La canción del bisonte
25. Las lágrimas del Autillo
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Las lágrimas del Autillo
Los oscuros tiempos del frío y el hielo se hicieron en aquella ocasión más largos y terribles que nunca en la cueva sobre la ría de las gentes del Sella. Y no porque faltara comida, que con el hallazgo de la ballena y la buena despensa de carne de caza pocas temporadas se habían presentado con mejor cara, sino por la imposibilidad de salir apenas al exterior, ya que el temporal no dio tregua, por la frustración por no poder retornar a la montaña Mamut y porque, además, la relación del Autillo con el clan que con tan buenos auspicios había comenzado no hizo más que envenenarse. Su relación con el Errante se deterioró cada vez más y su grado de tensión cuando estaba cerca de él se hizo insoportable. Durante la expedición en busca de los Patas Cortas, en continuo movimiento y excitación, había sido más llevadero y hasta se produjo cierto acercamiento durante la alegre estancia en el clan de Candamo. Pero nunca se había reestablecido la confianza ni escapaba a los ojos del mentor el fingimiento del pupilo. Encerrados a la fuerza en la cueva, el roce obligado se convirtió en una tortura para ambos. El Autillo procuraba evitar la cercanía del Errante, reconcomido por su propia desazón y sin poder escapar, sin embargo, de su propio rencor. El chamán, tras comprobar que sus advertencias lejos de hacerle mejorar provocaban la reacción contraria, optó por el silencio. Lo que corría por dentro al Autillo debería rebosar hasta reventar de una vez. Y entonces él sí estaría para poderlo ayudar.
La parálisis y el encierro contribuían a las fricciones entre todos los que se apretujaban en la cueva y ponían a todos de creciente malhumor. Un estado de irritación donde cualquier nimiedad se convertía en motivo de disgusto y resquemor que cada día se enconaba más y que podía traspasar muy fácilmente la delgada línea que separaba de la confrontación y la violencia. A todos les afectaba, pero al que habían nombrado como Hombre Ballena aún lo aprisionó más. Caía en todas las provocaciones o era él quien iniciaba los conflictos; sus peleas se hicieron constantes y hubo de ser reprendido gravemente primero por el jefe, luego por el chamán y al final por la propia Guardiana, después de un abuso con una joven mujer. De ser el más admirado pasó a ser aquel a quien nadie se deseaba topar y no tardó demasiado en volver a aquel hosco aislamiento que había marcado sus días infantiles en su cueva natal. Aquí, además, el hecho de ser un forastero pesaba y lo aplastaba aún más. En esa soledad fue quizá cuando comenzó a reaccionar y su tristeza no le pasó desapercibida al Errante. Pero no intervino todavía, y el otro, aunque dormían en el mismo fuego, apenas si le hablaba y lo seguía rehuyendo pues le hacía sentirse todavía más a disgusto consigo mismo. El silencio de su mentor aún le quemaba más la entraña que cuando fue amonestado ante todo el clan por los jefes y el Errante no alzó su voz contra él pero tampoco lo hizo a su favor.
Para su fortuna, un pequeño alivio de los temporales permitió al clan salir hacia la costa y el Autillo fue de la partida, en la que volvió a demostrar su valía y capacidad de esfuerzo y ayuda a los demás. Como si fuera dos hombres diferentes a la vez, en aquella ocasión volvió a ser el admirado Hombre Ballena cuyas facultades para la observación y la captura de presas, fueran estas minúsculas o enormes, y capacidad de sacrificio por la tribu reaparecieron como aquel sol lejano, distante y que parecía no trasmitir calor alguno. Nadie sino él se esforzó hasta la extenuación por intentar conseguir comida, nadie cargó con tanto peso, ni nadie ayudó a los menos fuertes ni luego compartió hasta la última brizna de lo que habían conseguido. Todo el clan recordó las cualidades del Hombre Ballena y algo de la tensión se disipó, pero permanecía latente, retornaría sin duda y quizás aún peor, y el Errante se decidió.
Era muy posible que conociera por lo que estaba pasando su protegido mejor incluso que él mismo y de dónde provenía aquella ira y aquella soberbia que le estaba desjarretando la vida. Porque el Errante se daba mucha cuenta de que el Autillo, pasado su arrebato de rabia, padecía más que nadie las consecuencias de sus actos. Comprendió que no era aquel el entorno más adecuado donde pudiera superarlo y que debían partir cuanto antes hacia la montaña Mamut, y allí, entre los que consideraba los suyos, podría salir de aquel foso donde había caído.
