando en las tiendas tan solo a las mujeres, a los ancianos y a los niños, aunque procuraban no alejarse demasiado y que quedara algún hombre protegiendo al grupo. Dejaban bien señalado su itinerario y destino para que les enviaran aviso rápido si se producía cualquier alarma. Ya habían respondido en más de una ocasión a algunos supuestos avistamientos de Patas Cortas que resultaron ser falsos y producto del miedo, y tras acudir a la carrera para rechazar el ataque, este solo había existido en la imaginación o el pavor de alguna muchacha o de algún anciano. Poco a poco su tensión se fue relajando y, fieles a sus costumbres, sus gentes se fueron desperdigando. De nuevo cuando los herbazales reverdecían pequeños grupos de familias se separaban del grueso y partían a sus cazaderos predilectos. Los Hombres de los Caballos gustaban de vivir así, porque su espíritu era libre y amaban las llanuras abiertas y los grandes horizontes. Así habían vivido siempre y así volvían a hacerlo.

Nublo no conocía aquellas costumbres pero las aprendió y aprovechó en su favor de inmediato. Él mantuvo compacta a su tropa, que apenas alcanzaba a las tres manos de hombres, y enviaba cada día batidores en diferentes direcciones con la misión de detectar los humos y si estaban los cazadores. Tras media luna al acecho, tuvo ubicados a dos pequeños grupos, alejados bastante el uno del otro. En el más cercano, hacia el poniente, supo que los cazadores acababan de partir para la caza, y en el otro, más hacia el naciente, acababan de regresar de ella y era previsible que se quedaran un tiempo en las tiendas.

Decidió no demorar más su ataque y se dirigieron de noche hacia el primero de ellos. Los batidores les habían informado que las mujeres solían bajar con las primeras luces a un arroyo a recoger agua. Y Nublo resolvió que era mejor preparar allí la emboscada que cuando luego ya salieran todos a recolectar por los campos, pues con ellas iban algunos jóvenes con venablos y algunos ancianos también podían usarlos todavía. Y sus propulsores compensaban la diferencia de fuerza y sus piernas muchos más rápidas les daban ventaja en la huida. Acecharían a las hembras cuando estas fueran al agua. Cogerían a las que pudieran y huirían a escape.

La emboscada resultó fructífera y sin pérdida alguna. Lograron agarrar a dos y a una niña que una de ellas llevaba, y aunque se les escaparon otras gritando aterradas, cuando algunos muchachos llegaron a la carrera, de los Patas Cortas solo quedaba un rastro que luego, y hasta que no se dio aviso y llegaron los hombres, nadie se atrevió a seguir. Tampoco los cazadores que llegaron a la carrera lo siguieron cuando comprobaron que el grupo de agresores era bastante más numeroso que el suyo y que se encaminaba directamente a las montañas de tan terrible recuerdo para ellos. Decidieron levantar su pequeño campamento y dar aviso a los cercanos. Cuando llegaron al situado más hacia el naciente, Nublo había ya pasado por él hacía unos días intentando dar allí otro golpe de mano.

En esta nueva intentona el jefe de los Primeros Hombres no había tenido tanta suerte. Tras haberse dirigido aparentemente de vuelta hacia los pasos montañosos viró con la mayor parte del grupo hacia naciente mientras ordenaba a quienes llevaban a las cautivas que siguieran avanzando y los esperaran a la mitad de la falda. Él con los demás marchó a acechar el segundo campamento. Pero ahí tenían un pequeño manantial prácticamente en el centro de su emplazamiento y tampoco se alejaban mucho en sus partidas de recolección. Solo le quedaba aprovechar algún descuido. Y este se produjo al final de la segunda jornada de acecho: una mujer ya vieja se alejó en demasía de las tiendas. La agarraron pero sus alaridos fueron tan grandes y su resistencia tan fuerte que hubieron de golpearla en la cabeza con un hacha y cayó desplomada y chorreando sangre por la cara. No era caso de cargarla y algunos, armados con sus finos venablos, salían ya de las tiendas y venían corriendo.

Nublo había previsto la retirada y los perseguidores no alcanzaron ni siquiera a verlos. Se metieron por un pequeño bosquecillo cercano y, aprovechando una quebrada, se perdieron. A salvo del ataque de los Hombres de los Caballos, pero frustrados, prosiguieron el camino hasta dar con sus compañeros en la falda de la montaña.

Ellos seguían manteniendo vivas a todas las cautivas y estas se habían sometido sin demasiada lucha a sus captores y ahora los obedecían. Las seguían teniendo atadas de pies y manos por las noches, pero por el día les soltaban los pies para que pudieran caminar. En cualquier caso, no era mal botín y el clan regresaba sin ninguna baja.

Pero la vieja herida en el último ataque no había muerto y ella sí los había visto. Describió aterrorizada cómo los Patas Cortas habían caído sobre ella y que estaba segura que se la habrían comido si no hubiera empezado a gritar con todas sus fuerzas. Recordaba que quien los dirigía no era como los demás, que era más alto y de piel más oscura. Que llevaba una zamarra y un collar como la de los Hombres Verdaderos, y en la mano, un propulsor y un venablo como los suyos.

Al campamento atacado no tardaron en llegar los del otro que había sufrido el rapto de dos de sus mujeres y una niña. El miedo se apoderó de todos y más aún cuando los cazadores que los habían perseguido contaron que eran un grupo numeroso y que se dirigió directo a las montañas. Parecía haber varias partidas de Patas Cortas sobre el territorio que estaban invadiendo toda la llanura.

La noticia fue corriendo de campamento en campamento y estos comenzaron a toda prisa a reagruparse. A poco, nuevas de avistamientos eran cuentos recurrentes y asustados alrededor de todos los fuegos. Y el recuerdo de los días en que volvieron heridos, derrotados y con muchos de los suyos muertos en las cimas, regresó al presente como la más terrible de las amenazas.