La canción del bisonte
46. El asalto al Valle Oculto
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El asalto al Valle Oculto
Nublo vio venir el ataque, supo que había sido sorprendido y que, traspasada la sierra, no podrían resistir a los Oscuros. El estupor ante aquel tropel de hombres enarbolando sus lanzas, en veloz carrera, como si fueran una manada de lobos que avanzaban hacia ellos, los paralizó. Aún fue mayor su estupor cuando alcanzaron a distinguir, al lado de quien parecía dirigirlos, a un verdadero lobo. Corrían por la nieve con sus parkas blancuzcas y sus símbolos pintarrajeados de rojo en el pecho. Gritaban y eran tantos como un enjambre de abejas. Nublo supo que resistir era morir, que huir cuantos pudieran parecía la única salvación. Fue su primera orden y se la dio a la Jara. Y a todos los hombres les pidió que intentaran retardar el asalto desde lo alto de la meseta para permitir escapar a los máximos posibles. De pretender hacerles frente en el abrigo y resistir allí, morirían todos. Desde arriba, arrojándoles peñascos y con las largas lanzas, aún podrían contenerlos un poco.
La Jara se impuso en el griterío que se elevaba aterrorizado entre las mujeres del abrigo. Unas se intentaban ocultar en los recovecos del refugio con sus hijos en los brazos, otras salían y se tiraban de los pelos aullando, algunas intentaban esconderse en las galerías del santuario y una había decidido ya escapar a todo lo que le daban las piernas hacia los bosquetes a su espalda. Aquella era la única posibilidad y la Jara consiguió que la secundara la mayoría de las mujeres y los niños que ya se podían valer de sus piernas. Debían correr a ocultarse, desperdigarse luego y subir hacia los Fontanares para cruzar al otro lado del valle.
Nublo sabía que para darles alguna posibilidad de no ser alcanzadas por los ágiles Oscuros debían aguantar todo lo que pudieran. Sus hombres habían subido a la meseta y tenían ya una buena provisión de piedras y hasta algunos peñascos para hacerlos rodar contra los asaltantes. Eso sería lo más efectivo y lo que demoraría mejor el ataque. Vio que estos ya llegaban al pie del montículo y que se separaban en tres grupos. Uno daba la vuelta para intentar cortarles la retirada por su espalda. Se fijó en el que corría junto a la loba. El jefe del clan Errante también divisó al fin al extraño jefe de los Patas Cortas. Fue la primera vez que Nublo y Lobo Alto se vieron.
Nublo, en efecto, destacaba por su altura, se movía velozmente y ordenaba con precisión cómo contener el asalto. Apenas se ponía al descubierto porque conocía bien las armas de sus enemigos. Aunque tenía la larga lanza clavada en el suelo a su lado, llevaba en la mano un propulsor y un venablo. Él se fijó en que el jefe de los Oscuros estaba agazapado con su fiera tras una roca, apenas a unos cuantos pasos de la repisa donde se abría la entrada del abrigo. Estaba gritando para reagrupar a sus hombres y hacía gestos a los de los lados para que culminaran su asalto, pues desde allí un grupo que había quedado atrapado les lanzaba piedras.
Por los costados del refugio y hacia la plataforma llegaba ya también la primera oleada. Cuando los Oscuros estuvieron justo debajo, Nublo ya habían logrado emplazar a la mayoría de sus cazadores que moraban en el abrigo grande. Los de las grutas pequeñas habían quedado aislados. Tenían la ventaja de la altura y la protección de las viseras de piedra contra las azagayas. En medio de un alarido de rabia que enfrentaron al griterío de los que llegaban comenzaron a arrojarles grandes rocas. Un gran peñasco que lograron hacer rodar ladera abajo aplastó a todo un grupo que subía apelotonado. Los demás detuvieron su carrera y buscaron algún resguardo, pero fue solo por unos instantes. La voz de Lobo Alto volvió a resonar y se desplegaron y, buscando apostaderos protegidos, los venablos comenzaron a volar y a alcanzar a quienes lanzaban las piedras. Algunos de los Patas Cortas cayeron revolcándose por el suelo.
