La canción del bisonte
14. Huellas en la Cueva del Ojo
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Huellas en la Cueva del Ojo
El hombre le señaló al Autillo el ojo de la cueva, en la pared que dominaba el valle, resguardado de los vientos, mirando todo lo que a sus pies discurría y por donde fluía
el río que hacía ya casi un día que seguían.[14]
Habían viajado rápido y sin demasiados contratiempos. El Errante era ducho en esquivar peligros y prudente para guardarse de ellos. Bastante antes de llegar la noche el hombre comenzaba a buscar el cobijo donde pasarla bien resguardados y protegidos. Casi siempre era una oquedad profunda que taponaban con piedras grandes y se apresuraban a encender el fuego justo a la entrada y a acumular reservas para alimentarlo.
El Autillo aprendió a prenderlo tanto con el pedernal y la piedra negra como con una varita fina y dura de madera. El Errante llevaba en una bolsita un pequeño tesoro que le mostró y luego lo adiestró en su búsqueda, preparación y uso. Se trataba de un
hongo especial[15] que se secaba y, reducido a migajas, era la mejor yesca. En él la chispa prendía de inmediato y en cuanto añadía alguna pajita, o mejor aún alguna piel de jara, la llama brotaba enseguida. Aprendió a buscarlo pegado a los troncos de los árboles viejos y aún mejor en los caídos. Era grande, a veces más que toda la mano, y se parecía al casco de un caballo. Cuando el hombre le dijo que también podía comerse, el Autillo no tardó en conseguir tantos que al final una noche acabaron cenando con ellos.
El niño no se limitaba a mirar y obedecer sino que preguntaba por todo aquello que le intrigaba. Comprobó que al Errante no le molestaba y sus preguntas se hicieron continuas. Una atardecida, ya guarecidos en un buen agujero en el roquedo, el hombre le dijo con una sonrisa:
—Cuando te conocí, parecías un pequeño búho mudo y tenías bien puesto el nombre, pero ahora pareces cada vez más un pajarillo que no deja de piar todo el día.
A pesar de ello el chico contuvo sus preguntas sobre el destino de su marcha, del que solo sabía que iban a pasar por un clan que el hombre había visitado y de donde procedía el muchacho que antes lo acompañaba y al que había matado la pantera. Y que estarían allí pocos días, pues el Errante quería alcanzar los clanes que vivían en las cercanías del Gran Azul, donde pretendía quedarse a pasar las Lunas del Hielo. Le explicó que el Gran Azul era como un río tan inmenso del que no se veía el otro lado, ni se sabía que lo hubiera, que se agitaba en espumas que rompían en la orilla, que su color era como el del cielo cuando no había nubes y que el agua no se podía beber porque quemaba la boca.
No se detenían a cazar ni a intentar pescar, pues tenían las provisiones que les habían dado en el clan de la Cueva Mayor, pero al paso iban recolectando lo que pillaban, incluso aprovecharon algún algarazo fuerte para recoger caracoles y asarlos. Pero el viaje fue corto y a la tercera noche el hombre le indicó que llegarían ya antes de la siguiente. El Autillo había oído hablar de aquel clan al que se dirigían pues incluso había gentes en el suyo que provenían de él y otras allí que habían partido del de la Cueva Mayor.
A medio día de que se lo anunciara, el muchacho vio por vez primera el Gran Ojo oscuro rodeado de otros más pequeños en la pared de roca pelada y veteada, curvada hacia adentro y poco después otro ojo aún más extraño y donde sucedía algo que él jamás había imaginado ver: por aquella oquedad la montaña se tragaba el río, que se introducía en su vientre y se perdía en las entrañas de la tierra. Aquello le hizo estremecerse. Él había visto manar el agua de entre las piedras pero jamás que estas la engulleran.
Pronto los vieron a ellos y, como había sucedido cuando el hombre llegó ante su cueva, oyeron gritos y vieron a gente que se asomaba gesticulando a la entrada de la gruta. El Autillo había visto al Errante llegar así, pero ahora era él quien lo acompañaba y los otros quienes lo miraban.
