La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 23 de 50

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La canción del bisonte

22. La caza de la hembra

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La caza de la hembra

 

Si algo quedaba cálido en Nublo, se heló aquella noche cuando clavó los cuernos del uro sobre la ceniza y la tierra que cubrían el cuerpecillo de la hija de la Jara. Se quedó después solo en el fuego siempre encendido en lo alto de la atalaya, sin meterse en el abrigo, aguantando el relente, impávido, hasta que llegó la amanecida. Nublo había estado meditando sobre todo lo que afligía a los Primeros Hombres y había tomado una decisión definitiva. Pero sabía que le sería muy difícil llevarla a cabo. Por eso calló, no se la confió a nadie y menos a los dos jefes del clan. Nublo vería la manera de hacerlo solo, porque aquella era la única posibilidad de que su clan sobreviviera.

Tenía que lograr que el Menor fuera la mano que ejecutara su plan y hacerle creer que era a él a quien se le había ocurrido. Porque el clan se moría. En el Valle de los Primeros Hombres las mujeres escaseaban, parían cada vez menos y de los pocos niños que nacían eran más los que morían que los que alcanzaban siquiera el destete, y apenas algunos alcanzaban a cambiar sus dientes de leche. Y, además, perecían más mujeres adultas en los partos que cazadores en las garras, cuernos o colmillos de las bestias.

Hacían falta hembras, en el Valle no había, pero él mismo había nacido de una Oscura y esas hembras parían más que las suyas. La prueba era que los Oscuros eran cada vez más sobre la tierra y ellos menos. Poco a poco Nublo fue consiguiendo meter aquello en la cabeza del Menor, pero teniendo mucho cuidado de que al otro le pareciera que era algo que había pensado él primero. Su propio caso no era el único, otras Oscuras habían parido en el clan. Había una mujer, ahora mayor, de la misma condición que la suya, y era la que había parido más hijos que ninguna. Al cabo, hasta al Menor acabó por presentársele la solución como si fuera propia. Había que quitarles las hembras a los Oscuros y así su clan volvería a tener hijos. Que además eran muy buenos para el Valle, como probaba su subordinado Nublo.

Cuando la idea penetró en su cabeza, el Menor no dejó de pensar en ella día y noche. Pero aunque al principio pensó en decírselo al Mayor, al final optó por no hacerlo. Ese sería su gran triunfo, lo maquinaría con Nublo, y al regresar con las hembras, su prestigio superaría al de su hermano y podría arrebatarle la primacía. Encargó a Nublo que seleccionara a aquellos jóvenes que le eran más adictos y que estuvieran dispuestos a seguirlos sin preguntar siquiera hacia dónde se dirigían. Incluso llegó a advertirle de la necesidad de mantenerlo en secreto ante su hermano:

—Si el Mayor se entera de mi plan, querrá apropiárselo y lo hará cosa suya. Encabezará la partida, traerá las mujeres, crecerá su poder y elegirá las que quiera para aparearse con ellas.

Nublo se hizo el disgustado y, con un gesto hostil, contestó:

—Pero has sido tú quien ha pensado en ello y quien ha de dirigir la partida. No digas nada, no lo haré yo tampoco, regresaremos con las hembras y el Mayor no podrá quitarte lo ganado.

—Pero ¿quiénes vendrán con nosotros? Si se lo decimos a ellos, ellos se lo dirán a mi hermano.

—A los que yo avise no se lo dirán al Mayor. Tenlo por seguro. Son los jóvenes y están conmigo. Además, no les diré adónde vamos hasta que estemos lejos. Parecerá como cualquier otra expedición de caza.

—¿Cuántos iremos?

—Con una mano que venga con nosotros, será suficiente. Podremos traer una hembra cada uno.

—¿Y cómo podremos cazarlas si van hombres con ellas? —siguió preguntando el Menor.

—Hemos de sorprenderlas cuando salen a recolectar y cazar pequeños animales con sus hijos pequeños y algunos viejos. Ellas lo hacen y se separan mucho de sus campamentos, donde además apenas hay cazadores pues están lejos en sus expediciones. Eso lo he visto y yo sé dónde están porque siempre que he podido los he acechado.

Nublo, en efecto, lo había hecho en solitario siempre que cualquiera de las partidas lo había llevado cerca del territorio de los Oscuros. Allí había empleado las noches en bajar hasta el valle para espiarlos y volver a juntarse con los demás, pues tenía la ventaja de que sus piernas eran mucho más ligeras que las de los Primeros Hombres.