Los Oscuros estaban penetrando ya en una cueva y allí se produjo una primera carnicería. El puñado que se había quedado en el abrigo atacó embistiendo con sus lanzas largas al entrar los invasores y echaron mano a sus mazas y hachas intentando llegar al cuerpo a cuerpo. Pero tras la primera arremetida, donde alancearon a algún atacante, estos se retiraron un poco para conseguir distancia y los acribillaron con sus finas azagayas. Cuando cayeron, se abalanzaron sobre ellos y los degollaron, y la feroz loba le desgarró a un moribundo la garganta. Nublo había oído los bramidos de sus hombres, pero después ya solo oyó los chillidos de las mujeres.
Lobo Alto había entrado en el abrigo. Algunas mujeres con sus crías se apretujaban en los rincones y de inmediato se percató de que la mayoría eran cautivas. Las prisioneras no habían seguido a la Jara en su huida y se habían escondido.
—No tocar a ninguna, no matar a sus hijos —gritó, pero sus hombres ya se habían dado cuenta de quiénes eran.
El ataque no se había detenido del todo, sino que intentaba completar el cerco. Los asaltantes seguían subiendo protegidos en las diferencias del terreno y acechaban que algún defensor se pusiera al descubierto para alcanzarle con la ayuda de sus propulsores. Pero los Patas Cortas habían aprendido a resguardarse de las azagayas y apenas si ofrecían blanco. Sin embargo, ya tomado el abrigo, y con todo el montículo prácticamente rodeado, el ataque se hizo masivo y se lanzaron por todos los lados. Porque el segundo grupo había culminado también la entrada a las otras dos pequeñas cuevas cercanas. Allí, por donde atacaron los Hombres de los Caballos, la resistencia había sido feroz y desesperada. Habían combatido cuerpo a cuerpo para penetrar en la cueva y habían sufrido bajas. Pero los Hombres de los Caballos se habían vengado y habían desatado toda su furia contra quienes los habían aterrorizado. Los persiguieron hasta el último rincón de sus galerías, con saña y odio, y no dejaron vivo a nadie, ni hombre, mujer ni niño, excepto a una cautiva que gritó, yendo hacia los asaltantes, en la lengua de los Hombres y no de los Patas Cortas, que no los mataran, y estos bajaron sus lanzas. Otra había tenido peor suerte. Apareció muerta. Su hijo debajo, a quien con su cuerpo había protegido, estaba aún vivo y los Hombres de los Caballos lo recogieron y se lo entregaron a la superviviente. Su madre no gritó o no la oyeron en el tumulto. No sabían bien quién la había matado en la oscuridad, pero era herida de lanza fina y los Patas Cortas, al final, se habían defendido con sus mazas.
Ahora se estaban juntando todos para el ataque definitivo sobre la meseta rocosa. Nublo había oído también la matanza en las cuevas pequeñas. Otra gran banda de Oscuros, además, les estaba ganando la espalda. Las mujeres habían logrado ya llegar a la protección del bosque. Había que escapar cuanto antes. Gritó a sus hombres, lanzaron el último aluvión de piedras, todas cuantas les quedaban, y cuando Lobo Alto se lanzó a la carrera con los suyos ladera arriba, el jefe de los Patas Cortas se lanzó por el extremo contrario monte abajo para intentar zafarse del cerco. Lo consiguió a medias. Algunos de los rezagados cayeron alanceados por la espalda por los Oscuros que ya habían puesto pie arriba, y la banda de Tropezón cortó el paso a cerca de la mitad del grupo que huía y los exterminó a todos.
Pero la otra mitad consiguió llegar al bosque. Lobo Alto vio de nuevo al jefe de los Patas Cortas, que se volvía hacia quienes estaban masacrando al grupo que habían rodeado y luego miraba con fijeza hacia donde él estaba, en lo alto del promontorio. Después se perdió en la espesura. Nublo había sido derrotado pero permanecía vivo.