Los recibieron con agrado, aunque en un fuego hubo mucha tristeza cuando el Errante hubo de relatar por qué ahora lo acompañaba aquel más pequeño y que quien partió con él no venía. La madre no pudo ocultar su resentimiento.
—No debiste habértelo llevado. Mi hijo hubiera vivido aquí protegido por su clan. Tú caminas de un sitio a otro, sin fuego y sin clan. Haz lo que quieras, pero no debes llevarte a nuestros hijos.
El Errante mostró su pesar y no replicó. Entregó varios presentes y una ofrenda muy preciada: un collar de conchas que brillaban por dentro. La Guardiana de la Diosa las recogió y dejó a la madre que se quedara lo que quisiera en recuerdo de su hijo. Ella cogió el collar y el gorro de piel de oso que el hombre había recuperado del lugar donde lo mató la fiera y fue con ambos apretados junto a su pecho a llorarlo a un lugar oscuro.
El Autillo apenas si se sintió concernido por aquello, aunque pudiera ser el siguiente en correr aquella suerte, en su clan natal aún le parecía peor la que le hubiera aguardado. El Errante se enredó en largos conciliábulos con los cazadores y el chico quedó un tanto solo, expuesto a la curiosidad de los otros de su edad, que lo miraban con una actitud desconocida y grata para él. Todos lo rodeaban curiosos por saber de dónde venía o cómo era que acompañaba a aquel hombre con fama de sabio y de hablar con los espíritus de la tierra, del agua y del cielo, pues, si no, no comprendían cómo las bestias respetaban su vida en sus viajes entre los clanes. Con los niños del clan del Ojo de la Roca que se traga a un río, el Autillo comenzó a sentir que había dejado atrás al que había sido. Y aunque tardó mucho tiempo en que el pensamiento tomara firmeza en su cabeza, sintió, antes incluso de comprenderlo, el cambio que sobre él y luego en él se había obrado. Los chicos buscaban su compañía y lo animaban a acompañarlos en sus juegos, le mostraban sus cuevas y los lugares donde rendían culto a la Diosa o donde los cazadores celebraban sus ritos.
Él, gozoso, se dejaba llevar aunque no tardó en detectar que alguno se ponía celoso y a la defensiva con su notoriedad y que algún otro pretendía mostrarle su superioridad. Pero el Autillo tenía en aquellas artes mucho vivido y supo soslayar aquellos recelos con silencio y prudencia.
Empezó también entonces a preguntarse por el hombre al que acompañaba y que lo había cogido bajo su amparo. Era alguien en verdad extraño, sin clan y sin fuego, pero en todos recibido con respeto. ¿Quién era? ¿De dónde había venido? ¿Hacia dónde iba? ¿Por qué vagaba por la tierra? Aquí, en esta nueva tribu, aún lo trataban con mayor consideración que en la suya. Sin duda, lo tenían por alguien poderoso. Pero ¿por qué lo era y por qué vivía de aquella manera?
Aquel paraje le resultaba fascinante y lleno de maravillas. Era la primera vez que conocía a otro clan y donde vivía este era en verdad impresionante. Aquel roquedo liso, lavado y el ojo abriéndose en la piedra solo era la entrada a un sinfín de cosas asombrosas. Lo primero que sus nuevos compañeros le enseñaron fueron otras muchas bocas y algunos otros habitáculos con asideros y escalones tallados para trepar hasta ellos. Pero le dijeron que ellos no podían subir porque era un gran tabú y serían muy castigados en caso de romperlo. Desde abajo se vislumbraba una repisa
donde había unos colmillos gigantescos.[16] Le contaron que allí se reunían los cazadores antes de sus partidas y que aquellos gigantescos colmillos eran de un animal que era como una montaña y habían batido en una cacería tan lejana que solo quedaba un anciano vivo que hubiera participado en ella. Pero recientemente otros cazadores habían visto una pequeña manada y ellos un día, cuando fueran iniciados, cazarían uno como aquel que daría carne a todo el clan para toda una luna helada.
