La canción del bisonte
39. Lobo Alto
39
Lobo Alto
Los cazadores vieron venir a aquel hombre a quien precedía un lobo y echaron mano de sus propulsores y sus lanzas. Luego uno de ellos vio algo familiar en aquella silueta y otro acabó por reconocerlo.
—Era quien marchaba junto al Errante. Aquel que encontró la ballena.
—El Gran Chamán no viene con él.
—Camina con un lobo.
—Los hombres no caminan con lobos.
—Pues uno lo precede en la senda. No lo huye sino que a cada trecho vuelve la cabeza y parece esperarlo.
Los hombres de Armintxe discutían y miraban desde lo alto a las dos figuras que lentamente se iban acercando. Tenían memoria del chamán, compartían con él su tótem y había celebrado rituales para protegerlos. Tenían memoria del joven que lo acompañaba, al que habían recibido también en su cueva. Era quien ahora regresaba. Pero no tenían memoria alguna de que el hombre y el lobo caminaran juntos. Los lobos y los hombres se disputaban las presas, y si podía, el hombre mataba al lobo y le quitaba la piel, y si podía, el lobo se comía al hombre.
El Autillo había visto desde mucha distancia el humo del clan. Iba a encontrarse con otros hombres después de mucho tiempo sin ver ninguno. Necesitaba ahora su compañía y su cobijo, pues las Lunas del Frío ya estaban encima y la primera a punto había estado de acabar con él congelado en medio de la ventisca. El calor de la loba lo había salvado. Pero ahora sabía que era muy difícil que los hombres aceptaran recibirlo llevando como compañía a aquella fiera. Tampoco sabía cómo reaccionaría el animal, si huiría o se lanzaría al ataque sobre el primer hombre extraño que se le acercara.
Había meditado mucho sobre aquello desde que alcanzaron la línea de costa. El viaje se hizo entonces algo menos peligroso y pudo rebajar en cierta parte la tensión constante que había mantenido desde que abandonó la cueva donde había vivido con la Negra.
Era aquel recuerdo el que iba quedando atrás, cada vez más lejano, como si en cierta manera permaneciera ya para siempre en un pasado al que no retornaría, como algo que sentía como dejado atrás definitivamente. Pero, si asomaba a su memoria, una oleada de gratitud y de cariño lo envolvía. El recuerdo del Errante, cuyos pasos había seguido por tantos lugares y durante tanto tiempo, ahora el brujo más poderoso de aquellos territorios montañosos que había conocido y a los que nunca volvería.
Echaba de menos al Errante, pero si miraba a la loba que caminaba ante él, otro recuerdo, más intenso, todavía envuelto en olores y tactos, lo estremecía: el de aquella mujer hermosa, misteriosa y llena del poder de los hechizos. La Negra lo había convertido definitivamente en hombre. Porque un muchacho siempre se habría quedado a la sombra del chamán y cobijado en los brazos de la hembra. Pero ser ya un hombre lo había llevado a pensar en su propio camino y emprenderlo, dejándola. Y en su recuerdo estaba siempre Ababol.
Él no tenía visiones, como el Errante, pero en algunos momentos del viaje, sobre todo en los días de la tormenta de nieve, volvió a sentir que la hechicera no lo había abandonado, que la pantera se había convertido en loba. Ella seguía amparándolo.
Pero los hombres no la aceptaron. Cuando ya estuvo al alcance de la voz, los cazadores lo llamaron por su nombre y él respondió al saludo. Le daban bienvenida y le dejarían sitio en su fuego pero aquel lobo no podría subir con él. Si lo hacía, le clavarían sus lanzas.
El Autillo les pidió a algunos que descendieran para hablar. Clavó sus lanzas en la tierra y encendió un pequeño fuego. En cuanto los hombres del clan bajaron, la loba desapareció en la espesura. Él sabía que no andaría lejos y estaría emboscada, teniéndolos a la vista y atenta a lo que hacían.
—El lobo se ha ido. ¿Camina contigo?
—Sí lo hace. Desde hace casi dos lunas. Caza también conmigo y duerme a mi lado. Estaba herida y muy débil. Comió de las sobras y se acostumbró a seguirme. Ahora no se separa de mi lado. Vela por mí y yo la protejo. Es una hembra, es una loba. Es joven.
—Tú eres bienvenido a nuestra cueva, pero el animal no puede entrar y si se acerca lo mataremos. Los lobos comen carne y en nuestro clan han matado y se han comido a algún niño.
—No entrará, y yo tampoco si no queréis que lo haga.