Ahora quedaba por poner en marcha aquello que lo atormentaba casi desde la muerte de la niña. Avisó a aquellos en quien más confiaba para una presunta expedición de caza que iría hacia el otro lado del río y subiría por la montaña. Así que la partida salió, aparentemente hacia la cuerda de la serranía, comandada por el Menor, Nublo y con cinco de los jóvenes más osados y leales a este, rumbo al territorio de los Oscuros. No les contaron cuál era su intención, hasta que llegaron al collado de Navafría, donde por el otro lado se desplomaba el agua en una potente y fría cascada que daba nombre a aquel paso. Los jóvenes no solo no se opusieron sino que lanzaron gritos de excitación y alegría. Aquella noche, aprovechando una luna casi llena atravesaron el portillo, dejaron atrás la cascada y, siguiendo en buena parte el curso del agua, descendieron hasta el valle, donde guiados por Nublo se encaminaron hacia un campamento de los Oscuros, el que estaba en el sopié mismo de la montaña y que tan solo era utilizado en los meses cálidos.

Allí, había comprobado Nublo, se aposentaba el clan entero para dedicarse a cazar caballos en aquellas estepas. Pero los hombres marchaban casi todos hacia donde estaban las yeguadas y estaban fuera varios días, quedándose las mujeres, ancianos y niños en las tiendas grandes que plantaban en el suelo y rodeaban de grandes cercos de piedras.

Confiaba en poder caer sobre ellas en una de esas ausencias de los hombres y en una de las salidas de las mujeres a recolectar y poner trampas por las cercanías. Pero de principio se llevaron un chasco. Cuando en medio de la noche siguiente alcanzaron el lugar y se arrastraron en la oscuridad para poder observarlo de cerca, comprobaron que los hombres estaban dentro.

El Menor se enfureció y miró con saña a Nublo, al que ya empezaba a culpar del fracaso. Se retiraron a un lugar donde no podían ser descubiertos, no encendieron el fuego, comieron crudo y esperaron al amanecer para decidir qué harían.

El enfado del Menor se transformó en un ansia casi febril cuando vieron que toda una hilera de cazadores partía con las primeras luces y se dirigía a buen paso hacia el poniente.

—Se van —dijo excitado—. Podemos atacar y llevárnoslas. Hay muchas hembras. Nos llevaremos una cada uno.

—Así lo haremos —concedió Nublo para objetar luego suavemente—: Pero espera mejor a que se alejen los cazadores. Que suba el sol y que ellas salgan del campamento a recolectar. Las sorprenderemos fuera de su campamento y no podrán defenderse ni pedir ayuda.

—Y con los viejos y con las crías, ¿qué hacemos?

—Matarlos, para que no puedan dar aviso a sus cazadores, que son muy ligeros, y que tarden así todo lo posible en comenzar a perseguirnos. A alguna cría joven podemos cogerla y nos la comeremos cuando estemos ya seguros arriba, de nuevo en lo alto de la montaña.

Se apostaron acechantes e impacientes y no tardaron en ver que la tropilla de mujeres, algunas con sus cachorros al lado y en algún caso colgando de bolsas de piel en su pecho o a la espalda, salían de las tiendas. Las acompañaban unos cuantos muchachos y algunos viejos. Algunos llevaban sus finas lanzas.

—Tened cuidado con esas pequeñas lanzas que arrojan desde lejos.

—Pero son niños y viejos —dijo con sorna uno de los jóvenes—. Son muy débiles.

—Pero pueden herirte con esos palos afilados a mucha distancia y hasta matarte si te alcanzan en la tripa, en el pecho o en el cuello. Primero matad a los que los llevan.

La partida de recolectoras se dirigió a un pequeño vallejo recorrido por un riachuelo. Era un buen lugar para coger frutos, bayas, plantas y raíces, pero también el más propicio para una emboscada, pues se podría llegar casi hasta ellas tapados por los árboles de sus orillas y cortarles la retirada hacia el campamento.

Nublo trazó el ataque, aunque una vez más se lo atribuyó al Menor cuando lo expuso. Cuatro, ellos dos y dos más, atacarían y matarían rápidamente a los jóvenes y viejos armados. Los otros tres taparían la huida hacia el poblado y atraparían a las mujeres que intentaran escapar hacia allí. Lo mejor era derribarlas y atontarlas con un golpe en la cabeza, atarles las manos y ponerles una cuerda al cuello con un palo como una horquilla para evitar que pudieran abalanzarse en el camino sobre ellos. Los palos ahorquillados los habían preparado con esmero la noche anterior y ya los tenían dispuestos.