Ni tampoco había cesado del todo la resistencia en los abrigos. Y eso hizo que la persecución de los fugitivos se demorara y solo los siguiera el grupo de Tropezón. Cerca del refugio más grande, donde habían liberado a algunas prisioneras, encontraron otra boca que se adentraba en las entrañas de la tierra. Allí se habían escondido un grupo de mujeres, niños más mayores y unos cuantos cazadores. La entrada era estrecha y apenas daba paso a dos hombres al tiempo. Desde dentro, los Patas Cortas tenían la ventaja de sus largas lanzas y ellos no podían hacer efectiva la de su número. El primer intento de entrada se saldó con un par de hombres despanzurrados. Lobo Alto echó entonces mano del fuego. Los atufarían como a fieras y los harían salir de su cubil. Ardieron las teas y consiguieron prender en algunos arbustos aunque no tenían leña seca y no consiguieron meter el fuego muy adentro. Forzaron la entrada y comprobaron que sus recovecos, altura y reductos eran propicios a que los atacaran con lanzas, mazas o rocas. Pero ellos perdían la ventaja del propulsor, pues no podía lanzarse. Aún tenían la de arrojar sus venablos a brazo. Otro más cayó en un recodo, con la cabeza reventada de un mazazo, antes de llegar a una sala más espaciosa, y entonces impusieron el número y culminaron la degollina. Sin que de ella se salvaran un par de viejos acurrucados en un rincón, donde parecía haber restos de una hoguera y una impresionante cuerna de uro. Tenían orden de Lobo Alto de respetar a mujeres y niños y la acataron.
El jefe de los Errantes entró y a la luz de las antorchas vio los muertos, las mujeres aterradas, los niños apretados a ellas y algo que lo sobrecogió más que nada: los fuegos alineados y sobre ellos las cabezas de rinocerontes, de uros, de venados y de íbices. Era el santuario de aquellas gentes. Tenía razón el Errante. No eran bestias.
Ordenó que sacaran a los muertos, a los suyos y a los Patas Cortas, y ahora que los vio de cerca comprendió por qué el Errante los llamaba los Jaros: tenían el pelo rojizo, ojos y piel clara y salpicada de motas rojizas. Y sí, eran anchos, enormes, de piernas y brazos poderosos, de grandes cejas, frentes chatas y mandíbulas rectas. Eran los primeros a los que veía de cerca y estaban muertos.
El Valle de los Primeros Hombres había sido asaltado y los Patas Cortas muertos, huidos y derrotados. Lobo Alto hizo que reunieran a todos los prisioneros. Lo primero, que ya en realidad habían hecho ellas mismas por su cuenta, fue separar a las mujeres jaras de las mujeres cautivas de los Hombres de los Caballos. Habían rescatado a varias. Una, la que se había salvado de morir en la gruta pequeña, era de las primeras que Nublo había capturado con el Menor en su primera incursión y que tenía ya una niña de un par de años a la que ahora se unía el niño de parecida edad de la cautiva muerta. La otra era la que en la oscuridad habían alanceado junto a su hijo. En el abrigo grande era donde habían encontrado a tres más, alguna con un niño casi recién nacido en brazos, y entre ellas a las últimas capturadas tan solo unas lunas antes. A todas ellas las fueron reconociendo los Hombres de los Caballos y hubo quien encontró a su hermana y uno a la mujer con quien había compartido el fuego y a la hija, raptadas en la última incursión de Nublo. Ellas eran las más dichosas. Las que tenían hijos, tanto aquella que ya lo tenía crecido como las que los tenían mamando, parecían alegrase también pero abrazaban con preocupación a sus criaturas.
A las otras, a las pocas Patas Cortas que no habían logrado huir al bosque ni habían muerto en las cuevas, Lobo Alto ordenó que las ataran de pies y manos para que no huyeran al menor descuido. Ellas los miraban con horror, pero también con chispazos de odio en sus claras y frías pupilas.