—Eres quien venía con el Gran Brujo, tú eres el que encontró la ballena. Es alegre verte, pero ¿dónde está el chamán al que acompañabas?
A fin de que les contara lo sucedido, lo invitaron a acogerse a su gruta y a sus fuegos. Debía de contarlo para todo el clan porque todos respetaban la memoria de aquel hombre con el que iba y querían saber cómo había sido su camino y más aún cuando les dijo que ahora era el Hombre León, el chamán de todas las cuevas de las montañas que tenían al cavernario como tótem. Pero para que la loba no huyera más lejos dejó allí, al lado del pequeño fuego que había encendido, algo de comida para ella y al lado de un árbol una de sus camisas de cuero. Había comprobado que la loba gustaba de hacerse un ovillo al lado de algo que mantuviera su olor y allí se quedaba esperándolo.
Enviaron corredores ante él, como cuando iban de ida, para que avisaran al clan siguiente de que llegaba y que no se alarmaran porque caminaba con una loba. Que lo recibieran con hospitalidad y le dieran comida y cobijo como se la habían dado a su maestro. Pero que ellos no le habían dejado entrar en su cueva porque los hombres ni caminan ni duermen con lobos.
Fue a Bela, el Cuervo, el chamán de Armintxe, a quien el Autillo debió su definitivo nombre. Allí, donde el Hombre León había sido reconocido como portador de la seña del tótem que a ellos también protegía, la estancia habría de ser por fuerza algo más larga. La loba, al igual que en el primer clan, desapareció de la vista en cuanto asomaron los hombres y el viajero dejó su señal para que lo esperara cuando reemprendieran la marcha.
Sabía que habría de contar con todo detalle al brujo, el gran chamán costero de la hermandad del tótem de los cavernarios. Bela lo llevó al recinto donde estaban pintados los leones y allí lo sometió a un exhaustivo interrogatorio. Le interesaron especialmente las imágenes de los tres chamanes y que si no había perecido había sido por la loba que le envió en su ayuda la Guardiana de la Diosa.
Cuando pasaron ya a la sala de los fuegos y relató su periplo a todo el clan, Bela elevó su voz y pronunció por vez primera su nombre:
—Lobo Alto, el que camina con una loba delante. Nos has traído noticias que nos alegran. El Hombre León es ahora el Gran Chamán de todos los clanes que el cavernario protege y su espíritu nos seguirá protegiendo a todos. El vínculo sigue anudado por el aire y por la tierra. El clan de Armintxe y todos te damos la bienvenida y anunciaremos tu vuelta.
Así fue sucediendo de un clan a otro por toda la cornisa costera, anunciado en su llegada por su nombre nuevo. Lobo Alto, alguien sin duda muy poderoso debería ser para haber logrado completar aquel viaje con el Errante. Aunque no dirigiera una fuerte fila de cazadores y aunque no tuviera clan propio. La loba lo esperaba, escondida de todos, y en cuanto se ponía en marcha, aparecía a su lado.
En uno de aquellos clanes en los que se habían detenido más en el camino de ida y donde con más reverencia había sido tratado el Errante se encontraron con algo imprevisto. Era aquella gruta en cuyo interior tenían montadas tiendas de piel para mejor protegerse de las inclemencias y los malos vientos. Él recordaba un clan alegre y bien alimentado pero ahora estaban nerviosos, conmocionados por algo que llevaba ya una luna sucediendo. Y al ver retornar a quien había acompañado al Errante y sabiendo cuál era el tótem protector de este, le pidieron ayuda. Además habían visto que llevaba una de sus garras como gran amuleto colgando de su cuello. No pudo ni quiso negarse.
Un gran león cavernario estaba aterrorizándolos, los había convertido en sus presas predilectas. Ya había matado y comido a un joven, a dos mujeres y, tan solo dos días antes, arrebatado casi a la vista de la cueva a una niña pequeña. Estaban recolectando muy cerca de la gruta, pues tenían miedo de alejarse, cuando el león, que nunca había aparecido tan cerca, se abalanzó sobre un grupo de mujeres. La pequeña, que estaba un poco separada de los demás, había sido su última víctima, y ante la mirada y los gritos desgarrados de su madre, el carnívoro la cogió en sus fauces y en cuatro saltos desapareció en el bosque con ella. Desde entonces los grupos recolectores no se atrevían a salir y los hombres discutían lo que podía hacerse.