En otra de aquellas repisas a las que estaba vedada la entrada, en una cueva que llamaban de las Palomas pues allí acostumbraban a anidar muchas de aquellas aves,
[17] existía otro habitáculo solo para uso de las mujeres y un reducto especial de la Guardiana de la Diosa.
Los otros chicos le contaron que las cuevas no tenían fin y que era muy peligroso perderse en ellas y que muchos eran los hombres que se habían arriesgado a adentrarse por sus laberintos y pasadizos y de ellos no se había vuelto a saber nunca.
[18] Le retaron a entrar y que demostrara su valentía, ya que había atravesado por tanta tierra y cruzado tantos ríos. Fue aquel muchacho que parecía tenerle más celos. Pero el Autillo sabía que su mentor se enfadaría y, aunque soportó alguna burla, renunció al reto.
El Errante proseguía en sus largas sesiones con los más notables del clan y su chamán. Este se vistió un día con una pelliza ceremonial de juncos y de hierbas sobre una piel de ciervo, tapado por una máscara y un casquete de lobo para encabezar una procesión, seguido por el Errante y por un grupo de los más arrojados cazadores portando grandes antorchas resinosas, la primera de las cuales encendieron en la boca de la Cueva de las Palomas. La comitiva se adentró en la oscuridad y se perdieron de vista. Aún se percibía el resplandor de las teas y se oían sus quedas voces. Luego hasta aquel fulgor se perdió y el silencio y la oscuridad se los tragaron.
Las mujeres, arremolinadas en torno a la Guardiana de la Diosa, se congregaron a la entrada. La Guardiana salmodió una invocación y todas murmuraron. Estaban muy disgustadas por aquella estupidez de los hombres, que habían mantenido su plan en secreto y que no tenía objeto alguno excepto el perderse, morir y dejar los fuegos sin lanzas y sin caza. Los hombres muchas veces hacían las cosas más estúpidas. Hubieron de esperar con creciente ansiedad y enfado durante un tiempo que se hizo insoportable y algunas se levantaron y se marcharon a hacer sus cosas para no tardar en regresar al poco y seguir esperando. Pero no iban a ser ellas tan tontas como ellos y entrar a buscarlos. Ellas tenían que proveer para el clan y criar a los hijos.
Fue ya casi en el crepúsculo cuando una creyó oír una voz, y al poco, y cuando creía que le había engañado su deseo, otras ya más fuertes y todas vieron una luz, la de la última tea que traían ya casi consumida. El chamán volvía al frente con el Errante a su lado y todos los seguían muy animosos y alegres. Pero si esperaban alguna bienvenida, se encontraron con el regaño enfurruñado de las mujeres y un aluvión de reproches y se les puso cara de pasmo sin alcanzar a comprender su enfado. Ellas habían pasado preocupación y miedo y querían hacérselo pagar, encima por haberlo hecho sin objetivo alguno, como niños sin sentido. ¿Cómo iban ahora a prohibirles a los chicos imitar lo que habían visto hacer a los mayores? Su actitud podía traerles desgracias. No hubo uno solo, ni siquiera el chamán ni el jefe, que se librara de la regañina.
Pero ellos estaban contentos y el Autillo, deseando que su maestro le contara. Comprobó que también el Errante, aunque no hubiera rechistado ante las hembras, estaba ufano de aquella hazaña.
—Llevábamos dos manos de antorchas preparadas. Una para ir y otra para volver. Establecimos que solo avanzaríamos hasta agotar la mitad e iríamos marcando con ellas las paredes con sus tizones para no perdernos de vuelta. Caminamos mucho, aunque muy despacio y agrupados, por la oscuridad que nos envolvía, y llegamos a una sala bastante amplia donde el suelo estaba lleno de barro por la humedad que se filtraba del techo y de las paredes y que lo cubría con un dedo de agua. Pasamos por allí descalzos hacia otra galería por la que nos adentramos hasta que la última antorcha de la primera mano se consumió. Entonces volvimos y recruzamos aquella sala encharcada y arcillosa para regresar y aunque en alguna ocasión perdimos el camino en algún cruce de galerías, las señales nos permitieron volver a encontrarlo.