Se deslizaron con sigilo y dando una gran vuelta para no ser descubiertos hasta llegar al otro lado del río. Los tres de la celada se quedaron escondidos en el más cercano al campamento.

Las oyeron bajar. A Nublo siempre le sorprendía su extraño hablar, muy rápido, como el gorjeo de los pájaros. Los Oscuros emitían muchos sonidos y mucho más rápidos y chillones que los suyos. Los había escuchado en sus acercamientos para espiarlos y todos, mujeres y hombres, hablaban de continuo y no callaban nunca. Los Primeros Hombres permanecían mucho más tiempo en silencio y se entendían mucho mejor por gestos cuando tenían que avisarse para hacer cualquier movimiento en las cacerías. Era mejor que estar gritando todo el rato, se decía Nublo.

Las mujeres Oscuras ya iban aguas abajo del arroyo, que se notaba que era un lugar que visitaban a menudo y donde caminaban sin demasiadas precauciones, pues debían saber que no las amenazaban por allí grandes fieras. Menos aún se esperaban que los estuvieran acechando ellos.

El ataque lo precipitó el Menor, quien, nada más tener a su alcance a un anciano que iba un poco adelantado y que llevaba un venablo, corrió hacia él como un uro furioso y le asestó un terrible golpe con una gran maza de madera acabada en un grueso y duro nudo que le reventó la cabeza y le hizo caer muerto. Luego todo fueron alaridos, chillidos y carreras.

Nublo, con su lanza, se encargó del muchacho más mayor, que, paralizado, ni siquiera llegó a lanzar su azagaya. Sí lo hizo otro de los chicos y alcanzó a uno de los jóvenes en un costado; la gruesa pelliza de bisonte que llevaba paró el golpe, pero, aun así, la punta de la lanza le penetró en la carne. El joven Oscuro consiguió, con una finta, salir huyendo. Otras mujeres y chiquillos escapaban también corriendo por la ladera hacia el campamento. Confió Nublo que los de la emboscada los cogerían. Ellos pudieron atrapar también a algunas hembras, aunque les costó mucho. Se defendieron arrojándoles piedras, mordiéndolos y chillando como las peores fieras. Además, eran muy rápidas y varias se les escurrieron. La que finalmente alcanzó a capturar el Menor tampoco pudieron llevársela. El golpe que le dio en la cabeza fue tan fuerte que la desnucó. Pero eso hizo que otras dos se acobardaran y se dejaran caer rendidas. Nublo, por su lado, había logrado atontar y maniatar a la suya. Lograron capturar tres en total, y a una niña y a un niño que ya andaban. A una cría de pecho que una de las cautivas llevaba la mataron también.

Oyeron los alaridos de las que habían huido y al cabo vieron regresar a los de la emboscada. Traían dos hembras más y habían herido a un muchacho, pero este logró escapar. El resto corría hacia su campamento. Nublo recogió del suelo el propulsor y el venablo del chico que había herido a uno de los de la partida, y tras mirarlo con gran curiosidad y atención, se lo guardó. Tenía que comprobar por qué aquello lanzaba tan fuerte y tan largo las lanzas.

Pero ellos debían ahora correr también hacia las montañas. Ataron del cuello a las mujeres, les echaron el lazo asido al palo largo con horquilla y salieron a escape. Nublo tenía muy prevista la ruta de huida y por ella se dirigieron a toda prisa sin detenerse para nada. Sabían que las mujeres les retrasarían el paso. Pero los Oscuros fugitivos debían de llegar al campamento y desde allí salir a encontrar al grupo de los cazadores. Tardarían al menos medio día en dar con ellos y en volver hasta donde se había producido el ataque. Ya estaría al caer la noche cuando pudieran comenzar la persecución. Con la oscuridad les sería mucho más difícil seguir sus huellas. Ellos para entonces ya podrían estar ascendiendo por la sierra. Si podían, con la luna, caminarían toda la noche sin descansar. Nublo aspiraba a llegar a la cascada. Entonces se sentiría más seguro ya. Acamparían allí y al día siguiente descenderían hacia el Valle.