El Errante le había contado muchas cosas de los leones. Cómo se formaban las manadas, como las hembras eran quienes cazaban y los machos quienes protegían los territorios y que si estos eran vencidos los nuevos dominantes mataban a las crías. Pero recordaba que también le habían contado que a veces el macho perdedor frente al nuevo dominante de la manada no moría sino que se alejaba solo, y que entonces, sin el apoyo de su manada para cazar, vagaba errabundo alimentándose de lo que podía alcanzar. Carroña, alguna presa herida o el hombre. Que estos animales acababan ellos mismos por ser una noche comida para una manada de hienas, que se vengaban así de todo el daño que los leones les habían infligido a ellas. Porque hienas y leones se odian y se combaten a muerte. Pero antes de llegar a tan lastimoso fin, los cavernarios viejos y sin clan a veces se convierten en devoradores de hombres. Porque el hombre sin lanza ni fuego es una presa muy fácil.
Eso es lo que Lobo Alto contó a los cazadores de La Garma. Aquel animal podía ser algún viejo macho desterrado que una vez que había cazado a su primera víctima humana había cogido aquello por costumbre. Había que matarlo o acabaría por comerse al clan entero.
Los de Armintxe los habían matado en ocasiones y ellos también lo habían hecho en el pasado. Pero nunca dejaban de costar sangre a los humanos. Por fortuna, este parecía estar solo. Aun así, era un enemigo formidable, un animal astuto y perverso que no se mostraba, sino que cazaba apostado y en emboscada.
—Hay que lograr atraerlo a un lugar propicio, a un claro o, aún mejor, a campo descubierto —dijo Lobo Alto.
—Pero ¿cómo logramos hacerlo? Él se oculta en las espesuras y de allí no podremos sacarlo —preguntó uno de los más jóvenes.
—Podríamos con el fuego —aportó el jefe de los cazadores.
—Sería una forma, pero habríamos de ser muchos y conseguir localizar su encame y cercarlo. No somos bastantes para ello.
—Podemos pedir el apoyo del clan vecino —insistió el jefe.
Lobo Alto propuso que intentaran una treta:
—El cavernario pasa hambre. Parece que no vale para cazar presas fuertes y que corran. Si no come, en unos días saldrá, y si le ponemos carne en un lugar apropiado, podemos cercarlo.
Asintieron. Salió la fila, con todas las armas y las teas preparadas para ser encendidas. Llevaban un pernil de ciervo al que miraban con cierta pesadumbre pues entregárselo al león les penaba a todos. Encontraron no muy lejos un ancho claro, pegado al bosque pero que a poco se abría ya en una más extensa planicie. Lo más seguro era que se aproximara al señuelo desde la espesura y podrían cortarle la retirada. Prenderían allí el fuego y lo cercarían.
Habría, eso también que hacerlo de día, pues en la oscuridad aquello sería suicido y el león tendría todas las ventajas, los desbarataría y ellos serían sus presas. Colocaron la pierna del ciervo en una rama baja cuando comenzaba a clarear. El león tendría que saltar para cogerla y podría maliciarse de que aquello encerraba una trampa e incluso detectaría el olor a hombre, pero ya no parecía temerlo y el hambre acabaría por empujarlo a llegar a la carne. Esperaron todo el día hasta el atardecer. El cavernario no apareció. Retiraron la carne y la volvieron a colocar al día siguiente. Ya estaba llena de moscas y comenzaba a oler a podrido. Lobo Alto ideó una nueva añagaza: trazó un rastro de sangre desde la linde del bosque hasta el claro para incitarlo a salir.
Poco después del mediodía los escuchas señalaron hacia el bosque e hicieron gestos de que venía. Hasta oyeron un par de rugidos, pero luego volvió el silencio. Ya comenzaba a caer la tarde cuando lo sintieron de nuevo. Venía despacio, y ahora rugía con fuerza. Había olido la sangre. Venía al trote y brotó al claro. Era inmenso, terrible. Las tremendas zarpas, los poderosos músculos, la boca carnicera infundían pavor. Se paró en seco, casi en la linde. Parecía barruntar algo, cataba el aire y volvió a acogerse a la espesura.
Sin embargo, esta vez tardó muy poco en volver. Lo oyeron de nuevo rebullir y a nada salió en carrera y llegó hasta donde estaba la carne. La olfateó en lo alto y dio varias vueltas a su alrededor. Fue el momento de la señal con el fuego. Cuando el león comenzó a saltar para lograr alcanzarla y ya se prendió a ella con sus garras, surgían ya las llamas a su espalda y en torno a él se levantaba el alarido de los hombres que llegaban desde todos los lados con la tea en una mano y el venablo en la otra.