—¿Y qué había dentro?
—No hemos encontrado otras huellas que las nuestras. Solo los espíritus de la noche y la oscuridad moran allí. Los de la Tierra Profunda habrán de salir por esas bocas pero no llegamos al final. Tampoco hemos visto, más que al principio, huellas de animales. Y estas, como algunas garras de oso en las paredes, no eran de ahora. La cueva no tiene fin. Se hunde hasta las entrañas de la tierra y temimos siempre que pudiera hundirse en un tremendo abismo.
A las mujeres no les habría gustado nada, pero los hombres estaban gozosos de lo que habían hecho y se lo relataban los unos a los otros a cada momento. Pero en los conciliábulos, los hombres también hablaban de más cosas. Sobre todo de los Patas Cortas, cuya memoria era allí lejana, aunque había una cueva que no visitaban nunca pues era de la que habían hecho huir muchas generaciones atrás a los últimos. Las nuevas de los ataques y raptos de mujeres contra los Hombres de los Caballos los enfurecieron.
También quisieron aprovechar la oportunidad del paso del Errante para que varios de sus jóvenes más fuertes, ya iniciados, caminaran con él hacia los clanes de las orillas del Gran Azul. Habían oído que junto al agua inmensa vivía cada vez más gente y había abundante comida, que allí no eran tan terribles las Lunas del Hielo y que quizá pudieran asentarse con ellos durante el tiempo en que la nieve y el frío no dejaban salir siquiera del Ojo de la Cueva. Sus jóvenes podían guiar al Errante en sus primeros trechos pues conocían bien las trochas y los portillos para cruzar la poderosa
sierra,[19] que ya tenía sus alturas cuajadas de nieve, de hecho ya casi nunca la perdía del todo. El Errante conocía en realidad mejor que ellos aquellas veredas pero se avino gustoso a que lo acompañaran.
Fueron tres los que se unieron a la marcha y los cinco pusieron rumbo a la alta cordillera. El Autillo siguió justo detrás de su mentor y se sintió protegido por los fuertes y joviales cazadores a su retaguardia. Caminando juntos habían de ser las bestias las que los temieran y se reiteraran a su paso. Hasta la pantera y el león los esquivaban y no se atrevían a acercarse a su hoguera. Con todo, hacían turnos de vigilia. Cazaron algún animal pequeño al paso o justo cuando llegaba el momento de la acampada. Los jóvenes bromeaban con el muchacho y le enseñaban cómo lanzar un venablo más lejos poniéndolo en la pestaña de la lanzadera. Y el Autillo se daba muy buena maña.
El trayecto fue, sin embargo, duro. Atravesaron varios ríos, algunos con aguas poderosas que los hicieron desviarse hasta encontrar un vado. Uno de ellos era particularmente caudaloso y optaron por seguirlo aguas arriba pues sabían que su
curso los acercaba a su destino.[20] El mal tiempo comenzó a venírseles encima nada más cruzarlo. El Autillo se quedó absorto la primera vez que ante ellos aparecieron las crestas de la cordillera que debían cruzar. Aquellos picos, cubiertos de nieve, parecían infranqueables pero los hombres sabían el rumbo. Primero padecieron la lluvia y cuando fueron subiendo ya los alcanzó alguna ventisca cargada de nieve. Pero no se detuvieron, se pusieron encima sus prendas de abrigo con capuchas, con la piel por dentro, bien cosidas y cerradas. En las de sus jóvenes acompañantes estaba pintado un ojo redondo, silueteado en rojo y con el centro negro, como símbolo de su pertenencia a aquel clan.
