La canción del bisonte

Antonio Perez Henares · Capítulo 25 de 50

Páginas del PDF

La canción del bisonte

24. El collar de Nublo

24

 

El collar de Nublo

 

El Mayor hubiera querido castigar a Nublo y al menos relegarlo en la fila de los cazadores pero la misma noche del festín que se dieron con la carne de los Oscuros ya se dio cuenta de que el joven tenía todavía más partidarios que antes. Había traído hembras al Valle, había logrado vencer y matar a muchos enemigos y ahora se los estaban comiendo. El Mayor había acudido a taponar el paso pero a los hombres no se les había escapado que había sido Nublo quien preparó la trampa y el artífice de la emboscada y la victoria. Y también quien había acabado con aquel Oscuro al que le había arrebatado el collar de garras de pantera que llevaba ahora al cuello, algo que a todos les había extrañado e incluso algunos lo habían mirado con algún desagrado pues les recordaba, por si no fuera bastante el color de su piel, que él también era un «medio Oscuro».

Pero eran los menos, los más viejos, quienes tenían tales suspicacias. Los jóvenes ya estaban todos a su lado y muchos de los demás también. Además, Nublo le otorgaba al Mayor todo el mérito del salvamento del valle y alababa su benevolencia al perdonarlo por la cacería de las hembras. Al repetirlo lograba que los demás pensaran que no era así del todo sino que era el propio Nublo quien había sido el hacedor de buena parte de ello. Pero sus palabras complacían y henchían de orgullo al Mayor y mediado el banquete e hinchada la barriga con carne de Oscuro, ya se había olvidado de sus intenciones de castigo. Por si fuera poco, tenía hembras Oscuras para saciarse en ellas.

Nublo exhibió su collar al cuello y fueron muchos quienes se acercaron a mirarlo. Las hembras lo hicieron todas. En especial, la Jara, a la que, a pesar de haber perdido a su cría, seguía aquerenciado y acudía siempre a su fuego. A ella le dejó tocarlo y la Jara pensó que podría hacer uno igual si él le traía dientes o garras, y también se lo pondría.

Aquella noche, con las hogueras altas, las llamas subiendo hacia el espacio, el olor a la carne asada y agasajado por tantos, Nublo se sentía contento aunque no quería hacerlo demasiado ostensible. Los jóvenes supervivientes que había participado con él en la cacería de las hembras no se separaban de él, siguiéndole a todos lados y contando sus hazañas y sabiduría para capturar a las mujeres y luego derrotar a sus machos. Las hembras del Valle lo contemplaban con deseos nada encubiertos y el grupo de maniatadas Oscuras lo miraban con terror cuando se acercaba, apelotonadas las unas con las otras, temiendo ser comidas en cualquier momento. Nublo les indicó por señas que comieran de la carne de sus hombres y les tiró algunos trozos. Pero ellas los rechazaron con gesto de asco y repugnancia. Nublo se echó a reír.

Las hembras Oscuras fueron repartidas por los diferentes fuegos y puestas cada una bajo el dominio de una mujer anciana que sería la encargada de hacerla trabajar y que se sometiera por entero. Los hombres de aquel fuego u otros podrían usarlas también a su antojo. El Mayor escogió la que más le gustó, que era la más rotunda y entrada en carnes, con potentes caderas y unas gordas posaderas. Se parecía un poco más en hechuras a las hembras suyas.

Nublo ni siquiera intentó coger ninguna. Hubiera quizá chocado con el Mayor y no le interesaba, pero, al revés que los demás, Nublo no quería copular con aquellas hembras con las que sabía que tenía parentesco. No quería que su clan viera que sentía afinidad o atracción alguna. Él solo copularía con las hembras del Valle y, en realidad casi en exclusiva, con la Jara, que era con él tan complaciente y sumisa, y con la que gozaba más que con ninguna.

El que Nublo no montara a ninguna de las hembras Oscuras no pasó desapercibido para las hembras del Valle e hizo que lo estimaran y lo recordaran con reconocimiento. Eso no era lo habitual entre los demás hombres, que aunque solo fuera por la novedad, se llegaban a pelear por las morenas recién llegadas y las montaban de continuo, para el disgusto de las Antiguas. Y lo acababan pagando las Oscuras, pues las otras se vengaban golpeándolas con cualquier motivo, haciéndolas trabajar hasta que caían extenuadas y dándoles tan solo algunas piltrafas como comida.

Del Menor a poco ya no se acordaba nadie. El Mayor se comió sus sesos y había limpiado y pulido muy bien su cabeza, que colocó en una hornacina al fondo del abrigo. Consideró que con ello dejaba zanjado el asunto y se olvidó por completo de su hermano. Los demás lo olvidaron aún antes pues nada grato tenían que recordar de quien durante su vida los había hecho sentir su fuerza y obligado a reconocer su poder obligándolos a entregarle todo lo que se le encaprichara tener, fuera comida, fuera una piel o una hembra. El Menor pasó, junto con su cabeza descarnada, a la oscuridad y las entrañas de la tierra.

A los cráneos de los Oscuros abatidos que no estaban rotos también les dieron utilidad. Sus calotas se convirtieron en los mejores cuencos, que además les hacían rememorar su victoria. La Mujer de las Hierbas acondicionó uno, el del niño que habían tomado prisionero y matado después, para verter en él sus brebajes y pócimas.