Pudo el cavernario emprender la huida y romper el cerco pero, desafiante, prefirió defender su presa de aquellos seres de los que había comido toda la luna y que habían sido las presas más fáciles de todas las que en su vida de león había abatido. Les plantó cara gruñendo y se aplastó entre las hierbas altas con los belfos fruncidos y la cola tensa, presto a lanzarse al ataque y matar al primero que considerara cercano.
Pero le llegaron dos venablos. Uno no lo alcanzó y se clavó en la tierra a su lado, pero el otro sí logró morder en su carne. En un brazuelo. Rugió de dolor y saltó en el aire. Tras caer se lanzó a la carga. Pero un hombre corría y otro se cruzó en aquel momento ante su vista. Dudó un instante a cuál perseguir y otra azagaya se le clavó en el costado. Se revolcó con dolor para intentar desprenderse de ella y cuando se levantó se lanzó fijamente sobre una de aquellas siluetas hasta darle alcance y lo derribó. Iba a romperle el cuello de un mordisco fatal cuando un nuevo lanzazo le llegó por detrás y asestado desde muy corta distancia. Este le penetró en la barriga, de arriba abajo, y le hizo soltar su presa, que se arrastró reptando, y ya solo había a su alrededor un círculo de siluetas verticales en continuo movimiento. Algunos hombres habían echado mano a las lanzas largas.
Lobo Largo era uno de ellos y se plantó ante la inmensa cabezota de la fiera con el mango apoyado en la tierra. El león saltó hacia él y el hombre aguantó la embestida sujetando firmemente la lanza hasta que, con el impacto, esta dio un chasquido y se quebró bajo el enorme peso de la fiera. Lobo Alto rodó sobre sí mismo para ponerse fuera de su alcance. Pero el cavernario ya no iba a seguir a nadie. Su propio impulso le había clavado, hasta lo más hondo, la lanza que había partido. Los cazadores se arremolinaban a su alrededor y los venablos le llovían. Otra lanza acabó finalmente con sus estertores. El cavernario había muerto. Los cazadores aclamaron a Lobo Alto. Había sido su astucia quien lo había puesto a su alcance y su lanza la que le había infligido la herida mortal. El hombre herido sangraba abundantemente, por un profundo desgarro en la pierna que le había rasgado la polaina de cuero y marcado cuatro profundas marcas de sus garras. El chamán descubrió la herida, la limpió con agua y luego le aplicó un emplasto de hongos y diversas plantas, y por último la espolvoreó con ocre y unos polvos que llevaba en una bolsa. Si no se le corrompía, como hacía a veces, podría vivir y seguir cazando.
Danzaron alrededor del gran león que habían logrado abatir. Ellos eran más poderosos que el cavernario y así lo cantaban y proclamaban al viento. Lobo Alto se acercó al animal y se fijó en su boca. Solo tenía uno de sus terribles colmillos carniceros, el otro estaba roto casi por la encía. Sus fauces desprendían un olor fétido y toda aquella parte de la cara la tenía hinchada. Sobre su piel, y en especial sobre uno de sus cuartos traseros, había profundas heridas de otros colmillos y garras. Supuraba y estaba llena de moscas.
Su suposición había resultado cierta. Era un viejo macho, con un colmillo roto e infectado, que había sido vencido y desterrado. El jefe de La Garma llegó hasta su lado.
—Lobo Alto elegirá el primero su trofeo. El clan tendrá la piel. La carne es dura y áspera y no tenemos tanta hambre.
Lobo Alto pidió para sí aquel único e imponente colmillo. Se lo colgaría al cuello junto con la garra del otro.
Se pusieron de inmediato a la tarea de despellejarlo. Querían sacarle la piel entera desde la punta del hocico hasta el mechón de la cola. Aquel trofeo sería el símbolo de la fuerza y el poder de su clan. Aquella piel la curtirían y la pondrían en un lugar preferente en la cueva para que todos la vieran y supieran del valor y la fuerza de los hombres de La Garma.
Al retornar hacia la cueva, alegres y contándose una vez tras otra qué había hecho cada cual, ayudando por turnos al herido, Lobo Alto vio fugazmente a la loba, que los seguía a distancia, enmontada y furtiva. Cuando él iba en compañía de otros hombres había aprendido a no mostrarse y debía haber permanecido oculta pero teniéndolo a la vista. Le pareció que venía de donde habían dejado los despojos del león. Tal vez la loba hubiera aprovechado aquella comida que los hombres habían despreciado y ella sí que hubiera comido del león.
En la gruta hubo alborozo y todos quisieron ver la piel, y hasta los niños más pequeños la tocaron. La extendieron, le rasparon hasta la más mínima brizna de carne o sebo que tuviera pegadas, le dieron los untes y tratamientos con el mayor de los cuidados y la estaquillaron muy firmemente para que fuera secándose y luego se pudiera curtir de la mejor manera.