Pero ahora había que correr y escapar a toda prisa. Nublo había previsto todo, incluso lo planificó contando con la luna. Les vendría bien a los perseguidores, sí, pero a ellos aún mejor para trepar mucho más rápido montaña arriba. La luna les convenía más a ellos para huir que a los otros para seguirlos. A ellos les bastaba para caminar pero con su luz no era suficiente del todo para seguir huellas. Por muy llena que estuviera la luna y muy clara la noche no bastaba para que el ojo penetrara las sombras sobre la tierra y menos bajo los árboles y entre las matas. Solo el lobo podría seguir ese rastro. Pero el hombre no tenía la nariz del lobo.

El plan dio resultado aunque hubo que parar para aplicar un emplasto de musgo al herido y para matar al chiquillo capturado. Les entorpecía todo lo que podía el paso y se resistía a seguirlos, lo que hacía que lo imitaran las mujeres. Así que lo desnucaron golpeándolo con un grueso pedrusco como a un conejo. Lo abrieron, lo evisceraron y lo descuartizaron. Cada uno cogió una parte y la metieron en sus bolsas para asarlo y comérselo cuando llegaran a la cueva. Ahora no había tiempo ni se podía encender el fuego. El Menor se apropió de la cabeza, del corazón y del hígado. Las mujeres cautivas los miraron aterrorizadas y callaron en sus gritos. A partir de aquel momento fueron mucho más sumisas. Sobre todo, cuando Nublo se acercó con la lanza y le puso la punta a una de ellas en el pecho. Le miraron con pánico pensando que iban a comenzar a matarlas a todas y cuando no lo hizo y sí un gesto de que callaran y les siguieran, lo hicieron ya sin oponer resistencia.

Antes del amanecer oyeron el rumor de la cascada y se miraron con satisfacción. Remontaron con un último esfuerzo y se echaron un tiempo hasta que comenzó a alborear. Ya salido el sol, el Menor y dos jóvenes con las cautivas traspasaron el portillo de la divisoria de aguas y comenzaron a bajar. Nublo y otro se quedaron en el paso para ver si los Oscuros ya los seguían. Nublo buscó el mejor divisadero desde la cascada y apostó allí a su acompañante de vigía, advirtiéndole que no se descubriera ni se perfilara contra el cielo. Él desanduvo su camino provisto de unas ramas para en lo posible borrar sus huellas y luego trazar un pista falsa que iba a perderse en unos roquedos y peñascales sin salida pues acababa concluyendo en neveros, pedrizas y cortados infranqueables. Incluso dejó algunos jirones de ropa de las mujeres Oscuras para mejor engañarlos. Fue muy fatigoso, pero a la postre, y tras muchas vueltas y revueltas y gran cuidado de encubrir su paso, logró retornar donde había dejado al vigía. Este no había visto aún señal alguna de los perseguidores y solo cuando el sol estaba ya en lo más alto los alcanzó a divisar por las primeras estribaciones. Avanzaban despacio y con crecientes dudas sobre su pista. Nublo había hecho a los suyos atravesar un río y bastantes arroyos, incluso un buen trecho por el agua para que así se perdieran sus huellas.

Pero a pesar de todas sus artimañas, los Oscuros, con perseverancia, iban logrando descifrar la verdadera pista y llegaron al lugar donde habían matado al muchacho. Los ayudaron los buitres que habían bajado a comerse los restos. Allí se pararon, hicieron conciliábulo y miraron hacia lo alto. Nublo los veía gesticular y discutir señalando a los picachos, algunos nevados. Al fin tomaron decisiones. Observó que dos corredores emprendían raudos de nuevo la bajada mientras los otros subían un poco más, pero con sumas precauciones, como quien teme una emboscada, y antes de que cayera la tarde se detenían, montaban campamento y encendían sus fuegos. Entonces comprendió que esperaban al grueso del clan, que vendría entero contra ellos.

Nublo comprendió que si superaban el paso del Valle de los Primeros Hombres estaría perdido. No se fiaba de que el Menor convenciera a su hermano de que se pusiera en marcha y decidió entonces enviar al único joven que quedaba a su lado con estas instrucciones:

—Dile al Mayor que los Oscuros vienen contra nosotros. Que son muchos y que si traspasan la montaña caerán sobre el valle y nos matarán a todos. Que es aquí en este portillo donde podemos detenerlos y matar nosotros a muchos de ellos. Que aquí no les valdrán sus lanzas cortas que vuelan, pero que, si logran llegar al Valle, no tendremos salvación alguna.