Cuando llegaron las Lunas del Hielo Nublo se puso la zamarra del Oscuro y comprobó que lo abrigaba bien porque le envolvía todo el torso sin dejar entrar en viento por resquicio alguno y la capucha le protegía de la nieve. La Jara la miró por todos lados y se fijó mucho en las tiras de dientes y de conchas que llevaba cosidas, pero no vio cómo poder hacer algo parecido. En realidad, tampoco es que lo pensara apenas pues ellos tenían otra manera de preparar y curtir las pieles, tanto para ellas como para los hombres, y así es como lo habían hecho siempre. Nublo, al fin y al cabo, era un medio Oscuro, pero ella estaba orgullosa de que fuera cada vez más poderoso y la distinguiera entre todas las otras. Ya le había traído unos dientes y ella también se había colgado un collar al cuello que enseñaba a las demás hembras como muestra de quién era su protector. Su vientre ya no se había vuelto a hinchar desde que parió a la niña perdida, se sentía triste y vacía por no sentir de nuevo que una vida crecía en su interior, pero Nublo la hacía gozar más que lo había hecho nadie nunca cuando la montaba pues tenía un miembro muy grueso y duro que la penetraba hasta muy dentro.

Los hombres y mujeres del Valle al principio se mostraron sorprendidos de aquellos adornos de la pareja pero al poco ya no les prestaron demasiada atención. Nublo, sin embargo, no quiso mostrar sus otras capturas y se ocultó de todos para probar las armas que les había arrebatado a los Oscuros. Mantenía escondidos dos propulsores y dos venablos y esperó al tiempo en que la nieve lo cubrió todo e impidió las partidas de caza y de recolección, para intentar aprender a manejarlos en solitario.

Le costó muchos intentos comprender cómo lanzaban los Oscuros sus finas lanzas con aquellos artilugios. Descubrió que la hendidura de la base de la azagaya debía engastarse en la protuberancia del propulsor. Luego se desesperó cuando intentó imitar el lanzamiento tal y como había visto en la batalla. No era capaz de controlar el tiro y se le iba cada vez por un lado, o muy alto, o caía sin fuerza. La primera vez que atinó fue por una casualidad, pero, un fracaso tras otro, logró algún tiro con cierta fuerza y puntería. Un día recordó, de pronto, la imagen del Oscuro lanzando: llevaba prendida una cuerda en la muñeca que sujetaba el propulsor cuando lanzaba y se había quedado en la mano del muerto. Se puso a elaborarla hasta que logró una que le recordaba a la que había visto fugazmente. Lanzó entonces bastante mejor y fue adquiriendo mayor precisión. Pero le seguía faltando algo y no acababa de hacer blanco. Desde niño había aprendido a arremeter con la lanza, no a lanzarla. Si ya le costaba con la mano, aún le resultaba más difícil con el lanzador. En cuanto a las dos azagayas, le había surgido una dificultad añadida. En un tiro, una de ellas había pegado contra una piedra y la punta se había quebrado. Y aquella punta era mucho más fina que las que ellos hacían. Además, era de aquel material, el sílex, del que ellos carecían. Lo intentó con el cuarzo cristalino, pero no alcanzaba a lograr una punta tan fina y para nada aceptable. Y eso que él era con mucha diferencia quien mejor tallaba, porque los Primeros Hombres demostraban una cierta torpeza en

aquellos menesteres.[45]

Nublo pasó las Lunas de Hielo intentando sacar provecho a su adquisición, pero el resultado no le satisfizo. Guardó, pues, muy escondidos los dos propulsores y los dos venablos y se propuso espiar cuando pudiera a los Oscuros y ver qué se le escapaba. Llegaba el buen tiempo y no debía descartarse que los Oscuros volvieran a intentar superar el paso de las montañas aunque tras sus pérdidas no parecía probable. Ellos tampoco lo harían hacia la otra vertiente. El Mayor ordenó que ninguno de los Hombres del Valle traspasara jamás la divisoria de aguas. Quien lo hiciera sería desterrado y expulsado del Valle.

Aunque Nublo supo que sus advertencias iban particularmente dirigidas a él, no hizo gesto alguno de darse por aludido y apoyó con energía al jefe. Procurarían cazar más por la sierra del sur, la de los Fontanares, y también explorarían en dirección al naciente, donde parecía haber algunos valles aprovechables y la añada anterior había llegado la noticia de algún avistamiento de otros Primeros Hombres. Algunos propusieron ir a encontrarlos pero el Mayor se puso furioso. No quería ni salir del Valle ni que nadie entrara a él. Y lo mejor es que nadie, ni Oscuros ni Primeros Hombres supieran de su existencia. El jefe deseaba que las cosas siguieran y se hicieran como siempre habían sido y siempre se habían hecho, sin salir ni de las sendas ni de las costumbres. Cualquier alteración lo único que traería serían males y muertes.

Nublo calló, se aplicó a la caza y a seguirse ganando la voluntad de los otros hombres del clan y mostrando sus respetos a las madres de los fuegos. Siguió sin tocar a ninguna de las Oscuras cautivas, que además iban mermando. Dos habían muerto. Quedaban solo tres y la niña. Pero dos estaban preñadas y presentaban unos abultados vientres. Tal vez trajeran nuevas vidas al Valle, como la había traído la Callada, la madre de Nublo.