Pero más odio había en la mujer rescatada en la gruta pequeña, la cautiva más antigua. Cogió un venablo a uno de los hombres de su tribu y se fue hacia una de las viejas a las que tenían atadas en la sala de entrada. La anciana le devolvió la mirada de odio al ver que iba hacia ella, y nadie hizo nada por detenerla. La mujer del clan del Caballo le clavó con rabia el arma, una y otra vez, por todas las torturas, golpes y vejaciones que la vieja le había infligido durante su largo cautiverio. Ella era una de las primeras en ser capturada, este era el segundo hijo que había parido, pues el anterior, una niña, había nacido muerta. El hombre con quien había compartido su fuego hasta que fue raptada había sido uno de los que cayeron junto a la cascada de Navafría cuando intentaba rescatarla, y ella había visto cómo lo traían muerto colgando de un palo y cómo lo asaban, se lo comían y mondaban y dejaban reluciente su calavera.
Fue ella, ya más entera, quien le dio otra novedad a Lobo Alto:
—A otras dos de las cautivas se las ha llevado la Jara. Es la hembra de Nublo, el jefe.
Lobo Alto supo entonces el nombre de su enemigo. Lo había vencido y había asaltado su valle y sus cuevas, había conseguido matar a muchos de sus hombres, capturado a algunas de sus hembras y liberado a muchas de las mujeres de los Clanes del Caballo. Pero Nublo seguía vivo, había escapado con un buen grupo de cazadores y casi todas las mujeres y los niños, incluso algunas cautivas.
Ellos no habían hecho tampoco prisioneros. Ningún hombre ni ningún joven se había salvado de sus venablos y cuchillos. También había mujeres muertas pues las Patas Cortas se habían defendido en las galerías arrojándoles piedras y algunas habían sido pasadas a lanza. A los hombres fueron cazándolos uno a uno en la oscuridad y el último que encontraron, malherido y con una azagaya en las tripas, acurrucado contra la última pared del último recoveco, recibió una lluvia de venablos.
Regresaban ahora los clanes del Norte, con Tropezón al frente, que habían ido en persecución de los fugitivos. No habían podido sino matar a algún rezagado.
—A los que dimos alcance al entrar en el bosque. Luego allí dentro se han desperdigado. Hay muchas pistas cruzadas. Las de las mujeres que escaparon antes y luego las de los hombres. Ellos conocen bien aquello y huían en todas las direcciones, pero siempre hacia lo alto. Hemos seguido algún rastro que dejaba sangre y alcanzado a un par de ellos y los hemos matado. Los hemos dejado allí. He ordenado volver porque no quería que nos disgregáramos y cayéramos en alguna emboscada.
Lobo Alto dio instrucciones de que llevaran todos los cadáveres donde estaban los muertos en el claro entre la nieve. Les despojaron a todos de sus pieles, que llevaban enrolladas y atadas alrededor del cuerpo. Les sorprendía, como le había sucedido al jefe Errante, lo pálido de su piel, su pelo y barbas rojizas, sus ojos azules, y lo peludos que eran. Pero sin duda tendrían buena carne y eran muchas las bocas entre los del clan Errante, los Hombres de los Caballos y los de los clanes del norte. No podían conseguir caza para tantos y tenían aquella provisión a mano. Desecharon a los más viejos y los tiraron en la orilla del bosque, junto con los menudos de los que evisceraron y limpiaron para comérselos. Allí lejos no corromperían el aire al pudrirse y de ellos se encargarían con presteza alimañas y buitres. El festín animaría a todos, después de las privaciones pasadas, y sería el remate de la victoria lograda. Los Patas Cortas habían sido vencidos y obligados a huir. Las llanuras de los Hombres de los Caballos quedarían libres de su amenaza y las mujeres podrían salir de sus campamentos solo con la precaución de las fieras y no de aquellas abominaciones.