No iba desencaminado Nublo con su barrunto. El Mayor ya se había enfurecido con su hermano por no haberle contado su partida de caza de hembras contra los Oscuros. Blandía su gruesa y larga lanza y les gritaba a los que habían retornado con las cautivas. Se tranquilizó un poco cuando el Menor le ofreció escoger a la hembra Oscura que gustara, y a la más jovencilla por si quería comérsela.

Pareció apaciguarse un poco, pero cuando el Menor le informó de que los Oscuros les podían venir a los alcances, su furor se expandió de nuevo y la rabia inundó su cara y sus ojos.

—Has puesto en peligro al clan, a todo el Valle de los Primeros Hombres. Es tu culpa. Decidiremos todos qué hacer ahora y qué haremos contigo. —Se dio media vuelta y se metió en la cueva rodeado de algunos de sus hombres más cercanos. Pero no se olvidó de llevarse con él a una hembra Oscura y a la muchachita, y sus hombres les arrebataron también las otras cuatro que traían.

El Mayor convocó a todos los cazadores de todas las cuevas al fuego central, a los ancianos y a las madres. Allí estaban deliberando y discutiendo cómo debían de castigar al Menor y a quienes habían ido con él cuando llegó el joven vigía y hubieron de ocuparse del peligro que se les venía encima.

—Los Oscuros vienen. Están subiendo. Han acampado y esperan a más para venir contra nosotros. Nublo ha borrado la pista, pero encontrarán el paso. Dice que es allí, en el estrecho desfiladero al lado de la cascada donde podemos aplastarlos. Hay grandes rocas y sus lanzas que vuelan no lograrán alcanzarnos.

El Mayor rezongó como un oso al oír el nombre de Nublo, pero prestó atención a lo que decía el muchacho. Le preguntó cómo era el lugar y cuántos venían, y comprendió que Nublo tenía razón. Rumió, además, que él sería el salvador y su jefatura sería indiscutible. Demostraría que solo él velaba y defendía al clan y al Valle, se quedaría como único jefe y desterraría al Menor. Y se quedaría con todas las hembras que había traído.

No tuvo apenas oposición para convencerlos de que no había otra salida que subir para cerrar el paso y que, además, lograrían matar a muchos Oscuros. Que se los comerían luego y se harían fuertes e indestructibles devorando sus corazones y sus cerebros. El viejo hechicero lo apoyó sin reservas, y las madres, temerosas de que los Oscuros llegaran a sus fuegos y acabaran con todas y con sus hijos, les suplicaron que partieran cuanto antes. Algunas habían llegado al Valle huyendo de los Oscuros que habían asaltado sus cuevas al otro lado de las montañas y sabían que si llegaban allí, habrían de volver a huir.

El Mayor conocía bien aquel paso y creía en su fuerza y en la de sus cazadores. Los arrojarían montaña abajo. Dio una gran voz. Y todos los cazadores, hasta los más jóvenes y algunos casi niños y hasta alguna hembra que no tenía cría, se pusieron en marcha. El Valle de los Primeros Hombres subió hacia las cimas que lo habían protegido dispuestos a no consentir que los Oscuros las atravesaran.

Nublo los vislumbró primero y los escuchó luego irse aproximando guiados por el joven vigía, y sonrió con aquella manera suya, afilada y silenciosa. Había temido que el Mayor no viniera porque había previsto su furia por su desobediencia. Pero el jefe había puesto al clan por encima de su ira. Era más listo que su hermano y más difícil de engañar que el Menor, que también venía, pero ya no flanqueando al Mayor, sino atrás y cabizbajo en la fila.

Llegaron al fin y Nublo se mostró, indicó que no traspasaran la divisoria, que no se perfilaran sobre el cielo aunque fuera de noche y se sometió al jefe. Este lo reprendió duramente:

—Has puesto en peligro al Valle siguiendo a mi hermano en la caza de las hembras sin consultarme como jefe. Serás castigado, como él, pero ahora hemos de defender el paso y matar a los Oscuros. ¿Dónde están?

Nublo le señaló el brillo de las hogueras abajo. Y le dijo al jefe que ellos no debían encenderlas y hacer todo lo posible por que los Oscuros no supieran que estaban allí en lo alto acechándolos. Que debían sorprenderlos. Que no debían saber que los aguardaban. Que debían permanecer ocultos y callados, tapados a este lado de la vertiente. Luego informó de las fuerzas de sus enemigos y de sus planes.