Lobo Alto fue elogiado y le pidieron que pasara las Lunas de Hielo con ellos, pero él deseaba alcanzar cuanto antes el monte de las Cinco Cuevas y la nieve no tardaría en llegar para quedarse. Partió en cuanto pudo, con cuatro cazadores que deseaban acompañarlo hasta el clan vecino, dar cuenta de su hazaña y de paso contar la suya propia. El jefe le entregó una hermosa, compensada y fuerte lanza, con una punta muy bien trabajada, para que sustituyera a la que había partido en el embroque con el cavernario. Y en la sala de los rituales le manifestaron todos que siempre sería allí recordado y bienvenido si un día deseaba retornar. Cuando emprendió el camino, como iba en compañía de otros hombres, la loba se limitó a seguirlos a una prudente distancia. Al caer la tarde Lobo Alto se rezagó pidiendo a los otros que se alejaran un poco, el animal se acercó y le tiró algo de comer por si no había conseguido nada del cadáver del león.
Llegaron a la cueva de Altamira alargando todo lo posible el paso y las jornadas pues Lobo Alto sentía cada vez más ansia de llegar a la montaña Mamut. Cuanto más se acercaba, más añoraba la imagen de Ababol y más miedos le entraban al pensar que ella podía no estar o, mucho más probablemente, compartir ya fuego con un hombre y estar amamantando un pequeño.
Su paso por la gruta fue breve. Pero sí pudo, en la única noche que pasó con ellos, conversar de nuevo con el joven pintor, que le mostró algunos de sus grabados, casi realizados a escondidas y en algunas esquinas y recovecos. Una vez más miró la bóveda de la gruta y, señalando algunas protuberancias de la roca, le dijo a Lobo Alto:
—Allí hay un bisonte tendido. Está pidiendo brotar de la roca.
El último tramo del camino, río arriba hacia la montaña Mamut, lo hizo ya solo. Estaba en territorio bien conocido y llevaba a la loba como el mejor de los vigías y el más atento de los escuchas. Le daba vueltas a cómo conseguir que siguiera a su lado, pues no iban a dejarla entrar a las cuevas y él tenía previsto quedarse allí y temía que si era obligada a alejarse acabaría por volver con los suyos y abandonarlo. Y eso Lobo Alto no quería que sucediera. Estaba esperanzado en que Ova lo comprendería, y si Ova lo apoyaba, podría haber alguna solución que le permitiera quedarse con el animal cerca.
Pero era el recuerdo de Ababol el que lo aceleraba y al mismo tiempo lo agarrotaba. Deseaba mucho verla. Se daba cuenta de que lo llevaba deseando desde el día que partió de la Gruta de los Tres Hermanos y aún mucho antes, y era lo que más le había alentado en el viaje pero cuando ya estuvo en tierra conocida el deseo le había aflorado como un borbotón de un agua que se le había desparramado por todo el interior de su cuerpo.
Por fin vio los fuegos y las grutas. Llegaba por un sendero que enfilaba frontalmente hacia la Cueva de las Manos. No podía distinguir, desde esa posición, la entrada de la cueva más pequeña, el santuario donde habitaban Ababol y su madre, Ova, y donde habían vivido también él y el Errante. Se sorprendió al ver que había un numeroso grupo de gente que parecía estar esperándolo, y aún más lo saludaban con la mano, en señal de alegría, mientras que algunos dedos señalaban a la loba, que trotaba unos pasos delante. Al llegar al pie de la boca de la gruta, el animal se hizo a un lado y se perdió entre los arbustos. Pero él ahora no estaba para nada pendiente de ella. Sus ojos recorrían con ansiedad el grupo que lo aguardaba. En un primer vistazo no la vio, pero luego, con un salto de sus pulsos, divisó a Ababol, un poco detrás, como algo escondida, pero que agitaba la mano y sonreía. Y al Autillo, para ella así se sentía, se le iluminó la cara y devolvió la sonrisa.
Se sorprendió de que lo llamaran por su nuevo nombre y entonces vio que dos batidores de la vecina Altamira se habían adelantado corriendo y habían traído la nueva, y con ella todo el relato de su hazaña:
—Acompañó al Errante hasta el otro final de la tierra, hizo solo el largo camino de vuelta. Viaja en compañía de una loba y en La Garma ha matado al león cavernario. Lobo Alto vuelve con vosotros y no ha querido detenerse en ninguno de los clanes.