La canción del bisonte
17. La dueña del Autillo
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La dueña del Autillo
Ababol tomó al Autillo bajo su protección, que entendió también como su dominio. Y el niño, de nuevo retraído y receloso por aquel nuevo escenario lleno de tanta gente extraña y desconocida, se avino a ello ante la sonrisa del Errante y la complacencia de Ova. Ababol se convirtió en su dueña y el chico la obedecía sin rechistar, se sometía sin resistencia ni pelea, no se le enfrentaba ni la rehuía, como habría hecho en sus años huérfanos de la Cueva Mayor, y parecía aceptar a Ababol como superior y maestra. La muchachita se tomaba muy en serio su papel de guía y ama, adoptaba un aire de mayor, casi de madre, al tiempo que le mostraba todo y a todos los que en el monte de las Cinco Cuevas consideraba que debía conocer y tratar, señalándole con mucho rigor cómo debía comportase y regañándolo cuando a su parecer él no hacía lo correcto.
El Errante los observaba, se reía y comentaba con Ova cómo aquel chiquillo tan arisco y esquinado seguía mansamente a la niña, que se pavoneaba de su poder y lo sometía a sus caprichos. Pero Ababol sabía hacerlo, porque su dominio no era hiriente sino sutil y hasta almibarado. Además de muy útil para el muchacho. Ella tenía, como hija de la Guardiana, un indudable rango, y ello permitía al Autillo ir encajando entre los de su edad manteniendo una cierta distancia que en absoluto lo incomodaba pues se sentía amparado y protegido.
Detrás de Ababol iba captando y absorbiendo todo, conociendo a todos y enterándose de su posición y lugar. Además, Ababol le fascinaba en todo lo que hacía, en cómo se movía entre la gente, segura y ágil, con aquella manera suya de moverse, juncal y ligera, que le había enmudecido desde la primera mirada, y disfrutaba con la continua atención que le prestaba. Así se mantuvo su relación por bastante tiempo. Crecían juntos, pero el Autillo también crecía por su cuenta comprendiendo muchas cosas que antes no alcanzaba ni a sospechar siquiera.
En la montaña Mamut, el Errante tenía un gran rango y prestigio y su voz y su sabiduría eran tenidos en cuenta por todos aquellos clanes de las orillas del Gran Azul. Si para las gentes de su clan, el de la Cueva Mayor, su llegada había sido la de un ser extraño, alguien a quien no acababan de situar aunque lo respetaban, para las gentes del monte de las Cinco Cuevas y de otras tribus vecinas que por allí pasaban, el Errante gozaba en todas de una inmensa fama y, de hecho, no eran pocos los que venían ahora tan solo por verle y consultarle sus asuntos y pedirle sus consejos y predicciones.
El Autillo fue descubriendo que el Errante era un gran chamán, el más poderoso, pues tenía contacto con los espíritus de todas las cosas y de todos los lugares, de los cielos, de sus hogueras, de las lunas y los soles, de las nubes y de los vientos y sus susurros o alaridos, del trueno y del rayo, él era quien sabía y hablaba con los espíritus de los animales, de los que los hombres cazan y se comen y de los que se pueden comer ellos a los hombres, de los valles, de las montañas, de los bosques y los árboles y de los ríos y sus palabras de agua y, también y sobre todo, de los mundos oscuros, misteriosos y terribles que se ocultan bajo tierra y de los que las cuevas son entradas. Solo él y algunos elegidos podían penetrar en ellos y allí oír sus voces y percibir sus visiones y mensajes. El Errante era no solo uno de aquellos a los que los espíritus de los cielos y el aire, de las tierras y las aguas e incluso los de la tiniebla y el subsuelo, hablaban sino que entre ellos tenía el lugar más prominente y una fama alcanzada y ganada a lo largo de las muchas visiones ciertas y predicciones cumplidas desde aquel día en que apareció caminando por la costa.
Su misterio lo seguía acompañando, así como aquellos impulsos repentinos, cuyo motivo y momento acaecían de pronto como si de una revelación se tratara, y lo llevaba a emprender los más peligrosos y solitarios periplos de los que eran muchos los que creían que jamás volvería, capturado por las sombras, muerto por las garras o sepultado por el alud, pero de los que siempre regresaba. Zarpa de Oso, el gigantesco jefe de las Cinco Cuevas, veía acrecentada su seguridad y su poder con él al lado, y bastante menos la de los chamanes locales aunque le ofrecieran zalameras muestras de bienvenida con que intentaban ocultar su envidia. Mientras el Errante permaneciera entre ellos, su rango y su voz quedaban rebajadas.