Pero también habían de cuidarse de sus propios muertos, que habían sido bastantes. Uno de los aplastados por el gran peñasco acababa de morir ahora. Para ellos, lejos del abrigo de los Patas Cortas, cavaron un hoyo en el sopié del monte, aprovechando una zanja que el agua había hecho, y allí los depositaron tras haberles untado la cara y las manos con los pigmentos rojos y amarillos para que los protegieran en las oscuridades. A cada uno de sus muertos le colocaron una pequeña ofrenda: unas conchas, unas amoladeras de jabalí, una cuerna de corzo o una ristra de colmillos de zorro.
Los heridos fueron entablillados y curados, restañando las heridas con musgos y plantas que detenían las hemorragias y con emplastos de hongos para que no se pudrieran. En alguno no sirvieron los remedios, se le gangrenó la pierna y murió también, pero a los demás se les soldaron los huesos, aunque algunos caminaron desde entonces renqueantes y alguno quedó tullido para siempre. También un par de ellos que sufrieron lanzazos y les habían penetrado en las partes blandas acabaron muriendo. Pero los que tenían heridas más superficiales o que no habían llegado a reventarles la porquería de los intestinos, sanaron todos.
Con los cadáveres de los Patas Cortas y las provisiones que hallaron en las cuevas y que estos tenían como reservas tuvieron para bastante tiempo. Pero los Hombres de los Caballos, los de Tropezón y los norteños querían volverse cuanto antes a sus clanes. Aprovecharon la primera clareadilla que hubo antes de que las Lunas del Hielo llegaran a su punto más álgido y atravesaron la cordillera de vuelta a sus campamentos. Pero ahora lo hicieron sin dar rodeo alguno y directamente por el paso de la cascada de Navafría, por donde además querían pasar para decirles a sus muertos que habían sido vengados. Con ellos decidieron irse las mujeres que habían sido liberadas. Y sus hijos nacidos entre los Patas Cortas fueron con ellas. Hubo cierta discusión por ello, pero Lobo Alto y los jefes de los Hombres de los Caballos la zanjaron al instante. Los hijos eran de la madre y del clan al que ella pertenecía, y con él se criarían y lo harían más fuerte y poderoso. Solo una no quiso marcharse, la que de más niña habían capturado y más tiempo había pasado prisionera con ellos. Quiso quedarse con el clan Errante y con sus dos criaturas, la suya y la de la otra cautiva que había perecido en el combate. Ella no tenía fuego al que regresar y podría ser útil a Lobo Alto y a los suyos. Además, era quien mejor conocía a los Patas Cortas y sería quien vigilara a las prisioneras, que se decidió que se quedarían en el Valle bajo la custodia de los Errantes.
Con los que partieron por el paso de Navafría fueron también Esmerejón y un puñado de hombres del clan Errante para llegarse hasta el campamento donde estaban Ababol y sus mujeres y regresar de inmediato de vuelta al Valle con ellas. Lobo Alto había decidido que no había mejor lugar para establecerse que el que habían arrebatado y que su clan Errante podría vivir allí para siempre y dejar de serlo. Y muchos de sus hombres, al contemplar su vegetación, su río, la protección de las montañas y las abundantes huellas de animales, habían pensado lo mismo.
En el grupo prisionero de Patas Cortas solo había mujeres y niños pequeños, uno casi recién nacido. Algunas eran hembras jóvenes y varios hombres ya las habían forzado la primera noche a aparearse con ellos. Ellas se sometieron sin defenderse. Alguna, la que tenía el mamoncillo, se mostró incluso tan sumisa que no tardaron en desatarla y, a poco, aunque con vigilancia, comenzaron a realizar tareas, recoger leña, bajar a por agua y hasta preparar comida. No eran demasiado hábiles con las manos y miraban asombradas las ropas de los otros, aunque ya conocían las de las mujeres cautivas, pero no aprendían a coserlas. No despreciaron la carne de los suyos y la compartieron como comida con los vencedores. De las dos ancianas capturadas murió rápidamente una de ellas y solo una mujer muy sumisa continuó viva. A la vieja no se la comieron. Los niños más crecidos que con sus madres se habían ocultado en el santuario y que comían ya plantas y carne no solo sobrevivieron sino que a poco correteaban por la gruta. Fueron perdiendo el miedo a los Oscuros, y estos, en su mayoría jóvenes como eran, comenzaron a jugar con ellos y a enseñarles cosas que a los niños Patas Cortas los fascinaban.