Lo peor de las Lunas del Hielo parecía haber quedado atrás y, aunque darían aún terribles zarpazos, cuando dieron el siguiente respiro y aprovechando el alivio de la tensión con su pupilo que también se había producido, entendió que era el momento de marchar y a todos les pareció bien que lo hicieran. Es más, su inminente partida dio un total vuelco a la situación: donde había labios apretados volvían las sonrisas; donde la mirada se echaba al suelo ahora se tornaba directa y cordial; donde solo había memoria del agravio regresaba ahora el recuerdo de los días de alegría y sol. Solo quedaba la memoria de los buenos tiempos y la amistad: las gentes del Sella recordarían siempre el encuentro con el pez gigante y le estarían agradecidos por no haber pasado hambre aquel invierno. Pero si se alejaba, se lo agradecerían más.
Bajaron a la costa decididos a no dejarla hasta la desembocadura del río que los llevaría hasta la montaña Mamut y a no acercarse ni parar en ninguno de los clanes intermedios. Además de por la necesidad de ir rápidos para que no volviera a atraparlos la tempestad, deseaban caminar solos, y nada más comenzar a andar, el Autillo sintió como si algo oscuro se desprendiera de él, pero aún le costó romper a hablar. Aquella primera noche, refugiados en una hendidura del acantilado, otra vez a solas los dos, su corazón se desbordó. Lo que le había oprimido manó como un torrente, la súplica del perdón y de la comprensión brotó de sus labios, y cuando descargado de todo aquel peso, el Errante, casi sin mediar palabra alguna, lo abrazó, el Autillo, niño y desvalido aún, lloró. Y lo hizo con verdad. Por la mañana, al despertar, era ya un hombre el que se levantó.
El resto del camino hasta el monte de las Cinco Cuevas fue alegre, a pesar de que no faltó ni lluvia fría ni ventisca ni nevada antes de llegar a la gruta. Pero el Errante y el Autillo hablaron de todo aquello que habían callado y que tenían pendiente. Fue una definitiva lección que el muchacho superó, pero también el propio maestro tuvo que aprender a aceptar.
El Errante veía más allá de las palabras y hasta incluso más de lo que el joven creía sentir, en la continua pugna entre los propósitos, los deberes y los deseos. Lo que había aflorado con el primer atisbo de poder en el Autillo estaba dentro de él mismo, y de su control dependía que no saliera e hiciera daño a propios, cercanos y extraños. Eso se lo dijo, pero se guardó que la furia oculta no sería cosa a desdeñar cuando hubiera de enfrentar a los verdaderos enemigos que un día, sin duda, aparecerían y contra ellos habría de emplear todo lo que a su alcance estuviera.
Pero antes tenía que aprender, y eso sí se lo explicó, que no podía tratar así a quienes eran sus gentes y habrían de ser siempre sus aliados, y que a todos ellos había que ganarlos y nunca herirlos ni humillarlos. Que un jefe lo era si los demás lo seguían y no porque fuera el más fuerte ni el más cruel con los suyos. Que por el miedo o la fuerza podría tal vez encumbrarse pero que acabaría por derribarlo, y pronto, uno más fuerte o temible que él.
Otra cosa se guardó para sí el maestro: ahora el que más solo se sentía era él, lejos, desterrado, en verdad errante, esperando esa señal que tanto tiempo había aguardado y que cuando se presentara no tendría duda alguna de que era la que le ordenaba regresar. Porque el Errante también debía retornar a su lugar. La ansiedad iba creciendo en él y la expedición y el conjuro contra los Hombres Jaros la habían acentuado aún más. Pero la revelación no llegaba y él desesperaba sintiendo decrecer sus fuerzas y acercarse su vejez.
Pero era cierta su alegría, igual que desbordaba la del Autillo, al subir por la senda hacia las bocas de las cuevas e ir saludando a todos los que los salían a recibir, a Zarpa de Oso, a Fresno y a tantos rostros que se alegraban, antes de al fin toparse con Ova y Ababol, que bajaban presurosas a su encuentro. Habían sufrido por su demora y temido por ellos. Lo decían su rostro, lo decían sus manos y todo su cuerpo. Se lo dijo Ova al Errante, pero Ababol, que no se había querido despedir, no sabía bien cómo decírselo al Autillo y lo que le salió, aunque la sonrisa le desbordaba la boca, fue ponerse de entrada una tarea y una obligación.
Aquel atardecer, en un cónclave de todos cuantos quisieron ir hasta la Cueva de las Manos, el Errante dio cuenta de lo sucedido en su periplo y no ahorró elogios para el Autillo ni para el nombre que le habían otorgado por su avistamiento del gigantesco pez, ni dejó de relatar la misión por el territorio donde decían haber avistado a los Patas Cortas y del conjuro que todos los chamanes habían realizado en Punta Peñas para que nunca jamás volvieran.
Eso relató el Errante a todas las gentes del monte de las Cinco Cuevas y calló lo que solo a él y al Autillo importaba. Habían regresado y, en cierta manera, se sentían en su hogar, aunque de ninguno de los dos lo fuera.