Pero a Ova todavía se le alborotaban los pulsos y se le alegraban las entrañas, por compartir sabiduría y porque con él cerca se volvía a sentir hembra y viva. El Errante era un cómplice agradable que no solo traía nuevas experiencias y remedios aprendidos, sino que gustaba él también de escuchar y aprender de ella, como guardiana y como sanadora, y de esa forma Ova le descubría gustosa todo lo que podía compartir con un hombre, pues había cosas que para ellos estaban vedadas y ocultas y así habían de permanecer siempre. Sobre algunas sustancias también conversaban, pero en cuanto a su preparación tanto el Errante como las sanadoras procuraban mantener cada cual sus secretos. Solo él y Ova llegaban a trasmitirse algunas confidencias que alcanzaban a hongos, a cortezas, ciertas rocas y tierras y algunas semillas y raíces que solo los muy sabios y escogidos podían consumir, y eso tras rituales protectores y cuidadosos preparativos, para viajar a otros mundos, percibir sus visiones y lograr retornar de ellos.
Aquello formó también parte, aunque muy despacio y con cierto secreto, del adiestramiento del Autillo y de Ababol. Algunas las practicaban en común pero en otras los recorridos no tardaron en ser diferentes, para cierto disgusto de la muchacha y cierto alivio del joven, que así podía sacudirse durante unos ratos del yugo de su tutora, aunque luego retornaba a acatarlo sin disgusto. Con los otros muchachos, sin embargo, no admitió desde el primer momento superioridad ni imposición alguna. Pronto les enseñó que estaba dispuesto a atacar y a defenderse, y que sabía hacerlo. Y cuando, tras una expedición, a una primera llamada de los adultos para que los ayudaran a trasladar tanto el botín conseguido como el desmantelado campamento, se mostró como el más dispuesto, capaz y resuelto de todos, aún le cogieron más aprecio. Fue además con su pequeña lanza en ristre, y Fresno, el segundo tras Zarpa de Oso, el primero con quien se habían topado a su llegada, volvió a embromarlo con aquello del «poderoso cazador», que levantó de nuevo risas, pero su tono cariñoso y cercano no le levantaba ampolla alguna. Es más, el Autillo y muchos chicos como él lo tenían como a su líder y era a quien procuraban complacer e imitar.
Para el Autillo la cercanía a Fresno se convirtió en uno de sus anhelos en todo su adiestramiento. Desollar un conejo o una liebre o pelar un ave era algo que había hecho en muchas ocasiones, pero Fresno le enseñó que con un jabalí, un corzo o un ciervo era ya otra cosa muy diferente y que, de hacerlo mal o bien, dependía que se pudiera aprovechar bien la piel y hasta que no se estropeara la carne. Por ello a los chicos se les exigía una atención total en cómo había que utilizar los cuchillos, lascas y raederas y en qué partes de las presas había que extremar el cuidado.
Con las reses se solía empezar, tras colgarlas de los tendones de las patas traseras, por sajarlas por su parte interna desde el extremo inferior y, con cortes precisos, pequeños y continuos, ir ascendiendo hasta llegar al tronco. Era preciso utilizar fuerza y manos y hasta la rodilla para ir tirando o presionando con un cuero sin pelo alguno, para ir separando piel y carne. Era también importante aprender a descoyuntar las patas por sus junturas y la cabeza buscando la bola, aunque en animales grandes era preciso utilizar hachas para completar la operación.
Había algunos pasos muy difíciles: uno era conseguir que el contenido de la vejiga del animal no se derramara dentro de la canal, y otro, aún peor, cuando ya se abría esta y se procedía a sacarle el menudo. Aquí había que extremar la precaución pues si se reventaba la bilis, luego la carne sabía muy mal aunque se asara. Era también importante saber sacar bien los bofes, el corazón y los hígados, pues eran muy apreciados. No se desaprovechaba nada. Ni los huesos, y menos su tuétano, y desde luego aún menos las cabezas y los sabrosos sesos. También los tendones y las tripas tenían mucha utilidad para sujetar las armas, para hebras de coser o para cuerdas. Llegado el día en que a un joven le daban permiso para hacerlo era casi tan importante como aquel en el que conseguía cobrar su primera pieza. Y cuando Fresno le propuso al Autillo que continuara solo aquella faena, el muchacho se sintió feliz e importante.