—Han ido llegando más y llegarán todavía otros durante la noche. He trazado una pista falsa que los lleva a aquellos cortados y riscos de allá. —Le señaló los pelados farallones a lo lejos—. Si llegan bajo ellas, podremos aplastarlos desde arriba y tendrán que huir pues no tiene paso alguno. Pero acabarán por venir por aquí y es entonces cuando debemos resistir como sea.

El Mayor no entendía que hubieran de dividirse, pero Nublo logró convencerlo.

—Yo iré con un puñado, más no hace falta, a lo alto de la pedriza. Ellos no pueden subir y sus lanzas que vuelan no nos alcanzarán. Les tiraremos grandes piedras y escaparán colina abajo. Nosotros volveremos por detrás de nuevo hasta aquí y estaremos contigo cuando descubran la pista buena y el paso.

El Mayor accedió. Nublo cogió a quienes lo habían acompañado en la correría, pero no al Menor, al que ni siquiera mentó en su habla con el jefe. El Menor ya no era nadie que importara y al Mayor le agradó que Nublo ni lo mencionara.

Para la defensa del paso establecieron que habían de ocupar sigilosamente los dos costados y hacer acopio de piedras grandes e incluso conseguir, cuando empezara el combate, hacer rodar alguna gran roca que arrastrara a las demás y provocara una avalancha que los aplastara bajo ella. Que debían guarecerse ellos tras las rocas de las lanzas que volaban y que no bajarían a arremeterlos con sus lanzas gruesas y sus mazas hasta que no quedaran sino unos pocos y heridos y los demás hubieran huido todos ladera abajo. Pero una vez más, y en ello insistió Nublo, deberían mantenerse a cubierto y en silencio. Si los Oscuros los veían y sabían dónde los esperaban ellos serían los muertos.

Los Primeros Hombres comprendieron que en ello estaba su vida y pasaron frío sin fuego lo que quedaba de noche y no se dijeron uno al otro palabra alguna y hasta contuvieron sus señas.

El amanecer trajo la nueva de que, en efecto, más Oscuros habían llegado y se preparaban para la subida tras la pista de los raptores. Lo hacían con precaución pero también con confianza. Sus voces ya se escuchaban. Y el Mayor y Nublo, tambados en el suelo justo en la divisoria, seguían como leones al acecho cada uno de sus pasos. Cuando uno de los pisteros Oscuros descubrió la huella que había dejado Nublo y, dando un alarido llamó a los demás, este retrocedió reptando y cuchicheó al jefe:

—Van a ir hacia los riscos. Me voy yo también a lo más alto del cortado. Oirás el griterío nuestro y el suyo. Luego vendrán hacia aquí.

—Cuando oiga las voces, apostaré ya a la gente a los lados y yo me quedaré cerrando el paso con los mejores y los más fuertes. Vuelve cuanto antes. Si no, te trataré aún peor que a mi hermano —lo amenazó el Mayor.

Los Oscuros seguían subiendo desviándose levemente hacia el poniente y su batidor iba señalando el paso de Nublo cada vez con mayor excitación según se aproximaba a los picachos. Los Oscuros suponían que aquella trocha conduciría a algún paso por el que traspasar la sierra. No confiaban demasiado en encontrar vivas a sus mujeres, pues habían visto no solo a los niños y los viejos muertos en el arroyo junto a las tiendas sino al muchacho al que habían descuartizado, pero les quedaba la esperanza de lograr salvar a alguna, pues se daban cuenta de que, de las mujeres jóvenes, no habían matado a ninguna y, al principio, cuando en el sopié la pista era clara, habían comprobado que las cinco mujeres y la niña estaban vivas.