Al Autillo le costaba seguir la marcha, pero se recuperaba bien y al amanecer comenzaba de nuevo con mucha energía y vigor para la ascensión por aquellas empinadas cuestas. El Errante era quien concluía, a pesar de su mayor edad, la jornada mejor que los demás.
Una noche, mientras se secaban en una covacha tras una subida particularmente dura, un desfiladero que llegó a infundirles temor por su angostura y un camino de íbices donde un traspié podía despeñarlos, el Errante les dijo, no sin cierta sorna, cuando le alabaron su resistencia:
—Hay que comenzar a caminar como un viejo para acabar como un joven. Vosotros lo hacéis al revés.
El Autillo lo comprendió muy bien. Su mentor comenzaba el día sin prisas, con pequeños pasos, como si estuviera cansado y fuera ya un anciano, luego iba estirando paulatinamente su zancada y cuando se encontraba con una cuesta dura repetía la misma secuencia. No se apresuraba nunca ni daba arreones, pocas veces se detenía ni tampoco abusaba del agua. Bebía mucha menos que los otros.
—Estamos atravesando por lo más bajo de las montañas. El paso está cerca. Ya solo nos queda una jornada para remontar. —Señaló un portillo entre dos picachos, muy a lo lejos, iluminado todavía por el último sol—. Desde allí daremos con las aguas del río que nos llevarán al monte de las Cinco Cuevas.
El paso lo conocían también los jóvenes. Hasta él habían llegado cuando iban a
cazar íbices y rebecos, y lo habían señalado clavando unas altas estacas.[21] Pero más allá no habían pasado, aunque otros de sus mayores sí lo habían hecho. El de mayor edad y talla de los tres exclamó:
—Nuestro clan cazó un gran oso cerca de aquí la primera vez que yo fui con los cazadores.
—No tardarán en meterse a dormir —contestó otro.
—Todavía no. Todavía no han llegado la Lunas del Hielo. Hay muy poca nieve. Ahora se están atracando de bayas, hayucos, bellotas y castañas.
Ellos también. Todos los frutos del bosque estaban madurando y no les hacía falta caza alguna. Cada noche podían hincharse de bayas y moras y asar castañas y bellotas hasta hartarse. Solo echaban mano a algún tasajo por el simple gusto de la carne.
La última subida hizo desfallecer al Autillo a pesar de haber seguido los consejos de su maestro. El sendero se hizo cada vez más empinado y peligroso. Tanto que en no pocas ocasiones uno ayudaba al otro ofreciéndole el astil del venablo que utilizaban además para apoyarlo en las laderas y evitar despeñarse. El Autillo logró superar el trance apretando los dientes y tragándose el miedo, pero cuando ya llegaron donde la nieve era continua a cada paso se hundían más en ella, hasta por encima de las rodillas, y una vez quedó atrapado con la nieve casi por la cintura. Lo sacaron entre carcajadas y por turnos se lo fueron cargando a la espalda hasta que a lomos del más grandullón consiguió poner el pie en el collado. En la otra vertiente había aún más nieve, pero al derramar la vista hacia abajo el verdor de los bosques se apoderaba del espacio, los valles profundos bajaban vertiginosos y se presentían las cascadas de agua desplomándose.
El Errante escudriñó el horizonte para buscar el camino de bajada siguiendo el
curso del río del que les había hablado.[22] No tardó en dar con la trocha ni encontrar sus aguas, que eran allí apenas las de un riachuelo. Y los adentró entre bosques y praderías en aquella tierra hermosa, llena de animales y vida. Acamparon en una pequeña oquedad oyendo el rumor de la corriente y los jóvenes pescaron algunas truchas, que asaron. Por la mañana reemprendieron el camino, y al poco, desde una cresta, el Errante les señaló hacia una montaña desde la que ascendía una columna de humo. Y entonces distinguieron otra más, y otra…
—Es la montaña Mamut, la de las Cinco Cuevas.