El cuidado de la piel era otra actividad que requería enseñanza y dedicación. Lo primero era limpiarla y con los raspadores dejarla sin la menor brizna ni de sebo ni de carne. Para secarla se la estaquillaba en el suelo o en un armazón de palos, bien estirada y tensa. Era importante que no se mojara y por eso en muchas ocasiones las mantenían dentro de la propia cueva. Se las seguía repasando después con raederas y se les aplicaba ocre y algunos preparados de plantas para comenzar a curtirlas. Luego se trabajaba en suavizarla hasta lograr un cuero bien liso, terso y suave. Entonces, si se quería entera, para cubrir el suelo de una tienda o para extenderla como lecho alrededor del fuego, ahí concluía la faena, pero si iba a ser destinada para calzado o ropa, había que hacer muchas otras labores. En el caso de calzas y camisas, era preciso desprenderla de la pelambre y dejarla limpia por ambos lados. Se la remojaba y se volvía a tratarla y sobarla para conseguir hacerla suave y flexible. Las mejores para prendas de vestir eran las de ciervos, corzos o íbices. Las de uros, para cubrir las tiendas; las de bisontes, como alfombras y abrigos, aunque para esto ninguna como las de oso. Las de leones y panteras suponían un prestigio añadido para el fuego que las poseía. Para gorros y manoplas se preferían las de animales más pequeños, como linces, zorros, nutrias, martas o glotones. Y siempre era mejor la piel de animales muy jóvenes y aún mejor de crías. Las de jabalí eran las peores, por ásperas y difíciles de trabajar.
Luego había que coserlas, con puntadas muy juntas y muy prietas con las agujas afiladas que se conseguían de esquirlas de hueso y, aún mejor, de un ave grande y zancuda, como las esbeltas garzas o las cigüeñas, y se afilaban después en rocas porosas. Tras confeccionar la prenda le añadían las mangas y la capucha hasta hacer una sola pieza que en las Lunas del Frío era indispensable para mantenerse caliente. Las zamarras, pellizas y camisas de cuero se adornaban con dibujos y también cosiéndoles adornos, fueran estos huesos, dientes o conchas, o con pequeños flecos del propio cuero. Ese era un trabajo en el que despuntaban las mujeres, pero ancianos y chicos debían ayudar en ellos y saber cómo hacerlos.
Pero si en algo descollaba el Autillo, al igual que Nublo en el Valle de los Primeros Hombres, era en el tallado de todo tipo de armas y utensilios. Acompañaba a los talladores de sílex en la recolección de los riñones y nódulos en los canchales del río y si encontraba en sus campeos algún buen bloque de pedernal, se apresuraba a llevárselo para luego contemplar fascinado cómo operaban en él.
El Cojo era el mejor de todos ellos y a esa condición debía su rango en el clan, después de haberse chascado una pierna y quedar lisiado de por vida, pues soldó muy mal y apenas podía sujetarse en ella. Tenía que llevar siempre un grueso palo de madera que él mismo se había construido y que se ponía bajo el sobaco para apoyarse bien y caminar. Pero sabía como ninguno leer en el corazón de las piedras. Él veía en su interior el cuchillo, la raedera, el buril, el punzón y la punta de lanza antes de comenzar a trabajarla y cómo iba a ir extrayéndoselas tras quitar a la piedra su cáscara y descubrir su corazón de sílex.
El golpeo con el percutor sobre el bloque o la forma de ejercer la presión para hacer saltar la lámina fascinaban al Autillo. Y se mantenía en fervoroso silencio cuando el Cojo trabajaba sobre su nódulo favorito, el que tenía forma de caparazón de tortuga, pues de él podía sacar un sinfín de útiles y haciendo saltar casi a cada golpe un instrumento valioso. Una lasca ya casi lista para cortar, un cuchillo que con unos retoques quedaba ya preparado para engastarlo en la madera y colgar de la cintura del cazador, un raspador, una raedera, y luego ya una punta más grande o más pequeña según fuera para acoplarla a una lanza de arremeter o a un venablo para ser lanzado con un propulsor.
No se quedaba ahí su labor, luego junto con los cazadores procedía al ensamblado de aquellas puntas y para ello utilizaba una doble técnica: a unas les hacía en la base una hendidura a modo de labios para engastar mejor la madera y, con resinas mezcladas con cera y tendones, quedaba ya preparada el arma. Pero en ciertas ocasiones, en vez de abrir aquellos labios, desgastaba uno de los laterales de la punta, sobre todo alguna de venablo de la que había quedado más satisfecho, y la ensamblaba con un costado del astil de madera. Quedaban así muy bien fijas y compensadas, y los cazadores solían disputarse aquellas piezas. A poco el Autillo sabía hacerlas mejor que muchos, pero desde luego muy lejos de la habilidad de su
maestro.[26]
Ababol también aprendió y no lo hacía nada mal. Sabía manejar incluso el propulsor y la azagaya. De hecho, tenía una buena puntería, al igual que con las piedras. Más de algún pequeño mamífero la había sufrido al creerse fuera de su alcance. Fresno fue quien enseñó al Autillo el uso del lanzador cuando el muchacho ya tuvo un venablo y un propulsor en condiciones, y además de los mejores, regalo del Cojo. Con astil de vara de fresno y con punta de pedernal de hermoso color crema, larga y de limpios filos. El cazador sonrió al ver que estaba hecha con el árbol ribereño del que él tomaba el nombre.