Nublo condujo a sus jóvenes a lo alto de los cortados. Los hizo arrastrarse hasta que cada uno ocupó una posición privilegiada a gran altura, en la franja donde la montaña tan solo estaba cubierta de herbazales y arbustos, y se levantaba de golpe en una pared casi vertical, infranqueable y alargada con pedrizas igualmente peligrosas para cualquier paso y neveros que no permitían su flanqueo. Nublo acechó expectante. Los Oscuros venían directos a su trampa. Vio aparecer primero al pistero y luego a quienes lo seguían más de cerca. Llegaron casi bajo la pared y se separaron mirando hacia arriba y a los lados, buscando algún paso o hendidura. Llegaron más, y uno que parecía mandarlos interpeló al batidor. Este le mostró el jirón de ropa de una de las mujeres que Nublo había dejado como señuelo y comenzaron a desplegarse buscando la grieta por donde suponían que los que perseguían habrían pasado. Fue entonces el momento. Nublo se levantó con una gran piedra en la mano dando un enorme alarido y los otros cinco lo secundaron. Descargaron las rocas más grandes que pudieron mover contra los de abajo. Oyeron sus gritos de agonía al ser aplastados. Algunos hicieron ademán de arrojar sus lanzas, pero comprendieron lo inútil de su intento. El jefe corrió a refugiarse tras una roca en la ladera y los demás lo imitaron. Pero varios cuerpos aparecían inmóviles al pie del cortado y uno se arrastraba pugnando por ponerse a cubierto. Algunos batidores corrieron hacia los lados y buscaron aproximarse por las pedrizas, pero recibieron otra lluvia de rocas y comprobaron que tampoco podían subir por allí. Volvieron. Habían logrado rescatar al herido, pero cuando intentaron alcanzar a los muertos aún estuvieron a punto de perder algún hombre más al volver a caer las piedras. Comprendieron que habían caído en una emboscada y que debían retirarse. Los oyeron gritar gesticulando y vieron a los batidores negando que pudiera remontarse por allí por lugar alguno. Al fin comprobaron que decidían volver sobre sus pasos y que volvían a la primitiva senda. Nublo supuso que no tardarían en descubrir el verdadero portillo de paso y apresuró a los suyos a que volvieran rápidos para apoyar al jefe en el definitivo combate. Estaba satisfecho. Había mermado sus fuerzas, aunque también se habían puesto al descubierto. Pero no donde estaba el grueso de su fuerza y los Oscuros podrían suponer que seguirían apostados en lo alto de los cortados. En cualquier caso, si querían pasar, habrían de hacerlo por el estrecho portillo junto a la cascada.

Llegó resollando junto al Mayor por delante de los jóvenes. Se acercó sumiso y le dio nuevas:

—Hemos matado algunos y herido a más que ya no podrán combatir contra nosotros. Vienen ahora hacia aquí. El jefe me dirá dónde quiere que me ponga y qué desea que haga.

Al Mayor le agrado la sumisión pero le respondió hoscamente:

—Te quedarás aquí, cerrando el paso en el último repecho, ya pasada el agua, y donde no protege la pared de roca. Tú y los que fueron contigo sois los culpables de que ellos nos ataquen. Así que serán vuestras vidas las primeras que tomen. Y no huiréis ninguno porque yo estaré detrás y os mataré yo mismo si cedéis ante los Oscuros. Mi hermano se quedará con vosotros. Ya que fue vuestro jefe, que ahora sea él quien os mande también. —Lanzó una risotada y se marchó a colocarse tras ellos.

Era evidente que esperaba que ninguno saliera de allí vivo, fuera por mano de los Oscuros o por la suya propia.

El jefe se dirigió con sus más fuertes cazadores a la que sería ya la última línea de defensa si los enemigos lograban atravesar el paso. Nublo y los demás se aplastaron en el suelo, y con ellos el Menor, que había dejado la lanza por la maza y los miró a todos y en particular a Nublo con resentimiento y odio. Ahora lo consideraba el responsable de todas sus desgracias. Si salía de aquella, el Medioscuro se lo iba a pagar caro. Lo aplastaría con su maza en cuanto tuviera la mínima ocasión. Luego ya se entendería como siempre con su hermano y las cosas volverían a ser como antes. Nublo estaba sentenciado.

Pero eran los Oscuros a quienes ahora debían todos temer. Ascendían con mucha cautela siguiendo el cauce del agua. Llevaban batidores delante que se iban resguardando detrás de cualquier cosa que pudiera protegerlos. Finalmente llegaron a la cascada, ya no hablaban y se comunicaban por gestos. La superaron mojándose y desplegándose a ambos lados para adentrarse en el paso. Eran muchos. No tenía un hombre dedos en los pies ni en las manos para contarlos. Entraron, pero no lo hicieron todos juntos ni apelotonados. Ya estaban encima y había que pararlos.

El alarido de los Primeros Hombres se elevó entre las rocas y el eco lo repitió por la montaña. Las grandes piedras cayeron de uno y otro costado. Y hasta provocaron una pequeña avalancha que causó pavor entre los que atacaban. Algunos lograron escurrirse y traspasar la lluvia de rocas. Pero fueron pocos, los más habían retrocedido. Traían los venablos dispuestos en las manos, y cuando el Menor, Nublo y los demás se levantaron, lograron lanzarlos. E hicieron sangre. Un joven quedó traspasado de lado a lado y el Menor fue alcanzado en un muslo. Pero los Primeros Hombres lograron llegar a ellos con sus lanzas y arremetieron cuerpo a cuerpo.