Y cuando apenas poco más de media luna más tarde las mujeres del clan Errante con Ababol al frente ya habían llegado y se habían aposentado en el Valle Oculto, así decidieron llamarlo los chiquillos, que a no ser por su diferente aspecto, gestos y aquellos extraños andares, parecían ser parte ya del clan mismo aunque los pocos hijos de los Errantes, la mayoría mucho más pequeños, los apartaban de ellos. Pero los niños jaros hacían esfuerzos por juntarse y aguantaban las burlas y los desprecios y hasta intentaban aprender a imitar cómo hablaban.
Aquellas dos primeras Lunas del Hielo no estaban siendo tan severas como las del año anterior. Las presas no estaban acostumbradas a que los hombres que ahora las acechaban podían matarlas a distancia, y durante algún tiempo les resultó fácil alcanzarlas con las azagayas lanzadas con los propulsores.
Se fueron estableciendo en las tres diferentes cuevas y Lobo Alto y Ababol decidieron instalarse en una pequeña con la loba y sus tres cachorros, que ya eran lobeznos de más de medio año y comenzaban a cazar con ella y con los hombres. A ellos se unió la jovencita que tanto había porfiado por seguirlos en la montaña Mamut y que se había aquerenciado mucho con la Guardiana e intentaba aprender sus saberes. Era en extremo delicada y dulce, y su voz cristalina y sus cantos, que se elevaban de continuo en las caminatas del clan, gustaban y alegraban a todos. Por ello al ver levantarse a unas avecillas que se remontaban verticales desde las llanuras y emitían un melodioso gorjeo, le pusieron su nombre y la llamaron Alondra.
Instalarse en aquella estrecha cueva, aunque bastante honda por parte del jefe y la Guardiana tuvo que ver con el hecho de que todavía, aunque aceptados por todos, la estancia de los lobos en el lugar donde las mujeres dormían con sus niños suscitaba algún recelo, pero además la Custodia de la Diosa necesitaba algún recinto para colocar la estatuilla y que fuera también el lugar de los rituales femeninos. La galería no había sido utilizada anteriormente por los Patas Cortas, pero sí por las hienas, y algunos huesos traídos por ellas se apilaban al fondo. Estaba muy cerca del abrigo grande y a la vista de este, y a Ababol le pareció la más apropiada para sus tareas, al igual que lo había sido la de su madre Ova, allá en el monte de las Cinco Cuevas.
Lobo Alto se mantenía en alerta e hizo una expedición con la loba en busca de los huidos. Y aún hallaron a un Pata Corta herido, al que la loba acorraló y remataron. Dieron luego con la huella del grupo al que perseguían y que se había ido reagrupando según ascendía y ellos también subieron aquella nueva cadena montañosa, aunque de más baja altura que la que la separaba de las tierras de los Hombres de los Caballos. Era una sierra muy surtida por todo tipo de fuentes, manaderos y calzarizos, la mujer cautiva les había dicho que por ello los Patas Cortas la llamaban de los Fontanares, pero cuando la remontaron perdieron el rastro por una nevada bastante copiosa que lo borró del todo. A sus pies se extendía otro valle
parecido al Oculto,[87] cerrado este también por cimas tan altas como las que resguardaban el suyo de los vientos más gélidos del norte. Los Patas Cortas podrían haberse refugiado allí, pero no pudieron divisar humo alguno y lo tomaron como punto de referencia y lo llamaron Ocejón. Quizás allí es donde se habían ido a refugiar los Patas Cortas. Retornaron al Valle Oculto y se dispusieron a pasar el invierno en aquel lugar que ahora les pertenecía.