—Buena madera, buena madera —ponderó, y luego comenzó su lección—: Lanzar solo con la fuerza del brazo te obliga a acercarte mucho a la res. Pero para lanzar con el propulsor es necesario aprender a hacerlo y a afinar la puntería. Lo primero es saber cómo cogerlo y luego cómo y en qué momento debes soltarlo.
Fresno le demostró cómo encastraba la base del venablo en el saliente del artilugio, cómo cogía los dos con los dedos, lo contrapesaba bien a la altura de la cadera, tomaba una pequeña carrerilla y, llegado a un punto, soltaba hacia delante el brazo. Fresno llegaba muy lejos y daba donde apuntaba. El Autillo al principio se quedaba corto o se le iba muy alto, pero tras no demasiados esfuerzos aprendió los rudimentos y poco más o menos acertaba en el blanco o en sus cercanías.
—Ahora es cuestión de que todos los días practiques y, claro, de que tu brazo vaya cogiendo fuerza, pero esa ya irá viniendo, y más si te ejercitas.
El Autillo alardeó un poco ante Ababol y se ganó como réplica una lección de plantas, pues en lo que la muchacha le sacaba toda la ventaja era en lo relativo a arbustos, cortezas, hojas y hasta musgos. Ababol no perdía ocasión de demostrárselo, sobre todo cuando salían a las pequeñas expediciones de recolección, que ahora se intensificaban pues era perentorio recoger hayucos, bellotas y avellanas, que eran abundantes y lo mejor para almacenar, pues se conservaban mucho tiempo y daban mucha energía en los tiempos fríos. Bien lo sabían los otros animales, fueran osos o ardillas, que también hacían acopio o se atiborraban de ellas. Pero también había que buscar bayas y frutos. Unos ya se habían recogido antes, como los arándanos, las cerezas y las guindas, pero aún quedaban moras y escaramujos. Ababol encontraba ahí su momento de mayor dominio sobre su acompañante, que pasaba a ser un sirviente perseguido por la voz de la niña. Pero acababan siempre riendo los dos y comiéndose alguna baya de más cuando pensaban que no los veía nadie. El Autillo rumiaba que ya llegaría el tiempo de los nidos y entonces iba a enterarse aquella sabihonda, él había sabido cómo ingeniárselas desde muy pequeño por la cuenta que le había traído.
Bajaban en ocasiones en grupo al río, a pescar y a buscar fibras, juncos y varas delgadas y elásticas para hacer cestas, trampas y redes. Algunos utensilios habían sorprendido al Autillo. Había visto cestas en su clan, pero desconocía ciertos trenzados realizados con aneas y no sabía para qué podrían servir algunos armazones muy bien entrelazados con mimbres resistentes.
Se lo acabó por preguntar al Errante, que esos días le hacía poco caso, enredado con sus asuntos chamánicos por las diferentes cuevas.
—Ya lo verás cuando llegue la gran fiesta de la pesca del salmón. Será cuando suban el río, al principio del buen tiempo, apenas se vaya la nieve. Las utilizarán cuando el salmón venga del mar.
Ababol le ilustró aún más sobre el gran encuentro:
—La fiesta del salmón la organiza un clan cada año. Y los demás acuden. Aquí vinieron desde donde sale el sol hasta donde se pone. Es el gran encuentro. Se juntan antes de que comience la subida, esperan a que lleguen y hacen la fiesta cuando se capturan los primeros. Luego cada cual regresa a sus propios ríos para hacer acopio de esos peces. Las gentes se encuentran y hay música, danzas. Y cuando fue aquí algunos se marcharon a otros clanes y otros se quedaron en el nuestro.
El asunto de los tres jóvenes llegados de la Cueva del Ojo parece que iba a llevar aquel camino. Se veía bien a las claras que no tenían ninguna gana de marcharse y ya se había decidido que no lo harían hasta el Encuentro del Salmón. Luego ya hablarían de su propuesta y les darían respuesta definitiva sobre dónde podrían instalarse. Las gentes de la montaña Mamut estaban decididas a poner todas las dificultades posibles para impedir que vinieran más. Empezaba a haber allí ya demasiada gente. Pero los tres jóvenes podrían hacerlo. Eran brazos para el clan y eran fuertes. Se harían parte de él y no su competencia.
Así, en pleno aprendizaje del Autillo, se echó encima la primera Luna del Frío, que llegó intenso y tras una poderosa tormenta que duró desde la tarde hasta la tarde del día siguiente, tras una noche de alaridos del viento y un amanecer en que todo el espacio apareció cubierto de blanco. La nieve se quedó ya como señora y ama de la tierra, y ya no se retiró.