Nublo, más rápido, fue quien mató primero, atravesando a uno que intentaba rearmar su propulsor y volver a lanzar. La larga lanza de pino se le clavó en la tripa y el hombre trastabilló hasta caer ensartado y muerto. El Menor con su maza, aun cojo, logró aplastar una cabeza, pero otros dos venablos le llegaron y uno se le clavó en el costillar tan hondo que, a pesar de su fuerza y de su furia, cayó al suelo. Nublo vio que el jefe de los Oscuros, que era ya uno de los dos únicos que habían logrado subir y que quedaban en pie, había abatido con otro tiro certero a otro de sus jóvenes, y antes de que pudiera recargar con una nueva azagaya, se lanzó rápidamente intentando alcanzarlo. Pero no le dio tiempo a llegar, el jefe de los Oscuros se escurrió con mayor velocidad aún que la suya y retornó al paso para descolgarse por la cascada envuelto en espumas y dando grandes gritos a su gente de que se replegara.

El Mayor se había adelantado y entre varios habían acorralado al último Oscuro que había logrado subir y ahora había quedado rezagado. Presentó batalla pero lo ensartaron por todos los lados. El Mayor quiso darle el golpe de gracia y, tras rematarlo, comenzó a dar grandes alaridos de victoria mientras contemplaba a sus enemigos huir ladera abajo. Los Primeros Hombres bajaron tras ellos por los costados del paso de la cascada y alcanzaron a un herido que, con la pierna rota, se arrastraba intentado escabullirse. La matanza fue celebrada con rabia y con júbilo. Cuando la completaron aclamaron al jefe, y el Mayor dejó que todos le rindieran sumisión, Nublo en particular.

Fue ya después cuando se dirigió hacia donde estaba tendido su hermano, al que la sangre le salía a borbotones por la boca. El venablo había llegado a los pulmones, y daba ya las postreras y sanguinolentas boqueadas. La muerte no tardó en llegarle mientras el Mayor lo contemplaba, y pareció que en ese momento la pena superaba a su deseo de venganza. Así debía ser porque se agachó junto a él y le puso su enorme mano en el pecho y después en la cara, y el Menor lo miró con fijeza como pidiendo su ya imposible amparo justo antes de que una convulsión última le dejara los ojos abiertos y fijos para siempre.

El Mayor ordenó que le cortaran la cabeza, pues decidió que debía ser depositada en una hornacina de la cueva y que sería él, su hermano, y nadie más que él, quien se comería sus sesos y la descarnaría y limpiaría con esmero y cuidado. Ordenó que a él y a los otros dos jóvenes del clan que habían perecido se les tapara con losas y piedras y depositó al lado de su hermano su gruesa cachiporra, su arma favorita. Habían pagado con sus vidas su desobediencia. Luego pensaría qué hacer con Nublo, pero ahora veía que este era agasajado por muchos de los combatientes por cómo había luchado y preparado la emboscada. Él había traído a los Oscuros, pero también había logrado vencerlos y hacerlos huir.

El jefe lo observó con suspicacia pero también era el momento de su propio triunfo y era Nublo quien más lo aclamaba. Dispuso que, tras enterrar a los suyos, cogieran los cadáveres de los Oscuros muertos, les sacaran las tripas para que pesaran menos, pero extrayéndoles el corazón y los hígados, los colgaran atándolos de pies y manos de unas fuertes ramas y los bajaran hasta el abrigo. Celebrarían un gran festín con ellos.

Nublo se puso a cumplir diligentemente sus órdenes, pero antes hizo otra cosa solapadamente. Recogió otra fina azagaya y otro propulsor del suelo y al último Oscuro que había matado le despojó de su chaqueta de cuero, con raras cosas pintadas de colores y con filas de dientes cosidas en hileras por toda la pechera, y le arrebató un collar de garras, parecía que de pantera, que llevaba al cuello. Alguno alcanzó a verlo pero no le prestaron atención alguna.

El Mayor decidió dejar al pie de las risqueras a los demás Oscuros muertos. Resultaba muy penoso llegar a ellos. Los buitres lo aprovecharían. O algún león encontraría sus cuerpos. Ellos ya tenían suficiente carne.