La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 21 de 50

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La canción del bisonte

20. El valle sin crías

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El valle sin crías

 

Dos primaveras después Nublo había alcanzado un poderoso rango en el clan del Valle de los Primeros Hombres. Su alianza con el Menor lo había beneficiado. Era el más alto de la fila de los cazadores, pero, aunque había ganado algo en corpulencia y peso, no podía equipararse en potencia a la mayoría de los adultos. Había rehuido toda prueba de fuerza con astucia y sabido, aun así, mantener el respeto. Con el Menor se había hecho uña y carne, y eso le daba una posición de privilegio. Además, sus habilidades en la caza eran cada vez más estimadas. Llegado el tiempo bueno, de la hierba y la abundancia de animales, a él también el sol parecía sonreírle. La hija de la Jara crecía y a Nublo le gustaba jugar con ella, y su duro y afilado semblante, que seguía casi del todo lampiño, perdía algo de su habitual dureza.

Fue de improviso como a él, a la Jara y al clan entero los alcanzó la desgracia. La pequeña, alegre y vigorosa, comenzó a toser un día. Tal vez alguna ráfaga de frío, tal vez algún mal se le metió dentro en un descuido. La Mujer de las Hierbas le dio algún remedio, infusiones y vahos de bayas y hojas, y otra de manzanilla para que tuviera el sueño más tranquilo. Pero siguió agitada, sin poder descansar ni reponerse, y la tos no solo no se reblandeció sino que fue haciéndose más ronca. Probaron entonces con emplastos en el pecho, pero la respiración de la niña se hizo cada vez más difícil y la frente y las sienes comenzaron a arderle. La curandera entonces salió con Nublo y buscaron corteza de abedul y un hongo que ella conocía, y aunque tardaron mucho,

pues la Mujer de las Hierbas lo quería recién cortado, lograron hallarlo.[31] La curandera preparó a toda prisa los remedios y al cabo pareció que la niña mejoraba. Bajó el calor del cuerpecillo y se calmó su respiración. Pero esa misma noche empeoró de manera repentina y, cada vez más débil, dejó de respirar y se quedó yerta a poco de la amanecida. La Jara prorrumpió en un estremecedor alarido de pena y muchas mujeres la secundaron, pues aquella niña era la única que había nacido y sobrevivido en todo el clan desde que la parió la Jara. Otro recién nacido no solo no vivió sino que en el parto mató a su madre. La pérdida dolía a todos. Y enloqueció a Nublo.

Sin decir palabra, cogió su lanza y sus armas y salió del abrigo. Algunos jóvenes lo siguieron. Les dijo adónde iba: a matar un uro. Sabían por dónde pastaba una manada y hacia ella se dirigieron. Les dio miedo de que Nublo en su rabia se arriesgara demasiado, pero su furia era fría. Señalaron un macho de grandes y afilados cuernos y lo emboscaron, lo separaron del rebaño y le clavaron las lanzas por los dos costados. Nublo dio el golpe final con su punta. No quiso siquiera la cabeza entera, solo el frontal y la cuerna, sin maxilar ni mandíbula. Pasó todo el día cociéndolo en un odre y descarnándolo. Por la noche les dijo al Menor y al Mayor que quería hacer esa ofrenda a la niña muerta y a los espíritus para que otras vidas nacieran pronto en el clan. Los jefes lo aceptaron. La Mujer de las Hierbas preparó los rituales y la Jara la vistió con sus ropas. Ella la llevaría en brazos hacia aquella galería donde, poco más que un niño, Nublo había visto pasar la cabeza del rinoceronte lanudo y oído el cántico de la tribu. En una sola ocasión había entrado ya de adulto a aquel recinto al que solo se iba en contadas ocasiones y siempre que algo muy bueno o muy malo pasaba. Allí se encendía el fuego y había ya restos de muchas hogueras y sobre él se depositaba la ofrenda a los espíritus. Había de ser un cuerno, fuera este de rinoceronte, de ciervo, de bisonte o de uro. Era aquella la costumbre y lo permitido, pero no lo era que bajo el fuego se enterrara a nadie. Pero esta vez sí, esta vez la Mujer de las Hierbas lo autorizó, porque si no nacían más niños, el clan se

extinguiría.[32]

La comitiva salió del abrigo encabezada por la curandera y la Jara, que llevaba a su hija muerta en brazos. Las seguía Nublo, con los cuernos del uro que él mismo había matado, flanqueado por los jefes. Tras ellos, el clan entero, a excepción de un anciano inválido, y los niños que andaban. Porque de los que mamaban aún en el pecho de sus madres y no se separaban de su regazo no había ninguno.

Se sentaron todos en dos hileras, una a cada lado de la galería. La Jara hizo el hoyo, depositó el cuerpo, la Mujer de las Hierbas dejó sobre él un pequeño brazado de plantas con flores, pusieron encima una losa de piedra y luego lo taparon con tierra hasta colmarlo, sobre el túmulo encendieron el fuego y cantaron. Cantaron hasta que se apagó la hoguera, hasta que ya no quedó rescoldo, hasta que solo hubo cenizas. Entonces Nublo clavó allí los cuernos del uro. Y salieron en silencio, tristes y angustiados. Los vientres de las hembras parecían haberse secado y el Valle de los Primeros Hombres se estaba quedando sin crías.